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LA MALETA DE ANA

Celia Santos  

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Fragmento

1

La tapa de la vieja maleta de cuero ocultó las escasas prendas que Ana había preparado días atrás. Aseguró las correas, una de las cuales había cedido por el poco uso y el mucho tiempo transcurrido. Veinticinco años había permanecido en el desván acumulando polvo, desde que su padre acabase el servicio militar. Pero este, hombre de recursos, había improvisado el arreglo con un remache alargando así su vida útil.

Mientras terminaba de hacer el equipaje, su madre trasteaba en la cocina. Con la excusa de prepararle algo de comer para el viaje, se escondía entre las cazuelas sin poder evitar las lágrimas. Su padre se había marchado temprano al campo Dios sabe a qué. Otra escapatoria para esconder su tristeza.

Elvira, su madre, apareció de nuevo en la habitación con una bolsa de tela en la que había metido un par de bocadillos, tres naranjas y una tableta de chocolate.

—Toma, hija, que te espera un viaje muy largo. Y a saber lo que te cobrarán por ahí por cualquier porquería. Quién sabe cuándo volverás a comer algo decente.

Ana alargó las manos hacia el paquete. Acompañó su gesto con una sonrisa amarga y una mirada que, junto con el tacto de sus manos, se decían todo sin palabras. Un «Ojalá no tuvieras que irte», acompañado de su «Estaré bien, no te preocupes», seguido de otro «No nos queda más remedio, hija», al que acompañó un «No te sientas culpable». Frases grabadas a fuego en sus oídos que viajarían durante trece años como una letanía por su alma y su piel.

El hechizo se rompió con un gesto típico y recurrente de su madre en el que se frotaba las manos en el mandil. Recorrió la habitación con la mirada para evitar encontrarse de nuevo con la de su hija. No podría aguantar que la tromba de lágrimas acudiera de nuevo.

—¿Lo llevas todo? ¿Los papeles? No los pierdas, hija; sobre todo, el contrato —le advirtió para asegurarse.

Salieron al comedor donde su abuela permanecía, como siempre, sentada en su butaca con la mirada perdida. Sus hermanos mellizos, César y David, desayunaban, no ajenos a la partida de su hermana pero sí indiferentes. Ana les frotó el pelo y les hizo prometer que se portarían bien y no le darían disgustos a su madre.

—Voy a despedirme de Paquita. Ayer la vi un poco tristona —apuntó cariñosa.

—Paquita se ha ido ya a la escuela —aseguró uno de los gemelos con la boca llena.

—Pero si aún es muy pronto —dijo Ana preocupada.

El muchacho se encogió de hombros y siguió dando buena cuenta del tazón de leche migada con pan.

—Lleva días enfurruñada... desde que le dijimos que te ibas —aclaró Elvira—. Es normal, hija. Para ella va a ser muy duro. Pero venga, no te entretengas más que si no vas a perder el autobús —la apremió.

Ana no podía partir sin despedirse de su hermana pequeña. Aquella personita de ocho años con la que compartía cama, confidencias y complicidad. Aquella niña que la idolatraba, que se sentía protegida a su lado. Aquella niña a la que adoraba. La congoja abordó su garganta al saber que no la abrazaría una vez más. Pero no quiso crear un drama. Se tragó la pena y se acercó a su abuela. Con su perpetuo moño nevado y ojos lejanos parecía estar en este mundo solo de cuerpo presente pero lo controlaba todo. La rodeó con sus brazos y le dedicó un fuerte abrazo acompañado de un sonoro beso.

Se retiró lentamente y, mientras lo hacía, la anciana agarró su mano. Ana sintió cómo le entregaba algo de forma furtiva. Abrió la mano y pudo observar dos billetes de veinte duros perfectamente doblados. Su abuela se la cerró de nuevo en un gesto que indicaba complicidad y secretismo. Una vez más, Ana tuvo que hacer un esfuerzo y apretar los dientes para contener las lágrimas.

Se puso la pelliza y la bufanda dispuesta a partir. Elvira ya no podía ocultar la emoción y el llanto brotó desbocado de sus ojos. Le dio un fuerte abrazo y salió al frío huérfano de aquella mañana de febrero.

Mientras se encaminaba calle abajo, evitó mirar atrás y ver a su madre en el quicio de la puerta. Aquella imagen que, sin mirar, quedó impresa en su memoria.

Recorrió las calles aún cubiertas en parte por la nieve caída días atrás y embarradas por el deshielo. La humedad se calaba en su cuerpo y los goterones que caían de los tejados chisporroteaban a sus pies haciendo más cuesta arriba, si cabía, su ya dura partida. Fue en ese tramo que separaba su casa de la plaza donde pudo dar salida al llanto que llevaba conteniendo toda la mañana. Sobre todo por la pena de no haberse despedido de su niña chica. De su Paquita.

Llegó a la plaza, donde algunos parroquianos esperaban el transporte que les llevase hasta Ávila, la capital. Ella tenía por delante más de veinte horas de viaje. De su pueblo a Ávila. Allí cogería un tren hasta Madrid donde, en la estación Príncipe Pío, embarcaría en otro hasta Hendaya-Irún. Y de allí hasta Alemania. Toda una aventura para alguien que apenas había visitado la capital de su provincia media docena de veces.

El autobús llegó y alguien abrió la puerta. Poco a poco, el resto de pasajeros empezó a subir. Ella dilató el momento mientras buscaba alrededor no sabía muy bien qué. El conductor apremió:

—Vamos, que no tenemos todo el día.

Ana se resignó y cogió su maleta dispuesta a entrar. Cuando puso el pie en el escalón, una voz aguda y descarnada la alertó. Miró hacia un lado y pudo ver a lo lejos a su hermana pequeña que bajaba corriendo y la llamaba desconsolada.

—¡Ana! ¡Ana! ¡Espérame, llévame contigo! ¡Ana! —gritaba la niña en un intento por alcanzarla.

Ella quiso retroceder y darle el ansiado abrazo. Pero un vecino despistado que temía perder el transporte la empujó y la obligó a subir. Este cerró la puerta tras ellos y el vehículo arrancó. Avanzó atropellando la maleta que tenía delante de ella y le impedía moverse con agilidad. Parada en mitad del pasillo, reaccionó y corrió hacia la parte de atrás. A través del cristal pudo ver a la pequeña en mitad de la calle con su cartera de la escuela en la mano, sus trenzas cayendo por los hombros y el rostro desencajado en un grito sordo amortiguado por la distancia. La figura se fue encogiendo y desdibujando por las lágrimas que inundaban sus ojos hasta convertirse en un manchurrón en la lejanía que dejó un arañazo en su corazón.

2

Un segundo.

Dos.

Tres.

La luz del faro apareció de nuevo e inmediatamente se derritió arrastrada por las gotas de lluvia que se estrellaban contra el parabrisas. Un, dos, tres... vuelta a empezar.

Cora no era consciente del tiempo que llevaba aguantando el peso de su pie para que no cayera a plomo sobre el acelerador. Su mente había escapado hasta perderse en algún laberinto del que le resultaba difícil encontrar el camino de vuelta. Su único asidero con la realidad era aquella parpadeante luz roja que la mantenía pegada al asiento. Ni siquiera se percató del peligro que suponía estar en aquel mirador encarada a un acantilado, solo separada por una endeble valla de madera que, a buen seguro, no aguantaría la embestida de un vehículo.

Los días pasados habían sido tan irreales que su única vía de escape fue subirse al coche y conducir sin rumbo fijo. Incorporarse a la auto

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