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LA NOCHE DE LAS MEDUSAS

Jacinto Rey  

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Fragmento

1

Flavio Antonioni apoyó la raqueta de tenis sobre el banco de madera y besó a su mujer en los labios, sin sospechar que en cinco minutos estaría muerto.

—¿Habrán llegado ya?

Ese 20 de julio de 1969, toda Italia estaba pendiente del alunizaje de la nave espacial Apolo XI. Antonioni encendió la radio portátil y sintonizó las noticias de la RAI. El módulo Eagle acababa de posarse en la superficie lunar, y los astronautas descenderían de forma inminente de la nave. Antonioni le dio la mano a su mujer; caminaron hacia una mesa situada bajo la pérgola del jardín.

—¿Quieres tomar algo para celebrarlo?

—¿La llegada del hombre a la luna? —preguntó ella, con picardía—. ¿O que los niños están de vacaciones con mis padres?

—Ambas cosas.

Antonioni acarició sus pechos; sintió la carne firme y tibia bajo la blusa.

—Si esperas un premio por haberme ganado al tenis —apostilló ella—, será mejor que traigas una botella de champán.

Antonioni se dirigió a la casa por el sendero de gravilla. Abogado de prestigio, especializado en derecho penal, había adquirido esa villa del siglo XIX, situada a las afueras de Roma, a un armador que tuvo que huir del país tras descubrirse su implicación en una trama de sobornos a la autoridad del puerto de Génova.

La había remodelado en profundidad, dotándola de una nueva instalación eléctrica, y también hizo construir la piscina y la pista de tenis. La familia residía allí en verano, cuando el calor se volvía insoportable en Roma, y en invierno lo hacían en su espaciosa vivienda en las inmediaciones de Piazza di Spagna, a poca distancia del colegio donde estudiaban sus dos hijos.

Los orígenes de Antonioni, sin embargo, eran humildes. Sus padres procedían de una pequeña localidad costera siciliana y habían tenido que endeudarse para que su primogénito cursara la carrera de derecho en la Universidad de Palermo. Ambos estaban profundamente orgullosos de él.

Antonioni se había labrado una sólida reputación, que había incomodado a muchos de sus colegas, negociando reducciones de condena para asesinos y mafiosos. No le interesaba si sus clientes eran o no culpables; de hecho, prefería ignorarlo.

Esa misma semana había conseguido la improbable liberación de un cliente, un estudiante de la Universidad de Trento que había pasado de participar en las revueltas de 1968 a la lucha armada. Las pruebas contra él eran abrumadoras —dos testigos habían visto cómo apretaba el gatillo—, pero la policía había contaminado la escena del crimen, invalidando la evidencia disponible.

Antonioni se detuvo junto a la fachada cubierta de hiedra y observó la luna, que parecía acariciar los muros del edificio. Estaba en cuarto creciente, y el abogado se preguntó si los astronautas habrían alunizado en la parte que se veía iluminada.

Entró en la cocina por la puerta que comunicaba con la terraza. La doncella se había retirado a descansar y decidió no molestarla. Extrajo hielo del congelador, que depositó en una cubitera de acero inoxidable. Sus hijos, de cinco y siete años, habían vuelto a pintar con ceras de colores las paredes. Antonioni les había reservado una pared en su cuarto para que dibujaran, pero los niños preferían utilizar el espacio prohibido. En eso, pensó, se parecían mucho a él.

Cogió una botella de Moët Chandon, que había puesto a enfriar antes de empezar el partido de tenis, y la introdujo en el recipiente metálico. Con la cubitera en una mano y dos copas de cristal en la otra enfiló el camino del jardín para reencontrarse con su mujer. Los niños estarían fuera al menos una semana, y había cancelado todas sus reuniones para los próximos días. Pasarían el fin de semana en Roma y después irían a Portofino. Allí tenía amarrado su yate, con el que navegarían hasta la isla de Elba.

Mientras caminaba por el sendero de gravilla, experimentó una sensación extraña. Giró la cabeza hacia la luna, que le pareció más grande y brillante que unos minutos antes. No llegó a ver al sicario, oculto tras unos arbustos. La primera bala, disparada por una pistola con silenciador desde una distancia de diez metros, impactó en su frente. Antonioni ya estaba muerto cuando una segunda bala le atravesó el corazón.

2

Serafín Leal observó en el espejo la sangre que empapaba su camisa blanca. Colocó varias toallas de papel sobre la herida, con manos temblorosas, pero

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