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LA MAGIA DE SER NOSOTROS (BILOGíA SOFíA 2)

Elísabet Benavent

4


Fragmento

1

En el hoyo

El despertador de Lucía invadió la habitación con unos pitidos horriblemente desagradables en intervalos de cuatro, como cada mañana. Yo ya estaba despierto. Los ojos se me habían abierto hacía un par de horas y había sido imposible volver a cerrarlos. Había soñado que había macetas de lavanda alrededor de la cama pero, al contrario de lo esperado, la habitación olía a café. A madera lustrada. A libros polvorientos. Los recuerdos se colaban por todas las grietas y despertaban los sentidos si se trataba de ella. No de Lucía, claro. De ella.

Durante esas dos horas de insomnio había observado en silencio cómo a través de la ventana la noche iba clareando, pero aún no era de día.

Lucía se revolvió y suspiró al tiempo que apagaba el despertador. Era pronto, el día anterior llegó tarde a casa y estaba cansada. Como yo pero de otra forma. Lo mío no sé si era cansancio o vejez prematura. La cantidad de años que no viviría junto a Sofía me hizo envejecer de repente.

Lucía se levantó de la cama, se echó encima una bata, caminó de puntillas por la habitación y mientras, yo fingía estar durmiendo para no tener que contestar a las mismas tediosas preguntas de todas las mañanas: «¿Has dormido?», «¿Cómo te encuentras?», «¿Qué planes tienes para hoy?».

Desapareció caminando despacio hacia el baño y yo suspiré de alivio cuando cerró la puerta. Diez minutos más tarde regresó enrollada en una toalla y con el pelo húmedo. Se vistió con el siseo de la tela sobre la piel como único sonido y yo, aprovechando que estaba de espaldas, miraba cómo la claridad iba avanzando. Pronto los gritos de los niños llenarían el éter y sentiría un poco de alivio. Los niños me hacían sentir esperanzado porque, por más que doliera, el mundo seguía girando. Había más vida aparte de la mía. Esa que había jodido por elección propia.

Lucía se metió de nuevo en el baño para maquillarse y peinarse para regresar enseguida perfumada y lista, haciendo repicar los tacones sobre el parqué.

—Héctor… —Se sentó en mi lado de la cama y me acarició el pelo—. Cariño, me voy.

—Vale —respondí.

—¿Has dormido?

—Sí.

—Te has movido mucho. —No contesté nada, solo me froté los ojos—. Bueno, no pasa nada. Coméntaselo al médico, ¿vale? No te olvides. A las diez.

—Vale.

Si no me lo hubiera recordado hubiese fingido olvidarme pero ahora… tenía que ir. Porque ella misma había llamado para pedir la cita, porque se había tomado muchas molestias y porque… estaba preocupada. Y porque yo quería una solución para lo mal que me encontraba, aunque fuese en forma de pastilla. Yo sabía perfectamente lo que me pasaba. Me estaba muriendo de pena a la antigua. Como las damiselas de las novelas de amor de otros siglos. Así era yo. Un mierda.

El médico anotó todo lo que le fui contando a regañadientes. Sueño ligero e insuficiente. Épocas de hambre voraz seguidas de pérdida total de apetito. Migraña. Falta de energía. Nula concentración.

—¿Algo más? —preguntó sin mirarme.

Me froté las sienes muerto de vergüenza. Podría no decírselo, pero eso significaría de alguna manera que no asumía lo que me estaba pasando y… no era la realidad. Lo asumía y me resignaba a aceptarlo porque, ¿qué menos? Había echado mi vida a perder. Suspiré hondo y dije:

—Sí. He perdido el apetito sexual.

—¿Ha perdido el interés hacia las relaciones sexuales o sufre episodios de disfunción eréctil?

«Me quiero morir», pensé, pero sonreí débilmente y negué como si la situación en el fondo me diera risa.

—Un poco de todo —admití.

Y me dolía en el alma decirlo porque me sentía culpable y ridículo a la vez…, menos hombre. Pero, joder, necesitaba darme tregua o un día terminaría tirándome por la ventana.

El doctor despegó la vista de su ordenador, me miró y sonrió con bonanza; quería suavizar el discurso.

—Sabe usted lo que le ocurre, ¿verdad?

—Perfectamente —le respondí. Me hizo un gesto para que siguiera hablando y yo terminé el diagnóstico—. Estoy deprimido.

—Bien. Aceptarlo es el primer paso. Un psicólogo puede ayudarlo a ver las causas de este proceso y…

—Sé la causa —le corté—. Tomé decisiones equivocadas que no puedo borrar. Recéteme algo. Unas pastillas que me atonten. Algo suave que lo haga más llevadero.

—Es usted muy joven para estar tan resignado.

Debí contestarle que de no estar tan resignado tendría la constante tentación de volver atrás y desbaratar tres vidas, pero no lo conocía de nada y estaba seguro de que no le interesaría lo más mínimo. Al ver que no respondía…, asintió y firmó un papel.

De camino a casa compré las pastillas y me tomé dos junto con un café en la cafetería del antiguo cine de Carouge. Tendría que haber comido algo pero aquella semana era de las de sobrevivir a base de café. La semana siguiente comería por cinco, pero no me preocupaba demasiado. Lo único que quería era llegar a casa y meterme en la cama, que hicieran efecto los malditos ansiolíticos y dormir sin sueños a poder ser durante días.

Te diste la bienvenida a tu vida de mierda, Héctor, pero nunca te acostumbraste a vivir en ella.

2

La soledad del aroma de la almohada propia

Octubre.

Siete meses de silencio.

Cuando descubres lo que significa vivir con magia y te la quitan es como si hubieran bajado la intensidad de la luz en todas partes. Siempre creí que ese melodrama no iba conmigo, pero es la jodida realidad. Hasta la luz del día brilla menos. Y tú te vas apagando cada vez un poquito más hasta que te parece que eres de papel. Un dibujo en blanco y negro. Sin matices. Sin colores. Sin planes.

No quiero hacer hincapié en lo que sentí cuando me di cuenta de que no volvería, solo te diré lo que ya imaginas: me quedé hecha una auténtica mierda. Me encerré mucho en mí misma, no porque no soportara la compañía o ver la compasión en los ojos de los que me miraban, que también, sino porque me moría de vergüenza. Llegué a pensar que me lo merecía.

Me enamoré de un tío con novia, ese fue el principio del fin, la piedra con la que me resbalé y que provocó que todo lo demás cayera en picado. Engañamos a otra persona, nos creímos protagonistas de una historia de amor y corazones, y terminamos en un estrepitoso fracaso. Uno de esos que te rompen y en los que pierdes piezas. Por más que te repongas siempre habrá vacíos que no lograrás llenar. Pero me convencí de que era cuestión de tiempo. Me costó, pero me convencí porque la lógica me decía que no había otra opción posible. De todo se sale, dice mi padre.

Sé lo que se esperaba de mí cuando él se marchó: llantos, autocompasión, algún que otro numerito mientras me desgañitaba diciendo que me quería morir y canciones lastimeras. Estaba orgullosa de poder decir que dejé a casi todos con las ganas; no hay nada más disuasorio en este caso como la vergüenza propia: uno no quiere remarcar lo iluso que ha sido.

Durante dos semanas escuché canciones lastimeras y de ruptura, eso sí, en la más estricta intimidad: «I will survive» de Gloria Gaynor, «Se acabó» de la grandísima María Jiménez, «Se fue» de Laura Pausini. Pensé que cuanto más evidentes y más melodramáticas fueran, antes me repondría, pero no me ayudaron demasiado. Me di cuenta de que tendría que hacerlo de otro modo quizá un poco más… invasivo; cuando se cumplieron quince días de su marcha, borré la lista de Spotify que escuchábamos juntos, eliminé cualquier recuerdo suyo de mi habitación y le pedí a todo el mundo que me tratara como si Héctor nunca hubiera cruzado la puerta del Alejandría. Ellos hicieron su parte y yo la mía: fingir que no me acordaba de él.

Así que no hubo numeritos. A lo sumo alguna borrachera lamentable junto a Oliver, de esas que ya no nos iban con la edad que teníamos. Pero divertida. Sin llantos, ni rímel corrido ni llamadas a horas intempestivas. Había borrado su número, eso también ayudó. Aunque… seré sincera, lo borré tarde y me fue imposible eliminarlo de mi memoria, así que, bueno, lo comido por lo servido.

Meses después de encontrar su habitación vacía y una simple nota de despedida, el balance no era positivo, pero tampoco negativo. No adelgacé durante ese tiempo ni languidecí con su marcha, pero tampoco engordé buscando en las tarrinas de helado el consuelo que antes encontraba en el calor que desprendía su cuerpo. Somos tontas si creemos que un montón de helado de Ben & Jerry’s de chocolate con brownie arreglará la soledad. A ver… ayuda, al menos un ratito. Pero es como masturbarse: es placentero pero si lo que buscas es el calor de otro cuerpo… no es la solución.

Tampoco perdí las ganas de vivir, aunque tampoco conseguí sentirme como antes de que entrara en el Alejandría. La tranquilidad se había desvanecido sin dejar ni rastro y donde antes había comodidad solo quedaba vacío. Pero me refugié en las cosas que quería, las que me gustaban… en mi Alejandría, en mi gente, en mi taza gigante de café donde en algún momento deseé meter la cabeza y ahogarme.

No estaba visiblemente mal, pero tampoco estaba bien. La gente no mencionaba la resignación con la que había asumido que parte de la tristeza no se iría; todo el mundo me trataba igual que antes de él pero yo me sentía muy diferente. Incapaz de dar consejos, poco capacitada para hablar de cosas que no fueran triviales, más amiga que nunca de esas citas que igual me arreglaban un roto que un descosido y que me permitían no mojarme en nada.

Me acordaba de él a todas horas, pero era un secreto muy bien guardado que rescataba cuando estaba sola en mi habitación, como el hilo rojo de lana que no había sido capaz de tirar y que tenía escondido debajo de mis pijamas limpios, en el último cajón de la cómoda. Cerraba la puerta con una sonrisa que se me desprendía de la boca cuando no había nadie que pudiera verme, rescataba el maldito manojo de lana y cerraba los ojos. Lo acariciaba y dibujaba en mi cabeza línea a línea a Héctor; desde su ceño fruncido, su barba o esa pequeña depresión que cruzaba su estómago cuando se tumbaba. Me gustaba ser

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