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LA PRIMERA ESTRELLA DE LA NOCHE

Nadia Ghulam   Javier Diéguez  

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Fragmento

Carta al lector

Conocí a Nadia en el aeropuerto de Barcelona. Concretamente en la cola de facturación, como en las buenas películas. Corría el verano de 2009, y los dos nos habíamos ganado una plaza en la Escuela de Orient, una iniciativa de diversos organismos públicos por la que apenas una decena de universitarios españoles, estadounidenses y asiáticos disfrutarían de una semana de debates y camaradería en una apartada masía de la sierra de Tramontana, en Mallorca.

Debo admitir que siempre he sido algo tímido, y estaba nervioso. Primero se giró a saludarme su madre catalana, Maria. Después fui yo quien busqué la mirada de Nadia. Entonces aún no lo sabía, pero en ese preciso instante cambiaría mi vida. Acababa de conocer a la que en apenas unos días se iba a convertir en mi mejor amiga, aunque en aquel momento desconocía todo acerca de ella.

Nadia tenía parte del rostro surcado de profundas cicatrices, pero su mirada desprendía un aura y una calidez muy especial. Nos saludamos con un abrazo y un beso, y tuve la sensación de que ya la conocía. De que la conocía desde siempre.

Aquel viaje, que esperaba que estuviera cargado de profundos debates con mis compañeros y de algunos momentos de paz e introspección personal, se acabó convirtiendo, simplemente, en «el viaje en el que conocí a Nadia». ¿Sabes, querido lector, cómo se cocinan las patatas a la manera afgana? Yo sí, me lo enseñó Nadia, y es algo del todo increíble. ¿Y si te dijera que en el cielo de Kabul es posible ver la eternidad, si tienes la paciencia y la fe necesarias? Sí, sí, has leído bien, la eternidad. Pues es cierto, y también me lo enseñó Nadia.

Podría decirse que nuestra amistad se fraguó definitivamente en una preciosa noche de fuegos artificiales que ninguno de los dos contemplamos. Fue una de las pocas noches que bajamos de aquella masía perdida entre los riscos de la isla. Todo nuestro grupo estaba ante la playa, de cara al mar, esperando el inicio del espectáculo, cuando Nadia se acercó a Imma Llort, la organizadora, y le comentó que prefería dar un paseo por la ciudad. Insistieron en que se quedara, pero no hubo manera, estaba decidida. Empezaba a conocerla, y si no quería estar allí tendría un buen motivo para ello, pensé entonces. Y no me equivocaba. Fui el único que se ofreció a acompañarla.

Aquella noche me lo confesó: «A los ocho años una bomba destruyó mi casa, y quedé atrapada entre los escombros. Las cicatrices que recorren mi cuerpo son la terrible herencia de aquel día. Por suerte mi madre evitó que me quemara aún más. Ahora ya lo sabes... Los fuegos artificiales me recuerdan la guerra, el detonar de las bombas». Me quedé helado, y sólo atiné a abrazarla.

Esa misma noche me dijo que no esperaba volver a hacer una amistad tan profunda como las que había dejado en su país. Pero que lo había conseguido conmigo. Me emocionó. Yo sentía algo muy parecido; había conocido a una de aquellas pocas personas que, estaba seguro, iban a acompañarme toda la vida.

A partir de aquel día me fue desgranando la que había sido su vida hasta entonces; la bomba que le desfiguró el rostro y le quemó parte del cuerpo, los meses en coma, el despertar, la larga convalecencia y las continuas operaciones quirúrgicas. Supe entonces que los dos años que siguieron a aquella maldita bomba los pasó entre hospitales y campos de refugiados, porque su país continuaba en guerra.

Me contó cómo su hermano mayor, Zelmai, fue asesinado en la Kabul controlada por los talibanes. Lo mataron para robarle la bolsa de comida y el dinero que llevaba. La vida no valía más que eso en el Afganistán de entonces. Su padre recuperó el cadáver y le dio sepultura, pero fue incapaz de superar la terrible pérdida de su hijo y la locura se apoderó de él. Nunca volvió a ser el mismo.

Su familia estaba destinada a morir de hambre o a malvivir de la caridad, ya que los talibanes habían prohibido trabajar a las mujeres, y no podían contar con su padre, que era ya el último hombre de la familia. Fue entonces cuando tomó la decisión más trascendental de toda su vida: decidió ponerse la ropa de su hermano y hacerse pasar por él. ¿Por qué lo hizo? Porque no estaba dispuesta a dejar que sus hermanas tuvieran una vida miserable. Y convirtió su dolor en una ventaja: con su rostro, desfigurado por las quemaduras, nadie sabría que en realidad era una mujer.

Estuvo más de diez años trabajando, haciéndose pasar por un chico, desde los once hasta los veintiún años. Pasó de ser Nadia a ser Zelmai. Limpió pozos, aró campos, cocinó para los talibanes, reparó bicis... Mantuvo así a su familia. Diez largos años conviviendo con el miedo constante a ser descubierta. Diez largos años en los que incluso su propia familia llegó a olvidar que alguna vez había sido Nadia, que realmente era Nadia y no Zelmai, aunque se disfrazara cada día para conseguir un poco de pan y verduras con los que volver a casa.

Me explicó, siempre con una buena dosis de optimismo, que jugarse la vida día tras día haciéndose pasar por un hombre durante el régimen talibán no fue, a pesar de todo, tan malo: gracias a ello pudo estudiar en Kabul, algo que tenían prohibido las mujeres, y ser ayudante del mulá, con lo que amplió enormemente su conocimiento del islam y advirtió así cómo los talibanes manipulaban la religión a su antojo, con el único fin de mantener al pueblo afgano bajo su yugo y en la más completa ignorancia.

Supe entonces cómo, a los diecinueve años, Nadia conoció a Mónica Bernabé, una periodista española afincada en Afganistán que gestionaba ASHDA, una ONG que la trajo a Barcelona, donde operación tras operación consiguieron reconstruirle el rostro, y que se ocupó de buscarle una familia. Fue así como conoció a sus padres catalanes, Maria y Josep. 

A partir de aquel verano llegué a conocer todo acerca de su vida, y al profundo cariño que le tenía se sumó el orgullo, un orgullo enorme por cómo era, por lo que había hecho, por lo que significaba. Si Afganistán necesitaba de ejemplos a seguir, de heroínas, Nadia lo era.  

Un año más tarde publicaba su primera novela, El secreto de mi turbante, donde narraba todo lo que yo ya sabía. Fue un gran éxito: ganó el Prudenci Bertrana de aquel año, se tradujo a media docena de idiomas y convirtió a Nadia en un personaje público. Yo mismo la acompañé por buena parte del territorio catalán de presentación en presentación, y eran pocas las semanas en que no salía en alguna de las cadenas de televisión españolas, o en los diarios de mayor tirada del país.

En todos y cada uno de aquellos viajes, tras cada encuentro, me confesaba su mayor aspiración: contar al mundo que las verdaderas heroínas son las mujeres afganas que siguen en el anonimato. Las que soportaron en toda su crudeza el ser mujer durante la guerra civil y el régimen talibán. Todas y cada una de las valientes mujeres afganas. Algún día, me decía, contaré la historia de las mujeres de mi familia, seré la voz de todas aquellas mujeres afganas que no tienen voz.

Eso mismo es este libro, querido lector. La historia de una familia de mujeres afganas, la de Nadia. Un libro que pretende dar voz a

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