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LA MADRE PERFECTA

Aimee Molloy

4


Fragmento

Prólogo

Día de la madre 14 de mayo

«Joshua.»

Me despierto con fiebre. La lluvia tamborilea en el tragaluz encima de mí, y al deslizar los dedos sobre las sábanas me acuerdo de que estoy sola. Cierro los ojos y vuelvo a conciliar el sueño hasta que me despierto otra vez, agobiada por un intenso y repentino dolor. Desde que él se fue me despierto con náuseas cada mañana, pero enseguida me doy cuenta de que esto es distinto.

Algo no va bien.

Me duele al andar, y bajo a gatas de la cama y me arrastro por el suelo, que está lleno de arena y polvo. Encuentro el teléfono en la sala de estar, pero no sé a quién llamar. Él es la única persona con la que quiero hablar. Necesito contarle lo que pasa y oírle decir que todo saldrá bien. Necesito recordarle, una sola vez más, lo mucho que lo quiero.

Pero él se niega a contestar. O, peor aún, contesta y echa pestes por teléfono, me dice que no piensa seguir aguantándolo, me advierte que si vuelvo a llamarle se...

Me duele tanto la espalda que no puedo respirar. Espero a que se me pase, a experimentar el momento de alivio que me han prometido, pero no llega. Esto no es lo que los libros decían que pasaría; no se parece en nada a lo que los médicos me avisaron que esperase. Decían que sería progresivo. Que yo sabría qué hacer. Que lo cronometrase todo. Que me sentase en la pelota de yoga que había comprado en un mercadillo. Que me quedase en casa lo máximo posible para evitar las máquinas, los medicamentos, los métodos que emplean en el hospital para hacer que el bebé salga antes de que el cuerpo esté preparado.

No estoy preparada. Faltan dos semanas para que salga de cuentas, y no estoy preparada.

Me centro en el teléfono. No marco el número de él sino el de ella, la comadrona: una mujer con piercings llamada Albany a la que solo he visto dos veces.

«Ahora mismo estoy en un parto y no puedo atender tu llamada. Si eres tan...»

Me arrastro con el portátil hasta el cuarto de baño y me siento en las baldosas frías, con una toallita húmeda en el cuello y el fino ordenador apoyado en el abultado contorno de mi hijo. Abro el correo electrónico y empiezo a escribir un mensaje a las Madres de Mayo.

«No sé si esto es normal. — Me tiemblan las manos mientras tecleo—. Tengo náuseas. El dolor es muy intenso. Todo está pasando muy rápido.»

No contestan. Estarán cenando, comiendo algo picante para acelerar el parto, bebiendo a escondidas la cerveza de sus maridos, disfrutando de una tranquila noche en pareja, algo de lo que las madres veteranas nos han aconsejado que nos despidamos para siempre. No verán mi correo electrónico hasta mañana.

Enseguida suena el correo. Francie, qué encanto. «¡Ya empieza! — escribe—. Cronometra las contracciones y que tu marido te ejerza presión constante en la zona lumbar.»

«¿Cómo lo llevas? — escribe Nell. Han pasado veinte minutos—. ¿Todavía lo notas?»

Estoy tumbada de lado. Tecleo fatal. «Sí.»

La habitación se queda a oscuras, y cuando vuelve la luz — diez minutos más tarde, una hora más tarde, no tengo ni idea—, noto que me brota un dolor sordo de un chichón de la frente. Vuelvo a gatas a la sala de estar oyendo un ruido, un aullido animal, antes de darme cuenta de que el sonido viene de mí. «Joshua.»

Llego al sofá y apoyo la espalda contra los cojines. Meto la mano entre las piernas. Sangre.

Me pongo un impermeable fino por encima del camisón. Consigo bajar por la escalera.

¿Por qué no he preparado el bolso? Todas las Madres de Mayo han escrito largo y tendido sobre lo que hay que meter en el bolso, y el mío sigue en el armario del dormitorio, vacío. No hay un iPod con música relajante dentro, ni agua de coco, ni aceite de menta para las náuseas. Ni siquiera una copia impresa de mi plan de parto. Me agarro la barriga debajo de una farola neblinosa hasta que llega el taxi y me siento en el pegajoso asiento trasero, tratando de no fijarme en la cara de preocupación del taxista.

«Me he olvidado la ropa de la primera puesta que le compré al bebé.»

En el hospital, alguien me indica que suba a la sexta planta, donde me dicen que espere en la sala de triaje.

—Por favor — le digo por fin a la mujer de detrás del mostrador—. Tengo mucho frío y estoy mareada. ¿Puede llamar a mi doctora?

Esa noche mi doctora no está de guardia. Hay otra mujer de la consulta a la que no he visto nunca. El miedo se apodera de mí cuando me siento, momento en que empiezo a perder un líquido que huele a tierra, al barro del jardín en el que mi madre y yo solíamos buscar lombrices cuando yo tenía seis años, sobre la silla de plástico verde.

Salgo al pasillo, decidida a no quedarme quieta, a permanecer de pie, visualizando la cara de él cuando se lo conté. Se puso furioso e insistió en que lo había engañado. Exigió que me deshiciera del bebé. «Esto lo arruinará todo — dijo—. Mi matrimonio. Mi reputación. No puedes hacerme esto. No te lo permitiré.»

No le conté que ya había visto la parpadeante lucecita verde de los latidos de su corazón, que había oído su ritmo, una comba que daba vueltas muy rápido, por los altavoces del techo. No le dije que en mi vida he deseado algo más que a este bebé.

Unas muñecas recias me levantan del suelo. Grace. Es lo

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