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LA MUJER DE TU PRóJIMO

Gay Talese  

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Fragmento

Prólogo

Si bien la mayoría de los best sellers del pasado merecen ser relegados a las húmedas estanterías de las habitaciones de invitados de las casas de campo, La mujer de tu prójimo no es uno de ellos. Talese tardó en escribirlo nueve años, y esos años se notan en la riqueza de las historias, en la densidad de detalles y en la visión amplia y panorámica que nos da de un Estados Unidos en constante cambio.

Aunque a primera vista La mujer de tu prójimo pueda parecer un recorrido turístico por un mundo exótico y marchito, las tensiones y los conflictos que relata siguen siendo apremiantes. Talese revela un Estados Unidos entusiasmado con las superficies ordenadas de sus hogares perfectos e intrigado por las atracciones sexuales insólitas. Puede que la cultura en general experimente una menor agitación —al fin y al cabo, somos más convencionales que nuestros padres—, pero la verdad es que el desconcierto que en concreto analiza Talese continúa con nosotros. ¿Cómo conciliamos nuestras ideas anticuadas sobre el matrimonio con nuestra necesidad de novedad y frescura? ¿Cómo superamos lo que el escritor Radclyffe Hall llamaba «la infinita tristeza del deseo cumplido»? Es posible que las formas y variedades de nuestras soluciones sean ahora distintas, puede que haya maridos navegando por internet en busca de porno, o esposas descontentas chateando con compañeros de trabajo, pero el conflicto fundamental sigue siendo el mismo: la tensión entre nuestra herencia puritana y nuestra obsesión por el sexo.

Cuando Talese se embarcó en este enorme proyecto, debió de parecerle increíblemente ambicioso a cualquier persona a quien se lo mencionase. Se enfrentaba nada menos que al espíritu de los tiempos. ¿Cómo se llega a la esencia de un modo que no resulte insulso, reduccionista o incuestionablemente falso? La respuesta de Talese llega a través del personaje. De forma paradójica, cuanto más profundiza en las personas sobre las que escribe, cuanto más específico, elaborado y particular es el detalle, con mayor eficacia explica el momento cultural más general. Capta el panorama de la nación a través de la elaboración incesante y fascinante del personaje. Con sus complejos retratos de Hugh Hefner, Judith Bullaro, John Williamson, Diane Webber, Al Goldstein y otros, plasma mejor de lo que podría con un millón de abstracciones forjadas a la perfección lo que ocurría sobre el terreno. Su método de ahondar cada vez más en el individuo para llegar a amplias verdades culturales es la inspiración de este libro.

La mujer de tu prójimo es a menudo malinterpretado. La gente se confunde o se distrae por lo lascivo y llamativo del tema. Sin embargo, no es un libro obsceno, o, mejor dicho, es un libro obsceno con una larga exégesis acerca de la campaña de Comstock, con detalles vivos y eruditos de casos del Tribunal Supremo sobre obscenidad, con digresiones históricas acerca de comunidades utópicas y las penas y desventuras de El amante de lady Chatterley; es una historia cultural en el mejor y más riguroso sentido de la palabra.

En La mujer de tu prójimo, Talese capta a la perfección las delicadas contradicciones psicológicas, la influencia residual de nuestro pasado puritano y la aventura de la libertad en la totalidad de sus nuevas y seductoras encarnaciones. Aborda grandes y vagas tendencias culturales a través de la especificidad peculiar de la historia individual, de la pasión de Hugh Hefner por F. Scott Fitzgerald, de la forma en que el padre de Al Goldstein trataba a los camareros chinos, de una foto del padre de Harold Rubin en el ejército, de las anotaciones sobre la masturbación en el diario de Anthony Comstock. Cuando Talese ha terminado de poblar su Estados Unidos, podemos ver en acción las influencias contradictorias de nuestros impulsos más desenfrenados y nuestros instintos más conservadores. Mide las nuevas tendencias de la moralidad, el verdadero cambio histórico, en las pequeñas resistencias y desgarrones que produce en la psique; contempla la euforia, emoción y destrucción de la revolución sexual, hombre a hombre, mujer a mujer.

Hay un curioso apartado al final del libro en el que Talese se refiere a sí mismo en tercera persona. De pronto, nos encontramos con frases como esta: «Durante esa época el propio matrimonio de Talese, que existía desde 1959, y que ahora incluía a dos hijas pequeñas, respondía de forma negativa a la incuestionabilidad de su investigación, la publicidad que esta conllevaba y su reciente consentimiento para ser entrevistado por un periodista de la revista New York». Talese había sido criticado por su trabajo de campo sobre el adulterio, por el entusiasmo de su inmersión, por estar allí, en la camilla de la sauna, recibiendo largos masajes, pero esta opción estilística responde a esa crítica. Hablar en primera persona sería demasiado simple. Porque está allí y no está allí; le están haciendo una paja en la sauna, pero mientras tanto no deja de pensar: «¿Quién es la masajista? ¿Cómo fue su infancia? ¿Qué opinan sus otros clientes?». En la habitación siempre está presente el escritor, el observador que contempla esa habitación, y a mí me parece que esa sutileza se les escapó a muchos de los críticos moralizantes más severos del libro. Talese se describe a sí mismo como personaje; procesa la historia a través de su propia experiencia; siempre está escribiendo. Es un enfoque del periodismo más ardiente de lo habitual, pero no por ello deja de ser un enfoque del periodismo. El libro era su vida, y eso era algo serio, no la excusa barata para un poco de diversión extramatrimonial que algunos críticos parecieron creer que era en aquel momento. Si era eso lo que quería, no creo que tuviese necesidad de invertir nueve años y más de quinientas páginas en ello.

Talese tenía un inigualable afán de historias, de contemplar la variedad de la experiencia humana en todo su esplendor y perversidad. Dedica una atención a los pormenores de las vidas de extraños que la mayoría de las personas apenas pueden reunir para sus amigos más íntimos y su familia. Lo que le distingue del periodista común y corriente es su interés inagotable por otras personas, famosas o no, su cariñosa inmersión en el pasado de estas, en lo que su madre les decía cuando eran niños y en el aspecto que tenía su dormitorio de la infancia. Para él la historia no se acaba cuando el libro se envía a la editorial. Se mantiene en contacto con muchas de sus fuentes durante años, durante décadas, interesado aún en lo que les sucede, sin dejar de recabar información, todavía implicado. Esta no es la antropología distanciada y utilitaria de la mayoría de los periodistas. La línea entre el sujeto y el amigo aparece desdibujada de forma peligrosa e interesante. Sin excepción, los personajes de este libro autorizaron a Talese para que utilizase sus verdaderos nombres, lo cual resulta extraordinario dado que hablaban de infidelidades, de fantasías sexuales, de experiencias eróticas inusitadas. Pero Talese se ganó ese grado de confianza con la profundidad e intensidad de su compromiso, con la naturaleza humana y precisa de sus preguntas, con el encanto de la clase de atención que ofrecía, con su auténtica camaradería.

Cabe preguntarse si esa implicación forjada emocionalmente con tantas fuentes y tantas intimidades no es agotadora. Lo sería para la mayoría de nosotros. Pero es el corazón de este novelista, la extraña e insaciable pasión de este escritor por la observación, por describir en toda su complejidad espectacular el mundo desconcertante y fecundo, lo que eleva a este libro brillante e inconformista por encima de su tiempo y lo convierte en un clásico del periodismo cultural.

KATIE ROIPHE

2009

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Estaba completamente desnuda, echada boca abajo en la arena del desierto, las piernas abiertas, sus largos cabellos flotando al viento, la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados. Parecía absorta en sus propios pensamientos, alejada del mundo, reclinándose en esa duna batida por el viento de California, cerca de la frontera mexicana, adornada únicamente por su belleza natural. No lucía joyas, ni flores en el pelo; no había pisadas en la arena; nada indicaba el día o destruía la perfección de esa fotografía salvo los dedos húmedos del colegial de diecisiete años que la tenía en la mano y la contemplaba con deseo y ansiedad adolescentes.

La imagen estaba en una revista de fotografía artística que él acababa de comprar en un quiosco de la esquina de Cermak Road, en las afueras de Chicago. Era última hora de una tarde fría y ventosa de 1957, pero Harold Rubin podía sentir el acaloramiento que le subía por el cuerpo mientras observaba la foto bajo la farola cerca de la esquina, detrás del quiosco, ajeno a los ruidos del tráfico y a la gente que pasaba rumbo a sus casas.

Hojeó las páginas para echar un vistazo a las otras mujeres desnudas, para comprobar hasta qué punto podían responder a sus expectativas. Había habido ocasiones en el pasado en que, después de comprar aprisa una de esas revistas porque se vendían bajo cuerda (y no se podían estudiar para hacer una adecuada selección previa), había quedado profundamente desilusionado. O las nudistas jugadoras de voleibol en Sunshine & Health eran demasiado fornidas (la única revista que en los años cincuenta mostraba el vello púbico), o las sonrientes coristas de Modern Man trataban de atraer de forma exagerada, o las modelos de Classic Photography eran meros objetos para la cámara, perdidas en las sombras artísticas.

Si bien Harold Rubin generalmente conseguía alguna solitaria satisfacción con esas revistas, pronto eran relegadas a los estantes más bajos del revistero que tenía en el armario de su dormitorio. Sobre el montón estaban los productos más probados, aquellas mujeres que proyectaban cierta emoción o posaban de un modo especial que le resultaba inmediatamente estimulante; y, aún más importante, su efecto era duradero. Las podía ignorar en el armario durante semanas o meses mientras buscaba en otra parte un nuevo descubrimiento. Pero al fracasar en su búsqueda, sabía que podía volver a su casa y revivir una relación con una de las favoritas de su harén de papel, logrando una gratificación que ciertamente era distinta —aunque no incompatible— de la vida sexual que tenía con una chica que conocía del instituto Morton. De algún modo, una cosa se fundía con la otra. Mientras hacía el amor con ella sobre el sofá cuando sus padres habían salido, a veces pensaba en las mujeres más maduras de sus revistas. En otras ocasiones, a solas con sus revistas, podía revivir momentos pasados con su amiga, recordando su aspecto sin la ropa puesta, la suavidad de su piel y lo que hacían juntos.

Sin embargo, últimamente, debido a que se sentía inquieto e inseguro y estaba pensando en largarse del instituto, abandonar a su novia y alistarse en la Fuerza Aérea, Harold Rubin estaba más alejado de lo usual de la vida en Chicago, más predispuesto a la fantasía, sobre todo en presencia de las fotos de una mujer especial que, tuvo que admitirlo, se estaba convirtiendo en una obsesión.

Esa mujer era la de la foto que acababa de contemplar en la revista que ahora tenía en sus manos en la acera, el desnudo en la duna de arena. La había visto por primera vez en una publicación trimestral de fotografía. También había aparecido en varias revistas para hombres, de aventuras y en un calendario nudista. Lo que le había atraído no era solo su belleza, las líneas clásicas de su cuerpo o las facciones de su rostro, sino toda la aureola que acompañaba a cada foto, la sensación de que era absolutamente libre en medio de la naturaleza y consigo misma cuando caminaba por una playa, o estaba cerca de una palmera, o se sentaba en un rocoso acantilado mientras abajo salpicaban las olas. Si bien en algunas fotos parecía lejana y etérea, posiblemente inaccesible, había en ella una realidad penetrante, y él se sentía próximo a ella. También conocía su nombre. Había aparecido en un pie de foto y él confiaba en que fuese su verdadero nombre y no uno de esos mágicos seudónimos utilizados por algunas playmates («chicas del mes») y pinups (la «chica ideal») que ocultaban su verdadera identidad a los hombres a quienes querían encandilar.

Se llamaba Diane Webber. Su casa estaba en la playa de Malibú. Se decía que era bailarina de ballet, lo que explicaba el disciplinado control corporal que mostraba en varias posiciones frente a la cámara. En una foto de la revista que Harold tenía ahora en sus manos, Diane Webber parecía casi acrobática mientras se balanceaba grácilmente sobre la arena con los brazos abiertos y una pierna muy por encima de la cabeza, con los dedos del pie señalando un cielo sin nubes. En la página opuesta descansaba sobre el costado, las caderas muy redondas, un muslo ligeramente alzado y apenas cubriéndole el pubis, los pechos al descubierto, los pezones erectos.

Harold Rubin cerró rápidamente la revista. La guardó entre sus libros escolares y se los metió bajo el brazo. Se estaba haciendo tarde y debía llegar pronto a casa para cenar. Al volverse, advirtió que el viejo quiosquero fumador de puros le miraba y le guiñaba un ojo, pero Harold le ignoró. Con las manos metidas en los bolsillos del abrigo de piel negra, se encaminó a su casa; su largo pelo rubio peinado al estilo de Elvis Presley le rozaba el cuello levantado del abrigo. Decidió caminar en vez de tomar el autobús porque quería evitar el contacto físico con los demás, no quería que nadie invadiera su intimidad mientras pensaba ansiosamente en la hora en que sus padres se fueran a dormir y él pudiera quedarse a solas en su dormitorio con Diane Webber.

Caminó por Oak Park Avenue, y se dirigió al norte hasta la calle Veintiuno, pasando ante pequeños chalets y grandes casas de ladrillo en la tranquila comunidad residencial de Berwyn, a media hora de coche del centro de Chicago. Sus habitantes eran conservadores, muy trabajadores y ahorradores. Un alto porcentaje descendían de padres o abuelos que habían llegado a esta zona a principios del siglo XX provenientes de Europa central, especialmente de una región occidental de Checoslovaquia llamada Bohemia. Aún se referían a sí mismos como bohemios, aunque muy a su pesar ahora el nombre se asociaba popularmente en Estados Unidos con gente joven de vida libre e irresponsable que usaba sandalias y leía poesía de los beatniks.

La abuela paterna de Harold, que era el miembro de la familia con quien más a gusto se sentía y a quien visitaba regularmente, había nacido en Checoslovaquia, pero no en la región de Bohemia. Había salido de un villorrio del sur de Checoslovaquia, cerca del Danubio y de Bratislava, la antigua capital húngara. A menudo contaba a Harold cómo había llegado a Estados Unidos a los catorce años para trabajar como criada en una pensión de una de esas ciudades industriales austeras y populosas del lago Michigan; ciudades que habían atraído a miles de tenaces eslavos a trabajar en las fundiciones de acero, en las refinerías de petróleo y en otras fábricas del este de Chicago, de Gary y Hammond, Indiana. En aquellos tiempos, las condiciones de vida eran tan penosas por el exceso de población, contaba su abuela, que en la primera pensión que trabajó había cuatro hombres del turno diurno que alquilaban cuatro camas de noche, y cuatro del turno de noche que alquilaban las mismas camas durante el día.

Esos hombres eran tratados como animales y vivían como animales, decía ella, y cuando los jefes de las fábricas no los explotaban, ellos trataban de explotar a las pocas muchachas trabajadoras como ella que eran lo bastante desgraciadas para tener que vivir entonces en esas ciudades. Decía que los hombres de la pensión siempre intentaban molestarla y golpeaban su puerta de noche cuando trataba de dormir. Cuando le contó esto a Harold en una de sus últimas visitas, mientras él se comía un bocadillo que ella le había hecho en la cocina, de improviso tuvo una imagen del aspecto que debía de haber tenido su abuela cincuenta años atrás, una tímida criada de tez blanca y ojos azules como los de él, el pelo largo recogido con un rodete; su cuerpo joven moviéndose grácilmente por la casa con un largo y humilde vestido, tratando de eludir las manos osadas y los fuertes brazos de los fornidos hombres de la fundición.

Mientras Harold Rubin continuaba la caminata hacia su casa, con los libros de la escuela fuertemente sujetos bajo el brazo, recordó lo triste y al mismo tiempo lo fascinado que se había sentido ante las historias de su abuela, y comprendió por qué ella le hablaba con tanta libertad. Él era la única persona de la familia que estaba verdaderamente interesado en ella, que dedicaba tiempo a acompañarla en la gran casa de ladrillo en la que casi siempre estaba sola. Su marido, John Rubin, que había sido transportista y amasó una fortuna en el negocio de los camiones, se pasaba el día en el garaje con su flotilla de vehículos y las noches con una secretaria, a quien la abuela de Harold se refería como «esa prostituta». El padre de Harold, hijo único de ese matrimonio desavenido, estaba completamente dominado por su padre, para quien trabajaba largas horas en el garaje; y la abuela de Harold no se sentía lo suficientemente próxima a la madre de Harold como para compartir con ella el sentimiento de frustración y amargura que tenía. De modo que Harold, a veces acompañado por su hermano menor, era quien más interrumpía el silencio y el aburrimiento de esa casa. Y a medida que Harold crecía y se volvía más curioso, se apartaba más de sus padres y de su propio ambiente, poco a poco se iba convirtiendo en el confidente de su abuela, su aliado en el distanciamiento.

De ella aprendió muchas cosas sobre la infancia de su padre, sobre el pasado de su abuelo y por qué se había casado con un hombre tan despótico. John Rubin había nacido hacía sesenta y seis años en Rusia; hijo de un buhonero judío, a los dos años había emigrado con sus padres a una ciudad próxima al lago Michigan llamada Sobieski, bautizada así en honor de un rey polaco del siglo XVII. Después de asistir poco tiempo a la escuela y de vivir en la pobreza, Rubin y otros jóvenes fueron arrestados por un asalto en el que murió un policía. Tras ser puesto en libertad condicional, y después de ejercer varios trabajos en unos pocos años, Rubin visitó un día a su hermana mayor, que estaba casada y vivía en Chicago, y se sintió atraído por la joven checoslovaca que entonces estaba a cargo del bebé de la casa.

En la siguiente visita la encontró a solas en la casa, y después de que ella rechazara sus proposiciones deshonestas —tal como había hecho con los hombres cuando trabajaba en la pensión—, él la metió por la fuerza en una habitación y la violó. Ella tenía dieciséis años. Fue su primera experiencia sexual y se quedó embarazada. Presa del pánico, al no tener parientes próximos ni amigos que la ayudaran, sus amos la convencieron de que se casara con John Rubin, pues de otro modo él volvería a la cárcel debido a su anterior delito; y, de cualquier forma, ella no quedarí

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