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LA MALDICIóN DE EVA

Margaret Atwood  

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Fragmento

La maldición de Eva,
o lo que aprendí en el colegio

Hubo un tiempo en que a mí no me habrían invitado a hablar para ustedes hoy. De hecho, no hace tanto tiempo.

En 1960, cuando iba a la universidad, todo el mundo sabía que el departamento de inglés de la facultad no contrataba a mujeres, tuvieran los títulos que tuvieran. Mi facultad sí contrataba a mujeres, pero no se daba ninguna prisa en promocionarlas. Una de mis profesoras era una reconocida especialista en Samuel Taylor Coleridge. Fue una respetada especialista en Coleridge durante muchísimos años, antes de que a alguien le pareciera adecuado darle un puesto de más categoría que el de profesora.

Afortunadamente, yo no quería ser especialista en Coleridge. Quería ser escritora; pero los escritores, por lo que sabía, ganaban aún menos que los profesores, así que decidí ir a la universidad. Si hubiera tenido verdaderas ambiciones académicas, podría haberme ofendido cuando uno de mis profesores me preguntó si en realidad quería ir a la universidad…, ¿no preferiría casarme? Yo conocía a un par de hombres que habrían considerado el matrimonio como una alternativa razonable a una profesión. Pero la mayoría, por la fuerza de las circunstancias o por carácter, eran como un amigo mío, que es famoso por no terminar nunca nada de lo que empieza.

—Cuando cumpla treinta años —me dijo una vez—, tendré que escoger entre matrimonio y trabajo.

—¿Qué quieres decir? —le pregunté.
—Bueno, el trabajo va a ser la condición sine qua non para casarme —me contestó.

De mí, sin embargo, se esperaba que tuviera lo uno o lo otro, y este es uno de los aspectos en los que espero que las cosas hayan cambiado. En aquellos tiempos, a ninguna universidad se le habría ocurrido organizar un ciclo de conferencias titulado «Mujeres sobre mujeres». Si se hubiera organizado algo sobre el tema, probablemente se habría invitado a un distinguido psicólogo varón para hablar del innato masoquismo femenino. La educación universitaria para las mujeres, cuando existía, se justificaba por el hecho de que las convertiría en esposas más inteligentes y madres mejor informadas. Los expertos en mujeres solían ser hombres. Se les atribuía esa sabiduría, como todas las demás, en virtud del género. Hoy día la situación es la contraria y se supone que son las mujeres las que tienen esa sabiduría simplemente de manera innata. Esa es la única razón que se me ocurre por la que me hayan invitado a hablarles, dado que no soy una experta en mujeres, ni desde luego en ninguna otra cosa.

Me libré del magisterio académico y evité el periodismo, que era la otra profesión en la que había pensado, hasta que me dijeron que las mujeres periodistas solían acabar escribiendo las necrológicas o anunciando bodas en las páginas femeninas, de acuerdo con sus papeles ancestrales como diosas de la vida y la muerte, responsables de preparar el lecho nupcial y de lavar los cadáveres. Al final me convertí en escritora profesional. Acabo de terminar una novela, de manera que me gustaría enfocar el tema desde mi posición de escr

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