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LA NOCHE DE LA VERDAD

Albert Camus  

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Fragmento

PRÓLOGO

El moralista en combate

Albert Camus fue nombrado redactor jefe de Combat, periódico que hablaba en nombre de la Resistencia francesa contra el nazismo, en otoño de 1943; apenas contaba treinta años. El dato es chocante: pensamos en un autor reputado cuando pensamos en Camus, pero entonces no lo era todavía. Es cierto que su vida había empezado a acelerarse y ya solo se vería frenada por el accidente de coche que lo mató en enero de 1960, dejándonos para siempre la imagen emblemática del escritor que se da un aire al Humphrey Bogart de la Warner y fuma Gauloises en blanco y negro. Pero a comienzos de la Segunda Guerra Mundial solo era un escritor vacilante que encadenaba aventuras amorosas moviéndose entre Argel y Orán, lejos de París y por tanto del éxito que tanto anhelaba. Es la publicación casi simultánea de El extranjero y El mito de Sísifo en 1942 la que le abriría las puertas del estamento literario. Poco después de su aparición, tras pasar una temporada recuperándose de su vieja tuberculosis en un sanatorio situado al norte de Occitania, Camus entró a trabajar a tiempo parcial en la editorial Gallimard, mientras su esposa Francine le esperaba en Argelia. Y fue entonces cuando —tras haber sido rechazado en varias ocasiones por el ejército por razones de salud— asumió la responsabilidad editorial en Combat, formalizando así su relación con la Resistencia. El joven Camus se convertiría con ello en una de las voces más prominentes de aquella Francia minoritaria que no se resignaba a ser Vichy.

En este volumen se recogen, a partir de la edición minuciosa de Jacqueline Lévi-Valensi, la totalidad de los textos que Camus escribió para Combat entre marzo de 1944 y junio de 1947, con el añadido de varias piezas aparecidas en 1948 y 1949. Son textos firmados por el escritor francés o que pueden atribuírsele con cierta seguridad: 138 editoriales, 27 artículos. El periódico existía desde diciembre de 1941, cuando tiraba irregularmente apenas mil copias; a finales de 1943 llegaba a las 250.000. Su alcance era notable y la publicación servía como centro de relaciones para los miembros de la Resistencia. Hay que recordar que los nazis seguían en Francia; por algo dice Camus en su primer artículo que es necesario implicarse: la Francia que mira debe sumarse a la Francia que lucha. Combat importa porque la exaltación del buen patriotismo es parte del esfuerzo bélico: los franceses están unidos por una «solidaridad del martirio» que exige la oposición activa contra el enemigo común.

Camus describe Combat como un periódico cercano al socialismo, que es crítico con el marxismo y el cristianismo pero se empeña —con poco éxito— en dialogar con ambos. Dirá también, al final de la aventura, que Combat nunca quiso ser un periódico de partido; se trataba de contribuir al debate pluralista con arreglo al espíritu de la Resistencia: «Al sublevársele el corazón consolidó [la Resistencia] unas cuantas verdades de la inteligencia». Es una manera muy francesa de describir una empresa precaria organizada alrededor de Charles de Gaulle, hombre providencial con rango de general al que Combat —acaso por falta de alternativa— se mantuvo siempre fiel; tanto que, como ha señalado Olivier Todd, no impugnó el mito gaullista según el cual Francia fue liberada por los propios franceses.[1] Se ve que el imperativo moral que nos obliga a decir siempre la verdad, después de todo, también conoce algunas excepciones. En todo caso, Camus fue el primero en admitir en estas páginas que la Resistencia no estaba compuesta de santos, porque no aspiraba a una nación de santos. Quizá pensaba en él mismo: durante todo este periodo, nuestro hombre se mantuvo separado de su esposa y entabló una intensa relación sentimental con la célebre actriz de origen español María Casares, a la que conoció en una reunión con gente del teatro interesada en montar El malentendido. Solo al terminar la guerra, cuando Camus se reunió con Francine y esta quedó embarazada, Casares rompió con él.

¿Qué interés presentan hoy estos textos periodísticos? Han pasado más de setenta y cinco años desde la aparición del primero de ellos; el siglo XX se va alejando de nuestra vista. Sin embargo, nos sigue fascinando: tanto la lucha democrática contra el totalitarismo nazi como el brutal experimento comunista poseen una fuerza emocional y simbólica difícilmente parangonable. Se trata, por añadidura, de conflictos humanos universales llamados a reproducirse bajo formas distintas; de ahí que aún nos miremos en el espejo de aquel siglo. A la pregunta sobre el interés de estos artículos puede responderse así de manera inequívoca: hay que leerlos. Pero no hay una sola razón para hacerlo, sino que esta dependerá del aspecto que más llame nuestra atención. Y es que son una pequeña historia, oblicua si se quiere, de un momento apasionante de la historia europea y francesa, además de una intervención vigorosa en el debate de ideas de su tiempo. Para especialistas como David Carroll, prologuista de la edición estadounidense, su principal interés es así político; son textos pegados al terreno de los grandes acontecimientos y en ellos puede dibujarse una trayectoria personal —que es la de Camus y tantos otros— que va del entusiasmo a la decepción.

Desde luego, la temática es exhaustiva. En estas páginas se habla de justicia, comunismo, revolución, imperialismo; se discute la depuración desarrollada en Francia tras el desmantelamiento de Vichy; se medita sobre el significado de la democracia y su relación con el socialismo. Pero también hay una riqueza de detalles que nos aproximan vivamente a una época que solemos ver representada con trazos gruesos: el editorialista Camus se queja de que el Gobierno impone una tributación opresiva a la industria del cine, habla de la arquitectura internacional cuyo estilo empezaba a insinuarse, visita un sur de Alemania cuya rubia serenidad le sorprende, o reacciona a un discurso que Churchill ha pronunciado la víspera. Es además uno de los pocos intelectuales franceses que expresa su horror ante el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, concediendo sin embargo que pudo ser necesaria para forzar la rendición del imperio japonés. El razonamiento es típico de Camus: se horroriza ante una realidad atroz sin ofrecer una alternativa plausible. ¿Reside aquí una de las razones de su éxito?

Para el lector español, la compilación se ve enriquecida por sus frecuentes alusiones a nuestro país. Recordemos que Camus estaba vinculado familiarmente a España, ya que sus bisabuelos maternos emigraron a Argelia desde la depauperada Menorca de mediados del siglo XIX; el interés natural de los europeos por la insurrección franquista y la instauración de la dictadura se veía reforzado en su caso. Combat se hacía eco de una esperanza que Camus convirtió aquí en mandato: «Esta guerra europea que empezó en España hace ocho años no podrá terminar sin España». Para nuestro editorialista, la situación española venía provocando desde 1938 una «vergüenza oculta» a los auténticos demócratas, que no podían olvidar cómo el Gobierno progresista encabezado por Daladier internó a medio millón de refugiados españoles que huían de la guerra en campos de concentración; entre ellos, un Antonio Machado a quien Camus aludía con amargura. A finales de 1945, lo que quedaba era el deseo de que España estuviera en la agenda de los Aliados. Y un reproche: la retórica democrática de estos últimos se veía comprometida por la sola existencia del régimen franquista. La realidad se interponía una vez más en el camino de la moral; no cabe duda de que España fue otra de las decepciones de Camus en la posguerra.

Sin embargo, estos artículos no se definen solo por sus temas. Son también un estilo, un modo de decir las cosas cuyo eco resuena particularmente ahora que se ha renovado el interés por las condiciones de la conversación pública y el papel que los medios de comunicación desempeñan en ella. Hoy vuelve a preocuparnos —como preocupaba a Camus y preocupó a Orwell o a Aron, incorporado a Combat después de la derrota nazi— la intrincada relación entre persuasión y verdad. Por lo demás, se trata de textos firmados por un escritor (o atribuidos a él) que sigue siendo reeditado, leído, citado; un escritor que, además, sigue en pie como uno de los mitos literarios de una época que los producía con facilidad. Leer al Camus que ejercía como editorialista durante la larga noche europea permite comprender mejor al Camus que trabajaba por entonces en La peste o formulaba por vez primera ideas que luego fructificarían en El hombre rebelde. Merece la pena leer a este periodista que a menudo

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