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LA PLATA DE BRITANIA (SERIE MARCO DIDIO FALCO 1)

Lindsey Davis  

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Fragmento

PRÓLOGO DE LA AUTORA A LA REEDICIÓN DE 2000

Todos los autores seguramente atesoran su primer libro publicado. Hoy, rememorando, me resulta difícil recordar cuán difícil era persuadir a los editores de los años ochenta de que aceptaran la idea de la ficción popular ambientada en el Imperio romano. Consideraban que, de algún modo, resultaba «demasiado difícil». Solo cierto tipo de clásico literario podía tratar del mundo antiguo, y las nuevas novelas sobre el pasado remoto eran vistas como poco aconsejables para ganarse al lector moderno. Hoy en día ello parece una actitud esnob y estúpida desde un punto de vista comercial, pero en aquel entonces yo corría un riesgo considerable. Al igual que numerosos autores nuevos e inocentes, me negaba a desistir.

Finalmente, di con Heather Jeeves, una agente literaria atrapada durante seis semanas en Nueva Zelanda con una pierna fracturada, que disponía de mucho tiempo para pensar cuál sería la mejor manera de colocar un manuscrito tan «difícil». Como numerosos libros un tanto inusuales, el mío tuvo el mérito de ser rechazado por los editores. Tras oír hablar de uno de quien se rumoreaba que era un clasicista (lo cual, de hecho, no era verdad), Heather le llevó La plata de Britania a Oliver Johnson, que hacía poco había recibido el encargo de crear una colección de ficción para Sidgwick & Jackson, una editorial que acababa de ser adquirida como subsidiaria de Macmillan. Más astuto que los demás, Oliver compró los dos primeros libros y en el mismo contrato le concedió los derechos sobre la edición de bolsillo a otro joven y perspicaz editor: Bill Scott-Kerr, de Pan Books. La venta a Estados Unidos de ambos títulos no tardó en producirse.

Prácticamente en cuanto los libros fueron publicados en Gran Bretaña, esa fuerza misteriosa conocida como «el boca a boca» comenzó a demostrar que todos teníamos razón. Los libros de la serie nunca han dejado de reeditarse. Ese es el mejor tributo posible a quienes tuvieron fe desde el principio. Sin ellos, y sin los oportunos golpes de suerte que nos reunieron a todos, puede que los dos primeros títulos jamás hubieran sido publicados y que el resto ni siquiera hubiese sido escrito. Así como siempre le estaré agradecido a Sidgwick y a Pan por arriesgarse a publicar las rarezas de una autora por entonces desconocida, me complace que ahora La plata de Britania y su secuela, La estatua de bronce, sean reeditados por la misma editorial que el resto de los títulos que conforman la serie protagonizada por Marco Didio Falco, que Oliver, hoy una presencia magistral en Random House, sigue editando. Por primera vez, todos los libros protagonizados por Falco estarán juntos, y me emociona la perspectiva de ver una versión completamente nueva de mi primer libro. ¡Y esta vez también me han dejado escribir el prólogo!

Siempre he leído novelas históricas, y cuando me inicié como autora los temas históricos eran los que más me gustaban. Creía que había un público entusiasta esperando novelas con buenos argumentos ambientadas en un período interesante. Las obras de ficción que intencionadamente pretenden obligar a las personas a «tragar» historia son horribles, y algo muy distinto. Evitad los libros de esos autores, dedicaos a leer cosas apropiadas. Mis corresponsales, que son personas de todas las edades, tendencias y orígenes, confirman que tienen un gran apetito por el pasado. A algunos les gusta aprender desde cero y de un modo entretenido, otros sienten nostalgia por los clásicos que leyeron en su juventud. También hay grupos entusiastas de la reconstrucción deseosos de cualquier cosa que los conecte con su período elegido, junto con muchos jóvenes que estudian historia antigua, arqueología o lenguas clásicas y que disfrutan de una perspectiva más relajada sobre aquello que estudian. Todos los entusiastas de Falco están buscando el proverbial «buen libro». Los lectores de ficción ansían el escapismo, y una manera de lograrlo es trasladarse a un mundo diferente, ya sea mediante la fantasía, un viaje o la vuelta al pasado, y con esta serie me di cuenta, desde el principio, que podía entusiasmar a estas tres categorías.

Al ser, supuestamente, una novelista romántica, empecé por abordar el período romano con una novela cien por cien histórica (al menos, tan lisa y llanamente como podía serlo algo escrito por mí) acerca de una larga aventura amorosa entre Antonia Caenis y Vespasiano.

Esta aparecería muchos años después con el título de La carrera del honor, aunque, tras terminarla, comencé a pensar que solo mis amigos más íntimos y mi familia llegarían a verla.

Necesitaba emprender otro camino, en una dirección distinta. Lo que me dio la idea fueron mis investigaciones sobre la Roma de los césares, en parte como una broma, desde luego: la de situar a un detective privado típico —como los del género moderno— entre los elegantes pórticos y las peligrosas callejuelas de la Ciudad Dorada de hace dos mil años. Parecía un entorno excitante en el que personajes tan dudosos como atractivos podían cometer toda clase de timos. La era post-Claudio, cuando empezaban los años más gloriosos del imperio, proporcionaba una sociedad aparentemente respetable y bien organizada en la que numerosas personas estarían intentando sacar tajada de forma legal... o no. Al igual que los detectives clásicos, un «informador» (un delator) tendría que ser un listillo espabilado que vivía del ingenio y de sus puños, despreciado por la profesión elegida.

La arqueología hasta le permite poseer la clase correcta de despacho en un piso alto de un edificio; las viviendas de la antigua Roma eran lugares sórdidos que, según nos informan los autores satíricos latinos, sufrían un peligroso abandono por parte de caseros deshonestos. Consistían en edificios de apartamentos estrechos, atestados y ruinosos en los que los más pobres ocupaban los pisos superiores. Allí acudía toda clase torvos personajes con ofertas de trabajo, tan dudosas como mal pagadas, para Falco. Los vigiles, los guardias nocturnos que hacían las veces de bomberos y policías, podían proporcionar a nuestro héroe un amigo entre los funcionarios públicos, un contacto entre los miembros de la burocracia, algo imprescindible para el éxito de un detective privado.

Al mismo tiempo, y dado que era imposible que mi personaje hubiese tenido ocasión de leer los libros acerca de sus modernos compañeros de profesión, no conocería las reglas y, por lo tanto, no se vería obligado a respetarlas. Por ejemplo, aunque a Falco le gustan las mujeres, nadie le ha dicho que se supone que debe amarlas y abandonarlas, tontear con una maravillosa criatura distinta en cada una de sus aventuras y nunca verse obligado a enfrentarse a un padre furibundo y ni siquiera arriesgarse a una demanda de paternidad. No quiero estropear la historia, así que no diré lo que hace en cambio. El resultado ni siquiera fue el que yo había planeado, por no hablar del que él mismo hubiese esperado...

Veía una gran oportunidad de saltarme los clichés, sobre todo cuando hacerlo podía interpretarse como una broma. El detective privado clásico es un solitario, un hombre de un pasado muy impreciso —un veterano de guerra, por ejemplo— en el que quizá se comportara como un héroe, de manera que podamos creer que es capaz de ganar sus batallas. Esta figura dura y cínica suele destacarse por no tener una familia. En el mejor de los casos está acosado por un divorcio tormentoso, pero jamás ostenta padres ni hermanos, una ciudad natal o una escuela a la que asistió siendo niño. Al respecto, en el caso de Falco me parecía que debía proporcionarle una vida absolutamente antitética, empezando por una familia italiana típica al frente de la cual se halla una matriarca furibundamente libre en una sociedad supuestamente patriarcal. La responsabilidad para con la familia constituía un deber para el varón romano, y yo quería que Falco tuviera los problemas correctos..., aun cuando se esfuerza por evitarlos. ¿Cómo iba yo a saber que eso se volvería tan popular? Tanto los parientes preocupados y problemáticos de mi héroe, sus leales amigos y sus astutos adversarios, como sus vecinos de las calurosas callejuelas en torno al patio de la fuente del Aventino, se han convertido, para muchos lectores, en el aspecto más interesante de mis libros. Me divierte enormemente hacer el catálogo de un reparto cada vez mayor de personajes e imaginar sus extrañas vidas. Los habituales —a muchos de los cuales los nuevos lectores conocerán aquí, en La plata de Britania— han adquirido apasionados seguidores que a menudo apoyan a los peores réprobos. Incluso las mascotas ya tienen sus devotos, y recibo tremendas críticas si omito las más populares.

Escribir sobre un período histórico ha sup

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