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LA PAREJA DE AL LADO

Shari Lapena

5


Fragmento

1

Anne puede sentir el ácido revolviéndose en su estómago y trepando por su garganta; la cabeza le da vueltas. Ha bebido demasiado. Cynthia se ha pasado la noche rellenándole la copa. Anne no quería sobrepasar un límite, pero las cosas se le han ido de las manos; tampoco sabía de qué otra manera aguantar la velada. Ahora no tiene ni idea de cuánto vino ha bebido en el curso de esta interminable cena. Tendrá que extraerse leche por la mañana.

Anne languidece en el calor de la noche de verano y observa a su anfitriona con los ojos entornados. Cynthia está coqueteando abiertamente con su marido, Marco. ¿Por qué lo aguanta Anne? ¿Y por qué lo permite el marido de Cynthia, Graham? Está enfadada, pero se siente impotente; no sabe cómo ponerle fin sin parecer patética y ridícula. Todos se encuentran un poco borrachos. Así que lo ignora, ardiendo silenciosamente de ira, y da otro sorbo a su vino frío. No la educaron para montar escenas, y tampoco le gusta llamar la atención.

Sin embargo, Cynthia…

Los tres —Anne, Marco y el amable y blando esposo de Cynthia, Graham— la observan fascinados. Especialmente Marco parece incapaz de apartar los ojos de Cynthia. Cada vez que se inclina para rellenarle la copa se acerca un poco de más, y, como lleva una camiseta ceñida muy escotada, Marco le frota la nariz prácticamente contra los pechos.

Anne se dice a sí misma que Cynthia coquetea con todo el mundo. Es tan despampanante y atractiva que parece incapaz de evitarlo.

Sin embargo, cuanto más les mira, más se pregunta si de veras hay algo entre Marco y Cynthia. Nunca antes había sospechado. Tal vez sea el alcohol, que la está volviendo paranoica.

No, decide: si tuvieran algo que esconder, no se andarían con estas. Cynthia tontea más que Marco, halagado beneficiario de sus atenciones. De hecho, él mismo es casi demasiado atractivo, con su pelo oscuro despeinado, esos ojos de color de avellana y su encantadora sonrisa; siempre ha llamado la atención. Hacen una pareja imponente, Cynthia y Marco. Anne se dice que ya basta. Que por supuesto que Marco le es fiel. Sabe que está completamente entregado a su familia. La niña y ella lo son todo para él. Estará a su lado, pase lo que pase —le da otro trago al vino—, por muy mal que se pongan las cosas.

Sin embargo, el ver a Cynthia lanzarse sobre su marido le hace sentirse cada vez más nerviosa y ofendida. Hace seis meses que dio a luz, pero todavía tiene casi diez kilos de más por el embarazo. Creía que a estas alturas ya habría recuperado su figura, pero aparentemente se tarda al menos un año. Tendría que dejar de mirar las revistas en las cajas del supermercado y no compararse con esas madres famosas que a las pocas semanas están fantásticas gracias a su entrenador personal.

Pero ni en su mejor momento podría competir con el aspecto de Cynthia, su alta y escultural vecina, con sus largas piernas, su cintura estrecha y sus grandes pechos, su piel de porcelana y su melena de color azabache. Además, siempre va vestida para matar, con tacones altos y ropa sexy, incluso para una cena en casa con otra pareja.

Anne no puede concentrarse en la conversación que la rodea. Se abstrae y se queda mirando la chimenea tallada de mármol, igual que la que tienen en su comedor, al otro lado de la pared que comparten con Cynthia y Graham. Viven en casas adosadas de ladrillo, típicas de esta localidad al norte del estado de Nueva York, sólidamente construida a finales del siglo XIX. Todas las casas de la calle son parecidas —de estilo italiano, restauradas, caras—, pero la de Anne y Marco está al final de la hilera, y cada una tiene ligeras diferencias en decoración y gusto; cada una es una pequeña obra de arte.

Anne coge torpemente su teléfono de encima de la mesa y mira la hora. Es casi la una. Pasó a ver a la niña a las doce, y Marco volvió a ir a las doce y media. Luego salió a fumarse un cigarro al patio con Cynthia, dejando a Anne y a Graham sentados a la mesa algo incómodos, con una conversación forzada. Tendría que haber salido al jardín trasero con ellos; puede que allí corriera un poco de aire. Pero no lo hizo, porque Graham no quería verse envuelto en humo, y habría sido grosero, o al menos desconsiderado, dejarle solo en su propia cena. Así que por educación se quedó con él. Graham —típico anglosajón blanco y protestante, como ella— es impecablemente educado. Por qué se casó con una zorra como Cynthia constituye un misterio. Cynthia y Marco volvieron del patio hace unos minutos, y Anne se muere por marcharse, aunque todo el mundo se lo esté pasando bien.

Mira el monitor para bebés al borde de la mesa, con su lucecita roja brillando como el extremo de un cigarro. La pantalla está rota —se le cayó hace unos días y Marco aún no la ha cambiado—, pero el audio sigue funcionando. De pronto le entran dudas, y se da cuenta de lo desacertado de la situación. ¿Quién se va a una cena con los vecinos dejando a su bebé solo en casa? ¿Qué clase de madre hace algo así? Vuelve a sentir la agonía de siempre inundándola: no es una buena madre.

¿Qué más da si la canguro les falló? Deberían haberse traído a Cora en su parquecito móvil. Pero Cynthia había dicho que nada de niños. Tenía que ser una velada de adultos para celebrar el cumpleaños de Graham. Y esa es otra razón por la que a Anne ya no le cae bien Cynthia, aunque en su día fueran buenas amigas: no aguanta a los bebés. ¿Qué clase de persona dice que un crío de seis meses no es bienvenido a una cena? ¿Cómo ha dejado Anne que Marco la convenza de que no pasa nada? Es una falta de responsabilidad. Se pregunta lo que dirían las otras mujeres de su grupo de mamás si lo supieran. Dejamos a nuestra niña de seis meses sola en casa y fuimos a una cena en la casa de al lado. Imagina el incómodo silencio y cómo se quedarían boquiabiertas. Pero nunca se lo contará. Le harían el vacío para siempre.

Marco y ella discutieron por eso antes de la fiesta. Cuando la canguro llamó para cancelar, Anne se ofreció a quedarse en casa con la niña. De todos modos, no le apetecía ir a la cena. Pero Marco dijo que ni hablar.

—No puedes quedarte en casa sin más —insistió él, cuando lo hablaron en la cocina.

—No me importaría nada —contestó ella, bajando la voz. No quería que Cynthia les oyera discutir sobre su cena a través de la pared común.

—Te vendrá bien salir —replicó Marco, bajando la voz también. Y luego añadió—: Ya sabes lo que dijo la doctora.

Anne se ha pasado toda la velada intentando decidir si aquel comentario era malintencionado, era interesado, o si él simplemente quería ayudarla. Al final, acabó cediendo. Marco la convenció de que con el monitor encendido en la casa de al lado podrían oír al bebé si en algún momento se movía o se despertaba. Irían a controlar cada media hora. Nada malo podía ocurrir.

Es la una. ¿Debería pasar a ver a la niña ahora, o intentar convencer a Marco de retirarse ya? Anne quiere irse a casa, a la cama. Quiere que la noche termine.

Tira del brazo de su marido.

—Marco —dice con tono apremiante—, deberíamos irnos. Es la una.

—Ay, no os vayáis todavía —pide Cynthia—. ¡No es tan tarde! —Está claro que no quiere que se acabe la fiesta. No quiere que Marco se marche. Aunque no le importaría nada que se fuera su mujer. Anne está bastante segura de ello.

—Tal vez no para ti —replica Anne, y consigue sonar un poco dura, a pesar de estar borracha—, pero yo me tengo que levantar temprano para dar de comer a la niña.

—Pobrecita —contesta Cynthia, y por alguna razón eso enfurece a Anne. Cynthia no tiene hijos, ni los ha querido nunca. Ella y Graham no tienen familia por elección.

No resulta fácil que Marco deje la cena. Parece empeñado en quedarse. Se lo está pasando demasiado bien, pero Anne se muestra cada vez más nerviosa.

—Solo una más —le dice Marco a Cynthia, levantando su copa y evitando la mirada de su mujer.

Se encuentra de un humor extrañamente animado esta noche, parece casi forzado. Anne se pregunta por qué. Últimamente está bastante callado en casa. Distraído, hasta malhumorado. Sin embargo, esta noche es el alma de la fiesta. Hace tiempo que Anne nota que a

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