Loading...

LA PUERTA PINTADA

Carlos Aurensanz  

0


Fragmento

1

Jueves, 7 de julio de 1949

Poco imaginaban los confiados parroquianos del Nuevo Casino de Puente Real, dispuestos a ocupar sus asientos bajo las enormes aspas del ventilador en aquella tórrida tarde de verano, que el drama que iba a cambiar sus vidas ya había comenzado. El zumbido del aparato quedó eclipsado un instante por el chirrido de las sillas al arrastrarse por encima de la tarima cuando Manuel Vega y sus tres acompañantes se acomodaron en sus lugares habituales antes de terminar los saludos, los chascarrillos y los desafíos verbales que cada día, casi como un ritual, precedían a la partida.

Benito, el engolado camarero, esperó a que todos estuvieran alrededor de la sólida mesa de mármol para acercarse sosteniendo con maestría en la mano izquierda su inseparable bandeja redonda, con las cuatro tazas de café humeante que distribuyó a ambos lados del tapete. Después sirvió las copas. Colocó el coñac junto al capitán Solís, sorteando el taburete en que este acostumbraba dejar su arma reglamentaria, siempre cubierta por el tricornio. El anís era para mosén Hipólito, el archivero de la catedral, que trataba de despegarse el alzacuello de la abundante papada con dos dedos, sudando dentro de la sotana. Dio la vuelta a la mesa de espaldas al ventanal entreabierto para dejar el aguardiente a la derecha del alcalde y vació la bandeja cuando acercó a don Manuel la copa de Ponche Caballero. Dejó un cenicero de la mesa contigua y, con la servilleta blanca pulcramente doblada en el antebrazo izquierdo, terminó por preguntar:

—¿Desean algo más los señores?

—Abre la ventana del todo y retira la cortina, a ver si entra un poco de aire fresco —pidió el archivero.

—Fresco no será, mosén —contestó el alcalde—, que viene de bochorno. No nos queda más que aguantar.

El capitán dejó la taza en el plato después de darle un sorbo, cogió el mazo de cartas y aprovechó para terciar mientras empezaba a barajar.

—No te quejes, Hipólito, que más calor pasarán los que están trillando —soltó con sorna, y dejó la baraja a su derecha—. Corta, anda, que hoy os desplumamos. Nos vamos a tomar la revancha, ¿eh, Manuel?

El médico se estaba secando con el pañuelo los ojos permanentemente llorosos, pero respondió:

—Eso será si el Altísimo se despista y deja de favorecer a su ministro... ¡Que no es normal cantar tres veces las cuarenta, diantre!

—Déjate de ayudas divinas y de excusas, Manuel. ¡A un aragonés vais a ganar vosotros al guiñote! —exclamó el cura, que iba cogiendo con los dedos regordetes las cartas que el capitán repartía.

—Siendo el día que es, a ver si es san Fermín el que nos echa algún capote. A nosotros, a ser posible. —El capitán Solís rio.

—Deja en paz a san Fermín, Domingo, que bastante trabajo tendrá hoy por la capital. —Bromeó al recoger la primera baza.

—¿Qué tal Margarita, por cierto? —preguntó el alcalde, sonriendo aún.

—Pues ya me gustaría decirte que bien, pero me temo que no puedo —respondió Manuel—. Le va a costar mucho superarlo... si es que lo hace. La he dejado descansando un rato, al cuidado de Carmencita.

—Fue muy duro, también para ti, Manuel. Un hijo es un hijo. Pero si algo sabemos todos es que el paso del tiempo ayuda —añadió con gesto de contrariedad, quizás arrepentido de haber sacado el tema—. ¿Qué le voy a contar yo a un médico? De todas formas, has hecho bien en recuperar la costumbre de la partida, no es bueno encerrarse en el dolor.

—Y yo os agradezco que me hayáis acogido de nuevo —murmuró Manuel, acercándose el pañuelo a los ojos una vez más.

—¡Coño, Manuel! Eres el único que puede ayudarme a ganar una partida a estos dos —soltó el capitán, para romper la tensión.

—¡Veinte en copas! —anunció don Hipólito.

—¡No te digo! ¡Ya estamos! —protestó frunciendo el ceño.

Cuando terminó la primera partida, el alcalde se volvió hacia el ventanal abierto y retiró la cortina. La mole del edificio del Nuevo Casino empezaba a sombrear el inicio de la calle Gaztambide, que daba acceso a la plaza de los Fueros desde la carretera de Zaragoza, por la que bajaba, ruidoso, el coche de las cuatro de La Veloz Puentesina. El vetusto autobús iba completo, de modo que varios mozos de blanco y rojo compartían el espacio del techo con el equipaje.

—¡Ah, la juventud! —exclamó el alcalde, volviéndose de nuevo para coger sus cartas—. Por nada del mundo pasaría yo ahora dos o tres horas ahí arriba, a pleno sol, para subir a Pamplona.

—¿No te han invitado siendo hoy el patrón?

—Sí, claro que sí. Hemos recibido invitación oficial del Ayuntamiento y del gobernador civil, pero estoy descubriendo que ser mutilado de guerra y arrastrar una pierna te permite tomar decisiones que de otra manera serían interpretadas como descortesía. De todas formas, ha acudido una buena representación, tres concejales con Herminio a la cabeza.

—Bueno, ahí está siempre el vicealcalde, dispuesto a asumir esas funciones —dejó caer el capitán, con sorna.

—¡Solís...! —exclamó el alcalde con media sonrisa, utilizando el apellido como hacía cada vez que reconvenía a alguien.

—¡Joder, Santiago! —soltó el capitán en voz baja y mirando de soslayo a las mesas contiguas—. Que nos conocemos hace muchos años, como para andarnos con remilgos.

—Estamos en el mismo barco, Domingo. Y es mi deber cuidar de que esta tripulación se mantenga unida, por la cuenta que nos trae.

—Qué bien hablas, alcalde... En eso ni Herminio te supera.
—El capitán rio.

—¡Las cuarenta! —cantó mosén Hipólito.

—¡Joder, mosén! ¡Las mata callando!

—¡Arrastro! —anunció de nuevo cuando se acabaron las cartas del mazo.

—No te despistes, Domingo —bromeó Manuel—. Contra estos dos hay que jugar con los cinco sentidos.

—No hace falta contar —dijo ufano el archivero—. Dos a cero.

Benito se acercó para retirar las tazas del café, y el alcalde aprovechó para encender el puro que se había sacado del bolsillo de la chaqueta. El agradable aroma del tabaco se extendió en torno a la mesa.

—¿Y de dónde viene lo de «mosén» Hipólito? —preguntó el capitán—. Siempre te lo quiero preguntar y nunca lo hago.

—Ya sabes que soy de Zaragoza. Acabé aquí en los fatídicos años de la República, ¡quiera Dios que no se repita un infierno como aquel! Conocía al que entonces era deán, y él sabía de mi trabajo en el archivo Diocesano. Casualmente el puesto de archivero de la catedral estaba vacante... y aquí sigo, más de quince años después. ¡Estamos en manos de la Divina Providencia!

—Te pregunto por el «mosén».

—Ya sabes que es el título que se da a los curas en Aragón. Allí todo el mundo me conocía como mosén Hipólito, y eso respondía cuando me preguntaban a mi llegada a Puente Real. Y con mosén Hipólito me he quedado... —explicó con una sonrisa, sin dejar de mirar las cartas—. ¡El as de oros, Manuel, no te queda otra!

El médico miró perplejo al religioso y dejó caer la carta sobre la mesa, lanzando una mirada de excusa a su compañero de partida.

—¡Coto en blanco! —El archivero rio abiertamente, de forma que todos los parroquianos pudieran oírlo.

Benito se acercó por tercera vez, en esta ocasión sin la bandeja ni la servilleta colgada del brazo. Rodeó la mesa y se colocó detrás del guardia civil.

—Capitán Solís —dijo después de carraspear para llamar su atención—, el cabo Guzmán está abajo, dice que es urgente.

—¡Coño! ¿No vamos a poder ni acabar la partida? —repuso risueño a pesar de la contrariedad, aunque sin hacer ademán de levantarse.

El camarero se acercó un poco más y habló en voz baja.

—Ha insistido en que baje de inmediato..., que deje lo que esté haciendo.

—Está bien, bajo enseguida. —Se puso en pie al tiempo que cogía el tricornio y se enfundaba el arma en la pistolera—. Voy a ver qué ha ocurrido. Esperad un momento, quizá pueda volver si el asunto no es tan urgente.

Mientras el capitán hacía crujir la tarima con los zapatos reglamentarios camino de la escalera, el alcalde volvió a correr la cortina.

—Empieza a ser apremiante construir una estación de autobuses en Puente Real. Fijaos en qué atasco se ha montado en la parada...

Salió al balconcillo con el puro en una mano y la copa de aguardiente en la otra. Miró a derecha e izquierda en lo que constituía el centro neurálgico de la ciudad.

—Quizás hable con las monjas Clarisas —declaró, observando la tapia que delimitaba el convento—. Ese patio es el lugar perfecto, y no costaría demasiado acondicionarlo.

Manuel se levantó también y salió al balcón.

—Un alcalde no puede olvidar su trabajo ni en el tiempo de asueto —comentó el archivero sin abandonar el sillón, al tiempo que se volvía hacia la escalera de nuevo.

El capitán había subido los escalones de dos en dos y se plantó en el balcón con cuatro zancadas. Cerró las dos hojas tras de sí, y el archivero se encontró aislado del resto, con las cartas aún en la mano.

—Santiago, el asunto es serio... Ha aparecido un cadáver en la orilla del río.

—¡Coño! —espetó el alcalde, prestándole toda la atención—. ¿Quién es? ¿Alguien conocido?

—La han encontrado unos chavales que iban a bañarse, el hijo del Zapaterico y su cuadrilla, ya los conoces. Han ido corriendo al cuartel.

—¿Una mujer? Joder, ¿la han reconocido? —preguntó el alcalde con gesto grave.

—A ver, Santiago, con todas las reservas, dicen que estaba boca abajo, con la cabeza entre los carrizos. No le han visto la cara. Pero hay dos que dicen... que seguro que es Engracia.

—¡No me jodas, Domingo! ¿Engracia? ¿La maestra? ¿La directora de la escuela?

El capitán asintió.

—Pero eso tenemos que comprobarlo, vamos para allá.

—Habrá que avisar al juez —advirtió el alcalde, con el rostro demudado.

—Ya he mandado a Guzmán. Y el sargento Ramírez va hacia el río con los críos. Ven tú también, Manuel, me temo que esta tarde vas a tener más trabajo del que esperabas, pero como forense —añadió mientras abría las puertas del balcón.

»Tenemos que marcharnos, mosén —fue lo único que dijo el capitán cuando pasó junto al cura esquivando los muebles—. Mañana será otro día.

El archivero los miraba de hito en hito, encajado todavía entre los brazos del sillón. Cuando quiso reaccionar, ya bajaban las escaleras.

—¿Dónde la han encontrado? —preguntó el alcalde, sosteniendo al capitán con el brazo una vez que hubieron dejado atrás la suntuosa puerta del casino.

—En la Peñica, alcalde.

—En ese caso será mejor que nos acerquemos en mi co-
che.

El capitán asintió. La cochera del alcalde se encontraba a cien metros, y el vehículo les permitiría llegar con rapidez al final del paseo que bordeaba el río a su paso por la ciudad.

Manuel, alterado e inquieto, abrió la portezuela trasera del Citroën negro, se sentó en el centro del asiento corrido y esperó a que el alcalde se pusiera al volante. La puerta del garaje quedó abierta, el vehículo giró a la izquierda y enfiló la carretera de Zaragoza. El motor rugió cuando su dueño pisó a fondo el acelerador. El capitán Solís accionó la manivela de la ventanilla y una corriente de aire caliente golpeó el rostro de Manuel.

—¿Y qué hacían esos mocosos en la Peñica? —preguntó el alcalde cuando pasaban bajo la vía del tren.

—Pues imagínatelo. Bañarse... porque se bañan. Pero de paso esconderse y espiar a alguna de las parejas que suelen acercarse por allí al atardecer.

—¿Y para qué estáis vosotros, si puede saberse?

—¡Hostias, Santiago! ¿Y qué quieres que hagamos? ¿Que nos pasemos el día vigilando a los zagales para que no se hagan pajas mirando a las parejas? Manda a los alguaciles y a los serenos...

—Eso ahora es lo de menos —repuso Manuel—. Si es verdad lo que dicen los chicos, el revuelo va a ser de consideración.

—¿Creéis que ha podido caer al río de forma accidental?
—preguntó el alcalde cuando, al completar una curva, vio al grupo que esperaba en la orilla.

—Lo dudo, Santiago, pero aunque hubiera sido así, me consta que Engracia era buena nadadora —recordó Manuel.

Antes de que el coche se hubiera detenido del todo, el capitán había abierto la portezuela y corría ya hacia el río.

Lanzó una mirada a los muchachos que aguardaban un poco apartados, con rostros que reflejaban desde el temor y el disgusto hasta la más que evidente excitación por el acontecimiento.

—¿Dónde está? —preguntó al sargento, que se había cuadrado ante él con gesto marcial.

—Allá abajo, capitán —respondió señalando un pequeño remanso tras las rocas que daban nombre al lugar.

La tela oscura de uno de los sobrios trajes de chaqueta que solía vestir la maestra asomaba en la superficie del agua, que se agitaba en la orilla por el ligero oleaje que levantaba contra la corriente el viento del sur.

—¡Acompáñeme! —ordenó.

Descendieron por las rocas irregulares hasta el borde del cauce.

—Ayúdeme —pidió mientras se inclinaba sobre el cadáver y le sujetaba el antebrazo izquierdo—. Cójala por la pierna. Al menos la sacaremos del agua.

Ambos tiraron con fuerza. El peso de las ropas empapadas y los carrizos que cubrían la orilla no se lo pusieron fácil, pero al cabo de un instante el cuerpo sin vida de la mujer descansaba sobre las rocas. El capitán la tomó con cuidado, esta vez por el brazo derecho, y le dio la vuelta, ahogando un gemido de angustia.

—¡Baja, Manuel, por favor! —llamó.

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta