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LA MUJER EN LA VENTANA

A.J. Finn

4


Fragmento

1

Su marido está a punto de llegar a casa. Esta vez la pillará.

No hay ni una triste cortina, ni persianas de aluminio, en el número 212, la casa adosada de color rojo oxidado que fue el hogar de los recién casados Mott hasta hace poco, hasta que se separaron. No llegué a conocer a ninguno de los dos, aunque de cuando en cuando los busco por internet: el perfil de LinkedIn de él, el Facebook de ella. Su lista de regalos de boda sigue estando en la página de Macy’s. Todavía podría comprarles una vajilla.

Como estaba diciendo: ni siquiera un visillo. Por eso el número 212 contempla inexpresivo la calle, rojizo y al desnudo, y yo le devuelvo la mirada y observo a la señora de la casa que lleva al contratista a la habitación de invitados. ¿Qué tiene esa casa? Es el lugar al que el amor va a morir.

Ella es encantadora, pelirroja natural, de ojos verdes como la hierba y con un archipiélago de diminutos lunares que le recorren la espalda. Mucho más atractiva que su marido, un tal doctor John Miller, psicoterapeuta (sí, es terapeuta de parejas) y uno de los cuatrocientos treinta y seis mil John Miller de internet. Este individuo en particular trabaja cerca de Gramercy Park y no acepta el pago a través del seguro médico. Según el contrato de venta, pagó tres millones seiscientos mil dólares por su casa. La consulta debe de irle bien.

Sé más o menos lo mismo sobre su mujer. No es muy buena ama de casa, está claro; los Miller se mudaron hace ocho semanas, pero esas ventanas siguen desnudas, vaya, vaya. Practica yoga tres veces a la semana, desciende la escalera con su alfombra mágica enrollada bajo el brazo y las piernas embutidas en sus pantalones de yoga Lululemon. Y debe de ser voluntaria en algún sitio; sale de la casa a las once y algo los lunes y viernes, más o menos a la hora que me levanto, y vuelve entre cinco y cinco y media, justo cuando estoy preparándome para mi sesión nocturna de cine. (La selección de esta noche: El hombre que sabía demasiado, por enésima vez. Soy la mujer que veía demasiado.)

Me he fijado en que le gusta tomar una copa por las tardes, como a mí. ¿También le gusta beber por las mañanas? ¿Como a mí?

Sin embargo, su edad es un misterio, aunque sin duda es más joven que el doctor Miller, y que yo (también más ágil); en cuanto al nombre solo puedo adivinarlo. Me gusta pensar que se llama Rita, porque se parece a Rita Hayworth en Gilda. «No tengo el menor interés», me encanta esa frase.

Yo tengo mucho interés. No en su cuerpo —el pálido arco de su columna vertebral, sus omóplatos como alas atrofiadas, el sujetador celeste que abraza sus pechos: cada vez que cualquiera de ellos se acerca a mi cámara, la aparto—, sino en la vida que lleva. Las vidas. Dos más que yo.

Su marido ha doblado la esquina hace un rato, justo pasado el mediodía, no mucho después de que su mujer haya cerrado la puerta, con el contratista a la zaga. Esto no es lo esperado: los domingos, el doctor Miller vuelve a casa a las tres y cuarto, sin falta.

Con todo, en este momento, el buen doctor camina decidido por la acera, resoplando y sacando vaho por la boca, balanceando el maletín con una mano y con el anillo de bodas resplandeciendo. Hago zoom sobre los pies: zapatos oxford color rojo sangre, relucientes por el abrillantador, reflejando la luz otoñal, proyectándola a cada paso.

Levanto la cámara en dirección a su cabeza. Mi Nikon D5500 no se pierde nada, no gracias a su objetivo Opteka: pelo entrecano y rebelde, gafas enclenques y baratas, pelillos sueltos en las partes ligeramente hundidas de las mejillas. Cuida mejor de sus zapatos de que de su cara.

Volvamos al número 212, donde Rita y el contratista se desvisten a toda prisa. Podría llamar para averiguar su número de teléfono, telefonearla, avisarla. No lo haré. La observación es como la fotografía de naturaleza: no hay que interferir en la actividad de la fauna.

El doctor Miller está quizá a medio minuto de la puerta de entrada. La boca de su esposa humedece el cuello del contratista. Adiós a su blusa.

Cuatro pasos más. Cinco, seis, siete. Ahora solo quedan veinte segundos, como mucho.

Ella agarra la corbata del tipo entre los dientes, le sonríe. Le toquetea la camisa. Él le roza la oreja con la boca.

El marido da un saltito para evitar un adoquín roto de la acera. Quince segundos.

Casi puedo oír la corbata deslizándose cuando se la quita del cuello de la camisa. Ella la lanza al otro extremo de la habitación.

Diez segundos. Vuelvo a hacer zoom; el objetivo de la cámara prácticamente se retuerce. La mano del doctor Miller se sumerge en el bolsillo y emerge con un montón de llaves.

Siete segundos.

Ella se suelta la coleta, el pelo le cae sobre los hombros.

Tres segundos. Él sube la escalera.

Ella rodea con los brazos la cintura del contratista, lo besa con pasión.

Él mete la llave en la cerradura. La gira.

Hago zoom sobre el rostro de ella; tiene los ojos desmesuradamente abiertos. Lo ha oído.

Saco una foto.

Y entonces se abre el maletín de él.

Un pliego de papeles cae de su interior, se los lleva el viento. Vuelvo la cámara de golpe hacia el doctor Miller, al claro «mecachis» que pronuncian sus labios; inclina el maletín, pisa unas cuantas hojas con sus relucientes zapatos y recoge otras para sujetarlas entre los brazos. Un temerario papel se ha quedado enganchado en las ramitas de un árbol. Él no se da cuenta.

Vuelvo a Rita: está metiendo los brazos en las mangas de la blusa, recogiéndose el pelo. Sale corriendo del dormitorio. El contratista, abandonado, sale de la cama de un salto y recupera la corbata, se la mete en el bolsillo.

Espiro, como el aire que se escapa de un globo. No me había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración.

La puerta de entrada se abre: Rita baja disparada la escalera al tiempo que llama a su marido. Él se vuelve; supongo que sonríe, no puedo verlo. Ella se agacha, recoge unos cuantos papeles de la acera.

El contratista aparece en la puerta, con una mano metida en el bolsillo, la otra levantada para saludar. El doctor Miller corresponde el saludo. Sube hasta el descansillo, levanta su maletín y los dos se estrechan la mano. Entran en la casa, seguidos por Rita.

Bueno. A lo mejor la próxima vez será.

Lunes,

25 de octubre

2

El vehículo ha pasado zumbando hace un rato, lento y sombrío, como un coche fúnebre, con los faros brillando en la oscuridad.

—Vecinos nuevos —le digo a mi hija.

—¿En qué casa?

—Al otro lado del parque. El número doscientos siete.

Ahora están fuera, borrosos como fantasmas en la penumbra, desenterrando cajas del maletero.

Mi hija sorbe algo.

—¿Qué estás comiendo? —pregunto. Es noche de comida china, claro; es lo mein.

—Lo mein.

—No mientras hablas con mami, ni hablar.

Vuelve a sorber, mastica.

—Maaamááá.

Esta palabra es una pelea constante entre nosotras; mi hija ha cortado por lo sano con «mami», contra mi voluntad, y lo ha sustituido por algo soso y vulgar. «Déjalo estar», me aconseja Ed, pero él sigue siendo «papi».

—Deberías ir a saludarlos —sugiere Olivia.

—Eso me gustaría, tesoro. —Subo a toda prisa al segundo piso, desde donde la vista es mejor—. Ah, se ven calabazas por todas partes. Todos los vecinos han comprado una. Los Gray tienen cuatro. —He llegado al descansillo, con la copa en la mano y el vino mojándome los labios—. Ojalá pudiera ir a comprarte una calabaza. Dile a papá que te compre una. —Bebo un sorbo, trago—. Dile que mejor dos, una para ti y otra para mí.

—Vale.

Me miro de reojo en el espejo del aseo a oscuras.

—¿Eres feliz, cielito?

—Sí.

—¿No te sientes sola?

Jamás tuvo amigos de verdad en Nueva York; era demasiado tímida, demasiado pequeña.

—No.

Echo un vistazo a la oscuridad del final de la escalera, a la penumbra del piso de arriba. Durante el día, el sol entra por la claraboya del techo; de noche es un ojo bien abierto que mira hacia las profundidades de la escalera.

—¿Echas de menos a Punch?

—No.

Tampoco es que se llevara bien con el gato. Él la arañó una mañana de Navidad, sacó las uñas y se las clavó en la muñeca: dos zarpazos rápidos con orientación norte-sur, este-oeste; una rejilla intensa de sangre le afloró en la piel, como el tres en raya, y Ed estuvo a punto de tirar al gato por la ventana. Ahora lo busco y lo encuentro ovillado en el sofá de la biblioteca, observándome.

—Déjame hablar con papá, tesoro.

Subo hasta el descansillo siguiente, la alfombra de la escalera me raspa las suelas. Ratán. ¿En qué estaríamos pensando? Se mancha con mucha facilidad.

—¿Qué pasa, fiera? —me saluda—. ¿Vecinos nuevos?

—Sí.

—¿No acababan de llegar otros nuevos?

—Eso fue hace dos meses. En el doscientos doce. Los Miller.

Giro sobre los pies y bajo la escalera.

—¿Dónde están los otros que has mencionado?

—En el doscientos siete. Al otro lado del parque.

—El vecindario está cambiando.

Llego al descansillo, lo rodeo.

—No han traído muchas cosas. Solo un coche.

—Supongo que los de la mudanza llegarán más tarde.

—Supongo.

Silencio. Bebo un sorbo de vino.

Ahora vuelvo a estar en el comedor, junto a la chimenea, las sombras se alargan en los rincones.

—Escucha… —empieza a decir Ed.

—Tienen un hijo.

—¿Qué?

—Hay un hijo —repito y presiono la frente contra el frío cristal de la ventana.

Las farolas de sodio todavía tienen que popularizarse en esta zona de Harlem, y la calle está iluminada solo por el fulgor amarillo limón de la luna. Aun así logro distinguir sus siluetas: un hombre, una mujer y un chico alto, llevando cajas hasta la puerta de la casa.

—Un adolescente —añado.

—Tranquila, tigresa.

—Ojalá estuvieras aquí —se me escapa sin poder reprimirlo.

La afirmación me pilla con la guardia baja. A Ed también, por cómo suena. Se hace una pausa.

—Necesitas más tiempo —dice luego.

Me quedo callada.

—Los doctores dicen que demasiado contacto no es saludable.

—Yo soy la doctora que dijo eso.

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