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LA OCTAVA VíCTIMA

P.D. James   T.A. Critchley  

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Fragmento

Créditos

Título original: The Maul and the Pear Tree

Traducción: Esteban Riambau

Ante la imposibilidad de ponerse en contacto con el propietario de la traducción, la editorial pone los derechos que les correspondan a su disposición.

1.ª edición: junio, 2017

© 1971, 1987 by T. A. Critchley & P. D. James

© Ediciones B, S. A., 2017

para el sello B de Bolsillo

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-757-3

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Cita

Prólogo

Muerte de un lencero

Persona o personas desconocidas

El mazo

La duodécima noche

The Pear Tree

La fiesta de Navidad

Veredicto en Shadwell

Una tumba en la encrucijada

El cuchillo francés

Un caso para el Parlamento

¿La octava víctima?

Epílogo

Bibliografía

Personas relacionadas con el caso

Notas

Cita

El señor Williams efectuó su debut en el escenario de Ratcliffe Highway, perpetrando aquellos famosos asesinatos que le han procurado tan brillante e imperecedera reputación. A propósito de tales asesinatos, debo observar que en un aspecto al menos han tenido un efecto adverso, pues el buen conocedor en materia de asesinatos se muestra ahora muy remilgado en su gusto, insatisfecho ante todo lo que desde entonces se ha hecho en esta línea. Todos los demás delitos palidecen ante el intenso carmesí del suyo.

THOMAS DE QUINCEY,

On the Knocking at the Gate in Macbeth

Prólogo

Prólogo

Durante las oscuras noches de diciembre de 1811, en las inmediaciones de Ratcliffe Highway, en el East End londinense, dos familias, que sumaban en total siete personas, fueron brutalmente asesinadas a golpes en el plazo de doce días. Desde el primer momento, los asesinatos, con toda su barbarie y crueldad, captaron enormemente la atención pública. Nunca antes, ni siquiera en tiempos de los Gordon Riots, cuando Londres llegó a estar al borde de la anarquía, se había dado semejante protesta nacional contra los medios tradicionales de las fuerzas del orden, ni una solicitud de reformas tan vigorosa e insistente. El Gobierno pregonó la más alta recompensa jamás ofrecida por cualquier información que pudiera conducir al descubrimiento de los asesinos; durante tres semanas, The Times dio a los crímenes preferencia sobre cualquier otra noticia; en la mente de De Quincey los hechos inspiraron uno de los grandes ensayos en lengua inglesa, Sobre el asesinato considerado como una de las bellas artes, con su versión inmortal de la carnicería perpetrada con los Marr y los Williamson añadida, años más tarde, como anexo. Durante décadas siguieron circulando leyendas sobre estas brutalidades hasta que, tres cuartos de siglo más tarde, Jack el Destripador empezó a trabajar en un escenario vecino del East End, para arrebatar a su único competidor el derecho a los laureles sanguinarios del calendario criminal británico.

El horror y el misterio, así como una ubicación parecidamente mísera, fueron factor común para los autores de una y otra serie de destacados crímenes, pero había un aspecto en que las circunstancias de 1887 eran muy distintas. Se dispuso entonces de unos catorce mil policías metropolitanos, ayudados por centenares de detectives, para dar caza al Destripador y, aunque nunca le echaron mano, la policía pudo al menos proporcionar cierta tranquilidad a una población aterrorizada. Pero en 1811 no había fuerzas policiales en Gran Bretaña y el pánico cundió a rienda suelta. Uno de los aspectos más fascinantes del estudio de estos crímenes es la visión de una moribunda organización parroquial que, ayudada por la innovación que supusieron los «magistrados de la policía», aceptó el desafío de una importante investigación por el asesinato y aparentemente, pese a las protestas públicas, acabó por conseguir el éxito. Pero al ir más allá de los relatos en letra impresa de los asesinatos, se hace evidente que el caso era mucho más complicado de lo que cualquiera —con la excepción de un puñado de hombres, en aquel entonces vivos— hubiera llegado a suponer. A partir de fuentes inéditas y de informaciones de los periódicos, reconstruimos los hechos reales, y a medida que la historia se desarrollaba fuimos descubriendo que el sistema de 1811 no hizo más que llevar adelante un confiado, conveniente y brutal juicio sobre un cadáver, mientras dejaba el núcleo de los crímenes de Ratcliffe Highway envuelto en eterno misterio.

De todos los relatos publicados acerca de los asesinatos sólo hemos podido separar dos que tengan algún valor. El más importante comprende tres folletos de la época (y hoy raros) publicados por John Fairburn a seis peniques cada uno. No llevan fecha, pero hay pruebas de que fueron impresos en diciembre de 1811 o principios de 1812. Estos folletos narran las circunstancias de los crímenes e incluyen una útil profusión de pruebas presentadas ante los magistrados y, en tres sucesivas diligencias judiciales, por el coroner. La otra fuente valiosa publicada es la obra de sir Leon Radzinowicz History of the English Criminal Law, que en su tercer volumen recoge sucintamente el perfil del relato, pero sin el

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