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LA MúSICA DE LOS HUESOS

Nagore Suárez  

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Fragmento

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Madrid

Siempre se me ha dado fatal hacer maletas. Me hubiera gustado ser una de esas personas que una semana antes de irse de viaje hacen listas con lo imprescindible, y lo dejan todo preparado con antelación. Pero mi estilo es más vaciar el armario en la maleta en el último momento hasta hacerla rebosar.

Y cómo no, aquel día no fue una excepción. Las evidencias se acumulaban por la casa: bolsas llenas de zapatos, tote bags cargadas de libros y hasta un abrigo doblado sobre la mesa del salón. Aunque las probabilidades de necesitar un abrigo en julio en Madrid son casi nulas, en el norte algunas noches de verano son más frescas que muchas de noviembre en el centro.

Tuve que saltar por encima de una bolsa para entrar en la cocina. Mi piso era microscópico, un zulo de treinta metros en el corazón de la ciudad, en el barrio de La Latina. Pero era mi zulo, y le había cogido cariño después de tres años viviendo en él. Me había costado mucho conseguirlo: días enteros buceando en páginas de alquileres y muchas visitas a apartamentos inhabitables. Pasé horas llorándole a mi casera para que me bajara un poco el precio porque no había reformado el piso, al menos, en los últimos treinta años.

Pero al final había merecido la pena. Era un lujo poder vivir sola en el centro. Los alquileres estaban por las nubes y muchos de mis amigos tenían que compartir piso con auténticos desconocidos. En cambio, yo vivía únicamente con Dalí, mi border collie, aunque a veces parecía más que viviera en una fraternidad americana. Como ese día, que se había pasado la mañana comiendo hierba en el parque, y yo llevaba un buen rato fregando vómitos por toda la casa.

Guardé la fregona en el armario de la cocina y me asomé por la ventana. Para mi sorpresa iba a echar de menos Madrid: el bullicio de las calles, las tiendas abiertas veinticuatro horas, los baretos llenos de modernos y los locales cool donde los instagramers se hacían todo tipo de fotos. Desde allí podía ver la plaza de la Cebada con su mercado y ríos de gente pasando por la calle. Por un momento dudé. Pensé que quizá me había precipitado, que no podría sobrevivir a todo un verano en el pueblo, que no debería haber dejado el trabajo. Pero respiré hondo tres veces y me sentí mejor: la decisión estaba tomada y ya no podía echarme atrás.

Habían pasado ya diez años desde mi llegada a Madrid, y, aunque al principio el caos de la ciudad me había parecido una locura —por no hablar de las veces que me había perdido en el metro—, le había cogido cariño a su ritmo y a la vida acelerada de los madrileños. Vine con mi madre cuando recibió una oferta de trabajo en el hospital de La Paz. Vendimos nuestro apartamento en Pamplona, donde habíamos vivido hasta entonces, y nos instalamos cerca de plaza Castilla. Viví con ella hasta que, al graduarme, encontré mi primer trabajo y decidí independizarme y buscar algo más céntrico. Al fin y al cabo, a pesar de estar más lejos, tampoco me iba a echar mucho de menos. Mi madre pasaba casi todo su tiempo en el hospital y cuando al fin tenía vacaciones le faltaba tiempo para apuntarse a cualquier proyecto humanitario que organizara Médicos Sin Fronteras en algún lugar recóndito del mundo. Apenas hacía unos días que se había ido a la India, a una aldea en medio del Himalaya, cerca de Nepal. Hablábamos por Skype bastante a menudo, y parecía feliz cubierta por su chubasquero y con el pelo empapado con una mezcla de sudor y agua del monzón. La verdad es que su determinación para cambiar el mundo me parecía admirable. Para mí, lograr cambiar mi vida ya era suficiente reto. O por lo menos intentarlo. Por eso, un par de semanas atrás había tomado la decisión de dejar mi trabajo. Llevaba mucho tiempo dándole vueltas, pero creo que lo que me hizo decidirme finalmente fue la muerte de Arun.

En los bajos de mi calle se acumulaban toda clase de locales: peluquerías donde te hacían la manicura permanente, bares de mala muerte, tiendas de disfraces... y la frutería de Arun. Desde que me mudé me fui acostumbrando a comprar toda la fruta y la verdura en su tienda. Los supermercados me quedaban más lejos y su frutería estaba en el local contiguo a mi portal. Porque si hay algo que me define es la pereza. Al principio no hablábamos mucho, lo normal en una transacción de compra y venta de tomates o melocotones. Pero, como yo bajaba casi todos los días a la tienda, porque soy incapaz de hacer la compra para toda una semana, pronto empezamos a tener más confianza. Arun era indio, del Rajastán, en concreto de un pueblo del desierto llamado Jaisalmer. Allí solía regentar una tienda de alfombras y telas para los turistas, pero hacía más de diez años que había venido con su familia a España siguiendo a uno de sus hermanos. Sin embargo, no había perdido ese sentido de la hospitalidad que caracteriza a su país, y cuando me veía entrar, después de asesorarme para que me llevara los mejores aguacates, me ofrecía un vasito de té con leche, azúcar y jengibre. El mejor que he probado en mi vida. Lo intenté replicar un par de veces en mi casa siguiendo su receta, pero después

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