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LA MEMORIA DE LA LAVANDA

Reyes Monforte

4


Fragmento

 

Nos habituamos a tener por objeto de nuestro pensamiento a un ser ausente.

MARCEL PROUST,    

La fugitiva    

Tú apareces en todas las líneas que he leído en mi vida.

CHARLES DICKENS,    

Grandes esperanzas    

A la ausencia no hay quien se acostumbre. Otro sol no es tu sol, aunque te alumbre.

MARIO BENEDETTI,    

«Mar de la memoria»    

1

Esperaba la luz verde pero el color rojo insistía en perpetuarse con un exceso de soberbia. Siempre he tenido la impresión de que el rojo en los semáforos dura más que el verde, como creo que un fin de semana de lluvia se alarga más que uno soleado. La maldita querencia del mal por no abandonarnos, como si le debiéramos algo por querer que las cosas salieran bien. Quizá era cuestión de perspectiva y la mía no guardaba el mejor encuadre. Clavé mis ojos en el reflejo bermellón, sin pestañear. Desde hacía dos meses, una semana y cuatro días, el exceso de lubricación ocular me hizo inmune al parpadeo como según el propio Freud los irlandeses lo eran al psicoanálisis. No sé por qué pensé en el padre del psicoanálisis si ni siquiera era capaz de conciliar el sueño. Ni sequedad, ni picor, ni molestias. Mi córnea no necesitaba que parpadease quince veces por minuto como el resto de los mortales; llorar de manera incontrolada y sin limitación horaria tenía sus ventajas. No se podía decir lo mismo del parabrisas del coche. Apreté el interruptor del depósito del agua —esperando que aún quedara algo del líquido azulado que él había vertido la última vez— y empujé la maneta del limpiaparabrisas. Una espuma viscosa arrastró los restos de mosquitos, hojas y polvo. No es que quedara precisamente limpio; lo único que hacían las escobillas era transportar la suciedad de un extremo al otro, acompañadas por el irritante chirrido de las gomas contra el cristal. Me identifiqué con aquella visión. En realidad, eso hacía yo al llorar. Tampoco arreglaba el problema de fondo pero aliviaba y, en algunos momentos, un alivio era todo lo que necesitaba.

Me pareció que el rojo ganaba en intensidad. No me gustaban esos postes ni tampoco sus luces caprichosas e injustas; mientras a mí me obligaban a parar, el mundo seguía su curso, aceleraba y te negaba la posibilidad de reaccionar. Mi vida seguía deteniéndose ante ellos y nunca había sido para bien. Esperando una luz verde habían llegado las peores noticias.

«Me quedaría más tranquilo si te hicieras otras pruebas... No, Jonas, nada de unos días, prefiero que vayas hoy. De hecho, acércate ahora mismo y que te lo vean, y así nos quedamos tranquilos.» Fijé la vista en el altavoz del coche como si fuera a encontrar allí alguna explicación extra. No me gustó la insistencia de su colega radiólogo, y mucho menos cuando oí la palabra oncología en mitad de una maraña de consejos e indicaciones que desaparecieron ante la presencia de las nueve letras aborrecibles. Volvíamos de elegir algunos muebles para la nueva casa que habíamos comprado hacía un mes, y al otro lado de la ventanilla las calles del centro del Madrid le daban la bienvenida a un verano anticipado en pleno mayo. Le miré. Por su expresión supe que se arrepentía de tener conectado el manos libres y de que yo escuchara la conversación. Pensaba que me preocuparía, y no se equivocó. Cuando sus manos giraron el volante para cambiar la dirección de la marcha, y plegarse así a las indicaciones del doctor Marín, supe que aquel imprevisto cambio de sentido no se daría únicamente en la carretera.

Ojalá no hubiera contestado esa llamada, ojalá se hubiera saltado el semáforo en ámbar y hubiéramos entrado en aquel túnel sin cobertura, ojalá yo no hubiera insistido en que se hiciera la maldita revisión médica, ojalá no fuéramos nosotros los que íbamos en el interior de aquel coche. El trayecto hasta el hospital se llenó de ojalás mentales, amordazados en el cerebro por una conversación que luchaba contra un silencio que dejaría al descubierto el miedo.

 

Aquella luz roja no iba a desaparecer nunca. Y eso le daba tiempo a mi cabeza para seguir escudriñando y encontrando momentos que no quería recordar, ni siquiera quería haberlos vivido, pero sobre esa realidad pasada poco podía hacer. Miré el reloj digital del coche. Hacía diez minutos que había salido del garaje de casa y ya me había detenido en cuatro semáforos. Pero aquél estaba siendo especialmente prolongado, o eso me parecía. Desde hacía setenta y dos días medía el tiempo en lágrimas, en cuadros de ansiedad, en instantes de nostalgia, en golpes de recuerdos. Y, por el tiempo que pasaba ante los semáforos, también en luces rojas.

Sentí un repentino calor a pesar de que el aire acondicionado había convertido el interior del vehículo en un congelador. Me quité el jersey y me recogí el pelo. Empezaba a notar el golpeo de las habituales arritmias en el pecho. Sin apartar la vista de la luz escarlata, encendí la radio del coche con la esperanza de que el ruido de aquellas voces acallara mi mente y me impidiera pensar en lo único que pensaba desde hacía dos meses, una semana y cuatro días. El calendario era una retahíla de cifras que sonaba a condena extraña: al contrario que con la pena de un preso común, la mía aumentaba sus dígitos cada día que pasaba. La estrategia de la radio no estaba funcionando. Pensé en darle voz al Don Carlo de Verdi, pero eso sí que avivaría los recuerdos: su ópera favorita, el último viaje a París para celebrar su cumpleaños, aquel resfriado que no terminaba de curarse...

Mi mano buscó el botón para subir el volumen. La luz continuaba roja, impidiéndome seguir adelante. En ese impasse, dos únicas preguntas me rondaban.

«¿Qué hago aquí?» Nada. «¿Qué sentido tiene todo esto?» Ninguno.

La espera era absurda. La luz verde del semáforo no tenía ningún valor, no me llevaría a ningún sitio, tan solo me trasladaría de un lugar a otro, como hacían las escobillas con la basura acumulada en el parabrisas del coche. Siempre esperando, obsesionados con el tiempo. Presentí uno de esos momentos en los que su voz iba a aparecer y el pasado iba a asentarse en mi presente.

—¿Cuánto tiempo me queda?

No pude digerir mentalmente esa pregunta en su voz. Para ser sincera, no quería hacerlo. Aquello no podía estar pasando, aquello siempre se veía desde fuera, no en el mismo centro de la escena. Mi cerebro me instaba a seguir manteniendo la mirada en los iris grises del doctor que acababa de soltarnos la noticia como quien comunica el precio de un inmueble. Creo que fue mi corazón el que me ordenó dirigir los ojos hacia Jonas. Le miré mientras mi interior se petrificaba, como las manecillas del reloj que marcaba el tiempo ahí fuera, en eso que llamaban mundo y que acababa de pasarse de frenada, desmoronándosenos encima. Le vi. Creo que incluso me enamoré más de él, si es que eso era posible. Su expresión era firme, serena. Su rostro no se había llenado de sombras como el mío, ni tenía la rigidez ni la blancura marmórea que adiviné en el mío. O no lo había entendido, algo del todo improbable, o de alguna manera sabía que aquella batalla, como otras muchas pasadas, también la ganaría. Lo que terminó por hundirme fue la sobriedad con la que lo preguntó, la naturalidad con la que él mismo propuso el plazo.

—¿Un mes, seis meses...? ¿Un año? ¿Llegaré a Navidad?

Ni siquiera su tono mostraba preocupación. Me cogió la mano y la apretó, haciéndome interiorizar lo que siempre me decía: «No pasa nada. Estoy aquí. Estate tranquila». Pero no me miró. Sabía que no podía hacerlo. También él prefería el horizonte del iris grisáceo de su colega, quizá para que esa seguridad no se resquebraja como lo estaba haciendo la mía.

—Es complicado hablar de tiempo, Jonas.

A pesar de lo acostumbrado que estaba a dar malas noticias, el doctor Marín intentaba esconderse entre la marabunta de análisis y pruebas. Tenía ante sí a uno de los suyos, al jefe de cardiología de su hospital, el mismo que operó a su hijo de trece años y le salvó la vida, a quien juró entre lágrimas que le estaría eternamente agradecido sin saber que un día sería él quien le anunciaría que la eternidad se acababa, que el cáncer de pulmón microcítico que aparecía en el TAC en forma de mancha deforme teñida de amarillo y propagado a otras partes del cuerpo estaba en estadio IV, de los que suelen presentar una tasa relativa de supervivencia a cinco años de aproximadamente un dos por ciento.

—Hay opciones de tratamiento. Como te digo, es complicado hablar de tiempo.

—Déjate de tonterías. Lo complicado es tenerlo, no hablar de él. Dime, ¿cuánto tiempo?

Hubiese dado la vida por desaparecer en ese momento, que todo terminara allí, que cayéramos fulminados, evaporados, aniquilados, daba igual cómo, pero los dos juntos, sin más explicaciones. Sin embargo, no pasó nada de eso. La vida nos obligó a levantarnos de la silla, a despedirnos del doctor Marín y de su enfermera, que durante años trabajó con Jonas y a duras penas podía tragar la bola de cemento que se le había alojado en la garganta. No fui consciente de que mis piernas se movieran, que mantuvieran el paso, que recorrieran los escasos diez metros que separaban la consulta del oncólogo del mostrador de entrada donde otra enfermera esperaba de pie, nívea como una pared recién pintada de blanco, con los volantes y la documentación necesaria en una pequeña carpeta azul y roja con el nombre del hospital.

Jamás me perdonaré la debilidad que mostré. ¿Por qué me pondría a llorar justo en ese instante? ¿Por qué no pude esperar a esconderme en el cuarto de baño para soltarlo todo y evitarle el espectáculo que, sin duda, le haría sentir peor? Fui egoísta, una pancista inoportuna que estaba fallando a la persona que más la amaba y a quien más amaba en el momento más difícil de su vida. «Estate tranquila.» En sus labios, era un mantra que siempre había funcionado, excepto aquella vez. «No va a pasar nada.» No lo noté entonces, pero la enfermera me estaba clavando las uñas en la mano en un intento de frenar mi llorera. Me vi abrazada a una extraña porque no me atrevía a abrazarme a él, hasta que tiró de mí y me sentó en los sillones de una sala de espera privada.

—Esto es lo que vamos a hacer: llora todo lo que quieras hoy. Yo lo haré contigo si así lo prefieres. Seguro que nos sienta bien a los dos: lo echamos todo fuera, no nos quedamos con nada dentro. Pero a partir de mañana, o mejor, a partir de esta tarde, esto se acaba. No quiero que nos pueda, que sea más fuerte que nosotros. No quiero que centre nuestras vidas, no quiero hablar de esto todos los días. Eso es lo que quiero. ¿Lo entiendes?

En realidad, no lo entendía, pero juré que sería la última vez que me vería llorando como una idiota cuando él no había derramado ni una sola lágrima y tenía todo el derecho de hacerlo. Sabía que aquella debilidad pesaría sobre mi conciencia el resto de mi vida.

 

El sonido de un claxon me arrancó con brusquedad del recuerdo en el que me había anclado. Miré instintivamente el semáforo —ent

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