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LA MARIPOSA DE OBSIDIANA (SERIE MARTINA DE SANTO 2)

Juan Bolea  

0


Fragmento

1.ª edición: abril 2006

© Juan Bolea, 2006

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B-10650-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-322-8

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A mis padres

 

 

 

 

 

Concédeles que disfruten de la dulzura de la muerte a filo de obsidiana, que den con regocijo su corazón al cuchillo de sacrificio, a la mariposa de obsidiana, y que deseen y codicien la muerte florida, la flor letal.

 (Plegaria azteca)

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

PRIMERA PARTE

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

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SEGUNDA PARTE

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20

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TERCERA PARTE

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EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

PRIMERA PARTE

1

Tras los cristales de la redacción, caía la nieve.

No eran aún las ocho de aquel maldito lunes (como todos los lunes, maldito), cuando José Gabarre Duval, el redactor jefe del Diario de Bolscan, más conocido entre los reporteros como el Perro, atravesó en mangas de camisa la sala de redactores y fue directo a la mesa de Jesús Belman, el periodista de sucesos. Belman lo vio venir, magro, escuálido, prieta la boca en una línea de color frambuesa. «De bujarrón viejo», decía Cacharro, el descacharrado jefe de local.

Llamándole por el apodo que él mismo le había asignado, Gabarre Duval le ordenó:

—Conmigo, Mocos. Sin chistar.

Jesús Belman se levantó y lo siguió hasta su oficina, desordenada, claustrofóbica, siempre a media luz. Los copos golpeaban contra los cristales.

—Pasa —dijo Gabarre Duval, pero él pasó delante.

El reportero de sucesos era tan alto que su coronilla rozaba el marco de la puerta. Para franquear el dintel, tuvo que agachar la cabeza.

El aspecto de Belman no era el mejor. Sumaba varios días sin afeitarse, y un par sin pasar por la ducha. Todavía andaba crudo por la curda de Nochevieja, que había empalmado con la de la madrugada siguiente, la de su último y loco domingo. Por dos insomnes veladas, había salido del Stork Club a las siete de la mañana, sin un céntimo y ciego como un piojo. Ninguna de las dos noches consiguió recordar de qué modo pudo llegar a su casa.

Belman tampoco se había cambiado de ropa. Llevaba una rozada chaqueta de pana con coderas, una camisa turquesa con huellas de carmín en la pechera, una corbata con dibujitos de Papa Noel y unos vaqueros negros que disimulaban las manchas de grasa de su moto, una antediluviana Vespa que, cuando sonaba la alerta de un suceso y había que salir zumbando, petardeaba por las calles de Bolscan para ganarle la carrera a la pasma.

Una vez en el despacho del Perro, Belman se alegró de que su jefe, Gabarre Duval, no le hubiera invitado a sentarse. Tenía un tomate en un calcetín y se habría sentido ridículo al tratar de ocultarlo. El reportero pensó que uno de esos días debería visitar el tinte y trasladar a la lavandería la pila de prendas sucias acumulada en el bidé, artilugio que sus ocasionales amantes renunciaban a utilizar antes que proceder a despejarlo de pañuelos usados y de los raídos calzoncillos de algodón que Belman adquiría en el rastro en paquetes de tres (uno negro, uno blanco, uno gris).

Aquella stripper del Stork Club, Sonia Barca, era la única que utilizaba el bidé. Realmente le gustaba usarlo, como a las putas caras. Sonia era preciosa, con un cuerpo joven y elástico y una piel etérea, de una blancura casi espiritual. Al comienzo de cada sesión íntima, la bailarina hacía gala de una exquisita higiene y de una casi burguesa pulcritud (ordenaba su ropa y sus falsas joyas con metódica aplicación), pero su posterior comportamiento en la cama distaba de cualquier convencionalismo.

Sonia no tenía nada que ver con las otras, y sólo le pedía algún dinero para ir tirando. Era única, extrema. En especial, cuando abría su bolso de flecos apaches y empuñaba el látigo. Belman le había preguntado de dónde diablos sacaba aquellos artilugios de cuero y plomo, las capuchas, las ligas y cinturones de látex, pero ella, con una sonrisa procaz, se negaba a contestarle. Y es que Sonia casi nunca era tierna. Tenía mucho carácter y, a veces, hasta se mostraba enfadada con él. Le recriminaba su zafiedad, y que las toallas, y también las del bidé, estuviesen sucias. Sonia llevaba razón: era un cerdo. Su rinitis crónica tenía la culpa de que jamás hubiese a mano pañuelos limpios, y de que los de papel se amontonasen por los rincones, confiriendo a su apartamento la imagen de una hamburguesería sin barrer. Belman hizo acto de contrición. Debería arreglar la lavadora, comprar toallas, ventilar su guariche... Una ímproba lista de tareas domésticas que iban aplazándose sin fecha.

A pesar de lo cual, y de su lúgubre trabajo como cronista del lumpen, Jesús Belman no

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