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LA MUJER FUERA DEL CUADRO

Nieves García Bautista  

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Fragmento

 

Sitges

Febrero de 1905

Era delicioso vivir junto al mar. La brisa, el rumor de las olas, el olor a sal. La serenidad de un horizonte plano, inmenso. Ese febrero, además, estaba siendo benigno y daba gusto sentarse en la terraza, bajo las pamelas o las sombrillas, a disfrutar de los amorosos rayos de sol.

Aquella mañana la mujer había salido con la labor de bordado, mientras la niña, sentada a sus pies, sobre una manta, hojeaba una revista francesa. Un suspiro le llenó el pecho. Qué vida tan deliciosa.

Pensaba si de verdad merecía todo eso cuando oyó un galope desbocado. Giró la cabeza y en la calle divisó a una pareja de los Mossos d’Esquadra, con sus uniformes azules, sus chisteras y sus carabinas Remington. El pulso empezó a serenarse cuando se dio cuenta de que iban en la dirección contraria a su casa. Tal vez no merecía una vida del todo tranquila, siempre se asustaría ante la presencia de un uniforme.

—¡Ya sé qué quiero por mi cumpleaños! —exclamó la niña—. ¡Quiero ir a París!

La mujer se pinchó un dedo con la aguja. Se lo llevó a la boca y apretó.

—Son diez años ya, mamá, esta vez no me puedes decir que no —dijo la niña poniéndose melosa—. Además, soy buena estudiante.

Eso era verdad. Tocaba el piano con soltura, su caligrafía era clara y elegante, hablaba francés, inglés, catalán y español, y sus bordados habían dejado de ser un nudo de hilos. Esa niña era como vivir en el mar, un privilegio que no se atrevió a soñar.

—¿Otra vez con eso? —replicó la mujer con dulzura.

La niña arrugó el entrecejo.

—¡Sí, otra vez! —se enfureció—. Estoy harta de que siempre digas que no. ¡No lo entiendo!

La mujer se sobresaltó. Su niña siempre había mostrado carácter, pero nunca se le había enfrentado de aquella manera. Al menos continuaba sentada sobre la manta, a sus pies. ¿Cuánto tiempo quedaría para que le diera otro arrebato, se levantara y dejara a su madre allí plantada? La mujer se estremeció. Qué rápido crecen los hijos.

—¿Has visto ese mar? —Y con la mirada invitó a la niña a mirar la franja azul del horizonte—. Nunca verás nada igual… Ni siquiera en París.

Cerró los ojos e inspiró el aroma a sal que flotaba en el aire.

—Me gustaría poder decir lo mismo, pero no me dejas salir de aquí —masculló la niña.

—Tú solo quieres ir a París por lo que imaginas. León te trae demasiadas revistas, me parece.

—¡Pues sí! ¿Y qué? ¿Es eso tan malo? París es una ciudad maravillosa, grandiosa. Todo el mundo lo sabe. Las mujeres son elegantísimas, llevan unos sombreros y unos vestidos que jamás veremos en Sitges, ni en Barcelona. El Sena, la Torre Eiffel, el Louvre, Montmart…

—Basta.

Aquellas conversaciones solían terminar así, con una palabra tan seca y tajante como los cortes de un carnicero en el mostrador de su tienda. Pero hoy la niña estaba dispuesta a continuar. Quería ir a París.

—Tú fuiste.

La mujer, que se había inclinado nuevamente sobre la labor, no se inmutó.

—Tú viviste allí ¿y yo no puedo hacer un simple viaje?

Los dedos blancos de la mujer comenzaron a temblar. Clavó la aguja en la tela y, con gestos torpes e inseguros, comenzó a recoger.

—Es hora de que vayamos entrando. Ha bajado la temperatura y Mercè debe de tener preparado el almuerzo.

—Mamá… ¿Quién es mi padre?

—Ya lo sabes.

—No. Solo sé que era un comerciante de telas que murió en un viaje. No sé cómo os conocisteis, no tengo una fotografía de él, de vosotros dos juntos. No sé nada de su familia.

—Ya te lo expliqué…

—¡No, no me explicaste nada! Yo creo que todo es mentira.

La mujer se asustó. Sabía que ese momento llegaría, el momento en el que a su hija no le bastaría con el pobre relato que le había contado sobre su padre. Pero no esperaba que sucediera tan pronto. Solo tenía diez años. Verdaderamente, los jóvenes se hacían mayores a edades cada vez más tempranas.

La mujer se resignó.

—Está bien. Hoy te contaré una historia de París. Pero ahora vamos dentro. No quiero que te pongas mala.

Durante el almuerzo, la mujer le relató una improvisada historia sobre timadores, ladrones y gente de malas intenciones, con la esperanza de ensombrecer el ideal de París que su hija albergaba. Pero esta no se quedó satisfecha, porque aquellas anécdotas solo sirvieron para atizar su curiosidad y que le formulara infinitas preguntas que la mujer se esforzaba por esquivar.

Después de cenar, se acomodaron junto a la chimenea, como era su costumbre. A la luz de un quinqué, la madre leía y la niña no escuchaba. Estaba sentada a sus pies, frente al fuego, con la barbilla apoyada en las rodillas y la vista fija en los leños devorados por las llamas. No le había quitado de la cabeza la idea del viaje a París, la madre lo sabía. Ahora la mujer se devanaba los sesos para traer de vuelta a Sitges a esa bulliciosa cabecita de apretados rizos oscuros.

—Y bien —dijo cerrando el tomo de Mujercitas, con el dedo en la página por la que iba leyendo—, ¿cuál de las hermanas March te gusta más?

—Entonces, esa amiga tuya, Madeleine… —barruntó la niña—, ¿nunca fue feliz en París?

No sabía qué responder. Tampoco quería mentir a su hija.

—No lo sé. Si estuviera viva podría escribirle una carta y preguntárselo, pero está muerta, hija mía, muerta.

—¿Por culpa de París?

—Por culpa de muchas cosas.

—¿Todo el que va a París muere?

—No, no es eso exactamente.

—¿Entonces qué es?

La mujer dejó el libro sobre la mesa y agarró el asa del quinqué.

—Es hora de ir a la cama.

La niña la miró de reojo. No se movió del sitio, no movió ni un solo músculo. La mujer se agachó junto a ella.

—Mañana lo verás de otra manera —le dijo con voz serena.

—Mañana será igual. Mañana seguiré sin saber por qué no puedo ir al internado como otras niñas, por qué nunca vamos de visita a otras casas, por qué solo nos visita León… Por qué yo tengo la piel morena y la tuya es tan blanca.

La mujer tragó saliva. La necesidad de saber y la duda se habían hecho fuertes en el corazón de la niña. Era cierto, mañana sería igual, su hija seguiría mirándola de esa manera desconfiada y lanzándole preguntas a la menor ocasión.

Con tal de alejarla de lo fundamental, accedería a contarle lo peor, lo más sórdido de París: la historia completa de Madeleine Bouchard.

Madrid

Julio de 2015

Efrén apagó la radio, harto del encendido debate que su asunto había despertado entre aquellos tertulianos convencidos de poseer los más altos principios de la moral, y se acercó a la ventana entreabierta a comprobar si los periodistas continuaban allí abajo. Sí, hasta su quinto piso le llegaba el murmullo de las conversaciones superficiales de los que llevaban esperando durante horas, aburridos y obligados a seguir esperando. Estuvo tentado de descorrer la cortina, apenas unos dedos, y verlos con sus propios ojos, agolpados en la estrecha acera de la transitada calle de Donoso Cortés, pero no quería arriesgarse a que alguno de ellos estuviera detrás del visor de una cámara de vídeo o fotográfica y captara su imagen, la más buscada en los últimos días.

Seleccionó un canal de música en la radio y subió el volumen. Algún día, el interés sobre lo que había hecho o dejado de hacer quedaría liquidado, o simplemente se trasladaría a cualquier otro suceso de mayor relevancia. El problema era que en verano no pasaban muchas cosas.

Llevaba tres días encerrado en casa y se sentía enjaulado. Ni siquiera respondía al teléfono. Solo lo había cogido para atender la llamada de Tomás, su director, quien había tenido la amabilidad de darle unas vacaciones. «Después ya veremos», dijo justo antes de colgar. Qué hijo de puta. Tomás había estado al corriente de todo y ahora le daba la espalda de esa manera, después de quince años de trabajo en el diario, de entregarle a esa cabecera jornadas sin fin, muchas noches en blanco, toda su pasión. Encima había tenido que escuchar los lamentos de su todavía jefe: que si toda la competencia informativa estaba degustando con saña el inesperado banquete que se les había puesto en bandeja, que si tenía al consejo editorial encima, husmeando en sus cajones y apretándole los cojones… Tomás era un poeta. Y un cobarde de mierda. Penaba por su cargo, estaba convencido de que no duraría mucho en la dirección. Qué ingrato. Si ascendió fue gracias a él, a esas flamantes exclusivas. Eran falsas, inventadas, sí —«un juego expresivo y literario», como decía Tomás con sonrisa complaciente—, pero le habían proporcionado prest

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