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LA NIñA Y SU DOBLE

Alejandro Parisi  

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Fragmento

Prólogo

Al igual que los hijos de Nusia, yo también soy hijo de sobrevivientes.

Como muchos descendientes, me crié con estas historias que traspasaban el límite de la condición humana. Escuché estos relatos decenas de veces de boca de sus protagonistas. Como si fuese de manera natural, me nutrí y crecí con estas narraciones que me hicieron entramar el pasado con el presente, y la realidad con cualquier ficción.

Fueron estos testimonios los que me permitirían recorrer en mi imaginación las travesías de la aristocrática e iluminada Lemberg natal de Nusia, que también fuera la ciudad universitaria de mi madre. Y de cómo las mismas calles serían rápidamente transitadas por las sombras de la traición y el dolor agudo, que adquirieron el insoportable hedor de lo tanático.

Las sagas inconclusas e inhabitables hicieron que nosotros, los hijos, nos transformáramos en herederos de las huellas de sus historias, y que, por un mandato misterioso, debiéramos indagar en hondos cenagales las insondables memorias signadas por territorios vacíos, que jamás son lugares comunes. Cada relato es diferente, no por un carácter exclusivamente intransferible, sino porque, como en un juego cabalístico, son millones de mundos los que interpelan el recuerdo y exigen ser contados sin aturdirnos.

Ser sucesores de esa generación hizo que no pudiéramos hablar ni escribir sobre el tema sin involucrarnos en la hondura de las experiencias inefables, y que en más de una noche evocáramos algún grito silencioso que humanamente nos pregunta por qué. La descendencia nos eleva, otorgándonos un significado. Simboliza que no estuvimos allí, pero el allí nos atraviesa. Pasa por nosotros transformando quiméricamente lo lejano en cercano, confrontándonos con dilemas éticos, con decisiones hipotéticas, con apegos emocionales y con respuestas que demandan correr riesgos.

Ser testigos de un testimonio nos obliga a disponernos de manera obsesiva —sin que la obsesión denote algo perjudicial— para confesarnos en el lugar más celebrado de la conciencia aquella duda de saber cómo hubiésemos actuado nosotros con nuestro entorno y en nuestra generación. Es ahí donde el testimonio nos incluye. Y en la inclusión nos compromete.

La transmisión examina la calidad de la perseverancia y pone a prueba el coraje para que la historia no nos sea ajena. La sacralizada inmensidad que reviste cada palabra de este libro hubiese alcanzado para ser un relato en sí mismo. Ello hace que su lectura no pueda resultar la de una mera biografía.

La de Nusia no es cualquier vida. Contiene la profundidad de un drama que añade algo oculto a toda esta vivencia. Me arriesgo pensar que de eso se trata la categoría plena de sobre-vivencia. Y es el enigma indescifrable lo que probablemente le permitió junto a su amado Julio z”l1, redescubrir el amor, y con pulsión de existencia dejarse guiar hacia lo simple, que resulta lo más sublime: construir una familia, soñar con nietos, apostar a la esperanza y nunca a la venganza.

Sabia y generosa fue la decisión de sus hijos de estimular a su madre a contar su historia y, así, ofrecer su valioso testimonio. Un gran modo de honrarla a ella, y a los que fueron.

Dijo Shlomó entre sus Proverbios:

Se levantan sus hijos y aclaman-

muchas mujeres hicieron bien,

pero tú te destacas.

RABINO DANIEL GOLDMAN

Buenos Aires / octubre de 2013 – jeshvan 5774

1 En hebreo: “bendita sea su memoria”.

a Dante y Vera, mis hijos

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Subida a una silla, Nusia observaba la calle a través de las ventanas esperando la llegada de Ruzyczka. El día anterior, la institutriz le había prometido que irían de paseo al parque. Pero la muchacha no llegaba, y Nusia estaba tan impaciente como podía estarlo una niña de cinco años que esperaba salir de su casa para jugar en el parque. Fridzia, su hermana mayor, estaba en la escuela; Hanna, su abuela paterna, que vivía con ellos, se había marchado a casa de su hija. Y Nusia estaba aburrida.

El repiqueteo de las máquinas de coser le llegaba desde el pequeño taller que sus padres habían montado en una de las habitaciones del enorme departamento en el que vivían. Las costureras no dejaban de trabajar en ningún momento. Nusia bajó de la silla y se dirigió al taller. La puerta estaba entreabierta. Con sigilo, se asomó para ver si su padre estaba en la casa. En cambio, se encontró con Helena, su madre, que conversaba con una de las empleadas sobre los botones que debía coser en el saco que estaba terminando.

Se alejó rápidamente. Tenía prohibido entrar allí en horas de trabajo. Sin embargo, a veces se las ingeniaba para observar a sus padres sin que la descubrieran. Le gustaba ver a su madre dirigiendo a las empleadas, la seguridad con la que les hablaba de los diseños y de las costuras, de los cortes y de las telas que atiborraban aquel cuarto convertido en taller. Pero lo que más le gustaba era ver a su padre conversando con los clientes que hacían sus pedidos de camisas, sacos de fumar, togas y finos piyamas. Abogados, jueces, militares y funcionarios polacos, todos trataban a su padre con respeto y él los seducía con sus formas educadas, sutiles, de hombre de mundo.

De pronto, Nusia oyó el sonido de la puerta al abrirse. Se volvió, esperando que fuera la institutriz, pero en la puerta había dos hombres. Uno de ellos era su padre. Al verlo, Nusia corrió a sus brazos. Durante unos segundos, Rudolph dudó entre acompañar a su cliente a la oficina o marcharse con su hija para disfrutar el sol de aquel día de septiembre. Sin embargo, se limitó a abrazarla, besarle las mejillas y pedirle que volviera a sus cosas para que él pudiera terminar de cerrar una nueva venta.

Nusia protestó en voz baja, sabiendo que mientras el pequeño taller estaba abierto a empleados y clientes ella no debía molestar a sus padres. A veces le costaba aceptarlo: el solo hecho de estar a tan poca distancia de su padre y no poder jugar con él, conversar o simplemente abrazarlo, la ponía de mal humor. Pero debía aceptarlo. Su madre le había explicado que la institutriz, la mucama, la casa, la comida, los paseos, incluso sus juguetes, todo lo que tenían era gracias a ese trabajo.

Al fin, su padre y el cliente se encerraron en la oficina y ella regresó junto a la ventana. Minutos después, Ruzyczka entró a la casa, tan bien vestida como siempre. Al verla, la institutriz la señaló con un dedo acusador.

—Una señorita como tú no puede sentarse así. Te lo he dicho mil veces, Nusia. Junta las rodillas.

—¿Me llevas al parque?

Su casa estaba ubicada a pocos metros de la Ópera y del edificio de la Municipalidad, una de las zonas más exclusivas de aquella ciudad habitada en partes iguales por polacos, judíos y ucranianos, que a lo largo de los siglos había cambiado de manos y de nombre. Al principio se había llamado Lev, en honor al hijo del rey de Daniel de Galitzia, quien la fundó en 1256. Cien años después, los polacos la conquistaron y le dieron otro nombre. En 1772, la ciudad había sido tomada por

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