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LA OCULTA

Héctor Abad Faciolince  

5


Fragmento

ANTONIO

Cuando sonó el teléfono era una hora opaca de invierno en Nueva York, muy temprano. A esa hora solo llaman borrachos que se equivocan de número o familiares a dar malas noticias. Quise que fuera lo primero, pero era Eva, mi hermana:

—Toño, me da pesar tener que llamarte para esto, pero mi mamá amaneció muerta en La Oculta. Pilar dijo que anoche, después de comer, había dicho que no se sentía bien. Claro que últimamente, tú sabes, ella nunca se sentía bien después de comer. Todo le caía mal. Así que se acostó. Pero esta mañana Pilar se levantó muy temprano, a ver cómo seguía, y la encontró muerta en la cama.

—Ya salgo para el aeropuerto y llego en el primer vuelo que encuentre —le dije.

Sentí un pesar profundo, como una nube espesa y gris en todo el cuerpo. Un dolor en el pecho y en la garganta, y la ola de tristeza subía hasta los ojos, incontenible. ¿Cuántos años tenía mi mamá? Decía que 88, pero se quitaba uno. En realidad tenía 89. A los 25 años, cuando en su casa la acosaban para que se casara, quitarse ese año tenía algún sentido. Después no, después cada vez menos, y a los 89, hasta a ella le daba risa seguírselo quitando. Me sentí culpable por no haberla llamado esa semana. La buscaba los jueves por Skype, casi siempre. Se sabía que todas las mañanas de los jueves ella prendía Skype para esperar mi llamada. Jon salió del baño y al ver mi cara, me preguntó qué pasaba. No preguntó con palabras, sus ojos y sus manos preguntaron.

—Se murió Anita.

—Si quieres te acompaño a Medellín —dijo. Se sentó a mi lado y me puso su mano grande, suave, en la espalda. Nos quedamos un rato así, juntos, en silencio. Al fin le contesté:

—No, tranquilo, esta vez voy yo solo. —Tenía un taco en la garganta. Tragué saliva—. Es mejor que te concentres en la exposición. Mis hermanas entienden que no vayas.

Todo esto lo dije en inglés, porque con Jon hablo en inglés. Nos quedamos sentados un rato en la cama, en silencio y cogidos de la mano, sabiendo que las palabras estorbaban. Al fin me levanté y fui a mirar los últimos correos de mi mamá. El último era amoroso y concreto como siempre: Cruce de cuentas, decía en el asunto.

“Mi amor: he tratado de comunicarme contigo, pero ha estado cerrado el foquito verde. Solo quería decirte que con uno de tus cheques pagué ayer tu parte del impuesto predial de La Oculta. También consigné en la cuenta de Pilar $816.000 que te corresponden para Próspero y la cuota de sostenimiento de la finca. Todavía quedan en mi poder tres cheques de los firmados por ti, guardados donde sabemos. En nuestro cruce de cuentas hay un saldo a mi favor de $2.413.818 que no tengo afán de cobrar hasta mi próxima tarjeta de crédito, en abril. Hoy estuve donde el doctor Correa y me encontró bastante bien. Por el momento no tengo el menor interés en morirme, aunque a veces estoy triste y desanimada con la situación de Eva. La semana pasada me dijo que finalmente iba a dejar a Santiago, el viudo Caicedo, tú sabes, con el que ya llevaba saliendo casi cuatro años. Por un lado me alegré, pues la diferencia de edad es demasiada, de casi veinte años, y con él ella no tendría ninguna compañía en la vejez. Pero por otro lado me da pesar porque ella se veía contenta desde que estaba con él. Tú me dijiste que cuando fueron a pasear a Nueva York el año pasado, pese a la diferencia de edad y a la silla de ruedas, Eva se veía dichosa. Y en Navidades estaban contentos, tú mismo los viste, así que fue una sorpresa. Cuando ella se separa es siempre un salto al vacío, se deprime, y nunca sabemos con qué nos va a salir. El viudo Caicedo, a pesar de lo viejo, me parecía querido, aunque a veces la gente decía que más parecía esposo mío que amigo de Eva. Ay. Eso fue lo que dijo Pilar en la última Nochebuena, y Eva la oyó diciéndomelo. Le dolió mucho. Pilar no es la prudencia andando que digamos. Bueno, lo que me preocupa más es que a veces me parece que a Eva nadie le sirve, pero al mismo tiempo no le gusta estar sola. Dejemos ahí este tema, que me entristece mucho. Lo que más me anima es la ilusión de verte en Semana Santa. Creo que tu venida me curará de todos los males. Saludes a Jon. Te mando un beso y el amor de siempre,

Ana”

Todas las cartas de mi mamá eran así, prácticas y cariñosas al mismo tiempo: las cuentas claras, y cosas de la vida de ella, de las hijas o los nietos. Ella manejaba mis cuentas colombianas, casi todas relacionadas con la finca. Tenía casi noventa años, pero estaba más lúcida que mis hermanas y yo. Llevar mis cuentas en Colombia la mantenía incluso más alerta. En otros correos me hablaba de la posible venta de una parte de La Oculta para pagar los daños que había hecho un vendaval, por la caída de un árbol sobre los tanques de agua potable. Ella no estaba de acuerdo con que se vendiera más tierra, porque al paso que íbamos quedaríamos solo con la casa y rodeados de extraños, pero al mismo tiempo no estaba dispuesta a tener que asumir esos gastos, pues no podía quedarse sin ahorros para los últimos años de su vida. El problema era que Eva, como ya solo iba a la finca en Navidades, porque seguía resentida con lo que le había pasado allá hacía tanto tiempo, no quería poner ni un centavo más para reparaciones y a duras penas ponía la cuota fija para impuestos, servicios y sueldos. Prefería venderla. Pero venderla, para Pilar, sería como la muerte.

Yo tampoco quería vender la finca, así viviera en Estados Unidos la mayor parte del año. Colombia, para mí, era mi mamá, mis hermanas y La Oculta. Ahora Anita se había muerto, y con ella un pedazo enorme de mi vida. Lo raro es que se hubiera muerto en la finca y no en Medellín, donde vivía. Aunque si lo pensaba bien, tenía mucho sentido que se hubiera muerto en La Oculta al amanecer de un domingo. Pensando en mi mamá, en su muerte, me di cuenta de que nunca habríamos podido conservar la finca —que nos había llegado por herencia del lado de la familia de mi padre— si no hubiera sido por ella. A pesar de que mi mamá no tenía ningún apego familiar a esa tierra, había sido ella la que había vendido su propio apartamento para poder conservarla cuando estuvimos a punto de venderla, poco después de la muerte de mi papá, de Cobo; era ella la que se había gastado parte de las ganancias de la panadería para hacer mejoras y reparaciones en la casa; era ella la que nos reunía a todos en La Oculta, en diciembre, con esa manera al mismo tiempo dulce y firme que tenía de hacer las cosas. Nos invitaba a todos, mercaba para todos, cocinaba para todos, y en esas semanas juntos, los hijos y los nietos girábamos a su alrededor como planetas de un sol tibio y benigno, irresistible. Así ella no fuera dueña de La Oculta, porque Cobo nos la había dejado de herencia a los hijos y no a ella, la finca era inseparable de ella, y ahora casi impensable sin su presencia. Sin mi mamá viva, sin su alegría, sus recetas, sus mercados, ir a la finca ya no volvería a ser nunca lo mismo. Alguien tendría que asumir su papel, Eva o Pilar, pero no estaba seguro de que ellas lo quisieran hacer. Yo nunca tendría tanta alegría, tanta energía ni tanto amor como para asumir ese rol de unir y reunir a toda la familia.

Jon me acompañó al aeropuerto y me ayudó a buscar la mejor conexión. El vuelo directo a Medellín ya había salido, así que tuve que viajar por Panamá. Como las manos me temblaban y casi ni podía hablar en inglés, él hacía todo, amorosamente. También pagó todo con su tarjeta y me acompañó hasta el momento en que debía pasar el control de rayos-X. Nos abrazamos largo, con una ternura que yo necesitaba; le dejé húmedo el hombro de la camisa. En la sala de espera me puse a buscar en los archivos del portátil fotos viejas de mi mamá. Las fotos de su juventud, en las que se veía bonita y sonriente, llena de vida, con todo su futuro por delante. Encontré una en la que me tenía a mí, de un año, en los brazos, y los dos sonreíamos y nos mirábamos enamorados y felices. La puse en Facebook, que es donde ahora se hacen los anuncios, los duelos y las visitas de pésame, y mientras escribía algunas frases sobre ella, con dedos temblorosos, las gotas que me rodaban por las mejillas caían en el teclado. No sé si me miraban en la sala de espera, porque no me importaba. Al poco rato mis amigos empezaron a dejar mensajes de condolencias, algunos muy bonitos, y a escribir viejos recuerdos de Anita, como le decíamos todos a mi mamá, empezando por mí: Ana, Anita.

Logré llegar ese mismo día por la noche a Medellín. Mientras esperaba el equipaje noté que los zapatos no me salían con los pantalones y cuando llegó la maleta me cambié de zapatos en el baño. Mi mamá muerta y yo pensando en

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