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LA NATURALEZA DE LA BESTIA (INSPECTOR ARMAND GAMACHE 11)

Louise Penny  

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Fragmento

UNO

Corría y corría, tropezaba y echaba a correr otra vez.

Llevaba un brazo en alto para protegerse de las ramas que le azotaban la cara. No vio la raíz, tropezó y cayó con las palmas abiertas sobre el musgo y el barro. Su rifle de asalto salió disparado, rebotó y rodó hasta desaparecer de su vista. Desesperado y con los ojos muy abiertos, Laurent Lepage recorrió con la mirada el lecho del bosque y hurgó con las manos entre las hojas muertas y medio podridas.

Oía pisadas a su espalda, botas que retumbaban contra el suelo. Casi podía notar cómo hacían vibrar la tierra a medida que se acercaban más y más, mientras él, a cuatro patas, rebuscaba entre las hojas.

—¡Vamos, vamos! — suplicó.

Y entonces sus manos sucias y ensangrentadas aferraron el cañón del rifle; se puso en pie y echó a correr. Iba agachado, respiraba entrecortadamente.

Tenía la sensación de llevar semanas corriendo; meses, la vida entera. Y aunque cruzaba el bosque a toda prisa esquivando los árboles, sabía que aquella carrera no tardaría en llegar a su fin.

Aun así, seguía adelante llevado por un acuciante deseo de sobrevivir, por una acuciante necesidad de ocultar lo que había descubierto. Si no lograba ponerlo a salvo, quizá, al menos, podría asegurarse de que sus perseguidores no lo encontraran.

Podría ocultarlo, ahí, en ese bosque, y así el león dormiría esa noche por fin.

Bang. Bang, bang, bang. Los troncos estallaron en pedazos en torno a él, acribillados por las balas.

Se echó al suelo, rodó sobre sí mismo y se agazapó tras un tocón apoyándose en la madera podrida.

Aquel tocón no lo protegía en absoluto.

En esos últimos instantes no pensó en sus padres ni en la casa en el pueblecito de Quebec; no pensó en su cachorrito, que ya no era un cachorrito, sino un perro adulto; ni en sus amigos, con los que jugaba en la plaza del pueblo en verano y se deslizaba vertiginosamente colina abajo en trineo durante los meses de invierno mientras la vieja poeta chiflada los amenazaba blandiendo el puño; tampoco en el chocolate caliente al final del día, ante la chimenea del bistrot.

Sólo pensó en matar a quienes se pusieran en su punto de mira, y en ganar, quizá, algo de tiempo... de modo que tal vez, sólo tal vez, pudiera esconder la cinta.

Y así, tal vez, sólo tal vez, la gente del pueblo estaría a salvo, y la gente de otros pueblos estaría a salvo.

Había cierto consuelo en saber que todo aquello tendría algún sentido: su sacrificio sería por un bien mayor, por aquellos a quienes quería y por el lugar que amaba.

Levantó el arma, apuntó y apretó el gatillo.

— Bang — dijo notando cómo se le clavaba en el hombro el rifle de asalto —. Bang, bang, bang, bang, bang.

La primera línea de sus perseguidores cayó.

Dio un salto y rodó hasta quedar detrás de un árbol enorme; se apoyó con tanta fuerza contra el tronco que la áspera corteza le magulló la espalda. Incluso llegó a preguntarse si no lo derribaría sin querer. Se llevó el rifle al pecho y lo abrazó. Su corazón bombeaba con fuerza; lo sentía latir en los oídos amenazando con ahogar todos los demás sonidos.

Como el de las pisadas que se acercaban muy deprisa.

Laurent trató de serenarse, de controlar la respiración, los temblores.

Había pasado por eso antes, se recordó, y siempre había logrado escapar, siempre. Ese día también escaparía: volvería a casa y una vez allí se tomaría una bebida caliente con una pasta y se daría un baño.

Y el agua no sólo limpiaría todas las cosas horribles que había hecho, sino también las que estaba a punto de hacer.

Su mano descendió hasta el bolsillo de su chaqueta desgarrada y llena de barro. Los dedos, con los nudillos en carne viva y sangrando, palparon el interior, y ahí estaba: la cinta, a salvo.

O al menos tan a salvo como él.

Sus sentidos, aguzados y alerta, captaban instintivamente el aroma almizclado del lecho del bosque, los rayos del sol... captaban incluso el frenético correteo de las ardillas listadas en las ramas que se alzaban por encima de él.

Aunque seguía sin oír las pisadas.

¿Los habría matado o herido a todos? ¿Conseguiría volver a casa al fin y al cabo?

Pero entonces lo oyó: el crujido revelador de una ramita al partirse, no muy lejos de él.

Habían dejado de correr y ahora se acercaban con sigilo a su posición, rodeándolo.

Laurent intentó diferenciar las pisadas, trató de calcular el número de los enemigos por el ruido que hacían, pero no pudo. Y, en cualquier caso, sabía que daba igual: esta vez no habría escapatoria.

Y entonces notó un gusto extraño en la boca, un sabor amargo.

Era el sabor del terror.

Inspiró profundamente. En los instantes que le quedaban, aferrando el rifle de asalto, Laurent Lepage se miró los sucios dedos y los vio rosados y limpios, asiendo hamburguesas, poutine, mazorcas de maíz, y aquellos dulces y absurdos pets de sœurs en la feria del condado.

Y sosteniendo al cachorro, Harvest, que llevaba el nombre del álbum favorito de su padre.

Y entonces, al final, mientras abrazaba el rifle, empezó a tararear una melodía que su padre le cantaba todas las noches al irse a dormir.

—«Viejo, mira mi vida: veinticuatro años, y vendrán muchos más...»

Soltó el rifle y sacó la cinta. Se le había acabado el tiempo: había fracasado y ahora tenía que esconderla donde pudiera. Se dejó caer de rodillas y encontró una espesa maraña de viejas vides, secas y leñosas. Sin preocuparse ya por los ruidos que se acercaban más y más, se puso a separar las ramas enredadas: eran más gruesas y pesadas de lo que le habían parecido, y sintió una punzada de pánico.

¿Había decidido esconderla allí demasiado tarde?

Arrancó, desgarró y hurgó con dedos y uñas hasta que apareció una pequeña abertura. Hundió la mano en ella y dejó caer la cinta.

Era muy posible que quienes la necesitaban no la encontraran nunca, aunque tampoco la encontrarían quienes estaban a punto de matar por ella.

—«Pero ahora por fin estoy solo», siguió canturreando en susurros, «rodando de vuelta a casa, hacia ti».

Un destello entre la maraña de ramas llamó su atención.

Ahí dentro había algo, algo que no había crecido allí, que alguien había dejado entre aquellos troncos y ramas; otras manos habían estado allí antes que las suyas.

Olvidando a sus perseguidores, se inclinó un poco más, empujó con ambas manos y luego tiró con fuerza para que el hueco se hiciera un poco más grande. Las enmarañadas ramas siguieron aferradas entre sí: llevaban lustros, décadas, miles de años creciendo juntas... y ocultando un escondite.

Laurent siguió forcejeando y arrancando hasta que un rayo de luz atravesó las copas de los árboles e iluminó el sotobosque, y por fin pudo ver lo que había ahí dentro. Era algo que llevaba ahí oculto durante mucho tiempo, desde antes de que él mismo hubiera nacido.

Abrió mucho los ojos.

— Uau.

DOS

—¿Y bien?

Isabelle Lacoste dejó el vaso de sidra sobre la gastada madera de la mesa y miró fijamente al hombre que estaba frente a ella.

— Ya sabes que no voy a contestar a eso — dijo Armand Gamache con una sonrisa mientras volvía a coger su cerveza.

— Bueno, ahora que ya no es usted mi jefe, puedo decirle lo que pienso realmente.

Gamache se echó a reír. Su mujer, Reine-Marie, se inclinó hacia Lacoste y susurró:

—¿Y qué piensas realmente, Isabelle?

— Creo que su marido, madame Gamache, sería un magnífico superintendente de la Sûreté.

Reine-Marie se reclinó de nuevo en la butaca. A través de las ventanas con parteluces del bistrot, veía a un grupo variopinto de niños y adultos jugando al fútbol, incluidos su hija Annie y el marido de ésta, Jean-Guy. Estaban a mediados de septiembre, el verano se marchaba y el otoño ya esperaba en el umbral. Las hojas empezaban a mudar de color, y los tonos vivos de rojo y amarillo y el ámbar de los arces salpicaban jardines y bosques. Sobre la hierba de la plaza ajardinada del pueblo ya había algunas hojas caídas. Era una época del año perfecta, cuando las flores tardías del verano aún florecían, las hojas cambiaban de color y la hierba todavía estaba verde, pero las noches ya eran frías y se sacaban los jerséis y empezaban a encenderse las chimeneas. Y así, en la oscuridad del atardecer, los hogares se parecían a los bosques durante el día, embriagadores y llenos de resplandor y regocijo.

Muy pronto todos emprenderían el camino de regreso a la ciudad, pero a ella y a Armand no les hacía falta volver: ellos ya estaban de vuelta.

Reine-Marie saludó con la cabeza a monsieur Béliveau, el tendero, que acababa de tomar asiento a una mesa cercana, y volvió a centrar la atención en la mujer que había pasado el fin de semana con ellos, Isabelle Lacoste: la inspectora Lacoste, jefa interina del Departamento de Homicidios de la Sûreté du Québec, el cargo que Armand había ostentado durante más de veinte años.

Reine-Marie siempre había pensado en ella como «la joven Isabelle», pero — confiaba — no de un modo paternalista — o más bien maternalista —, sino sólo por lo jovencísima que era cuando Armand la había reclutado y empezado a formar.

Ahora, sin embargo, ya tenía arrugas en el rostro y comenzaban a asomar canas en su cabello. Parecía que hubiera ocurrido de la noche a la mañana. Armand y Reine-Marie habían conocido a su prometido, asistido a su boda y al bautizo de sus dos hijos. Durante mucho tiempo había sido la joven agente Lacoste y ahora, de repente, iba a convertirse en la inspectora jefe Lacoste.

Y Armand se había jubilado. De forma anticipada, desde luego, pero estaba jubilado.

Reine-Marie volvió a mirar por la ventana: estaban en el otoño de sus vidas.

O quizá no.

Centró su atención en Armand, arrellanado en su butaca del bistrot y dando sorbitos a su cerveza artesana. Relajado, cómodo, divertido. Su complexión de más de metro ochenta se había rellenado un poco. No estaba gordo, pero se veía robusto. El bastión en la tormenta...

Pero no había tormenta alguna, se recordó Reine-Marie. Por fin podían dejar de ser bastiones y ser simplemente personas. Armand y Reine-Marie, dos lugareños más. Eso era todo, con eso bastaba.

Al menos para ella.

¿Y para él?

El cabello de Armand tenía más canas que nunca; se le rizaba un poco alrededor de las orejas y sobre el cuello de la camisa. Lo llevaba más largo que cuando estaba en la Sûreté, no porque no lo notara, sino porque allí, en Three Pines, uno apenas le prestaba atención a ese tipo de cosas.

Allí, estaban pendientes de la migración de los gansos, de cómo maduraban las pinchudas castañas en los árboles y de la floración de las rudbeckias; les interesaba el barril de manzanas en el exterior del pequeño supermercado de monsieur Béliveau, del que podían cogerse gratis; estaban pendientes de las frutas de temporada en el mercado agrícola, y de las novedades en la librería de ejemplares nuevos y de ocasión de Myrna; se fijaban en las especialidades del día de Olivier en el bistrot.

Reine-Marie notaba que Armand era feliz, y que tenía un aspecto saludable.

Y Armand notaba que Reine-Marie era feliz y también tenía un aspecto saludable, ahí, en ese pueblecito en el valle. Three Pines no podía resguardarlos de las tribulaciones del mundo, pero sí ayudarlos a curar las heridas.

La cicatriz en la sien de Armand discurría a través de las otras arrugas de su frente. Varios de esos surcos los habían creado el estrés, la preocupación y la tristeza, pero la mayor parte de ellos, como los que ella veía ahora, los había trazado la risa.

— Creía que ibas a contarme lo que realmente piensas de él como persona — dijo Reine-Marie —, que ibas a hablarme de todos los defectos que has visto en él durante los años en que habéis trabajado juntos. — Se acercó más a la inspectora, con gesto conspirador —. Venga, Isabelle, cuéntamelo. Y, por cierto, ya va siendo hora de que nos tutees, a ambos.

En el exterior, en la plaza ajardinada del pueblo, los dos hijos de Lacoste luchaban por la pelota con Jean-Guy Beauvoir, que parecía auténticamente imbuido, intentando casi con desesperación hacerse con el control del juego. Isabelle sonrió: al inspector Beauvoir no le gustaba perder, ni siquiera contra unos críos.

—¿Te refieres a su crueldad? — preguntó, volviendo a centrar la atención en el acogedor salón del bistrot —. ¿A su incompetencia? Siempre teníamos que andar despertándolo para contarle cómo habíamos solucionado un caso; aunque él se llevaba todo el mérito, por supuesto.

—¿Es eso cierto, Armand? — preguntó Reine-Marie.

— Pardon? Me estaba echando una cabezadita — respondió Lacoste y se echó a reír.

— Y ahora me he quedado con su despacho y con su sofá. — Se puso seria —. Sé que te han ofrecido el cargo de superintendente, patron. Me lo contó, confidencialmente, la superintendente jefe Brunel.

— Pues menuda confidencialidad — repuso Gamache, aunque no parecía molesto.

La superintendente jefe Thérèse Brunel, nombrada jefa de la Sûreté tras los escándalos y la reorganización de la institución, había acudido a Three Pines una semana antes. Se suponía que se trataba de una visita social. Una mañana, cuando se relajaban en el porche tomando café, le había ofrecido a Gamache aquel empleo.

— Serías superintendente, Armand: dirigirías la división que supervisa Homicidios, Delitos Graves y la fiesta anual de Navidad.

Armand arqueó una ceja.

— Estamos reestructurándolo todo — explicó Thérèse —. Les hemos dado el pícnic del Día de San Juan Bautista a los de Crimen Organizado.

Gamache sonrió y ella hizo lo mismo antes de volver a entrecerrar los ojos y e

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