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LA MALA HIERBA

Agustín Martínez

4


Fragmento

Jacobo

Quiero recordarte descansando sobre mi pecho, exhausta después de hacer el amor, y no como el barco que se hunde en un charco de sangre a mis pies.

Lo intento con todas mis fuerzas; juro que lo intento.

Quiero volver a aquella playa. A tu espalda desnuda; a los reflejos de un mar bravo que te dibujaba olas en la piel, una caricia. Y después, cuando me perseguiste hasta el piso de estudiantes en el extrarradio de la ciudad, rodeados por la estridencia de los coches que atravesaban la autovía.

Quiero verte, Irene, cómo dejabas caer tus ojos hacia mí y me sonreías. Quiero volver a pensar que íbamos a comernos la vida. Que íbamos a crecer salvajes.

Pero el tiempo me zarandea y me impide quedarme allí, en aquella playa o en el piso de estudiantes.

Atravieso los años, la universidad, los primeros trabajos, noches de demasiadas cervezas y risas de amigos que también fueron quedando atrás, borrosos: ¿quién puede recordar hoy sus rostros? El frigorífico vacío y el pánico interno, tal vez sólo mío, a la vida que empezaba a formarse dentro de ti, Irene, que amenazaba con salir y devorarnos. Nuestra hija. Miriam y la boda.

Un trabajo estable. La tarjeta de El Corte Inglés y el amor perfecto por ese bebé que nos sonreía desde su cuna, segura de que sus padres sabrían protegerla de cualquier mal.

Quiero detenerme pero es imposible. Quiero parar, te juro que quiero parar.

Pero sigo avanzando hacia el desastre como un proyectil.

¿Te acuerdas de esas otras noches, Irene, cuando nos abrazábamos derrotados? La piel de tu espalda ya no era una playa tersa. No me importaba. Habría hundido mi cara en ella igual que la primera noche junto al mar. ¿Por qué no puedo volver atrás?

Nos mentimos. Nos dijimos que podíamos retomar la marcha después de que todo saltara por los aires.

El anciano sentado junto al surtidor, cuando paramos en la gasolinera con el coche lleno de maletas y de todo aquello que no habíamos conseguido vender, no nos advirtió de nada. Sólo hizo un leve gesto con la cabeza y permaneció en silencio, con la sonrisa congelada y una dentadura a la que le faltaban varias piezas. Al ver su piel entendí adónde habíamos llegado. No a un desierto de dunas suaves, horizontes dorados e infinitos, sino de barrancos, piedras y tierra cuarteada. Matorrales de cobre como alambradas.

Miriam estaba en el asiento trasero del coche y ni siquiera sonrió cuando le llevamos las chocolatinas. Las abandonó a su lado y siguió jugando con el móvil sin echar una sola mirada fuera, a esa tierra donde pretendíamos volver a empezar.

A ese desierto que nos acogió, al cortijo, apartados del pueblo y de cualquier ruido. Tan lejos del principio, del estruendo de las olas.

Al pie de la nada.

Te habías transformado en una extraña. ¿O fui yo quien se alejó? Estaba perdido. Miraba a mi alrededor y me preguntaba: ¿cómo hemos llegado aquí? ¿En qué momento soñamos con este futuro?

El cortijo de paredes encaladas y ventanas que cerraban mal. El frío del desierto en invierno se colaba por todas partes. Miriam había ido a dormir a casa de una amiga y yo pensaba, al igual que tantas otras noches, en cómo arreglar lo nuestro. En dejar de mirarnos como dos perros de presa que se mueven en círculos por el redil que era la casa. Manteniéndonos la distancia, midiéndonos.

Odiaba esas putas ventanas; tan negras en cuanto caía la noche.

No había encendido la televisión. Oí tus pasos, bajando las escaleras, y supe que ibas a entrar en el salón. Miré al vano de la puerta esperando ver tu silueta y, estúpido, infantil, imaginé que lo hacías desnuda y me decías: «Abrázame. Vamos a hacerlo, como cuando lo hacíamos antes».

La llama azul de la estufa tembló durante un segundo, puedo recordarlo, al igual que el fuego recorriendo con un espasmo y un zumbido el frontal de amianto de la catalítica para recuperar el calor. Hay detalles insignificantes grabados en mi memoria, pero el conjunto de lo que sucedió aquella noche permanece como una figura mal ensamblada, brazos y piernas en lugares imposibles, el monstruo del pasado arrastrándose hacia mí, rogándome que le dé forma con un balbuceo incoherente, mitad llanto, mitad grito.

La puerta de la cocina no cerraba. El peso del hierro la había descolgado, las viejas bisagras apenas si podían sostenerla. En el suelo, el dibujo del arco de la puerta, un arañazo blanco en las baldosas. No supe arreglarla y tampoco pudimos pagar a nadie para que lo hiciera. ¿Qué te voy a contar del dinero, Irene?

Por esa puerta entraron.

Puedo verme escupiendo sangre en el pasillo. Clavando mis manos en el suelo como si fuera una pared vertical por la que me despeñaba. El charco pegajoso bajo mi pecho, el ruido de un chapoteo absurdo al deslizar mi cuerpo sobre él.

Me levanté, eso fue antes, en el salón, y miré al vano de la puerta. Irene, ¿por qué había pensado que aparecerías desnuda o, quizás, sólo cubierta por la bata de algodón, abierta, los pechos y tu sexo ante mí? «Vamos a olvidar todo lo que ha pasado», podrías haber dicho.

De repente, todas esas posibilidades desaparecieron como quien tira del mantel, llevándose cubiertos y platos, y deja al descubierto la madera desbastada.

Sólo te oí gritar «¡Jacobo!».

«¿Quién ha entrado?», dije yo. Las voces de aquellos hombres sonaron como sirenas, alarmas del desastre, «¡¿Dónde te crees que vas?!». El chirrido de una silla al arrastrar las patas sobre la cerámica del suelo como una tiza rota en la pizarra… «Tú grita, puta, grita lo que quieras.»

El fogonazo del disparo, un relámpago blanco que, durante un instante, dibujó sus siluetas. Negras. Tan negras y, sin embargo, ¿por qué creía haber visto sus dientes de marfil enmarcados en una sonrisa?

Uno de ellos vino hacia mí; la escopeta colgando a su lado como una azada. Pude ver la sangre que le empapaba la pernera del pantalón.

¿Qué dije o qué hice? ¿Te llamé, Irene, o simplemente me di la vuelta y traté de huir?

Su disparo me atravesó el pulmón derecho. Quizás sí tuve valor y me abalancé sobre él, desesperado, inconsciente, y gritando «¡Irene!». Como si pudiera atravesarlos, no sólo al hombre que me había disparado, sino a todos, y cogerte de la mano, Irene. Saltar a través de una ventana, dotado de una fuerza increíble y, a grandes zancadas, más bien vuelos, alejarnos del cortijo, ladrones de Bagdad que recorren los tejados y a los que basta un leve roce sobre la superficie para elevarse, mágicos, contra el cielo. Irene enamorada y liviana, cogida de mi mano, su pelo batiéndose como una bandera.

Estabas muerta. Desmadejada en el suelo de la cocina: ¿llegué a verte? Fui incapaz de reconocer tu cara bajo un amasijo de pelo, sangre y carne. ¿Te dispararon en la cabeza? No estoy seguro.

¿Estabas desnuda? ¿Llevabas la bata de algodón?

Alguien se apoyaba en el quicio de la puerta de la cocina. Miraba hacia fuera, al desierto. Lo que ocurría dentro de esas viejas paredes, los gritos y el dolor, no iban con él. Como el profesor que ha aprendido a ignorar a los alumnos que alborotan la clase.

La mancha en que se había transformado tu cara, Irene, era lo único que había ante mis ojos. Una masa informe donde me habría gustado hundir las manos para volver a colocar cada cosa en su lugar.

Una pelliza marrón con un cuello de borrego. Algo así vestía quien volvía ahora del salón, ¿o bajaba las escaleras?

Dijeron: «Tú grita, puta, grita». Dijeron: «¿Dónde te crees que vas?». Dijeron: «Tengo hambre».

Todavía era de noche cuando sus piernas pasaron junto a mí; recogían los casquillos del suelo.

Incliné la cabeza y, desde donde estaba, vi tu pie, Irene: desnudo, rígido. Me mostraba la planta, endurecida y marrón y también roja: la sangre.

Oí cómo vaciaban cajones, tiraban cosas al suelo, y tuve ganas de reír: ¿qué buscáis, imbéciles?, ¿qué tenemos, salvo una enorme nada, tan grande y muerta como este desierto, una nada que nos ha estado tragando, abriendo su boca de gusano ciego para comernos, a Irene, a Miriam, a mí?

Buscad, buscad.

Pero luego lloré.

¿Por qué nosotros, si no tenemos nada, si no somos nadie? ¿Por qué, Irene?

Desierto

 

—una celebración—

El hombre que le sonreía bajo el voladizo de la gasolinera exhibía una dentadura a la que le faltaban piezas con la impudicia de la anciana que se levanta la falda. No hacía nada más que sonreír y acompañar esa mueca con un repetitivo cabeceo afirmativo. A la sombra de un sol que hacía hervir la tierra alrededor de la gasolinera, el asfalto y el techo de su coche, aparcado junto al surtidor. Jacobo le respondió con un gesto idéntico, sonrisa y cabeceo, y pensó que, vistos desde fuera, debían de parecer un par de idiotas, sonriendo y cabeceando, sonriendo y cabeceando.

Irene vino exhalando una nube de humo. Había ido a la parte trasera a fumarse un cigarro.

—¿Has pagado? —preguntó a Jacobo.

—Con veinte euros nos llega —dijo después de afirmar—. ¿A cuánto estamos?

—A unos sesenta kilómetros, creo. —Irene miró al coche y luego, dándose por vencida, enfiló sus pasos hacia la tienda de la gasolinera—. Vamos a comprarle algo.

Jacobo la siguió al interior. A través de la cristalera, vio que el anciano se había levantado y ahora estaba apoyado en la ventanilla trasera de su coche: ¿hablaba con Miriam?

—¿Qué hace el abuelo…? —se preguntó mientras Irene recorría el stand de chocolatinas. Iba a salir para decirle que se apartara de su hija cuando el viejo, parsimonioso, se alejó del coche. Irene descubrió el gesto de preocupación en Jacobo y él, para tranquilizarla, dijo—: Tu hija ha debido de espantarlo.

Un aviso sonó en el móvil de Irene.

—Están en la plaza del pueblo, en la terraza del Diamond —leyó en el mensaje—. Mi hermano tiene las llaves.

—«Daiamond», en inglés, no te olvides —intentó bromear Jacobo, pero no conseguía eliminar la inquietud que le había provocado ese anciano. Con paso cansado, el hombre se alejaba de la gasoliner

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