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LA PROMESA DEL SUCESOR (LA LEY DEL MILENIO 3)

Trudi Canavan  

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Fragmento

1

Más que oír el sonido, lo sintieron: un estremecimiento profundo que producía un temblor a través de los pies y una vibración en el pecho. Todos a una, los torneros alzaron la vista; luego, cuando la sensación pasó, se volvieron hacia Tyen.

Desplazó la mirada por sus preocupados rostros, en los que se reflejaba un temor creciente e impreciso. Como todos estaban muy quietos, un pequeño movimiento cerca de la puerta principal del taller captó la atención de Tyen al instante. Una sombra con forma humana había aparecido y se tornaba más definida y oscura por momentos. Era una mujer, con los labios apretados en un gesto adusto.

—Arcillarca Fursa —dijo él, y cuando los demás se volvieron hacia la hechicera, adoptaron una expresión respetuosa y se llevaron dos dedos al corazón para saludar a su líder. Tyen siguió su ejemplo.

—Tyen Tornero —dijo la mujer mientras emergía al mundo—. Han atacado el Gran Mercado. Necesitamos ayuda. —Miró alrededor—. De todos vosotros.

Tyen asintió.

—¿Y los atacantes?

—Se han ido. —Inspiró profundamente y exhaló, con un brillo de angustia en sus negros ojos—. Se ha hundido medio tejado. Muchos han quedado sepultados.

Los fabricantes de tornos intercambiaron miradas de espanto. Tyen recogió un trapo para limpiarse la grasa de las manos.

—Iremos para allá de inmediato.

Ella movió la cabeza afirmativamente antes de desvanecerse.

—Yo os llevo —se ofreció Tyen. Los otros torneros se apartaron de las máquinas con las que estaban trabajando y se unieron a él en el único espacio despejado de la habitación, la zona situada frente a la puerta principal. Cada artesano tocó al que tenía más cerca; hombres y mujeres unidos por el contacto—. ¿Listos?

Se oyó un murmullo de asentimiento, y todos respiraron hondo. Tyen absorbió la magia que había a gran altura, dejando la que envolvía la ciudad a disposición de los hechiceros más débiles con un alcance menor. Aunque Doum era un mundo rico en magia, y el hueco que él iba a dejar no tardaría en rellenarse cuando la energía que lo rodeaba fluyera para ocupar el vacío, Tyen no quería ser el culpable de que otros hechiceros no pudieran prestar ayuda en el lugar del desastre.

Cuando se impulsó para alejarse del mundo, el taller pareció palidecer hasta perder todo rastro de color, y todos los sonidos cesaron. Tyen percibió una hendidura reciente en la sustancia del espacio entre mundos que conducía a la sede del Consejo, con toda seguridad creada por la arcillarca Fursa cuando se había abierto paso hasta ellos. Consciente de que sus empleados y él solo sobrevivirían en el espacio intermedio durante el rato que fueran capaces de aguantar sin aire, los impulsó con rapidez hacia arriba, a través del techo y la primera planta, hacia un cielo azul apagado. Una vez en lo alto, oteó Alba, la ciudad de alfareros más grande y célebre de Doum, buscando la conocida silueta arqueada del Gran Mercado.

Cuando la avistó, se quedó paralizado por la impresión. O Fursa había minimizado la magnitud de los daños, o se habían producido más desde que ella se había marchado. Solo quedaba en pie una cuarta parte del extraordinario tejado ondulado, formado por varias capas de azulejos unidas entre sí con cemento.

Se propulsó hacia allí.

El Gran Mercado había sido un edificio hermoso. Albergaba puestos donde se vendían los mejores artículos de la ciudad, de día y de noche. «¿Por qué iba alguien a intentar destruirlo?», se preguntó. ¿Procedía el ataque de una ciudad rival o del exterior del mundo? Un ataque contra el Gran Mercado constituía un ataque contra la principal fuente de ingresos de Alba. Y también contra el lugar que él se había esforzado en convertir en su nuevo hogar desde hacía cinco ciclos, un lugar que amaba más que su mundo natal. La rabia empezó a apoderarse de él.

Sin duda los arcillarcas, elegidos por los maestros artesanos de las ciudades de Doum, conocían más detalles de lo sucedido. Tyen podía leerles el pensamiento en busca de información, pero ellos, al igual que muchos pueblos de los mundos, prohibían la lectura mental sin permiso. Él se había habituado a obedecer dicha ley, entre otras cosas porque, si la transgredía, bastaría un desliz por su parte para delatarse y perder toda la aceptación que había conseguido granjearse. Quizá gozaba de cierto respeto como hechicero poderoso y como inventor de los primeros tornos que funcionaban con magia, pero como forastero aún despertaba recelos.

La ciudad se tornó borrosa al desplazarse a toda velocidad a sus pies. El edificio ruinoso se agrandó y cobró nitidez con la proximidad. Conforme se acercaban a las paredes derruidas e irregulares, un gran montón de escombros apareció en las sombras que se extendían en medio. Fragmentos de cristal relucían entre los cascotes. Unos pocos restos de los puestos sobresalían de aquel amasijo, pero tanto la mercancía como los ocupantes habían quedado totalmente sepultados. Había gente recogiendo y llevándose trozos. Otros yacían en el suelo entre los puestos que quedaban, con la ropa ensangrentada. Unos se movían, otros no.

Esta escena trajo consigo el recuerdo de una elevada construcción que se venía abajo y un profundo sentimiento de culpa. Tyen ahuyentó ambas cosas de su mente. Habían transcurrido diez ciclos desde el trágico derrumbamiento del Castillo de la Torre —los ciclos eran una medida de tiempo equivalente a los años utilizada por hechiceros y mercaderes intermundiales, pues no había dos mundos cuyos años coincidieran de forma exacta—, pero él aún lo recordaba con claridad. Su determinación de prestar auxilio se tornó más férrea. «Esta vez puedo hacer algo por estas personas —se dijo—. Si me dejan.»

Hizo descender a sus artesanos, buscando un lugar seguro donde materializarse. Decidió no devolverlos al mundo en el interior del edificio, por temor a que la parte del tejado que quedaba se desplomara. «Fursa ha dicho que éramos los hechiceros más próximos, así que es posible que aún no hayan llegado muchos. Será mejor que proteja a todo el mundo con un escudo por si las paredes se derrumban hacia fuera.» La plaza situada frente al edificio estaba repleta de curiosos. Los voluntarios salían corriendo del edificio y arrojaban escombros en montones que crecían con rapidez antes de volver a entrar a toda prisa. Como no había cerca un espacio despejado al que emerger, Tyen eligió una zona que se encontraba a veinte pasos de distancia y aguardó a que los que estaban allí de pie se dieran cuenta y se apartaran de su camino.

No tardaron mucho. Al vislumbrar a aquel grupo semitransparente, los mirones se apresuraron a hacerse a un lado. Una vez desalojado aquel espacio, Tyen devolvió a sus artesanos al mundo. Todos tomaron grandes bocanadas de aquel aire polvoriento y rompieron a toser. Algunos se llevaron las manos a la cara cuando recobraron de golpe la capacidad de manifestar físicamente las emociones, algo imposible entre los mundos. Sin embargo, tras respirar hondo para recuperarse del viaje, enderezaron la espalda, y las manos con que cada uno se aferraba a su vecino para que Tyen los transportara a todos pasaron a dar palmaditas y apretones de aliento.

—Veamos qué podemos hacer —dijo Tyen, y echó a andar hacia el edificio.

Cuando entraron, alzó la vista hacia lo que quedaba del techo. Solo se mantenía en pie una de las cinco altas columnas centrales. Absorbió magia e inmovilizó el aire por encima de sus artesanos para formar un escudo, tal vez con una fuerza excesiva, a juzgar por el helor que nubló el aire de inmediato.

—Eso no es necesario, Tyen Tornero —dijo una voz masculina desde algún lugar a su derecha—. Nosotros estamos sosteniendo el techo.

Tyen buscó con la mirada a la persona que había hablado. La figura conocida de un anciano apareció, serpenteando entre los artesanos.

—Maese vidriero Rayf —exhaló Tyen—. ¿Cómo podemos ayudar?

—¿Posee alguno de vosotros poderes de sanación? —preguntó Rayf.

Los artesanos se miraron entre sí, casi todos sacudiendo la cabeza.

—Yo tengo algunas nociones —respondió un joven—. No de sanar con magia; solo de hacer vendajes y suturas.

—Estuve formándome durante un tiempo en Faurio —dijo Tyen. «Hasta que un exrebelde me reconoció», añadió para sí. «Y tuve que elegir entre matarlo o marcharme»—. Allí adquirí algunos rudimentos.

Rayf posó la vista en Tyen y arqueó una ceja.

—¿Sabes sanar con magia?

Tyen negó con un gesto.

—Solo los inmarcesibles son capaces de hacer eso.

El anciano clavó en él unos ojos penetrantes al oír esta información. Sin duda se preguntaba si aquel poderoso hechicero de otro mundo podía envejecer... o, más bien, qué supondría para Doum que no pudiera. Lanzó una mirada fugaz por encima del hombro de Tyen y frunció el ceño. Se le acercó ligeramente.

—Explora mi mente —lo invitó en voz baja.

Tyen así lo hizo y, junto con una honda inquietud, percibió una imagen de los puestos que tenía detrás. Tras una fila de personas ocupadas en las labores de desescombro, entre las vasijas apiladas en una caseta intacta, había una sombra más profunda. En su interior resplandecían un par de ojos fijos en el gran montón de cascotes.

Rayf dirigió de nuevo la vista hacia el rostro de Tyen.

—No puedo leerle la mente. ¿Quién es? —susurró.

Tyen proyectó sus sentidos hacia atrás en busca del que estaba escondido. Puso mala cara cuando localizó su mente.

«Esto llevará horas —pensó el desconocido—. Cuanto más tiempo permanezca aquí, mayor será el riesgo de que alguien me descubra. ¿Por qué he de exponerme a que me apresen, si no fui yo quien ordenó el ataque contra este lugar? Si de verdad ha muerto un arcillarca, el emperador no negociará mi liberación. Me abandonará a mi suerte.»

—Se llama Axavar —murmuró Tyen—. Es de Murai. Un mago de la Escuela de Hechicería.

—¿Es uno de los responsables de esto?

Tyen asintió.

—Lo han apostado aquí para que se asegure de que los atacantes no hayan matado a algún arcillarca. El emperador solo tomará medidas contra los que han ordenado el ataque si uno de nuestros líderes ha muerto.

Rayf entornó los párpados.

—¿Quiénes lo han ordenado?

—Él sospecha que los mercaderes muraianos.

Al viejo se le escapó un siseo.

—Pretenden castigarnos por fijar precios mínimos, sin duda. ¿Qué mercaderes?

—No está pensando en ninguno en particular. Es un subalterno. Demasiado joven para haber alcanzado una posición de autoridad.

Además, no parecía muy afligido por lo que su gente y él habían hecho allí. Tyen sacudió la cabeza. Era de una crueldad increíble matar a tantas personas por negarse a vender su mercancía a precios demasiado bajos. Si los pensamientos de Axavar eran correctos, los comerciantes de Murai habían concluido que su propia supervivencia dependía de su capacidad para vender el género de Doum con un margen de beneficios razonable..., aunque Tyen sospechaba que para ellos «supervivencia» no significaba evitar el hambre, sino solo la disminución de su inmensa fortuna.

—¿Qué queréis que haga yo? —preguntó Tyen.

Rayf vaciló, con las facciones tensas a causa de la indecisión; cuando alguien lo llamó, el semblante se le iluminó un poco. Al volverse, ambos vieron a varios hombres y mujeres con túnicas rojas que entraban en el edificio con andar resuelto. Uno de ellos se dirigió hacia Rayf mientras los demás se dispersaban para atender a los heridos.

—Ah, bien. Los sanadores de Payr han llegado. —El anciano se volvió de nuevo hacia Tyen—. Síguelo cuando se vaya. Averigua quién más es responsable, y si el emperador está detrás de esto.

Tyen hizo un gesto afirmativo. Tras respirar hondo, se impulsó para apartarse del mundo hasta que apenas era capaz de determinar su posición respecto al edificio. Solo alguien que se fijara muy bien habría detectado que él no había desaparecido. Describiendo una curva amplia, se acercó al muraiano por detrás.

En el último momento, este se dio la vuelta y vio a Tyen. Saltó al espacio intermedio como una centella y huyó a toda velocidad.

Tyen se lanzó en su persecución.

Las ruinas del Gran Mercado se desvanecieron de su vista. La sustancia del espacio intermedio se agitaba a los lados del camino que estaba abriendo Axavar. Cuando Tyen empezó a ganarle terreno, el hombre aceleró. Tyen habría podido alcanzarlo, pero se contuvo y dejó que aumentara la distancia entre ellos. Más valía que Axavar creyera que había conseguido burlarlo para que lo guiara directamente hasta su destino.

Allí, con toda seguridad, se hallaría el resto de los hechiceros que habían atacado el mercado. Tyen tendría que aproximarse con sigilo, asegurándose de que no lo vieran. Aunque era poco probable que un solo hechicero muraiano fuera lo bastante poderoso para representar una amenaza frente a él, no podía saber lo fuertes que serían juntos. Por otro lado, debía evitar darles la impresión de que era la vanguardia de un contraataque por parte de Doum, pues algunos de ellos podrían regresar a Alba para lanzar otra ofensiva.

Una vez rebasado el punto medio entre los mundos, donde nada resultaba visible, unas sombras emergieron lentamente de la blancura. Una ciudad se extendía debajo de ellos, tornándose más definida por momentos. Se asentaba al pie de un acantilado desde el que se precipitaba un gran salto de agua que envolvía la población en una nube de rocío. El río que discurría por la base dividía la ciudad en dos mitades cosidas entre sí por una serie de elegantes puentes.

Se trataba de Glaemar, la capital del país más poderoso de Murai y residencia del emperador, cuyos dominios lo abarcaban todo excepto un puñado de territorios lejanos demasiado pobres para que sintiera la tentación de conquistarlos. Tyen la había visitado en la época en que se había establecido en Doum, llevado por la curiosidad de conocer al vecino rico y poderoso, además de ser el principal comprador de los productos de los alfareros. Aunque el clima de Glaemar era mucho más fresco que el de Alba, poseía una cultura más refinada... y menos acogedora. La riqueza y el poder se transmitían por línea hereditaria, y los pobres vivían sometidos a un estado de servidumbre perpetuo. Las habilidades mágicas solo conferían una libertad limitada respecto a las rígidas normas que establecían las clases sociales.

A Tyen todo aquello le recordaba mucho a su lugar de origen, el gran Imperio leraciano que había sojuzgado y colonizado casi todo su mundo, aunque la ciudad de Beltonia, con su avanzado sistema de alcantarillado, era bastante menos apestosa que las cunetas cubiertas de Glaemar, por las que fluían con lentitud las aguas negras.

Axavar se lanzó en picado hacia su mundo y se frenó en el último momento para modificar su posición. Tyen lo siguió a cierta distancia, consciente de que su objetivo, debido a sus inferiores dotes mágicas, tenía menos facilidad para detectar otras presencias en el espacio intermedio. Por fin, Axavar descendió de golpe hacia un edificio grande con un patio interior cuadrado.

Tyen permaneció a tal altura por encima de la ciudad que sus habitantes apenas lo habrían distinguido de una mota en el cielo. Aun así, creó una esfera de aire inmóvil en torno a sí cuando emergió al mundo, tanto para mantenerse suspendido como para protegerse. Aguardó poco rato, hasta que la mente de Axavar se tornó legible.

Se había materializado en la Escuela de Hechicería. Se oyeron pisadas procedentes de todas direcciones cuando otros magos acudieron a su llamada. Imágenes de rostros de hombres y mujeres que se asomaban a los balcones afloraron a su mente. Otros salían a paso veloz de los pasajes abovedados que tenían debajo. Todos fijaron la vista en Axavar mientras este balbucía una explicación y una advertencia.

Era posible que un hechicero lo hubiera visto, les dijo. Tal vez lo había seguido. Podía aparecer allí de un momento a otro.

Axavar percibió que unas líneas radiales de oscuridad brotaban alrededor de los hechiceros mientras absorbían magia, preparándose para lidiar con un posible intruso. Pero Tyen no tenía la menor intención de enfrentarse a ellos. En vez de eso, les inspeccionó la mente. Descubrió que maese Rayf estaba en lo cierto. Cuando los arcillarcas de Doum habían establecido precios mínimos, los mercaderes muraianos habían decidido tomar represalias contratando a cinco graduados de la Escuela de Hechicería de Glaemar para que viajaran a Alba y destruyeran el Gran Mercado.

Sabían que el emperador los castigaría si moría algún líder de Doum. Los muraianos no concedían importancia a las muertes de los hombres, mujeres y niños que atendían los puestos, pues en su cultura los tenderos ocupaban un peldaño muy bajo en la escala social. Solo las personas con cierta autoridad importaban. En Doum, en cambio, el comercio estaba controlado por las familias de los alfareros, ladrilleros, azulejeros y otros productores, entre ellos varios parientes de los arcillarcas. Los familiares que carecían de talento artístico pero poseían habilidad para los números y la negociación eran tan valiosos como los creadores, pues los liberaban de estas tareas y les permitían concentrarse en su trabajo.

Los colegas de Axavar se encontraban frente a la directora de la Escuela de Hechicería, una mujer llamada Oerith, que no creía que un hechicero doumiano se atreviera a asaltar la escuela por su cuenta. Aun así, buscarían información y, en cuanto se enteraran de por qué habían atacado el Gran Mercado, quizá volvieran para vengarse de los mercaderes, o incluso arremeterían contra el mismo emperador. Culparían a Axavar por haber dejado que lo descubrieran. A menos que ella actuara con suficiente celeridad para advertir a todo el mundo. Los nombres de los mercaderes que estaban detrás del ataque no habían sido revelados a la escuela, pues se habían comunicado con ella a través de un intermediario, pero el emperador seguramente los conocía, o averiguaría quiénes eran cuando la noticia llegara a sus oídos. Tras ordenar a la escuela que apostara un guardia y se preparara para defenderse, Oerith se impulsó para apartarse del mundo y su mente quedó en silencio

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