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LA NOVELA DE PERóN

Tomás Eloy Martínez  

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Fragmento



Índice

 

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Citas

1. Adiós a Madrid

2. Los compañeros del arca

3. Las fotos de los testigos

4. Principio de las memorias

5. Las contramemorias

6. Fiesta en la quinta

7. Las cartas muestran el juego

8. Miles in aeternum

9. La hora de la espada

10. Los ojos de la mosca

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

11. Zigzag

12. Cambalache

13. Ciclos nómades

14. Primera persona

15. La fuga

1. El retrato según Maidana

2. Apuntes de diarios

3. Notas para una nota

4. La fuga, según Maidana

16. La cara del enemigo

17. Si Evita viviera

18. Con el pasado que vuelve

19. No dejen que se posen los gorriones

20. El día más corto del año

Epílogo

Reconocimientos

Notas

Sobre el autor

Créditos

A Susana Rotker



«Si el lector lo prefiere, puede considerar este libro como una obra de ficción. Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción deje caer alguna luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos.»

ERNEST HEMINGWAY, prefacio de París era una fiesta

«Los argentinos, como usted sabe, nos caracterizamos por creer que tenemos siempre la verdad. A esta casa vienen muchos argentinos queriéndome vender una verdad distinta como si fuese la única. ¿Y yo, qué quiere que haga? ¡Les creo a todos!»

JUAN PERÓN al autor, marzo 26 de 1970

1. Adiós a Madrid

Una vez más, el general Juan Perón soñó que caminaba hasta la entrada del Polo Sur y que una jauría de mujeres no lo dejaba pasar. Cuando despertó, tuvo la sensación de no estar en ningún tiempo. Sabía que era el 20 de junio de 1973, pero eso nada significaba. Volaba en un avión que había despegado de Madrid al amanecer del día más largo del año, e iba rumbo a la noche del día más corto, en Buenos Aires. El horóscopo le vaticinaba una adversidad desconocida. ¿De cuál podría tratarse, si ya la única que le faltaba vivir era la deseada adversidad de la muerte?

Ni siquiera tenía prisa por llegar a parte alguna. Estaba bien así, suspendido de sus propios sentimientos. ¿Y eso qué era? ¿Los sentimientos?: nada. Cuando mozo, le dijeron que no sabía sentir, sino representar los sentimientos. Necesitaba una tristeza o una señal de compasión, y ya: las pegaba con un alfiler sobre la cara. Su cuerpo vagaba siempre por otra parte, donde los afanes del corazón no pudieran lastimarlo. Hasta el lenguaje se le iba tiñendo de palabras ajenas: mozo, de prisa. Nada le había pertenecido, y él mismo se pertenecía menos que nadie. De un solo hogar disfrutó en la vida —estos últimos años, en Madrid—, y también acababa de perderlo.

Levantó la cortina de la ventanilla y adivinó el mar debajo del avión: es decir, la tierra de ninguna parte. Arriba, unas hebras amarillas de cielo se desplazaban perezosamente, de un meridiano a otro. El reloj del General señalaba las cinco, pero allí mismo, en ese punto móvil del espacio, ninguna hora llegaba a ser la verdadera.

Su secretario lo había retenido en la cabina de primera clase, para que se mantuviera fresco al llegar y la muchedumbre que lo aguardaba lo viese como al otro: el Perón del pasado. Disponía de cuatro butacas, sofás y una pequeña mesa de comedor. En la penumbra, observó a la esposa distrayéndose con una revista de fotos: era menuda como un pájaro y tenía la virtud de ver sólo la superficie de las personas. Al General le habían aterrado siempre las mujeres que iban más lejos, abriéndose camino entre sus no sentimientos.

Poco antes del almuerzo, el secretario lo llevó a dar una vuelta por la clase turista, donde viajaba una corte de cien hombres. A casi nadie reconocía. Le deslizaban en el oído apellidos de gobernadores, diputados, dirigentes sindicales. «Ah, sí», saludaba él. «Cuento con ustedes. No vayan a dejarme solo en Buenos Aires...» Estrechó la mano aquí y allá, hasta que se le clavó un dolor en la boca del estómago y tuvo que detenerse a tomar aliento. «No es nada, no es nada», lo apaciguó el secretario, mientras lo devolvía a su butaca. «No es nada», repitió el General. «Pero quiero quedarme solo.»

La esposa le envolvió las piernas con una frazada y reclinó el asiento, para que la sangre perezosa del General fuera avivándole el temple.

—¡Qué hombre tan bueno es Daniel! ¿Viste, Perón, qué hombre tan servicial nos ha mandado Dios?

—Sí —admitió el General—. Ahora déjenme dormir.

El secretario se llamaba José López Rega, pero en la primera ocasión de intimidad pedía seriamente que lo llamaran Daniel, ya que por ese nombre astral lo conocería el Señor cuando tronara el escarmiento del apocalipsis. Parecía un carnicero de barrio: era retacón y confianzudo. Se posaba como una mosca sobre todas las conversaciones, sin preocuparse en lo más mínimo por la tolerancia de la gente. En otros tiempos se había esforzado por caer simpático, pero ya no. Ahora se vanagloriaba de su antipatía.

Un par de veces, mientras el General dormía la siesta en el avión, López había tratado de medirle el espesor del aire en los alvéolos de los pulmones. Lo penetraba con el pensamiento e iba siguiendo, de un alvéolo a otro, la marcha lánguida y entrecortada de las corrientes. Al tropezar con un ronquido en el diafragma, el secretario se alarmó. Decidió montar guardia sentado en el brazo de la butaca, ayudando con la voluntad a que el aire se moviera. La señora, entretanto, harta de haber releído la historia de unos esponsales sevillanos en la revista ¡Hola!, se quitó los zapatos y olvidó la mirada en el paisaje de acero puro dentro del cual se movía el avión, insensiblemente.

Apenas advirtió que el General despegaba los ojos, el secretario lo hizo ponerse de pie y caminar por el pasillo. Dobló la frazada, enderezó la butaca y acercó uno de los sofás a la ventana.

—Quedesé aquí sentado —dispuso—. Y aflojesé los botones del pantalón.

—¿Qué hora es? —quiso saber el General.

El secretario meneó la cabeza, como si hubiera escuchado la pregunta de un niño.

—Quién sabe. Tal vez las dos. Pronto vamos a cruzar la línea del Ecuador.

—Entonces ya no podemos regresar —suspiró el General—. Era verdad lo que usted me predijo, López. Que un día yo iba a tirar mis huesos en la pampa.

Hacía dos meses que Perón estaba preparándose para volver a Buenos Aires: desde que el régimen militar había reconocido el triunfo de los peronistas en las elecciones y se aprontaba resignadamente a dejarlos gobernar. «Venga ya mismo a la patria. Instálese en su hogar», lo apresuraban cientos de telegramas. ¿Mi hogar?, sonreía. En la Argentina no hay más hogar que el exilio.

La primavera se había adelantado aquel año en Madrid. A finales de marzo, cuando abría el balcón de su dormitorio, venía de lejos un olor de fritangas y de palomas que le bastaba al cuerpo para relamerse con el pasado. El General alzaba los brazos y allí estaba, de pronto, el arrullo de la muchedumbre. Miles de palomas se estremecían con el saludo ritual, ¡Compañeros!, y lo vitoreaban agitando fotos y cartelones. Más allá, entre la plantación de rosales y las torres de los palomares, junto a la casilla donde se apostaban los guardias civiles del generalísimo Franco, se abrían las bocas del subterráneo Anglo-Argentino, que había comenzado a construirse casi ante sus ojos, en 1909. ¿No había caminado por aquellos lodazales, a la zaga de la abuela Dominga Dutey, cuando buscaban en el Ministerio de Guerra la beca de providencia que le permitiría estudiar en el Colegio Militar?

En ese punto del pasado, la imaginación del General se negaba siempre a seguir avanzando. Empezaba a sentir melancolía por lo que no había sucedido aún —perderé Madrid, estaré demasiado viejo para andar solo por la casa que me han regalado en Buenos Aires—. Y en el repentino vacío de su corazón descubría que sólo cuando se quedaba sin país tenía tiempo para la felicidad.

En aquellos días de marzo lo acometió el presentimiento de que no debía irse. Cada vez que pensaba en Buenos Aires, el centro de gravedad se le desplazaba del hígado a los riñones y lo punzaba por dentro. El General decía que ésas eran malas espinas anticipando la desgracia, y que la única manera de conjurarlas era ver una película de John Wayne por la televisión: el polvo de los westerns adonde no podían llegar las humedades de Buenos Aires. Las manos se le quedaban enredadas entre las toallas y los manteles, y cuando hasta la lencería fue embalada para el viaje, el cuerpo siguió aferrándose a las aureolas que los objetos dejaban por todas partes.

En esos desconciertos se le fueron las últimas semanas. Llevaba una agenda de seis a siete entrevistas diarias: siempre para ser el árbitro de alguna trifulca entre las facciones que se disputaban el poder a dentelladas. Escribía una que otra carta, hablaba por teléfono un par de veces al día (si no era con el médico de Barcelona que le cuidaba la próstata era con el veterinario: tenía una familia de perras caniches que daba mucho trabajo), y cuando procuraba caminar por la Gran Vía, como antes, ya no se lo permitían. Si el Padre Eterno anduviera mostrándose por la calle —lo disuadían, apelando a su propia receta—, acabarían

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