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LA MAGIA DE DOS

Cristina B. Morales  

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Fragmento

1

Trasmoz, octubre de 1864

La muchacha asciende por la colina con las faldas recogidas para no tropezar y un jadeo insistente atascado en la garganta. Desde el cielo, la luna le ilumina los pasos y le tiñe de plata la frente bañada en sudor. Siente el fuego del cansancio abrasarle los pulmones cuando se detiene un instante para observar la figura que, frente a ella, se hunde en la noche con rapidez y elegancia.

—¡Elvira! —exclama. Su voz extenuada recuerda al graznido de los cuervos que custodian el silencio del lugar a donde se dirigen—. ¡No corras tanto, espérame!

Su acompañante, Elvira, se gira entonces para mirarla. En ella no hace mella el cansancio del ascenso. En algún punto del camino ha perdido las cintas que le sujetaban el cabello y ahora lo lleva suelto, salvaje, una corona de fuego que enmarca su rostro arrebolado por la emoción. Le brillan los ojos de oro, con esa determinación y vitalidad que despierta en ella la cercanía de la muerte. Se ríe.

—¿Me harás esperar hasta año nuevo, Margarita? —la provoca, con una sonrisa pícara y un contoneo de caderas que le quita el aliento por un motivo muy distinto al del agotamiento—. ¿Tendré que divertirme yo sola?

A unos metros ya se ve la verja del cementerio y a Margarita le cosquillea la piel ante la promesa de los besos de Elvira, que desanda sus pasos para reunirse con ella, agarrarla del brazo y ayudarla a subir el trecho que falta. Le roba un beso justo en la comisura de los labios, un beso que le roza la piel suavemente con la punta de la lengua y deja a Margarita con el corazón amenazando con salir del pecho y un peso líquido en el estómago. Intenta devolverle el beso a Elvira, pero ella se aparta con una carcajada y su voz, suave, sugerente, le caracolea en el interior del oído cuando susurra en él:

—Si quieres más, tienes que darte prisa.

Veinte pasos más y puede tocar el frío hierro de la verja del cementerio. Los cuervos las reciben con un graznido que corea el chirrido lastimero del metal al girar sobre las bisagras. A Margarita se le han hecho eternos los quince minutos de caminata desde las primeras casas hasta el camposanto. El lugar es pequeño, como el pueblo, y no tiene más vigilante que las estrellas y el tiempo. Cuando atraviesa las puertas, el cuerpo de Margarita tiembla entero de anticipación. No puede más, no puede más y si Elvira no la toca de una vez, se morirá y ella tendrá que enterrarla allí, con el resto de muertos de Trasmoz. Está convencida de que ellos sienten su deseo, que los huesos retumban en sus tumbas al ritmo del vaivén de las caderas de Elvira. No puede más con esas caderas. Las agarra, las empuja hacia ella, hunde el rostro en su cuello.

—No puedo más, Elvira. —Es un gemido quejumbroso lo que sale de su garganta, una súplica desesperada. Las manos de Margarita buscan los lazos del cinturón de Elvira. Se enzarza con ellos en una lucha impaciente—. Aquí. Aquí mismo. Sabes que no hay guarda, no nos verá nadie. No me hagas esperar más, por favor.

Elvira suelta un ruidito, a medio camino entre una carcajada y un suspiro, cuando los dientes de Margarita le rasgan con suavidad la piel suave del cuello. Se vuelve mantequilla entre sus brazos y por un instante Margarita cree que va a dejar de jugar con ella, que parará de provocarla para enredarle los dedos en el pelo, bajo la cofia, y besarla de una vez con esa pasión que siempre la deja sin respiración y con el alma en carne viva. Pero nada de eso ocurre, sino que Elvira se queda quieta, dejándola hacer, con la respiración agitada, dudando.

—Nos vamos a helar aquí fuera —protesta, sin mucha convicción, cuando Margarita le suelta el último lazo del cinturón.

—Yo me encargaré de que no pases frío. —El cinturón de Elvira cae al suelo cubierto de hojas y ella suspira y tiembla en respuesta. Margarita sabe que no es de frío—. ¿Y tú? ¿Me darás calor, Elvira?

Elvira no lleva corsé. Cuando la mano de Margarita se cuela por debajo de la camisa y le acaricia suavemente la piel caliente del estómago ya no hay vuelta atrás. Elvira suelta una maldición entre dientes y se gira entre los brazos de Margarita para cubrirle la boca en un beso furioso, con más ansia que acierto. Margarita se lo devuelve como puede, agarrándose a ella para no sucumbir de rodillas al peso de las emociones que la invaden por dentro. Alivio, deseo, amor, deseo, deseo. Elvira le muerde los labios y le clava las uñas en la cintura y Margarita se muere, alcanza la gloria y resucita cuando Elvira se aleja de su boca para llenarle el cuello de besos. Su cabello rojo le hace cosquillas en la mejilla. Huele a otoño, a hechizos, a Elvira, los olores favoritos de Margarita, que siente que se enciende y que el calor le invade todo el cuerpo, desterrando el frío de octubre a medida que la lengua de Elvira le deja surcos húmedos sobre la piel.

Es entonces cuando ocurre. Cuando Elvira se separa bruscamente de ella y le cubre los labios con los dedos para acallar sus protestas. Cuando Margarita la mira, sin comprender, y Elvira le dedica una sonrisa que guarda solo para ella. Hasta las estrellas contienen el aliento cuando Elvira llama al viento, que rodea a las dos muchachas con la ternura de una madre.

—Cierra los ojos.

Un susurro. Margarita no sabe si se trata del viento o de la voz de Elvira, pero obedece. Tampoco sabe qué ocurre ni

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