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LA MANO DE FáTIMA

Ildefonso Falcones  

4


Fragmento

1

Juviles, las Alpujarras, reino de Granada

Domingo, 12 de diciembre de 1568

El tañido de la campana que llamaba a la misa mayor de las diez de la mañana quebró la gélida atmósfera que envolvía a aquel pequeño pueblo, situado en una de las muchas estribaciones de Sierra Nevada; sus ecos metálicos se perdían barranco abajo, como si quisieran estrellarse contra las faldas de la Contraviesa, la cadena montañosa que, por el sur, encierra el fértil valle recorrido por los ríos Guadalfeo, Adra y Andarax, todos ellos regados por infinidad de afluentes que descienden de las cumbres nevadas. Más allá de la Contraviesa, las tierras de las Alpujarras se extienden hasta el mar Mediterráneo. Bajo el tímido sol del invierno, cerca de doscientos hombres, mujeres y niños —la mayoría arrastrando los pies, casi todos en silencio— se dirigieron hacia la iglesia y se congregaron a sus puertas.

El templo, de piedra ocre y carente de adorno exterior alguno, constaba de un único y sencillo cuerpo rectangular, en uno de cuyos costados se alzaba la recia torre que alojaba la campana. Junto al edificio se abría una plaza sobre las intrincadas cañadas que descendían hacia el valle desde Sierra Nevada. Desde la plaza, en dirección a la sierra, nacían estrechas callejuelas bordeadas por una multitud de casas encaladas con pizarra pulverizada: viviendas de uno o dos pisos, de puertas y ventanas muy pequeñas, terrados planos y chimeneas redondas coronadas por caparazones en forma de seta. Dispuestos sobre los terrados, pimientos, higos y uvas se secaban al sol. Las calles escalaban sinuosamente las laderas de la montaña, de forma que los terrados de las casas de abajo alcanzaban los cimientos de las superiores, como si se montasen unas sobre otras.

En la plaza, frente a las puertas de la iglesia, un grupo formado por algunos niños y varios cristianos viejos de la veintena que vivía en el pueblo observaba a una anciana subida en lo alto de una escalera que estaba apoyada en la fachada principal del templo. La mujer tiritaba y castañeteaba con los escasos dientes que le quedaban. Los moriscos accedieron a la iglesia sin desviar la mirada hacia su hermana en la fe, que llevaba allí encaramada desde el amanecer, aferrada al último travesaño, soportando sin abrigo el frío del invierno. La campana repicaba, y uno de los niños señaló a la mujer, que temblaba al son de los badajazos, intentando mantener el equilibrio. Unas risas rompieron el silencio.

—¡Bruja! —se oyó entre las carcajadas.

Un par de pedradas dieron en el cuerpo de la anciana al tiempo que los pies de la escalera se llenaban de escupitajos.

Cesó el repique de la campana; los cristianos que todavía quedaban fuera se apresuraron a entrar en la iglesia. En su interior, a un par de pasos del altar y de cara a los fieles, un hombretón moreno y curtido por el sol permanecía de rodillas sin capa ni abrigo, con una soga al cuello y los brazos en cruz: sostenía un cirio encendido en cada mano.

Días atrás aquel mismo hombre había entregado a la anciana de la escalera la camisa de su mujer enferma para que la lavase en una fuente de cuyas aguas se decía que tenían poderes curativos. En aquella fuentecilla natural, oculta entre las rocas y la tupida vegetación de la fragosa sierra, jamás se lavaba la ropa. Don Martín, el cura del pueblo, sorprendió a la mujer mientras lavaba esa única camisa y no dudó de que se trataba de algún sortilegio. El castigo no tardó en llegar: la anciana debía pasar la mañana del domingo subida en la escalera, expuesta al escarnio público. El ingenuo morisco que había solicitado el encantamiento fue condenado a hacer penitencia mientras escuchaba misa de rodillas, y de esa guisa podían contemplarlo entonces los allí presentes.

Nada más acceder al templo los hombres se separaron de sus mujeres, y éstas, con sus hijas, ocuparon las filas delanteras. El penitente arrodillado tenía la mirada perdida. Todas lo conocían: era un buen hombre; cuidaba de sus tierras y del par de vacas que poseía. ¡Sólo pretendía ayudar a su mujer enferma! Poco a poco los hombres se situaron, ordenadamente, detrás de las mujeres. En el momento en que todos hubieron ocupado sus puestos accedieron al altar el cura, don Martín, el beneficiado, don Salvador y Andrés, el sacristán. Don Martín, orondo, de tez blanquecina y mejillas sonrosadas, ataviado con una casulla de seda bordada en oro, se acomodó en un sitial frente a los fieles. En pie, a cada lado, se apostaron el beneficiado y el sacristán. Alguien cerró las puertas de la iglesia; cesó la corriente y las llamas de las lámparas dejaron de titilar. El colorido artesonado mudéjar del techo de la iglesia brilló entonces, compitiendo con los sobrios y trágicos retablos del altar y los laterales.

El sacristán, un joven alto, vestido de negro, enjuto y de tez morena, como la gran mayoría de los fieles, abrió un libro y carraspeó.

—Francisco Alguacil —leyó.

—Presente.

Tras comprobar de dónde provenía la respuesta, el sacristán anotó algo en el libro.

—José Almer.

—Presente.

Otra anotación. «Milagros García, María Ambroz…» Las llamadas eran contestadas con un «presente» que, a medida que Andrés pasaba lista, sonaba cada vez más parecido a un gruñido. El sacristán continuó comprobando rostros y tomando nota.

—Marcos Núñez.

—Presente.

—Faltaste a la misa del domingo pasado —afirmó el sacristán.

—Estuve… —El hombre intentó explicarse, pero no le salían las palabras. Terminó la frase en árabe mientras esgrimía un documento.

—Acércate —le ordenó Andrés.

Marcos Núñez se deslizó entre los presentes hasta llegar al pie del altar.

—Estuve en Ugíjar —logró excusarse esta vez, mientras entregaba el documento al sacristán.

Andrés lo ojeó y se lo pasó al cura, quien lo leyó detenidamente hasta comprobar la firma y asentir con una mueca: el abad mayor de la colegiata de Ugíjar certificaba que el 5 de diciembre del año de 1568 el cristiano nuevo llamado Marcos Núñez, vecino de Juviles, había asistido a la misa mayor oficiada en esa población.

El sacristán esbozó una sonrisa casi imperceptible y escribió algo en el libro antes de seguir con la interminable lista de cristianos nuevos —los musulmanes obligados por el rey a bautizarse y abrazar el cristianismo—, cuya asistencia a los santos oficios debía comprobar cada domingo y días de precepto. Algunos de los interpelados no contestaron y su ausencia fue cuidadosamente registrada. Dos mujeres, al contrario que Marcos Núñez con su certificado de Ugíjar, no pudieron justificar por qué no habían acudido a la misa celebrada el domingo anterior. Ambas intentaron excusarse atropelladamente. Andrés las dejó explayarse y desvió la mirada hacia el cura. La primera cejó en su intento tan pronto como don Martín la instó a que callara con un autoritario gesto de la mano; la segunda, sin embargo, continuó argumentando que ese domingo había estado enferma.

—¡Preguntad a mi esposo! —chilló mientras buscaba a su marido con mirada nerviosa en las filas posteriores—. Él os…

—¡Silencio, aduladora del diablo!

El grito de don Martín enmudeció a la morisca, que optó por agachar la cabeza. El sacristán anotó su nombre: ambas mujeres pagarían una multa de medio real.

Tras un largo rato de recuento don Martín dio inicio a la misa, no sin antes indicar al sacristán que obligase al penitente a elevar más las manos que sostenían los cirios.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…

La ceremonia continuó, aunque fueron pocos los que entendieron las lecturas sagradas o pudieron seguir el ritmo frenético y los constantes gritos con que el sacerdote les reprendió durante la homilía.

—¿Acaso creéis que el agua de una fuente os sanará de alguna enfermedad? —Don Martín señaló al hombre arrodillado; su dedo índice temblaba y sus facciones aparecían crispadas—. Es vuestra penitencia. ¡Sólo Cristo puede libraros de las miserias y privaciones con que castiga vuestra vida disoluta, vuestras blasfemias y vuestra sacrílega actitud!

Pero la mayoría de ellos no hablaba castellano; algunos se entendían con los españoles en aljamiado, un dialecto mezcla del árabe y el romance. Sin embargo, todos tenían la obligación de saber el Padrenuestro, el Avemaría, el Credo, la Salve y los Mandamientos en castellano. Los niños moriscos, gracias a las lecciones que recibían del sacristán; los hombres y las mujeres, por las sesiones de doctrina que se les impartían los viernes y sábados, y a las que debían asistir so pena de ser multados y no poder contraer matrimonio. Sólo cuando demostraban conocer de memoria las oraciones se les eximía de acudir a clase.

Durante la misa algunos rezaban. Los niños, atentos al sacristán, lo hacían en voz alta, casi a gritos, tal y como les habían aleccionado sus padres, porque así ellos podían burlar la presencia del beneficiado, con sus idas y venidas, para clamar a escondidas: Allahu Akbar. Muchos lo susurraban con los ojos cerrados, suspirando.

—¡Oh, Clemente! Libérame de mis tachas, mis vicios… —se oía entre las filas de hombres en cuanto don Salvador se alejaba un poco. Lo cierto era que no se apartaba demasiado, como si temiera que le retaran invocando al Dios de los musulmanes en el templo cristiano, durante la misa mayor.

—¡Oh, Soberano! Guíame con tu poder… —clamó un joven morisco varias filas más allá, entre el bullicio del Padrenuestro gritado por los niños.

Don Salvador se volvió arrebatado.

—¡Oh, Dador de paz! Ponme en tu gloria… —aprovechó para implorar otro desde el lado opuesto.

El beneficiado enrojeció de cólera.

—¡Oh, Misericordioso! —insistió un tercero.

Y de repente, finalizada la oración cristiana, volvió a imponerse la áspera voz del sacerdote.

—Su nombre sea loado —se pudo oír aquel día desde una de las últimas filas.

La mayoría de los moriscos permaneció inmóvil, rígida y firme; algunos sostenían la mirada de don Salvador, los más la escondían; ¿quién había osado loar el nombre de Alá? El beneficiado se abrió paso a empujones entre las filas, pero no pudo señalar al sacrílego.

A mitad de la misa, con don Martín sentado y vigilante, el sacristán y el beneficiado, uno con el libro y el otro con un cesto, esperaban para recibir los óbolos de los feligreses: monedas de blanca, pan, huevos, lino… Únicamente los pobres estaban exentos de efectuar donativos; en el caso de los más pudientes, no hacerlo durante tres domingos implicaba recibir la correspondiente multa. Andrés anotaba detalladamente quiénes y qué donaban.

Cuando sonó «la de morir», como llamaban a la campanilla que anunciaba la consagración, los moriscos se arrodillaron de mala gana entre las muestras de piedad de los cristianos viejos. La de morir tintineó en el momento en que el sacerdote, de espaldas a la feligresía, elevaba la hostia; volvió a oírse cuando, también de espaldas, alzó el cáliz. El sacerdote se disponía a decir las palabras sacramentales cuando, de repente, enojado por los murmullos que agitaban la iglesia, se giró hacia los fieles con semblante furioso.

—¡Perros! —gritó. La imprecación salpicó de saliva el sagrado vaso—. ¿Qué son esos murmullos? ¡Callaos, herejes! ¡Arrodillaos como se debe para recibir a Cristo, el único Dios! ¡Tú! —Su índice señaló a un viejo de la tercera fila—. ¡Yérguete! No estás idolatrando a tu falso dios. ¡Mirad! ¡Alzad la vista cuando se os ofrece el Santísimo Sacramento!

Su mirada fulminó a dos moriscos más antes de continuar. Luego, hombres y mujeres acudieron en silencio a comer «la torta». Muchos de ellos tratarían de mantener la pasta de trigo ensalivada en su boca hasta poder escupirla en sus casas; todos los moriscos, sin excepción, harían gárgaras para liberarse de sus restos.

La gente abandonó la iglesia tras ser bendecida con la paz; unos, los cristianos, la recibieron con devoción; otros, la gran mayoría, se burlaron santiguándose al revés, afirmando en silencio la unicidad de Dios y mofándose de la Trinidad, que debían invocar al hacer la señal de la cruz. Los moriscos se apresuraron a volver a sus casas para escupir la torta. Los pocos cristianos del pueblo se arremolinaron a las puertas de la iglesia para charlar, ajenos a los insultos que sus hijos gritaban contra la anciana, que por fin había caído de la escalera y estaba en el suelo, encogida y entumecida, con los labios azulados, respirando con dificultad. En el interior del templo, el cura y sus adjuntos prolongaron el castigo del penitente, y no cesaron de recriminarle sus culpas mientras recogían los objetos de culto y los llevaban del altar a la sacristía.

2

Los moriscos se han lanzado a la rebelión, es cierto, pero son los cristianos viejos quienes los empujan a la desesperación, con su arrogancia, sus latrocinios y la insolencia con que se apoderan de sus mujeres. Los propios sacerdotes se comportan del mismo modo. Como toda una aldea morisca se hubiese quejado ante el arzobispo de su pastor, se mandó averiguar el motivo de la queja. Que se lo lleven de aquí, pedían los feligreses… o, si no, que se le case, pues todos nuestros hijos nacen con ojos tan azules como los suyos.

FRANCÉS DE ÁLAVA, embajador de España

en Francia, a Felipe II, 1568

Juviles era el lugar principal de una taa compuesta por una veintena de aldeas repartidas por las escabrosas estribaciones de Sierra Nevada. De todas sus tierras, un cuarto de los marjales* era de regadío y el resto de secano. Se cultivaba trigo y cebada; contaba con más de cuatro mil marjales de viña, olivos, higueras, castaños y nogales, pero sobre todo morales, el alimento de los gusanos de seda, la mayor fuente de riqueza de la zona, aunque la de Juviles tampoco alcanzara el prestigio del que gozaban las sedas de otras taas de las Alpujarras.

En aquellas cumbres, a más de mil varas sobre el nivel del mar, los moriscos, sufridos y laboriosos, cultivaban hasta el pedazo de tierra más abrupto que pudiera proporcionar algo de mies. Las laderas de la montaña, allí donde no asomaba la roca, se veían escalonadas a través de pequeños bancales enclavados en los lugares más recónditos. Aquel día, con el sol ya en lo más alto, volvía a Juviles procedente de uno de aquellos bancales, el joven Hernando Ruiz, un muchacho de catorce años de edad, de cabello castaño oscuro aunque de piel bastante más clara que la morena verdinegra de sus congéneres. Sus facciones, con todo, eran similares a las de los demás moriscos de pobladas cejas, a pesar de que en ellas destacaban unos grandes ojos azules. Era de mediana estatura, delgado, ágil y fibroso.

Acababa de recoger las últimas aceitunas de un viejo olivo que resistía el frío de la sierra, resguardado y retorcido justo al lado del bancal en el que crecería el trigo. Lo había hecho a mano. Había reptado por el árbol, sin varearlo, y recolectado incluso las olivas que todavía presentaban una tonalidad morada. El sol templaba el aire frío que venía de Sierra Nevada. Le hubiera gustado quedarse allí a desbrozar las malas hierbas, para luego ir hacia otro bancal, donde suponía que el humilde Hamid estaría trabajando las escasas tierras que poseía. En los bancales, cuando estaban los dos a solas, trabajando o recorriendo las sierras en busca de las preciadas hierbas con las que el hombre preparaba sus remedios, él le llamaba Hamid en lugar de Francisco, el nombre cristiano con el que había sido bautizado. La mayoría de los moriscos usaba dos nombres: el cristiano, y el musulmán para dentro de su comunidad. Hernando, sin embargo, era simplemente Hernando, aunque en el pueblo a menudo se mofaban de él o le insultaban llamándole el «nazareno».

Instintivamente, el muchacho aminoró la marcha al recordar su mote. ¡Él no era ningún nazareno! Pateó una piedra imaginaria y prosiguió hacia su casa, situada a las afueras del pueblo, en un lugar donde hallaron espacio suficiente para construir un cobertizo en el que estabular a las seis mulas con las que su padrastro trajinaba por los caminos de las Alpujarras, más una séptima: la Vieja, su preferida.

Haría cerca de un año que su madre se vio obligada a explicarle la razón de tal mote. Una mañana, al amanecer, él había ayudado a su padrastro, Brahim —José para los cristianos— a aparejar las mulas. Cumplido su trabajo, se despedía de la Vieja con una cariñosa palmada en el cuello cuando una fuerte bofetada en la oreja derecha le lanzó al suelo, unos pasos más allá.

—¡Perro nazareno! —gritó Brahim, en pie, iracundo. El muchacho sacudió la cabeza para despejarse y se llevó la mano a la oreja. Por detrás de su padrastro, le pareció ver cómo su madre desaparecía cabizbaja y se introducía en la casa—. ¡Le has puesto mal la cincha a aquel animal! —bramó el hombre al tiempo que señalaba hacia una de las mulas—. ¿Pretendes que se roce a lo largo del camino y no pueda trabajar? No eres más que un inútil nazareno —escupió sobre él—, un bastardo cristiano.

Hernando había escapado a gatas de los pies de su padrastro y se había escondido en un rincón del cobertizo, entre la paja, con la cabeza entre las rodillas. Tan pronto como el repiqueteo de los cascos de la recua anunció la partida de Brahim, Aisha, su madre, reapareció en el cobertizo y se dirigió hacia él con una limonada en la mano.

—¿Te duele? —le preguntó, agachándose y acariciándole el cabello.

—¿Por qué todos me llaman nazareno, madre? —sollozó alzando la cabeza de entre sus rodillas. Aisha cerró los ojos ante el rostro anegado en lágrimas de su hijo. Intentó secarlas con una caricia, pero Hernando volvió la cabeza—. ¿Por qué? —insistió.

Aisha suspiró profundamente; luego asintió y se sentó sobre sus talones, en la paja.

—De acuerdo, ya tienes edad suficiente —cedió con tristeza, como si lo que iba a hacer le costase un gran esfuerzo—. Debes saber que hará catorce años, uno más de los que tienes ahora, el cura del pueblo en el que vivía de niña, en la ajerquía almeriense, me forzó… —Hernando dio un respingo y acalló sus sollozos—. Sí, hijo. Yo grité y me opuse, como exige nuestra ley, pero poco pude hacer entonces frente a la fuerza de aquel depravado. Me abordó lejos del pueblo, en unos campos, a media mañana. Era un día soleado —recordó con tristeza—. ¡Sólo era una niña! —gritó de repente—. Me arrancó la camisa de un solo tirón. Me tumbó y…

Antes de continuar, la mujer volvió a la realidad y se enfrentó a los ojos de su hijo, inmensamente abiertos y clavados en ella:

—Tú eres el fruto de ese ultraje —musitó—. Por eso…, por eso te llaman nazareno. Porque tu padre era un cura cristiano. Es culpa mía…

Madre e hijo se miraron durante unos largos instantes. Las lágrimas volvieron a correr por el rostro del muchacho, pero esta vez a causa de un dolor diferente; Aisha luchó contra su propio llanto hasta que comprendió que le sería imposible contenerlo. Entonces dejó caer el vaso de limonada y extendió los brazos hacia su hijo, que se refugió entre ellos.

Aunque la joven Aisha hubiera salvado el honor con sus gritos, tan pronto como el embarazo fue notorio, su padre, un humilde arriero morisco, consciente de que no podía evitar la vergüenza, sí buscó al menos la manera de dejar de presenciarla. Encontró la solución en Brahim, un joven y apuesto arriero de Juviles con el que a menudo se encontraba en el camino y a quien propuso el matrimonio con su hija a cambio de dos mulas como dote: una por la muchacha y otra por el ser que portaba en sus entrañas. Brahim dudó, pero era joven, pobre y necesitaba animales. Además, ¿quién sabía siquiera si aquella criatura llegaría a nacer? Tal vez no superara los primeros meses de vida… En aquellas inhóspitas tierras eran muchos los niños que morían en su más tierna infancia.

A pesar de que la idea de que la muchacha hubiera sido forzada por un sacerdote cristiano le repugnaba, Brahim aceptó el trato y se la llevó con él a Juviles.

Pero, contra los deseos de Brahim, Hernando nació fuerte y con los ojos azules del cura que había violado a su madre. También sobrevivió a la infancia. Las circunstancias de sus orígenes corrieron de boca en boca, y si bien el pueblo se apiadó de la muchacha violada, no sucedió lo mismo con el fruto ilegítimo del estupro; aquel desprecio fue en aumento al ver las atenciones que dedicaban al chico don Martín y Andrés, mayores incluso que las que concedían a los niños cristianos, como si quisieran salvar de las influencias de los seguidores de Mahoma al bastardo de un sacerdote.

La media sonrisa con la que Hernando entregó las aceitunas a su madre no logró engañarla. Ella le acarició el cabello con dulzura, como hacía siempre que presentía su tristeza, y él, aun en presencia de sus cuatro hermanastros, la dejó hacer: eran escasas las ocasiones en que su madre podía demostrarle cariño y todas, sin excepción, se producían en ausencia de su padrastro. Brahim se había sumado sin dudarlo al rechazo de la comunidad morisca; su odio hacia el nazareno de ojos azules, el favorito de los sacerdotes cristianos, se había recrudecido a medida que Aisha, su mujer, paría a sus hijos legítimos. A los nueve años fue desterrado al cobertizo, con las mulas, y sólo comía en el interior de la casa cuando su padrastro estaba fuera. Aisha tuvo que ceder a los deseos de su esposo y la relación entre madre e hijo se desarrollaba a través de gestos sutiles cargados de significado.

Ese día la comida estaba preparada y sus cuatro hermanastros esperaban su llegada. Hasta el menor de ellos, Musa, de cuatro años, mostraba un semblante adusto ante su presencia.

—En el nombre de Dios, clemente y misericordioso —rezó Hernando antes de sentarse en el suelo.

El pequeño Musa y su hermano Aquil, tres años mayor, le imitaron y los tres empezaron a coger con los dedos, directamente de la cazuela, los pedazos de la comida que había preparado su madre: cordero con cardos cocinados con aceite, menta y cilantro, azafrán y vinagre.

Hernando desvió la mirada hacia su madre, que los observaba recostada contra una de las paredes de la pequeña y limpia estancia que utilizaban como cocina, comedor y dormitorio provisional de sus hermanastros. Raissa y Zahara, sus dos hermanastras, se hallaban en pie junto a ella, a la espera de que los hombres terminasen de comer para poder hacerlo ellas a su vez. Él masticó un trozo de cordero y sonrió a su madre.

Tras el cordero con cardos, Zahara, su hermanastra de once años, trajo una bandeja de uvas pasas, pero Hernando ni siquiera tuvo tiempo de llevarse un par a la boca: un repiqueteo apagado, lejano, le obligó a erguir la cabeza. Sus hermanastros percibieron el gesto y dejaron de comer, atentos a su actitud; ninguno de los dos tenía la capacidad de prever con tanta anticipación la llegada de las mulas.

—¡La Vieja! —gritó el pequeño Musa cuando el sonido de la mula se hizo perceptible para todos.

Hernando apretó los labios antes de volverse hacia su madre. Eran los cascos de la Vieja, parecía confirmar ésta con su mirada. Luego trató de sonreír, pero el gesto se quedó en una mueca triste, similar a la que esbozaba Aisha: Brahim volvía a casa.

—Alabado sea Dios —rezó para poner fin a la comida y levantarse con fastidio.

Fuera, la Vieja, seca y enjuta, plagada de mataduras y libre de cualquier arreo, le esperaba pacientemente.

—Ven, Vieja —le ordenó Hernando, y con ella se dirigió al cobertizo.

El irregular sonido de los pequeños cascos del animal le siguió mientras rodeaba la casa. Una vez en el interior del cobertizo, le echó algo de paja y acarició su cuello con cariño.

—¿Cómo ha ido el viaje? —le susurró mientras examinaba una nueva matadura que no tenía antes de partir.

La observó comer durante unos instantes antes de echar a correr montaña arriba. Su padrastro le estaría esperando, agazapado, lejos del camino que venía de Ugíjar. Corrió largo rato campo a través, atento a no cruzarse con ningún cristiano. Evitó los bancales sembrados o cualquier otro lugar en el que alguien pudiera estar trabajando incluso a aquella hora. Casi sin aliento, llegó a un lugar rocoso y de difícil acceso, abierto a un despeñadero, desde donde distinguió la figura de Brahim. Era un hombre alto, fuerte, barbudo, ataviado con una gorra verde de ala muy ancha y una capa azul de medio cuerpo por la que asomaba una faldilla plisada que le cubría hasta la mitad de los muslos; llevaba las piernas desnudas y unos zapatos de cuero atados con correas. A primeros de año, cuando entraran en vigor las nuevas leyes, Brahim, como todos los moriscos del reino de Granada, debería sustituir aquellas vestiduras por atuendos cristianos. Al cinto, retando a las prohibiciones en vigor, brillaba un puñal curvo.

Tras el morisco, paradas una detrás de otra —ya que ni siquiera cabían por parejas en aquel estrecho saliente de la roca—, estaban las seis mulas cargadas. En la pared de la quebrada se atisbaban las entradas a unas pequeñas cuevas.

Al avistar por fin a su padrastro, Hernando dejó de correr. El temor que siempre sentía ante su proximidad se agudizó. ¿Cómo le recibiría en esta ocasión? La última vez le abofeteó por haberse retrasado, aunque él había corrido a su encuentro sin entretenerse.

—¿Por qué te detienes? —vociferó el morisco.

Aceleró los pocos pasos que les separaban, encogiéndose instintivamente al pasar junto a él. No se libró de un fuerte pescozón. Trastabilló hasta alcanzar la primera mula y se apostó a la entrada de una de las cuevas tras deslizarse de costado entre roca y mulas; en silencio, empezó a introducir en ella las mercancías que descargaba su padrastro de los animales.

—Este aceite es para Juan —le advirtió entregándole una tinaja—. ¡Aisar! —gritó el nombre musulmán ante la duda que percibió en su hijastro—. Este otro para Faris. —Hernando ordenaba las mercancías en el interior de la cueva mientras se esforzaba por retener en la memoria los nombres de sus propietarios.

Cuando las mulas estuvieron medio descargadas, Brahim emprendió el camino de Juviles y el muchacho se quedó en la entrada de la cueva, recorriendo con la mirada la vasta extensión que se abría a sus pies, hasta la sierra de la Contraviesa. No permaneció mucho rato: conocía de sobra aquel paisaje. Se introdujo en la cueva y se entretuvo en curiosear las mercaderías que acababan de esconder y las muchas otras que se almacenaban allí. Centenares de cuevas de las Alpujarras se habían convertido en depósitos donde los moriscos escondían sus bienes. Antes de que anocheciera, los propietarios de aquellos productos pasarían por allí a recoger lo que les interesaba. Cada viaje era igual. Antes de llegar a Juviles, viniera del lugar del que viniese, su padrastro soltaba a la Vieja y le ordenaba que fuera a casa. «Conoce las Alpujarras mejor que nadie. Llevo toda la vida en estos caminos y pese a ello, algunas veces me ha salvado de situaciones difíciles», acostumbraba a comentar el arriero. Ésa era l

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