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LA NOCHE DE LOS ALFILERES

Santiago Roncagliolo  

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Fragmento

Carlos

No éramos unos monstruos. Quizá nos pusimos un tanto… extremos. Y sólo durante un momento. Unos días. Un par de noches.

Eso no es nada. A nuestro alrededor, todo el mundo era mucho peor.

Es verdad: lo que hicimos no aparece en los manuales de buena conducta. Si acaso, en las páginas policiales, entre los crímenes sexuales y los asaltos a mano armada. Pero, como abogado penalista, puedo citar numerosos atenuantes: minoría de edad, defensa propia, prescripción del delito… Y eso si hubo delito. Ni siquiera estoy tan seguro al respecto. En un par de horas podría tener un dictamen aquí mismo desbaratando cualquier acusación.

Aunque, para empezar, yo me acogería a mi derecho a no declarar.

No tengo ganas de sentarme frente a una cámara y contarlo todo, como si fuera una aventura adolescente o un paseo por la playa. ¿Por qué ahora? ¿Después de tanto tiempo? ¿Y por qué recordar todo el horror? Me he pasado la vida tratando de olvidarlo.

Ya sé, ya sé.

No tengo opción.

Será peor si no, ¿verdad?

Hablaré. Diré todo lo que quieras. Pero ésta será la primera y última vez.

Empecemos pues. Así acabamos antes.

Manu

Huevón, no sé por qué mierda tengo que hablar de eso. No he abierto la boca en veinte años, y tampoco me hace ninguna falta. Todavía menos así, grabándolo todo, como si esto fuese un reality show de famosos en una isla desierta o el programa de chismes de la cojuda de Magaly Medina.

Estás bien loco, cholo. Esto es lo más imbécil que se te ha ocurrido.

Tú eres el primero que va a joderse con todo esto. ¿Lo sabes? Te vas a ir a la mierda. Por andar revolviendo entre la mierda.

Pero si vas a obligarnos, dale. No me voy a escapar. No voy a salir corriendo. Nunca fui yo el que salía corriendo. Más bien eran todos los demás huevonazos quienes corrían detrás de mí. Como borregos. Como ratas detrás del flautista del cuento. Como espermatozoides.

De hecho, la cosa empezó justamente con un montón de espermatozoides.

En una clase de la señorita Pringlin.

La clase sobre el aparato reproductor.

Moco

Si nuestra historia fuese una película, sería Los Goonies.

¿Alguien recuerda Los Goonies? Un clásico de 1985. Dirección de Richard Donner, guion de Steven Spielberg, y la actuación de Josh Brolin cuando aún ni se afeitaba, je je.

Es la historia de un grupo de chicos normales, como nosotros, que están a punto de ser desahuciados de su casa. Pero por casualidad encuentran el mapa de un tesoro pirata, y salen en su busca. Viven un montón de aventuras subterráneas. Tienen que enfrentar a una familia de ladrones. Caen en las trampas dejadas siglos atrás por los piratas. Pero al final triunfan y descubren el tesoro.

Nosotros éramos así. Los Goonies de Surco, je je. Nosotros también merecemos una película, con una primera escena, una toma inicial, con los créditos impresos sobre la imagen: «En la clase sobre el aparato reproductor».

Y si no tenemos a Steven Spielberg ni a Josh Brolin, tendremos que hacerla nosotros mismos.

Beto

No quiero hacer esto. ¿Por qué tenemos que grabar esto?

Responderé, pero yo solo. No quiero verle la cara a nadie mientras hablo de esto. O te vas o te olvidas.

Así está bien. Cierra la puerta.

Ok: la clase sobre el aparato reproductor. ¿Es eso? Sí me acuerdo. Más o menos. Estábamos ahí, en clase de educación sexual, perdiendo el tiempo y riéndonos, y la profesora nos llamó la atención. Y entonces Manu se levantó e hizo esa pregunta estúpida.

La pregunta de la sífilis y la lengua, o de la sífilis y el labio, o alguna cosa así de desagradable. Una de esas cosas que, simplemente, era mejor no saber.

¿A qué enfermo se le ocurre preguntar algo así?

Carlos

Bueno, era una pregunta. Y no me parece tan rara.

A fin de cuentas, en cuarto de secundaria aún nos quedaba mucho por descubrir. En la Lima de 1992 sabíamos poco de la vida. Y la vida sabía poco de nosotros.

Éramos inimputables, si se me permite la expresión legal. Eso quiere decir inconscientes, irresponsables ante la ley, y por lo tanto no castigables. Quiero que conste esta precisión: inimputables.

En el colegio para varones de La Inmaculada, pastoreados por los sacerdotes jesuitas, nos apiñábamos unos dos mil aspirantes a sementales, como en una gigantesca olla a presión llena de hormonas. Disponíamos de un territorio inmenso, con cancha de fútbol y pista olímpica, cuyo perímetro incluía la mitad del cerro de Monterrico. Pero más allá del muro que limitaba ese universo, no conocíamos casi nada. Era peligroso alejarse demasiado del barrio. Podía sorprenderte un apagón. O una redada. O una bomba. Las actividades seguras eran los deportes en el colegio y la televisión en la casa. La mayoría de nosotros ni siquiera éramos capaces de localizar la avenida Javier Prado en un plano. Internet no existía. Nuestro único tema recurrente era lo que nos colgaba entre las piernas.

Incluso cuando no hablábamos de eso, todo se convertía en eso. Cualquier frase inocente podía cargarse de connotaciones inesperadas. Si decías «pásame el tenedor», aparecía detrás de ti algún gracioso que gritaba:

—¡Ha dicho «méteme el surtidor»!

Y se desataba la chacota general.

Para evitar atraer hacia uno mismo a la jauría de cachorros hambrientos, hacía falta ser muy cuidadoso con los nombres de cualquier cosa larga y puntiaguda. Yo evitaba palabras como «lápiz», «cuchillo» o «zanahoria», que podían volverse fácilmente contra mí, y procuraba emplearlas contra los demás, como un arma arrojadiza. La popularidad de cada estudiante se medía por la cantidad de chistes de doble sentido que era capaz de contar. Aunque la mayoría de esos chistes, en realidad, sólo tenían un sentido:

—Jaimito se tiene que quedar a dormir con la profesora. A mitad de la noche le dice: «Profesora, no puedo dormir. ¿Puedo poner mi dedo en su ombliguito?». Ella dice que sí, pero luego grita: «¡Jaimito, eso no es mi ombliguito!». Y él responde: «Tampoco es mi dedito».

Ja ja. Humor escolar.

Soñábamos sexo. Respirábamos sexo. Desayunábamos sexo. Pero en contraste con todo el espacio que el tema ocupaba en nuestra cabeza, ahí afuera, en la vida real, carecíamos de experiencias concretas.

Todos mis compañeros juraban que lo habían hecho ya. Pero cada vez que alguno repetía su experiencia —y la repetían sin parar—, los detalles cambiaban. La morena se convertía en rubia. La prostituta en novia. El dormitorio en carro. Y si alguno lo había hecho en realidad, resultaba difícil creerle en aquella proliferación de mentiras. Los chicos a veces inventaban vidas sexuales sólo porque carecían de tema de conversación.

Las mujeres en sí, salvo para aquellos que tenían hermanas, formaban una especie ajena, indescifrable, a la que sólo nos asomábamos a través de películas y revistas. (Eso sí, circulaba por el colegio una infinidad de ambas, la mayoría provistas por Moco, traficante oficial de porno de la promoción.)

En cierta ocasión, durante unas jornadas espirituales, los curas nos llevaron chicas. No para tocarlas o algo así, claro. Las llevaron para que las viésemos. Y les hablásemos. Eran cuatro, de un colegio mixto. Se sentaron frente a toda nuestra clase, como pececitos de colores en un acuario, y los monitores nos animaron a hacerles preguntas. Cada alumno tenía derecho a plantear una duda:

—¿Qué te gusta de un chico?

—¿Has tenido enamorado?

—¿Cómo te enamoró?

Pasamos dos horas ahí, investigando qué era una mujer. Tomando notas. Documentándonos. Y al día siguiente, volvimos a nuestros chistes rojos y a nuestras palabras tabú.

Las chicas, en nuestro colegio, eran como los Juegos Olímpicos: se les hacía mucha publicidad, pero siempre ocurrían en un país lejano y Perú nunca ganaba. En las Olimpiadas se llevaban todas las medallas Estados Unidos y la URSS. Entre las chicas de nuestro pequeño mundo también había superpotencias: el colegio San Silvestre acaparaba las medallas de oro. La plata era para el Villa María, y el bronce para el Santa Úrsula. No muy lejos andaba el Regina Pacis (conocido cariñosamente como «Vagina Pachas»).

Si llegabas a una fiesta con una chica de esos colegios —o si al menos te inventabas a una enamorada de ahí—, te convertías en el ídolo de nuestro plantel escolar, un ejemplo a seguir, un ícono social. A partir de ahí, comenzaba una

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