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LA MEMORIA RECUPERADA

María Antonia Iglesias  

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Fragmento

Índice Portadilla Índice Dedicatoria Prólogo Introducción José María Maravall: Una peligrosa manera de pensar Carlos Solchaga: Socialismo y provocación Joaquín Almunia: El dedo en todas las llagas Javier Solana: Sin rencor Juan Carlos Rodríguez Ibarra: Socialismo sin miedo José Bono: Ante el espejo Manuel Chaves: Historia viva Joaquín Leguina: De pensamiento, palabra y obra José Barrionuevo: La imposible libertad del exilio José Luis Corcuera: Verdades como piedras Antonio Asunción: Libertad vigilada Juan Alberto Belloch: Relato para conciliar el sueño Ramón Jáuregui: El «morroi» Txiqui Benegas: Dos raíces Rosa Conde: Comunicando por encima del ruido Alfredo Pérez Rubalcaba: Mensajes para nadie Narcís Serra: Doblar el acero Alfonso Guerra: El «papel» más difícil Felipe González: La rebelión contra la Historia Colaboraciones: La tarea de gobierno socialista analizada por sus gestores Julián Campo José Borrell Miguel Ángel Fernández Ordóñez Manuel Marín Virgilio Zapatero Francisco Fernández Marugán Carmen Alborch Matilde Fernández Julián García Vargas José Antonio Griñán y Ángeles Amador Fernando Ledesma María Teresa Fernández de la Vega Notas Créditos Grupo Santillana

A mi hija

Prólogo

La época socialista entra en la Historia

El lector tiene en sus manos, sin duda, un trabajo de extraordinario interés. Se ha cumplido ya el vigésimo aniversario del acceso de los socialistas al poder tras las elecciones de octubre de 1982. Esa fecha ha sido objeto de alguna celebración, aunque discreta y casi desapercibida. El período de Gobiernos socialistas sigue siendo materia de debate político, debido a la polémica que se produjo a partir de 1989 en torno a determinados aspectos de su modo de ejercer el poder o a ciertos ejemplos de cómo hacerlo. Una oposición de dura confrontación, que relevó a los socialistas a partir de 1996, ha contribuido también a que ese pasado no haya podido ser abordado con frialdad analítica, sino que siga formando parte de esa panoplia de armas arrojadizas que los profesionales de la política suelen utilizar para averiar la cabeza del adversario. Lo lógico y saludable sería que ese período fuera considerado como una etapa de la Historia española de la que cabe extraer enseñanzas y hacer un balance ponderado.

Esa situación de uso y abuso de un período histórico debiera concluir y, sin duda, este libro contribuirá a conseguirlo. Protagonistas de una Historia agitada y sujeta a frecuentes y a menudo espectaculares vuelcos, los españoles —quizá sería más propio afirmarlo de los comentaristas o analistas políticos— tendemos a ver el pasado con ojos apasionados y, a veces, con rencor. (Cuando Fernando VII reimplantó el absolutismo, se refirió, en textos oficiales, a la época del trienio constitucional como los tres «mal llamados años»).

Sin duda, es lícito —incluso deseable— participar en el vértigo diario de la política desde una posición que implique compromiso propio, defensa rotunda de las propias ideas y vigor expresivo. Pero lo que no tiene sentido es que esa misma postura se mantenga cuando el rumbo de los acontecimientos ya no puede ser modificado por la palabra propia o la manifestación expresiva. El pasado, irremediable y siempre matizable, ingresa siempre en la Historia y, a partir de ese momento, es susceptible de un juicio imparcial que extraiga lecciones para las generaciones venideras. A ello se llega con parsimonia, pero de forma inevitable. Los escritos de combate o los reportajes de circunstancias son sustituidos por análisis más fríos, en los que aparecen informaciones nuevas y, sobre todo, juicios más serenos.

Un papel muy importante le corresponde siempre a los testimonios de los protagonistas relevantes, los actores fundamentales de la vida política. Son muchos los que, pasado el momento en que desempeñaron ese papel, aseguran que un día escribirán sus memorias; pocos son los que, finalmente, lo hacen. En ocasiones, el propio protagonista histórico no es capaz de distinguir entre la esencia y la anécdota; en otras, prefiere una visión demasiado edulcorada o vitriólica, según se trate de amigos o de adversarios. Sólo una minúscula porción de individuos es capaz de escribir desde la distancia y la ironía. Hay protagonistas que, simplemente, no saben expresarse a través de unas memorias porque, en primer lugar, un político no es necesariamente una persona capacitada para la escritura y, en segundo término, porque el género memorialístico implica una serie de requisitos que no siempre se tienen en cuenta de modo adecuado.

Pues bien, en este libro aparecen casi todos los protagonistas de la etapa socialista y prestan su testimonio acerca de lo que quisieron hacer y de lo que finalmente hicieron, de sus alegrías y de sus malos recuerdos, de un período de gobierno de catorce años. Se echa de menos a Miguel Boyer, pero, aun así, su relevancia y el contenido de su posición política resulta fácilmente adivinable por su ausencia y por los perfiles ofrecidos por terceras personas.

La conclusión que extraerá el lector de la lectura de estas páginas, sean cuales sean sus ideas políticas, probablemente no coincidirá por completo con las dos versiones contrapuestas existentes: la de quienes consideraron octubre de 1982 como una gran ocasión regeneradora que enlazaba con abril de 1931 y cuyo resultado iba a ser la modernización de España, y la de quienes sólo tengan ante la vista la sucesión de escándalos finales en el período 1991-1996. En estas páginas no está la Verdad pero sí un conjunto de verdades parciales que pueden servir para reconstruir el pasado de forma imparcial y solvente. Gracias a ellas, se puede considerar que la época de gobierno socialista entra en la Historia.

Para justificar esta opinión, ruego se me permitan unas breves líneas de explicación personal. El autor de este prólogo no puede ser conceptuado de ningún modo como un elector socialista: colaboré en la redacción del programa de UCD que mereció un evidente rechazo por parte del electorado en 1982 y voté tan sólo en una ocasión a Felipe González, aunque más por miedo a la alternativa que por verdadero acuerdo con su programa. Durante el Gobierno socialista, como analista en libros y artículos, fui considerablemente crítico. Pero, como queda dicho, es diferente lo que se escribe en el momento —con el propósito de modificar lo que está sucediendo— y el juicio posterior.

Como historiador, creo que es indudable que, en el conjunto de la etapa de Gobiernos socialistas, hay muchos aspectos positivos que son manifiestos. Aunque también son manifiestos otros aspectos criticables. Para conocerlos y poder extraer un juicio, el primer paso consiste en interrogar a los protagonistas.

Algunos medios han tratado de ofrecer un compendio de la época siguiendo esta dirección: ahí están, por ejemplo, los fascículos conmemorativos que periódicos nacionales, como El País o El Mundo, dedicaron a la transición democrática en 1995 y que luego han aparecido como libros, titulados respectivamente Memoria de la transición e Historia de la democracia. En ellos se encuentran testimonios orales interesantes de algunos de los protagonistas. Pero, en estos casos, sólo se aborda la primera mitad de la década de los ochenta, las entrevistas tienen que adecuarse a la brevedad obligada al tratarse de una fórmula como la descrita, en ocasiones no se acierta con la pregunta oportuna y, en fin, la pluralidad de entrevistadores ofrece la inevitable variedad en el modo de interrogar.

María Antonia Iglesias ha emprendido una labor sistemática de interrogación acerca de la etapa socialista: se ha dirigido a sus protagonistas y lo ha hecho con un bagaje muy apreciable y con un resultado de enorme interés. No es María Antonia persona propicia a eludir sus opiniones; más bien, como corresponde, las defiende y las expresa con el convencimiento y la agudeza necesarios. Pero sabe desdoblarse en dos facetas a menudo incompatibles: la de quien opina y la de quien pregunta. En este libro procura desaparecer como persona que interroga. Sus entrevistas son siempre, como trabajos periodísticos, de enorme interés, porque tienen las dosis oportunas de inteligencia a la hora de elegir las cuestiones, capacidad de acorralar —en el mejor sentido del término— al entrevistado y de lograr un titular destacado. Yo siempre le había dicho que debía recopilarlas en forma de libro. Serán, sin duda, un importante elemento para el juicio de los historiadores del futuro.

Sus entrevistas, puede añadirse, ya tuvieron un resultado público, patente y de primera importancia en un caso concreto y memorable. La imagen de Adolfo Suárez, desde 1980, había ido declinando y ni siquiera su reaparición, con fuerza electoral inesperada, a mediados de los ochenta, remedió un juicio, en general, bastante negativo. Fue la entrevista que María Antonia le hizo para Televisión Española en 1995 la que produjo un giro copernicano en lo que podríamos denominar «la fama» del ex presidente del Gobierno. Creo que, con ello, cumplió con la «justicia histórica» y contribuyó a la higiene pública colectiva.

Ahora, con este libro, en el que desfilan los dirigentes socialistas, creo que María Antonia puede lograr un resultado, al menos, parecido. Aunque en sus páginas sólo aparezcan miembros destacados de los Gobiernos de Felipe González —y el propio Felipe González—, éste no es un libro para adictos. Tengo la sensación, más bien, de que habrá quien piense, desde el área socialista, que Iglesias bien podría haberse ahorrado el interrogatorio sucesivo; incluso es posible que, entre los entrevistados, no falte quien se arrepienta de lo que dijo ante el micrófono de María Antonia. Puede también que este libro multiplique o reverdezca polémicas que son ya de otro tiempo pero que han quedado encallecidas en el recuerdo.

No importa. Lo importante es que en este libro aparece algo difícilmente perceptible en el presente y más aún en el pasado, una vez transcurrido el tiempo: el pálpito de la política. En una democracia, la evolución de la opinión pública y el comportamiento electoral son también factores decisivos —incluso más trascendentes—, pero la política la llevan a cabo seres humanos con sus grandezas y miserias, sus dudas y seguridades, sus obsesiones y sus minucias. Unamuno escribió que nada resulta más apasionante que el estudio de una persona. Pues bien, la Historia política es, desde luego, narración de comportamientos individuales. Y éstos se transparentan en las memorias y escritos autobiográficos: el mérito de María Antonia Iglesias ha sido demostrar que también puede conseguirse gracias al interrogatorio periodístico. En uno y otro caso, escribiendo o ante el micrófono, el político puede decir la verdad o mentir, tener razón o carecer de ella, pero, inevitablemente, se desnuda y se autodescribe ante el lector.

La transición nos proporciona muchos ejemplos al respecto. Son numerosas las memorias publicadas: al margen de la información que proporcionan, el mayor interés radica en la imagen que transparentan de los actores políticos. Aparece, por ejemplo, quien se atribuye más importancia de la que tuvo (Emilio Attard) o el que parece navegar por el mar de la alta cultura y de la exquisitez ideológica pero que, en el fondo, es un solitario con pocas oportunidades objetivas (José María de Areilza). Otro tipo humano es el de quien siempre ofrece puntos de vista y proposiciones interesantes y está al tanto de la evolución de la sociedad pero quizá carece de una idea global programática (Rodolfo Martín Villa), o quien, por el contrario, porque la tiene muy definida y precisa, acaba por tener dificultades con los suyos (Miguel Herrero de Miñón). Se dibuja también el perfil de quien dispone de un bagaje intelectual considerable y sentido del Estado, pero al que le pierde la precipitación y la incapacidad para captar el preciso momento político (Manuel Fraga) o del que es capaz de tratar del pasado, incluso del propio, con inteligente ironía, pero, al mismo tiempo, padece un poso de amargura por la falta de reconocimiento ante lo que protagonizó (Leopoldo Calvo Sotelo). Hay quien mide su grandeza y su papel de primera importancia por su capacidad para las pequeñas habilidades en la dirección de un partido (Santiago Carrillo) y quien da la sensación de haber sido un adicto a la táctica, pero cuya estrategia resultó a menudo dudosa (Alfonso Ossorio).

Cada personaje político, en definitiva, tiene un «estilo» y éste se transparenta gracias a un escrito autobiográfico o una declaración extensa planteada con inteligencia. A lo largo de estas páginas aparece, por ejemplo, quien, pasado el tiempo, sólo parece capaz de descubrir aspectos positivos en su gestión del pasado y evita también, en la medida que puede, un perfil de confrontación incluso en relación con él. Hay quien habla tan sólo de sí mismo y quien se distancia del pasado y reconoce sus errores. Aparece el político de confrontación, empeñado en la defensa de lo que considera mejor, y el que la evita incluso de forma retrospectiva. En todo gobierno hay protagonistas fundamentales y gregarios eficaces; también hay quienes ocupan una posición en él porque quien le nombró conoce a la perfección sus limitaciones, pero también su valía circunstancial en determinados aspectos. Hay reformadores profundos cuya gestión no aparece tan clara y meridiana a primera vista, cuando realmente lo es —y eso contribuye a hacerla irreversible—. Los hay también que no prevén el resultado final de sus propias acciones y ofrecen, en consecuencia, un balance mucho más ambivalente de su propia gestión. Algunos políticos dan la sensación de ser capaces de trascender la gestión diaria de los problemas y de tener la capacidad de análisis global en el momento preciso o, al menos, con caracter retrospectivo. Otros se ven arrastrados por la marea de las circunstancias.

El lector extraerá de la lectura de estas páginas su propio juicio acerca de los personajes: el párrafo anterior puede sugerirle algunas interpretaciones posibles. Lo que, de cualquier modo, parece evidente es la manifiesta superioridad de Felipe González, fácilmente admisible por todos los que colaboraron en sus Gobiernos, pero cada vez más transparente a medida que se amplía la distancia histórica y se pretende un juicio con voluntad de imparcialidad. Es evidente que se equivocó en algunas ocasiones y en más de una, gravemente. A veces, además, el error no es —quizá o, más bien, con seguridad— el que ha admitido, sino otro diferente. El error en torno al referéndum sobre la OTAN, en mi opinión, no fue haberlo convocado, sino, a mi modo de ver, haber evitado, por la forma en que se planteó, que la sociedad española se preguntara y debatiera acerca de la necesidad de la defensa. Pero este punto, como tantos otros, serán discutibles. Lo que parece evidente y notorio es la grandeza y la excepcionalidad de un político que supo hacer compatible el idealismo y el pragmatismo, el deseo de cambio y el modo moderado de llevarlo a cabo. Con todo, la verdadera excepcionalidad de González radica, al mismo tiempo, en su capacidad de guiarse por lo que consideraba el bien común y en saber considerar la propia persona como disponible para los intereses de una causa. Felipe González estuvo siempre por encima de su propio partido en el aprecio popular y este libro testimonia hasta qué punto esta opinión estaba justificada. El mejor González es el que supo dimitir en 1979 y conducir a su partido no sólo por la senda de la sensatez sino también de la conversión en una alternativa viable; el que no sólo tuvo tentaciones de optar por el retiro tras dos legislaturas sino que renunció a él en dos ocasiones sucesivas por la simple razón de que no era posible un relevo con oportunidades de victoria. Pero, además, González aparece en estas páginas como un político dotado de capacidades infrecuentes y que la mayoría de sus congéneres tiene sólo de forma limitada. Ante todo, el instinto de anticipación, es decir, de previsión de los resultados imaginables en el futuro dadas las circunstancias del presente; en segundo lugar, la elusión de los conflictos gratuitos o la búsqueda de equilibrio entre tendencias en el seno de un mismo proyecto político, y, en fin, la ausencia de cerrado compromiso por una de las partes, salvo en situaciones determinantes, en el momento en que esos choques llegaron a producirse. Desde la perspectiva actual, parece indudable que sólo una personalidad como la del ex presidente del Gobierno fue capaz de conseguir no sólo llevar al triunfo al Partido Socialista en 1982, sino también mantenerlo unido a lo largo de tantos años. Le pudo ayudar, sin duda, el ejemplo de UCD, pero en este libro parece bien claro, aun pasado tanto tiempo, que hubo en el PSOE dos proyectos difíciles de compatibilizar. Calvo Sotelo ha escrito en sus memorias que Suárez fue como una especie de clavillo del abanico centrista, pero esta afirmación parece más aplicable aún a la persona de su sucesor en la Presidencia del Gobierno. González merece hoy —y algún día se escribirá— una buena biografía política, dado el papel cardinal que ha jugado en la vida política española durante tanto tiempo.

En este libro no se transparentan tan sólo estilos personales de hacer política sino también momentos colectivos de vivirla. Ya se ha mencionado ese impulso regeneracionista y de convicción en que iba a ser posible una gran tarea reformista que emergió en octubre de 1982 y que un historiador que no lo vivió como experiencia propia está en buenas condiciones de apreciar como realidad objetiva en un determinado tiempo. Hubo en estos catorce años otros momentos de reafirmación y de triunfo —el referéndum de 1985 y las elecciones de los años ochenta, por ejemplo— que parecieron establecer una inesperada continuidad con octubre de 1982. Pero hubo también momentos de ceguera en los que ni siquiera los protagonistas, en la actualidad, son capaces de descubrir por qué mantuvieron aquella falta de visión. Cualquier observador independiente y despegado se hubiera podido dar cuenta de que la huelga general de 1988 iba a triunfar y, al menos, tuvo su mérito darse cuenta de ello al poco tiempo de producirse. Los escándalos de corrupción y del GAL tenían también un final previsible desde una óptica externa. Pero ésta resulta tan fácil de postular cuando no se está en el poder como difícil de practicar cuando se ejerce.

El mérito de este libro de María Antonia Iglesias es que rescata personajes y situaciones para presentarlos con asepsia ante el lector. Ha habido a lo largo de estos últimos treinta años buenos libros periodísticos sobre el pasado reciente de los que han sido autores, por ejemplo, Pepe Oneto o Victoria Prego, pero respondían al género de reportaje de actualidad o del inmediato pasado. En el caso de Iglesias, se nos presenta no una elaboración posterior sino documentos vivos, testimonios orales susceptibles de profundización o de discusión respecto de su contenido, pero muy valiosos en sí mismos. Al ofrecérnoslos, se nos ha abierto un camino seguro para nuestro conocimiento. Habrá que profundizar, más adelante, con documentos escritos y con más testimonios orales. Pero con los que el lector tiene en sus manos, lejos ya de la polémica política, la época socialista, con sus reformas y su consolidación de la democracia, con sus errores y sus escándalos finales, entra, con paso cierto, en la Historia.

Javier Tusell

Catedrático de Historia Contemporánea

Introducción

Cuando hace ya más de un año comencé a reflexionar sobre el proyecto que es hoy este libro, recuerdo que percibía la necesidad y la razón que me impulsaban a llevarlo a cabo como algo urgente; algo que debía ponerse en marcha a toda prisa. Hoy, cuando la urgencia ha sido necesariamente sustituida por los trabajos y los días de muchos meses, con un resultado denso y profundo, sigo reivindicando aquella urgencia y aquella necesidad. Era mi propósito inicial hallar la manera de poner en valor los años de los Gobiernos socialistas, antes de que se los llevaran por delante los vientos del olvido interesado, del adanismo impuesto por una derecha que se ha propuesto convencernos de que nada (ni siquiera la democracia) existía en este país antes de que ella llegara al poder. Pero sin duda no fui consciente de lo injusto que hubiera sido el olvido, y del tamaño que ha llegado a alcanzar la impostura de la derecha —que ha demonizado la etapa de los Gobiernos socialistas hasta la náusea— hasta que este libro comenzó a adquirir vida propia. Una vida que fue creciendo, incluso por encima de mis propios cálculos.

Había renunciado, deliberadamente, al método que parecía obligado para obtener un resultado aceptable (en términos de objetividad), cual era la investigación, el «rastreo» de archivos y testimonios, más o menos próximos, más o menos críticos, más o menos solventes. Y ello porque estaba convencida de que la selección, inevitable, de testimonios y documentos me iba a situar, al final del recorrido, frente a una confusión más inevitable todavía. Pero sobre todo porque estaba, y estoy convencida, rotundamente convencida, de que si hay algo que todavía no se ha hecho suficientemente en este país (sobre todo con nuestros políticos), es preguntar para escuchar; para entender, para comprender. Y menos, mucho menos, con los socialistas que gobernaron la nación y aún gobiernan en algunos territorios. Fue a partir de este personal convencimiento que aposté por un método de trabajo, sin duda difícil y laborioso, pero gratificante al máximo, como es la entrevista personal. Es un método que permite un estimulante «cuerpo a cuerpo» con el entrevistado que se somete, voluntariamente, a un ejercicio de confrontación, de provocación, no exentas de una cierta crueldad. Porque siempre es doloroso atravesar el angosto pasillo de un interrogatorio no elegido, y, en modo alguno, complaciente. Pero el resultado compensa sobradamente el esfuerzo. Porque cuando el que pregunta se retira de la escena, para que quien responde adquiera todo el protagonismo que le corresponde, emerge la vida de la memoria con todo su vigor, con toda su fuerza. Es entonces cuando los recuerdos, las circunstancias, y todas las pasiones de todo lo que se ha vivido, se trasladan al terreno inexplorado (e involuntario las más de las veces) de la introspección. Ése es el objetivo. Y cuando ese objetivo se alcanza, comienza el entrevistado a hablar de sí mismo, sin inhibiciones. Porque está convencido de que el que guarda silencio mientras habla tiene verdadero interés en escucharle.

Sin duda que yo tenía ese verdadero interés. Pero no quiero ocultar que ese mi gran interés quedaba oscurecido por mi gran miedo al fracaso.

Pensaba que corría un alto riesgo al elegir un camino, el del relato personal, con los dirigentes socialistas, porque era previsible que toda la vehemencia que yo pudiera emplear para hacerles recuperar la memoria (pero toda la memoria), la emplearían ellos en hacer que yo la perdiera, en blindarse, en defenderse. Pensaba que corría una alto riesgo de acabar empujada por las mareas del triunfalismo, chapoteando en los pantanos de la autoexculpación y el victimismo...

Era una apuesta a una sola carta, la de «ellos». Hoy puedo afirmar que ésa ha sido la apuesta más acertada de toda mi experiencia profesional. Y que sólo de «ellos» es el mérito de un resultado espléndido. Porque sus evocaciones personales rebosan de una incuestionable condición que los reivindica: la honradez. Consigo mismos, con los éxitos y los fracasos, con la aproximación a los errores y a los aciertos, a la gloria y la miseria de todo lo que hicieron o dejaron de hacer. Sólo en algún caso, muy concreto, la honradez se ve sustituida, al menos, por la transparencia involuntaria. Pero no es mi misión señalar a nadie y, además, estoy segura de que el lector va a encontrar, sin esfuerzo, algún oscuro personaje con ciertas connotaciones evangélicas...

No es éste un libro que haya pretendido hacer un balance de la gestión de los trece años, largos, de los Gobiernos socialistas. Eso hubiera sido un objetivo insuficiente y, sobre todo, equivocado, desde mi punto de vista. Además, tampoco ellos se hubieran conformado. Porque estamos hablando de personas que vivieron su tiempo de poder desde una condición transversal que los une y separa constantemente: la pasión por la política. De modo tal que cuando hablan de la acción de gobierno acaban hablando del partido y cuando hablan del partido acaban hablando del gobierno... De aquellas luchas que, como inquietantes corrientes de su propia historia estremecieron su esqueleto, y dan sobrada cuenta sus propios protagonistas. Lo hacen con tal fuerza y vehemencia que cuesta entender cómo lograron gobernar tanto, y tan intensamente, librando, al mismo tiempo, tan encarnizadas batallas internas. Hoy, en este libro, las «etiquetas» que lucieron «guerristas» y «renovadores» se hacen trizas a cuenta de las demoledoras autocríticas de dos de sus más autorizados representantes: Juan Carlos Rodríguez Ibarra y Joaquín Almunia.

La razón y las claves de poder en la política económica, la prepotencia de Boyer y Solchaga, la revolución educativa de Maravall, el «guerrismo» (sus víctimas y su encendida defensa), la OTAN y sus desconocidas estrategias, la democratización del Ejército y la insólita renegociación de las bases americanas, la huelga del 14-D, las «dimisiones» de Felipe, las batallas de Interior, el entendimiento con el PNV, la aventura con los independientes, la oscura sombra de Nicolás Redondo, la venganza de Garzón, las políticas socialdemócratas, el GAL, la corrupción, el último gobierno de Felipe González... Toda la gloria, la frustración, los éxitos, los sufrimientos y satisfacciones vividos se recuperan a través de la memoria de sus protagonistas. De una manera sencilla, directa, coloquial a veces, desprovista de maquillaje. No hay blindajes ni coartadas. Se apuntan los logros en la construcción de un proyecto de un país con inapelables argumentos. Se asumen los errores, y los horrores, con palabras de extrema desnudez. La crónica del final la «escribe» Alfredo Pérez Rubalcaba, que es el último portavoz del último gobierno y que tiene el coraje de no renunciar, ni en ese momento, a un lacerante sentido del humor que sobrecoge.

Es el propio Felipe González quien evoca su última campaña electoral. Lo hace «con las tripas», se duele de su última soledad y confiesa, sin pudor, que allí se dejó la piel. En torno a su liderazgo van a coincidir todas las memorias. Y lo mismo sucede a la hora de la conclusión, sentida y compartida: «Sentamos las bases de un país libre y moderno».

Es a partir de esa afirmación (tan sólidamente argumentada), que la memoria de Felipe González reconstruye su opción regeneracionista, su rebelión contra la historia que nos había tocado en suerte, en mala suerte. Su testimonio, que le agradezco profundamente (aquí y en su capítulo, porque sé muy bien que no hubiera querido hacerlo nunca), es precisamente la más contundente explicación de por qué la derecha hubiera querido enterrar para siempre su figura y su forma de estar en la política. (Y ya que estoy hablando de la derecha quiero lamentar, a renglón seguido, la voluntaria ausenc

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