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LA MAFIA QUE NOS UNE (LA MAFIA 1)

Anny Peterson  

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Fragmento

Prólogo

Noa

«Ya eres mío», pensé frenando el coche y escurriéndome en el asiento del conductor. Sabía que había seguido con las luces apagadas a la persona adecuada en el momento oportuno.

Qué molesto es a veces tener razón, porque presentía un aciago final. Uno de los dos no sobreviviría a aquella noche, o puede que ninguno.

Asomé los ojos lo justo para verle desaparecer por una puerta inapreciable en la pared de metal de aquel edificio de China Town. Me habían prohibido volver a pisar ese distrito, pero intuía que tras esa ajada puerta estaba la clave de todo.

Bajé del coche y le seguí. Me adentré en la nave sin pensar en el riesgo que estaba corriendo porque, si me encontraban allí, les sería muy fácil hacerme desaparecer sin dejar rastro. Pensé vagamente en dos o tres personas a las que les daría un ataque si supieran dónde estaba, pero sacudí la cabeza y me concentré en lo que veía.

Era una habitación pequeña y sucia que olía a peligro. Como las que salen en las películas y automáticamente piensas: ¡¿eres tonta?! ¡Sal de ahí! Siempre creí que si fuera la protagonista echaría a correr sin dudarlo, pero no podía. Aparte de a peligro, olía a sed de justicia, a luchar contra la opresión, a defender la libertad, y ese efluvio impedía que me detuviera. Se escuchaban murmullos en un dialecto extraño de Europa del Este, también algunos gritos angustiosos y sus réplicas enfadadas… No me hacía falta oír más para saber que había encontrado el agujero donde se organizaba esa maldita banda de tráfico humano que llevaba persiguiendo casi un año, pero tenía que verlo con mis propios ojos antes de pedir refuerzos.

Continué sigilosamente por un pasillo. Al llegar al acceso, me agaché y eché un vistazo.

Mierda. Era peor de lo que creía. En ese momento, sí me pareció una magnífica idea salir pitando hacia la puerta, pero en vez de eso, saqué el móvil y envié un WhatsApp.

«Los Tengo. Trae refuerzos», y mandé mi ubicación.

—Quieta, zorra. —Sentí la presión de un cañón en mi cabeza. El sonido de una bala cargándose y una voz inconfundible que no debería estar en el bando de los malos.

—¡No! —grité despertando sobresaltada.

—Señorita, ¿se encuentra bien? —me preguntó asustado el pasajero de al lado.

Mis ojos ofrecieron nueva información.

Una cabina de avión presurizada, gente mirándome alarmada, azafatas sirviendo bebidas.

—Sí. Perdón, perdón. —Corregí mi postura y soporté la vergüenza provocada por mi trastorno de estrés postraumático.

—¿Una pesadilla? —insistió el hombre.

Le miré a los ojos y me pareció un buen hombre recién jubilado. Tenía una mirada ávida por recopilar historias de sus trepidantes viajes que más tarde plasmaría en su autobiografía. Si le contara la mía, se caería del asiento a pesar de la dificultad por la proximidad del respaldo anterior.

—Sí —mentí. Porque en realidad no era eso, sino un recuerdo. Un mal recuerdo que preferiría olvidar. La auténtica pesadilla estaba a punto de comenzar: volvía a casa.

Capítulo 1

ALGO PARA RECORDAR

Noa

—¡Nena! —gritaron mis padres en cuanto me vieron aparecer por la puerta de llegadas.

Corrí hacia ellos y les abracé a los dos a la vez.

—Qué ganas tenía de verte, cariño —dijo mi padre.

—Te hemos echado mucho de menos —apoyó mi otro padre—, pero… ¿por qué has vuelto exactamente? —preguntó interesado.

—César —le riñó papá—, acaba de llegar. Te he dicho que esperases al menos a llegar al coche para hacerle esa pregunta.

—Lo siento —chasqueó la lengua resignado—, te juro que mi mente ha pensado una cosa y mi boca ha dicho otra. Llevamos preguntándonos eso dos semanas, desde que nos dijo que no solo volvía para acudir a tu fiesta de jubilación, sino para quedarse definitivamente.

Mi padre le sonrió con ternura poniendo los ojos en blanco. Un gesto que indicaba que seguía siendo una de sus dos debilidades. Yo era la otra y me lo confirmó mientras volvía a abrazarme feliz.

Aplastada contra su cuerpo de oso polar encontré los astutos ojos de César, que me sonreían traviesos alardeando de que aún seguía teniéndole justo donde quería. Eran una pareja envidiable. Mi ejemplo perfecto de cómo debería ser el amor entre dos personas.

César no era mi padre biológico, ni falta que hacía. Tenía claro que Jorge desempeñaba ese papel a la perfección desde que me concibió mediante un vientre de alquiler hacía ya casi treinta años, y él se había encargado de cubrir con matrícula de honor el rol de madre. Una madre permisiva, comprensiva y confidente, que me echaba una mano con las neuras de mi sobreprotector padre.

—Vámonos a casa, necesitas descansar antes de la fiesta —propuso papá, y cogió mi maleta para arrastrarla mientras me pasaba un brazo por encima. Cesar se agarró a mi cintura y comenzamos a caminar.

Entendía que quisieran estar en contacto conmigo —a pesar de que nadie diría que parecían dos tipos cariñosos—, pero hacía casi un año que no me veían y necesitaban cerciorarse de que estaba realmente allí. Yo tampoco era la típica chica garrapata. Solía guardar las distancias con la gente y, de pronto, me agobié al sentirme tan retenida. Como por arte de magia, César me soltó y me echó una mirada que evidenciaba haber captado las ondas negativas que emanaban de mi cuerpo. Le miré y vi una pregunta en sus ojos.

«¿Qué ocurre? Tendrás que contármelo», acertó a decirme.

«Algo que a papá no le gustará saber», respondí mentalmente.

«Tranquila, sé cómo distraerle», sonrió ufano.

Me dio tanta paz, que le cogí de nuevo la mano demostrándole que había cambiado de idea. No quería perder su contacto y eso hizo que su sonrisa se ensanchara.

Descansé todo el tiempo que pude tirada en la cama antes de tener que comenzar a arreglarme. Maldita fiesta, toda la vieja cuadrilla se juntaría, pero eso no era ninguna novedad.

Solían verse a menudo, aunque, de un tiempo a esta parte, a medida que los hijos fuimos creciendo, solo aparecíamos en los actos importantes o fechas señaladas. Mi última vez, el cumpleaños de uno de ellos. Ese día decidí dejar España y viajar lejos por un tiempo indeterminado. Lo había bautizado «el día de los ultimátums»: mi novio me lanzó uno, la persona menos indicada, otro, y yo tomé la decisión de desaparecer por el bien de todos.

Los implicados en aquella dramática escenita éramos los hijos de un grupo de amigos íntimos que habíamos crecido juntos, con todos los buenos y malos momentos que eso conlleva. A veces odiaba recordar los buenos casi tanto como los malos, porque nos habían hecho presas de un vínculo que la mayoría de nosotros no deseaba llevar grabado en sus entrañas. Demasiadas vivencias juntos como para olvidarlas… Demasiado cariño, demasiado odio, demasiado roce.

Entramos en el restaurante donde se celebraría la cena y nos dirigimos a un apartado exclusivamente reservado para la ocasión donde cabríamos todos. Éramos catorce, ni Los Brady ocupaban tanto.

El brazo de mi padre seguía en su sitio favorito, lanzando el mensaje subliminal de «no te acerques a ella o morirás» que había implantado desde el día que me crecieron los pechos, pero en aquel instante se lo agradecí, porque estaba a punto de volver a ver al amor de mi vida. Uno al que yo misma había renunciado porque, a veces, hay que elegir entre satisfacer a los demás o perseguir tus sueños.

Nada más entrar, le vi. Apoyado en la mesa, sin ver la hora de sentarse a comer saltándose el paso previo de los saludos iniciales. A su lado, con el ceño fruncido, estaba su mejor amigo cambiando el peso de un pie a otro, nervioso, incómodo. Sus ojos me encontraron y el tiempo se detuvo. No pude hacer otra cosa que bajar la vista al suelo. Joder…, tan valiente para unas cosas y tan cobarde para otras. Quién lo diría, después de haber tenido el cañón de un arma metido en la boca.

—¡Hola, Noa! —me saludó Naia, la mejor amiga de mi padre—. ¿Cómo estás? ¿Qué tal el vuelo?

—Bien… —sonreí forzadamente tras recordar el pequeño espectáculo que había dado en el avión. Tampoco quería recordar la psicosis que experimenté al recoger el equipaje, pensando que alguien me seguía, observando todos mis movimientos.

—¡Me alegro de que estés aquí! Diego lleva toda la semana histérico por verte.

Madres… ¿No saben lo que es la contención?

Miré hacia su hijo, que estaba relativamente cerca, y se mordió los labios aplacando una sonrisa.

Mi padre puso cara extraña y mantuvieron una conversación silenciosa que no quise atender ya que su marido me estaba dando dos besos.

—¡La pequeña Noa! —intervino Leo, otro de los amigos de mis padres—. ¿Qué tal, preciosa? ¿Ya has cazado a todos los malos de Nueva York?

—Sí, está limpia como una patena. Ahora empezaré con los de aquí —bromeé. Ese hombre siempre me había caído bien, lástima que no pudiera decir lo mismo de su hijo. Lolo.

—¿Vas a retomar la excedencia que pediste en la policía? —preguntó interesado.

—Eh… no sé qué voy a hacer todavía —dije cuando se hizo un silencio inusual en el comedor para oír mi r

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