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LA MUJER DEL RELOJ

Álvaro Arbina  

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Fragmento

Créditos

1.ª edición: enero 2016

© Álvaro Arbina, 2016

© Mapas e ilustraciones: Álvaro Arbina, 2016

© Ediciones B, S. A., 2016

para el sello B de Blok

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-300-1

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Agradecimientos

Vitoria en el año 1808

Prólogo

Tierras del norte

Febrero de 1808. En algún lugar del Camino Real

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Dos ciudades. Dos mundos

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La isla de Cabrera

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La Orden de los Dos Caminos

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Epílogo

Nota del autor

Bahía de Cádiz

Torre Banderiza

Isla de Cabrera

Dedicatoria

Para mis dos primeras lectoras

Agradecimientos

Agradecimientos

A Pello Salaburu, por la claridad de tus palabras, cuando me hiciste creer en el valor de mi novela. Por la ayuda y la confianza que depositaste en mí durante el tiempo de espera, en el que nada parecía llegar.

A Manuel Septien, por compartir tu experiencia y animarme a escribir a las editoriales.

A Lucía Luengo, mi editora, por encontrarme entre tantísimos nombres, títulos y propuestas editoriales que aterrizan en tu mesa. Por creer en el manuscrito de un desconocido, sin obra previa, sin antecedentes literarios, sin recomendaciones. Por brindarme esta oportunidad.

A mis amigos y todos aquellos que habéis leído la novela: a Ubay y a tus interesantes comentarios; a Julen, porque no todo es arquitectura; a Txitxar y a tu emocionante llamada, «a los abrazos de cima»; a Iñigo, mi compañero incansable, cómplice silencioso en las noches de universidad en que me encerraba en la habitación, cuando todo esto empezaba a crecer; a Giorgio, aunque aún no la hayas leído, por todas esas horas que hemos pasado juntos; a otras amistades de siempre, de tantas pasiones compartidas que seguro algo han tenido que ver; a Paula, por tus críticas y por leerla en cinco días; a Trupu, por tu sinceridad, por tu ayuda, y por tu ilusión de siempre, por esas palabras llenas de sueños que es un regalo escuchar.

A Marian y tu lectura que tanto me importaba. A ese hogar que tanto quiero.

A la familia Corres-Benito, por estar ahí ese día mágico, en el que recibí una llamada que llevaba meses esperando.

A mi familia, porque aún me seguís viendo todos los días. A mis abuelas, porque la terminaréis leyendo; a mi tía, porque al final la leíste; a mi hermano, por tu gran hazaña al leer tantas páginas y por dejarte sorprender al final; y a mi padre, por reunir esa biblioteca con más de dos mil historias, por dejarlas ahí, en el salón de casa, para que pudiera perderme en ellas.

A mis dos primeras lectoras.

A mi madre, por tu incansable labor y la minuciosidad de tus correcciones. Por esa incontable cantidad de anotaciones que pueblan los cuadernos y las carpetas de los borradores. Porque tuyos son gran parte de los engranajes de esta historia.

Y a Sara, porque necesito tu palabra sobre cada una de mis palabras. Porque detrás de esto hay muchos días, algunos que sonríen y otros que lloran. Y porque en todos has estado tú.

Vitoria en el año 1808

VitoriaPlano.jpg

Prólogo

Prólogo

La habitación está vacía.

Solo hay un escritorio de nácar en el centro, con varios cartapacios de cuero perfectamente ordenados, con un cenicero, una caja de cigarrillos, un candil, un tintero y una araña de cristal como pisapapeles. Solo hay un sillón tapizado, una alfombra exótica, dos vitrinas llenas de objetos de oro y plata, varios cuadros y una escultura de origen griego. Solo hay cuatro paredes, iluminadas por candelabros y cubiertas por cortinaje y un frisón de madera tallada.

Solo hay un hombre, sentado sobre el sillón tapizado y con un cigarro humeando en la mano.

Solo hay un hombre, con el rostro oscuro, envuelto en tinieblas, velado por halos de humo que se suspenden en el aire. Solo hay un hombre, un hombre que vaga a la deriva, un hombre que cree haber perdido el alma.

Sus ojos, antaño intensos y bellos, carecen de brillo, y yacen hundidos en el abismo de la desesperanza. Su mirada busca un anhelo, y se posa en la luz de un candil cercano, en un extremo de la mesa. Sus haces amarillentos parecen aliviar su mente, envolviéndola en un manto cálido y haciéndola viajar en el tiempo, muchos años antes, al origen de sus recuerdos, los recuerdos de la historia que lo ha llevado a una habitación vacía...

Tierras del norte

Tierras del norte

Principios de 1808 – Verano de 1810

Febrero de 1808. En algún lugar del Camino Real

Febrero de 1808

En algún lugar del Camino Real

Amanecía. Las primeras luces del alba emergieron difusas y tímidas, iluminando el manto de niebla que cubría el paisaje helado. Los campos despertaron cubiertos de escarcha, y el camino que los cruzaba estaba tan endurecido por el frío que hubiera crujido a la más mínima pisada. Ni una sola brizna de viento rompía el silencio. Un silencio profundo pero débil al mismo tiempo, susceptible de romperse con un ligero silbido, con un leve movimiento. Parecía que el tiempo se hubiese congelado, detenido en su letargo.

La sombra de un jinete pasó al galope, veloz, rasgando ferozmente la calma que inundaba el lugar.

Espoleaba a su caballo con desesperación, apretando flancos e inclinándose sobre su crin para aumentar la velocidad. Sus oscuros ropajes ondeaban ante las violentas sacudidas de la galopada. Comenzó a sentir un dolor agudo en las manos, demasiado tiempo sujetando con fuerza las riendas. Pese a los guantes de cuero que las protegían, notaba los dedos entumecidos y en un acto reflejo procuró moverlos. La misma sensación se instalaba en su nariz, sus mejillas o sus orejas, a esas horas tan frías que apenas las sentía. Pero debía hacer caso omiso a tales molestias. No podía permitirse aminorar la marcha. No podía.

El jinete se llamaba Franz Giesler y miró atrás por enésima vez.

Durante la noche la niebla había sido una sombra sin apenas presencia, pero con las primeras luces del día se había tornado en un verdadero obstáculo. Limitaba la visión a unos quince pasos, velando el camino en un denso manto de inquietud. Por eso cuando miró atrás no pudo ver nada. A pesar de ello, sus crispados músculos no se relajaron. Sabía que lo perseguían.

—¡Vamos, Haize, ya falta poco! —Franz llevaba toda la noche alentando a su montura. Cubierto el bocado de espuma, el animal estaba al límite de sus fuerzas, emanando con su respiración agónicas vaharadas de vapor que se deshacían en el aire. Temía que se desplomara agotado en cualquier momento.

Mientras azuzaba a su cabalgadura, se imaginó la siniestra figura de su perseguidor perfilándose en algún punto tras aquel manto de niebla, acercándosele implacable, como la sombra de una muerte inminente. Aquel pensamiento lo aterrorizó.

Con manos insensibles volvió a comprobar que sus alforjas permanecieran bien cerradas. Su contenido era la razón de que le persiguieran. Se estremeció al pensar en la enorme responsabilidad que se le había legado. Debía proteger aquello a toda costa.

Por su mente cruzaron una vez más los recuerdos que le venían asolando durante la huida; surcaron de nuevo sus pensamientos como virutas de hielo lanzadas por el viento, causando dolorosos pinchazos en su cabeza.

Los principales miembros de la Orden se habían reunido la noche anterior en la casa señorial del antiguo conde de Taavedra, un viejo palacio a las afueras de Madrid, abandonado desde que su dueño muriera años atrás. Las decisiones que en aquel encuentro se estaban tomando tenían suma importancia para el porvenir de la nación. El acto transcurría según lo previsto hasta que un miembro de la hermandad hizo entrada en el salón principal entre jadeos y sudores, alertando de extraños movimientos en el exterior. Al acercarse a las cristaleras y correr levemente el grueso cortinaje que escondía la iluminación a ojos intrusos, pudieron ver media docena de figuras envueltas en capas acercándose a la verja del jardín. Sabían que llevaban meses tras ellos, pero no pudieron evitar sorprenderse al constatar que los habían descubierto en mitad de un encuentro.

Los miembros de la Orden recogieron sus papeles con sumo apremio y descendieron por la escalera al sótano, donde se escondía la salida al túnel que les conduciría al otro lado de la calle, en la trasera de la casa.

Cuando todos los miembros habían descendido ya, Gaspard detuvo a Franz. Sus sabios ojos grises lo miraron con la calma que solo da la paz encontrada.

—Estoy viejo, hijo mío. No podré seguiros.

Aquellas duras palabras sacudieron el alma del hijo del maestro y este se negó tajantemente a dejarlo a merced de aquellos hombres. Trató de convencerlo de que huyera con él, negándose ante la evidencia de que su cuerpo marchito no le permitiría cabalgar con el suficiente brío para huir con éxito. Sus profundos temores vieron la luz cuando los primeros estruendos sacudieron la casa en lamentable sentencia.

El maestro Gaspard Giesler von Valberg posó ambas manos sobre los hombros de su hijo y lo miró con una serenidad sobrecogedora.

—Antes de que te vayas he de confiarte algo —le dijo.

Y le entregó un bulto pequeño, envuelto en cuero desgastado y atado con un grueso cordel.

—¿Qué es esto, padre?

Las palabras de Gaspard resonaron en cada rincón de la sala.

—El último de los legajos, hijo mío. Sálvalo y reúnelo con los demás. Salva mi legado, Franz.

Este contempló la pesada carga que le cedía su padre y no pudo evitar que unas lágrimas recorrieran sus ojos.

—Pero, padre... —musitó.

Cuando alzó la vista, la encorvada silueta de Gaspard se perdía en las tinieblas de la casa, secundada por los golpes que ya amenazaban con derribar la puerta. Franz sabía que no podían atraparlo vivo. Él lo sabía todo, y si le obligaban a hablar sería el fin. Mientras contemplaba cómo su padre desaparecía escaleras arriba, supo de inmediato adónde se dirigía. Iba a sacrificarse, a esperar a la muerte. Todo por salvar sus secretos.

Un relincho de Haize lo sacó de sus pensamientos. Franz se sobresaltó ante el nerviosismo de su caballo. Cuando miró atrás, una tenue sombra comenzaba a perfilarse entre la niebla. Pronto acertó a distinguir las ondulaciones de unos oscuros ropajes que se sacudían con violencia a lomos de una soberbia montura, formando lenta e implacablemente la silueta de un jinete. El estruendo de los cascos comenzó a inundar sus oídos. Le estaban dando alcance.

Azuzó a su montura agitando las riendas con desesperación. Sus flancos, apretados por las agarrotadas piernas del jinete, palpitaban con violencia, cubiertos de un sudor que no remitía pese al aire gélido.

—Por el amor de Dios. ¡Vamos! —gritó. Sabía que era en vano.

Tras huir de la casa, había cabalgado sin descanso durante toda la noche, cruzando el Camino Real hacia el norte, surcando tierras castellanas. Durante un descanso para que Haize bebiera agua, había acercado el oído a la tierra y el retumbar de un jinete al galope había hecho temblar el suelo. Entonces, varias horas antes, el jinete aún estaba a media legua de distancia.

Mientras Franz gritaba con impotencia a su montura, estaba ya a solo quince pasos.

Sintió cómo el resonar de los cascos se intensificaba tras él en imparable estruendo. Retumbaban en sus oídos, como redobles de tambores, secundando la marcha de la muerte que le iba a dar alcance. Un temor atroz atenazó sus extremidades al tiempo que su corazón palpitaba alocadamente. Sus agrietados labios comenzaron a murmurar bajo el gélido viento que los golpeaba, rezando. Rezando por su alma. Rezando por la salvación de aquel bulto que contenían sus alforjas. El legado de su padre, aquel cuyo contenido solo él conocía, aquel cuyo contenido tantos hombres deseaban.

—Dios mío... no permitas que esto suceda...

Sintió los relinchos de la bestia tras él. Sintió sus nubes de vaho congelándole la nuca. El pánico lo enloqueció. No miró atrás y cerró los ojos. El golpe fue implacable y le derribó al instante de su montura. Salió volando, cediendo su agarre a las riendas, su presión en los flancos. Cayó y todo en él crujió como la escarcha que aplastó.

Quedó inmóvil, tendido en medio del camino blanco, aturdido y mareado. Un dolor atroz le oprimía el pecho y la espalda y le hizo recuperar la lucidez. El caballo de su perseguidor se detuvo a escasos pasos de él, revelando el silencio espantoso que reinaba en el lugar. En su inmovilidad, Franz acertó a ver cómo unas botas negras se deslizaban hasta el suelo y caminaban hacia él entre jirones de niebla.

La voz resultó tan fría como el acero que asomó de la capa negra de aquel hombre.

—Posee una gran montura, señor Giesler... No ha sido fácil darle alcance.

Aterrado, Franz buscó con la mirada a su caballo y lo encontró detenido algo más adelante, en mitad del camino. No pudo evitar contemplar furtivamente sus alforjas. Ojalá no se hubiera detenido, ojalá hubiera seguido hacia delante, perdiéndose en las montañas...

El hombre llevaba una capucha que le ocultaba el rostro. Estaba envuelto en tinieblas y Franz se imaginó un semblante sin formas, una sombra indefinida, propia de la muerte. El hombre se acercó y le hincó la rodilla en el pecho. Franz abrió la boca en busca de aire. Boqueó. El hombre cedió la presión y entonces se llevó la mano a la capucha, retirándosela.

Aparecieron unos ojos negros, tan negros como la noche sin luna.

A Franz se le detuvo el corazón. La mirada de aquel hombre hizo que el tiempo se congelara en torno a él, hizo que su mente gritara, que la sorpresa rugiera en sus oídos.

Sus labios se movieron, incrédulos.

—No puede ser... —murmuró.

Algo hizo que el hombre pareciera dudar, pero al ver el rostro de sorpresa de Franz, un extraño atisbo de temor cruzó su semblante oscuro. Sus manos portaban una daga gris y no dudaron en hundirla en el pecho de la víctima.

Franz abrió mucho los ojos y se quedó inmóvil, con la mirada clavada en aquel hombre. Un hilillo de sangre emanó de su boca.

—No puede ser...

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Julián se detuvo ante el rastro del animal. Observó con ojo experto los indicios de su paso por aquel hueco que se abría entre los arbustos. Las huellas eran recientes y había ramitas rotas en el suelo. Sin duda alguna se trataba de un jabalí. Si conseguía alcanzar a su presa tendrían carne para todo el mes. Y en los tiempos inciertos que corrían, aquello supondría un verdadero alivio.

El bosque se iba cerrando a medida que subía por la pendiente. La niebla que cubría el valle empezaba a quedarse atrás y el muchacho pudo apreciar cómo el día despertaba despejado. La luz se filtraba entre las copas de los árboles, arrancando brillos y destellos al rocío que cubría la selva de helechos que le rodeaban y apenas le dejaban ver el camino. Tenía frío. Las plantas le estaban calando los calzones y las polainas y agradeció los primeros rayos de sol.

Julián tenía dieciséis años recién cumplidos. Se encontraba en ese punto en el que uno alcanza la altura de un hombre pero no su cuerpo. Su constitución aún era delgada y ligera, a pesar de que sus brazos y su espalda fueran fuertes y firmes por el duro trabajo en el campo. Portaba un rifle de caza envuelto en un paño para protegerlo de la humedad de los helechos. No sería la primera vez que la cazoleta le fallaba porque la pólvora se había mojado. Llevaba un pequeño macuto del que colgaba una cantimplora de piel y un cinturón con varios cartuchos de papel encerado.

Caminaba agazapado, pisando como su padre le había enseñado: posando el pie con suavidad sobre la mullida tierra, y siempre atento de no aplastar ramas y hojas caídas. Se detuvo expulsando nubes de vaho que se deshacían en el aire y escrutó los alrededores en busca de algún movimiento extraño. No se veía nada. Debía andar ojo avizor, los jabalíes podían ser animales peligrosos si se veían amenazados.

Los domingos no trabajaban en el campo y antes de la hora de misa subían a los montes que rodeaban el valle en busca de alguna presa que cazar. Aquel día no fue diferente salvo porque su padre no lo había acompañado. Hasta no hacía demasiado tiempo, ambos cazaban juntos. Él le había enseñado los secretos del bosque, le había enseñado a interpretar huellas, a poner cepos, a usar el rifle, a distinguir las plantas medicinales y a reconocer las setas y los frutos comestibles.

Sin embargo, últimamente, su padre se ausentaba a menudo. Tenía asuntos que resolver con su abuelo Gaspard y solía permanecer varios días o incluso semanas fuera, durante los cuales Julián se hacía cargo del trabajo en el campo.

Habían transcurrido siete días desde que Franz partiera rumbo a la capital del país, asegurando a Julián que volvería aquel día. «Viajaré de noche, hijo. Estaré de vuelta la mañana del séptimo día.» Julián estaba deseando volver a verlo.

Un pequeño chasquido captó su atención. Provenía de un hayedo que se extendía a su derecha. Antes de avanzar hacia allí, resolvió mantenerse inmóvil, conteniendo la respiración y aguzando el oído. El aleteo de un pájaro en las alturas de las copas, el pulular de un búho, gotas de agua cayendo sobre las hojas, su corazón retumbando en sus sienes... Con cautela, retiró el paño que envolvía el rifle y lo guardó en el macuto. Extrajo un cartucho del cinturón; lo mordió y cebó la cazoleta de pólvora. Después, sacó una bala de un bolsillo del cinturón y la introdujo en el cañón. Finalmente, empujó suavemente con la baqueta, evitando hacer ningún ruido y terminando de cargar el rifle.

Avanzó hacia el hayedo, apartando con cuidado los helechos a su paso y con el arma en alto, alejada del agua que desprendían las plantas. Entonces volvió a oír aquel ruido, tras la selva de helechos.

Siguió avanzando, cada vez más rápido. Su corazón se aceleró, sus manos apretaban la madera del rifle. De pronto salió a un claro.

Y allí estaba su presa, entre hayas y montones de nieve, en una pequeña hondonada.

Desde su posición, Julián no gozaba de buena visión y dudaba de que pudiera hacer blanco con fiabilidad. Solo d

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