Loading...

LA PASIóN

Jeanette Winterson  

0


Fragmento

Napoleón tenía tal pasión por el pollo que hacía trabajar día y noche a sus cocineros. Qué cocina aquella, con aves en todos los grados de preparación; algunas aún crudas y colgadas de ganchos, otras girando lentamente en el espetón, y la mayor parte en montones desperdiciados porque el emperador estaba ocupado.

Es extraño estar tan dominado por un apetito.

Este fue mi primer trabajo en el ejército. Empecé como matarife, y al poco tiempo le llevaba la bandeja a la tienda, caminando sobre un palmo de barro. Yo le gustaba porque soy bajo; mejor dicho, no le desagradaba. Solo Josefina le gustaba, del mismo modo que le gustaba el pollo.

Nunca sirvió la mesa del emperador nadie que midiese más de un metro sesenta. Tenía criados pequeños y caballos grandes. Su caballo preferido tenía una altura de diecisiete palmos, y una cola que podía envolver tres veces un hombre y aún sobraba para hacerle una peluca a su amante. Aquel caballo echaba mal de ojo, y en el establo había casi tantos mozos muertos como pollos en la mesa. A los que no mataba de una simple coz los echaba el emperador porque no cepillaban bien al animal o porque el bocado verdeaba.

«Un gobierno nuevo debe asombrar y deslumbrar», decía. Pan y circo, creo que decía. Por eso no nos sorprendió, cuando encontramos un mozo de cuadra, que viniera de un circo y que solo llegara a la ijada del caballo. Cuando lo cepillaba, usaba una escalera de base firme y con la parte superior triangular, pero cuando lo montaba para que hiciera ejercicio daba un gran salto y caía con precisión sobre el reluciente lomo mientras el animal se encabritaba, gruñía e intentaba en vano lanzarlo por los aires, aunque inclinase el morro hasta el suelo y levantase las patas traseras hacia el cielo. Después desaparecían los dos en una nube de polvo y recorrían millas, el enano agarrado a las crines y gritando en su extraño lenguaje que ninguno de nosotros entendía.

Pero él lo entendía todo.

Hacía reír al emperador, y el caballo no podía con él, de modo que se quedó. Yo también me quedé. Y nos hicimos buenos amigos.

Una noche estábamos en la tienda que servía de cocina cuando empezó a sonar el timbre como si en el otro extremo estuviese el mismo diablo. Todos nos levantamos de un salto; uno corrió al asador mientras el otro pulía la plata, y yo tuve que volver a ponerme las botas para atravesar los surcos helados. El enano se echó a reír y dijo que prefería habérselas con el caballo que con el amo, pero nosotros no nos reímos.

Aquí viene rodeado del perejil que el cocinero cultiva en el casco de un muerto. Los copos de nieve son tan densos que me siento como la figurilla de nieve de un niño en medio de la ventisca. Tengo que entornar los ojos para seguir la mancha amarilla que ilumina la tienda de Napoleón. Nadie más puede tener una luz encendida a estas horas de la noche.

Escasea el combustible. No todos los que forman este ejército tienen tiendas.

Cuando entro, está solo, sentado ante un globo terráqueo. No me ve y sigue haciendo girar el globo, acariciándolo con las dos manos como si fuese el pecho de una mujer. Toso suavemente y él levanta la vista sorprendido, con una expresión de temor.

–Déjalo ahí y vete.

–¿No quiere que lo trinche, señor?

–No hace falta. Buenas noches.

Sé lo que quiere decir. Ahora, casi nunca me pide que le trinche el pollo. En cuanto me haya ido, levantará la tapadera de la bandeja, cogerá el pollo y se lo meterá en la boca. Desearía que toda su cara fuese boca para meterse en ella un pollo entero.

Por la mañana, tendré suerte si encuentro algún hueso.

Aquí no hay nada que dé calor, solo grados de frío. No recuerdo la sensación de un fuego cerca de mis rodillas. Hasta en la cocina, el lugar más caliente de todo el campamento, el calor es demasiado leve para difundirse y las cazuelas de cobre se empañan. Una vez a la semana me quito los calcetines para cortarme las uñas de los pies, los demás me llaman dandi. Tenemos la piel blanca, la nariz roja y los dedos azules.

La tricolor.

Lo hace para que se conserven frescos sus pollos.

Usa el invierno como despensa.

Pero eso fue hace mucho tiempo. En Rusia.

Hoy día, la gente habla de las cosas que hizo como si tuvieran sentido. Como si hasta sus más desastrosos errores fuesen solo consecuencia de la mala suerte o de un orgullo desmedido.

Fue un caos.

Expresiones como devastación, violación, matanza, carnicería, hambre, son palabras clave para mantener a raya el dolor. Palabras sobre la guerra que resultan agradables a la vista.

Os estoy contando historias. Creedme.

Yo quería ser tambor.

El oficial de reclutamiento me dio una nuez y me preguntó si podía romperla con dos dedos. No pude; él se echó a reír y dijo que un tambor debía tener las manos fuertes. Yo le presenté la nuez en la palma de la mano y le desafié a que la rompiera. Él se puso colorado y le or

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta