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LA PIANISTA

Elfriede Jelinek  

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Fragmento

I

Como un ciclón, la profesora de piano Erika Kohut entra atropelladamente en la casa que comparte con su madre. La madre suele llamar a Erika su pequeño torbellino, porque los movimientos de la niña son a veces de una rapidez extremada. Intenta escabullirse de la madre. Erika se acerca al final de la treintena. Por edad, la madre podría fácilmente ser su abuela. Erika vino al mundo después de muchos años de duro matrimonio. El padre cedió de inmediato el bastón de mando a la hija y desapareció de la escuela. Erika aparece, él desaparece. Hoy Erika ha llegado a ser hábil por necesidad. Como una multitud de hojas otoñales, entra disparada en la casa e intenta llegar a su habitación sin ser vista. Pero la madre ya está ahí, muy grande delante de Erika, y la enfrenta. Contra la pared y a ver qué ocurre; es inquisidor y pelotón de fusilamiento a la vez, reconocida sin discusión como madre tanto en el Estado como en la familia. La madre pregunta por qué Erika llega a esta hora, tan tarde. Hace ya tres horas que el último estudiante se ha ido a casa, cargando sobre sus espaldas el sarcasmo de Erika. ¿Crees tú, Erika, que no me enteraré de dónde has estado? Una niña ha de responderle a su madre sin que medie insistencia; pero su respuesta no merece crédito porque a la niña le gusta mentir. La madre aún espera, pero solo hasta contar uno, dos, tres.

Cuando ya va por el dos, la hija responde algo muy alejado de la verdad. La madre le arranca de las manos la cartera repleta de partituras y ahí, sin más, descubre la triste respuesta a sus preguntas. Cuatro volúmenes de sonatas de Beethoven comparten indignadas el escaso espacio con un vestido nuevo; salta a la vista que ha sido comprado recientemente. La madre estalla furiosa contra el vestido. Antes, en la tienda y colgado de la percha, el traje lucía atractivo, multicolor y suave; ahora yace tirado como un estropajo torpedeado por las miradas de la madre. ¡El dinero del vestido estaba destinado a la cuenta de ahorros! Ha sido malgastado prematuramente. Cuando hubiera querido habría podido solazarse con el vestido en forma de un depósito en la libreta de ahorros de la Caja Austríaca de la Construcción; bastaba con echar un vistazo al cajón de la ropa, donde la libreta de ahorros asomaba detrás de una pila de sábanas. Pero hoy fue sacada de paseo y se hizo un cobro. Ahí está el resultado: cada vez que quiera saber adónde ha ido a parar el buen dinero, Erika deberá ponerse el vestido. La madre grita: ¡Así desperdicias un premio futuro! Habríamos llegado a tener una casa nueva, pero como no has sido capaz de esperar, te quedas con un andrajo que dentro de poco tiempo estará pasado de moda. La madre lo quiere todo para el futuro. Nada para ahora. Pero, eso sí, quiere tener a la niña constantemente al alcance de su mano y siempre quiere saber dónde la puede localizar en caso de emergencia, si la madre siente la amenaza de un infarto. La madre quiere ahorrar ahora para poder disfrutar después. Y a Erika no se le ocurre nada mejor que comprar un vestido; casi más perecedero que una pizca de mayonesa en un panecillo con pescado. Este vestido estará pasado de moda no ya el próximo año, sino el próximo mes. El dinero, en cambio, nunca pasa de moda.

Los ahorros están destinados a un piso en un bloque de viviendas. El piso de alquiler en el que viven es ya tan viejo que no quedará más remedio que tirarlo. Juntas podrán elegir los armarios empotrados e incluso la distribución de los tabiques, ya que su piso está siendo edificado con un sistema de construcción completamente nuevo. Todo será hecho de acuerdo con los personalísimos gustos de cada una. La madre, que no cobra más que una pequeña pensión, determina lo que debe pagar Erika. En el flamante piso, construido según el método del futuro, cada una tendrá su propio reino; Erika aquí, la madre ahí, un reino claramente separado del otro. También habrá una sala de estar común para la convivencia. Si se quiere. Pero, de acuerdo con su naturaleza, madre e hija querrán siempre, porque forman una unidad. Ya aquí, en esta pocilga que poco a poco se viene abajo, Erika tiene un reino propio donde es mangoneada a gusto. No es más que un reino provisional, ya que la madre entra y sale cuando le da la gana. La puerta de Erika no tiene cerrojo y una niña no tiene secretos.

El espacio vital de Erika es su pequeña habitación; ahí puede hacer y deshacer. Nadie se lo impide, porque esa habitación es de su absoluta propiedad. El reino de la madre es todo el resto de la vivienda, porque el ama de casa que se preocupa de todo trastea por todos los rincones, mientras Erika no hace más que disfrutar de las labores domésticas maternas. Erika nunca ha tenido que maltratarse trabajando en la casa, debido a que los detergentes dañan las manos de la pianista. Lo que a veces preocupa a la madre, durante los escasos respiros que se da, son sus múltiples pertenencias. No siempre es posible saber con precisión dónde se encuentra cada objeto. ¿Y dónde está ahora tal o cual huidiza pertenencia? ¿En qué cuarto se oculta sola o acompañada? Erika, igual que el mercurio, esa sustancia escurridiza, quizá se escape detrás de la puerta y haga alguna tontería. Pero la hija se halla cada día puntualmente en el lugar que le corresponde: en casa. Con frecuencia, la inquietud hace presa de la madre, porque todo propietario aprende ya desde el comienzo y con sufrimientos: la confianza es buena, pero ha de haber control. El principal problema de la madre consiste en fijar un lugar, ojalá inamovible, para cada una de sus pertenencias con el fin de que no se escapen. A este propósito sirve la televisión, que lleva a la casa hermosas imágenes, bellas costumbres, todo prefabricado y bien envuelto. Gracias a ella, Erika está casi siempre en casa, y si alguna vez sale, se sabe con certeza dónde anda revoloteando. Ocasionalmente, Erika va a algún concierto por la noche, pero lo hace cada vez menos. Se pasa el tiempo sentada al piano y se regodea en su carrera pianística abandonada definitivamente hace ya mucho tiempo, o se deja caer como un espíritu maligno sobre los ejercicios de alguno de sus alumnos. En caso de emergencia se la puede localizar allí. O, para su solaz, Erika se cita con colegas afines para interpretar música de cámara y divertirse. También allí es posible llamarla. Erika lucha contra los lazos maternos y pide con insistencia que no la llame, pero la madre es indiferente ya que solo ella determina los mandamientos. La madre también decide sobre la disponibilidad de la hija, lo cual conduce a que sean cada vez menos los que quieren ver o hablar con la hija. La profesión de Erika es al mismo tiempo su pasión: el poder celestial de la música. La música ocupa completamente el tiempo de Erika. Ahí no hay espacio para nada más. Nada es más grato que una representación musical ofrecida por intérpretes sobresalientes.

Cuando Erika acude a alguna cafetería, una vez al mes, la madre sabe a cuál ha ido y puede llamar. Hace uso indiscriminado de este derecho. Un andamio doméstico para la seguridad y el hábito.

Poco a poco, la existencia de Erika pierde flexibilidad. Se desmorona de inmediato, cada vez que la madre da un manotazo de autoridad. En esos casos, para mofa de los demás, Erika aparece sentada con los restos del cuello ortopédico de su existencia y debe obedecer: tengo que irme a casa. A casa. Casi siempre está de camino a casa cuando alguien la encuentra por la calle.

La madre opina: La verdad es que me parece bien mi Erika tal como es. Probablemente no llegue más allá. Si solo yo, su madre, la hubiese tenido a mi cargo, y considerando sus aptitudes, habría podido llegar a ser una pianista que superara las fronteras regionales, sin dificultades. Pero, contra la voluntad de la madre, alguna que otra vez Erika estuvo sometida a la influencia de extraños; pretenciosos amores masculinos amenazaban con distraerla del estudio, superficialidades como el maquillaje y la ropa llamaban la atención de ciertas feas cabezotas, y la carrera termina antes de haber comenzado. Pero al menos tiene algo seguro entre manos: un puesto de profesora de piano en el conservatorio de la ciudad de Viena. Y ni siquiera tuvo que hacer años de prácticas en otras dependencias, en alguna de las escuelas musicales de distrito, donde tantos han dejado su juventud, grisáceos, polvorientos, jorobados: séquito efímero del señor director.

Únicamente esta vanidad. La maldita vanidad. La vanidad de Erika preocupa a la madre y la irrita hasta no poder soportarla. La vanidad es lo único de lo que poco a poco Erika aún debería ser capaz de desprenderse. Cuanto antes, mejor, porque en la vejez, que ya está a un paso, la vanidad es una carga muy pesada. ¡Y ya en sí la vejez es suficiente carga! ¡Esta Erika…! ¿Acaso las grandes personalidades de la historia de la música fueron vanidosas? No lo fueron. Lo único de lo que Erika aún deberá prescindir es de la vanidad. Si para ello fuera necesario, la madre limará con aspereza todas las superficialidades que Erika conserve.

Por ello, hoy la madre intenta arrebatar el nuevo vestido de las manos agarrotadas de la hija, pero sus dedos están bien entrenados. ¡Suéltalo!, dice la madre, ¡entrégamelo! Tu codicia de exterioridades ha de ser castigada. Hasta ahora la vida te ha castigado ignorándote, ahora también tu madre te castiga ignorándote, aunque te acicalas y pintarrajeas como un payaso. ¡Entrégame el vestido!

De súbito Erika se dirige a su armario. Se apodera de ella un sombrío recelo que ha visto confirmado en varias ocasiones. P

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