Loading...

LA MARCA DEL DRAGóN (CAZADORES OSCUROS 26)

Sherrilyn Kenyon  

0


Fragmento

Prólogo

9501 a. C. Samotracia, Grecia

 

—Esos cabrones le han rebanado el cuello. Le han destrozado las cuerdas vocales.

Falcyn soltó una palabrota mientras se trasladaba desde las gélidas profundidades de su guarida y se materializaba en la oscura cueva de su hermano Maxis, que llegaba arrastrando tras él a Illarion. Habían pasado años buscando a su hermano menor, un dragón que había sido capturado por los humanos, a cuyas manos sabrían los dioses qué horrores había padecido. Pero la búsqueda del joven dragón había sido infructuosa.

Hasta ese momento.

Maxis, que era tan grande que apenas podía pasar por la entrada de la cueva, soltó a su hermano pequeño y lo dejó tirado en el suelo. La sangre cubría sus escamas amarillentas y anaranjadas. Tenía las alas rotas, extendidas sobre el frío suelo de tierra.

Illarion luchaba para mantenerse consciente y respiraba de forma superficial. Parpadeó despacio con sus ojos ofídicos de color amarillo. Hasta ese gesto le dolía.

Todo ese dolor innecesario irradiaba del joven dragón y le llegaba a Falcyn hasta el alma. Y lo cabreaba tanto que sus ojos adoptaron un intenso tono rojo a medida que lo abrumaba la sed de venganza. Consciente de que no podía ayudar a su hermano en su forma natural de dragón, adoptó la odiada forma humana.

En cuanto lo hizo, Illarion soltó un siseo desde el fondo de la garganta y se colocó en posición de ataque, aunque el simple hecho de moverse debía de provocarle un dolor agónico.

—Tranquilo, hermanito —le dijo Falcyn en drakyn, su lengua materna, la lengua verdadera que hablaban todos los dragones y que en los oídos humanos sonaba incomprensible y feroz. Extendió las manos hacia Illarion para tranquilizarlo. Aunque hubiera adoptado temporalmente apariencia humana, era y siempre sería un dragón en su corazón y en su alma—. Me conoces. Necesito adoptar esta forma para curarte. Cálmate para evitar males mayores.

Una solitaria lágrima cristalina resbaló desde la esquina de uno de los ojos ofídicos de Illarion.

En ese momento, Falcyn odió a los humanos más que nunca, algo que jamás habría creído posible. Extendió una mano para acariciar el hocico cubierto de escamas grises de su hermano.

—Tranquilo...

Illarion retrocedió, lo que provocó que perdiera el conocimiento.

Maxis jadeó mientras acariciaba con delicadeza a su hermano, bastante más menudo que él, y plegó las alas.

Aunque Max era una bestia gigantesca capaz de tragárselo de un solo bocado mientras siguiera en forma humana, Falcyn le dio un empujón en la cabeza para apartarlo de Illarion.

—Yaya, ha perdido el conocimiento a causa del dolor. Quita ese culo de en medio para que pueda ayudarlo.

Max se apartó para dejarle espacio.

—¿Vivirá?

—No lo sé. ¿Dónde lo has encontrado?

—No he sido yo. Me ha encontrado él a mí. —La culpa y el sufrimiento brillaron en los ojos de Max—. Ya no puede lanzar el grito de guerra. Esos cabrones le han robado la habilidad al rebanarle el cuello.

Falcyn apretó más los dientes mientras la rabia se apoderaba de él.

—En ese caso, tendremos que enseñarle otra manera de llamarnos. Una que nadie le pueda arrebatar.

Max asintió con la cabeza y desvió la vista.

—Esto es culpa mía.

—¡No empieces!

—Lo es y lo sabes. Mi madre se lo entregó a los humanos para vengarse de mí por lo que le dije. Si hubiera cooperado... si le hubiera dado lo que...

—Habría destrozado el mundo e Illarion habría sufrido de todas formas su crueldad. Las lilit carecen de la capacidad de preocuparse por sus crías. Lo sabes. Mi propia madre fue testigo de cómo me sacrificaban nada más nacer. Eso me enseñó que estamos solos en este mundo, desde que nacemos hasta que morimos, lo que me dejó amargado y asqueado.

Max tragó saliva antes de volver a hablar.

—¿Por eso puedes adoptar forma humana mientras que ningún otro dragón puede hacerlo?

Falcyn no respondió a esa pregunta. Era el único tema del que no hablaba.

Con nadie.

Nadie tenía por qué saberlo todo sobre él. Ni siquiera aquellos a quienes consideraba sus hermanos.

Y tampoco era el único dragón capaz de cambiar de forma.

Claro que había muchas cosas que sus hermanos y hermanas no tenían por qué conocer sobre el mundo.

—Sus heridas físicas no son demasiado graves —dijo, cambiando de tema—. No deberíamos tener problemas para curarlo.

—¿Pero?

—Solo es un niño. Me asusta que le hayan provocado algún daño mental.

—A mí también. Lo utilizaban para luchar en sus guerras. Montándolo como si fuera una bestia sin raciocinio.

Falcyn se estremeció. Era una lástima que Illarion no fuera un drakomas ya desarrollado. Porque los humanos merecían esa ferocidad.

No la del pequeño que yacía indefenso a sus pies. Un pequeño dragón que había sido incapaz de luchar contra ellos y de combatirlos con el fuego de dragón y la furia que merecían.

En ese momento sintió cómo se agitaba el demonio que moraba en su interior. Ansiaba prenderle fuego al mundo y observar cómo quedaba reducido a cenizas. Si los humanos supieran hasta qué punto lo tentaba la idea de destruirlos, jamás volverían a pegar ojo.

En ocasiones como esa, debía echar mano de toda su fuerza de voluntad para no rendirse a la oscuridad que lo quemaba por dentro y que reclamaba los corazones y las almas de todos los seres vivos.

Hasta de los mismos dioses.

Por eso le resultaba tan difícil identificarse con Maxis.

Su hermano era medio arel, mientras que él era todo lo contrario. Maxis solo veía el bien, incluso en los seres más corruptos.

La verdad, resultaba vomitivo. El afán de su hermano por ayudar a los demás. Esa necesidad innata que tenía de proteger y de servir. Repugnante, incluso.

Illarion había probado por primera vez lo que era la humanidad. Y al igual que le sucedió a él, había sido una experiencia amarga. Si el joven dragón sobrevivía a la experiencia, no contaría con la sangre de Max, que ansiaba proteger a esas sabandijas humanas que lo habían torturado.

El padre de Illarion era el dios griego Ares. El dios de la guerra. Los humanos no sabían con qué habían estado jugando. Dada la sangre que corría por sus venas, podría convertirse en uno de los más fuertes de su especie cuando alcanzara la madurez.

Un dragón con poderes increíbles e inigualables.

La mano de Falcyn se demoró sobre el lugar donde los humanos habían marcado a Illarion como si fuera ganado. La marca estaba infectada y sangraba.

Era una lástima, pero le dejaría una cicatriz tan horrorosa como la que iba a sufrir su mente a causa de la terrible experiencia.

Que los dioses se apiadaran de ellos.

Porque Illarion no iba a hacerlo.

1

Año 619, día de San Jorge

 

—Si estuvieras como una cuba, supongo que la mayoría de los candidatos de esta noche tendrían una oportunidad al enfrentarse a ti.

Edilyn ferch Iago contuvo una carcajada al oír las inesperadas palabras de Virag.

—Chitón... no me metas en más líos.

Virag, que era apenas tan grande como su dedo índice, la miró con una fingida expresión de inocencia y una ceja enarcada.

—¿Qué quieres que haga si esos capullos son tan imbéciles que no reconocen tu exuberancia cuando la ven?

Recorrió el sucio y desgastado alféizar de la ventana abierta imitando las voces de los lugareños que oía pasar por delante, haciendo muecas y gestos obscenos para acompañar las conversaciones inocentes de esas personas.

A Edilyn le costó la misma vida no echarse a reír.

—Como no pares, tendré que meterte de nuevo en tu frasco.

Él resopló con desdén.

—Menuda amenaza. Me gusta mi frasco. Es mucho mejor que estar aquí fuera con todos estos... —Miró la calle e hizo un mohín con la nariz antes de añadir—: Seres. —Se estremeció y se sentó en el alféizar mientras la observaba con más desdén si cabía. Una ligera brisa le agitaba las delicadas alas doradas—. ¿Por qué te has vuelto a vestir así?

—Es el día de San Jorge.

—A

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta