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LA QUINTA ESTACIóN (LA TIERRA FRAGMENTADA 1)

N.K. Jemisin  

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Fragmento

Título original: A Time to Run 

Traducción: Martín Rodríguez-Courel 

1.ª edición: mayo 2017 

© Ediciones B, S. A., 2017 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-728-3 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

Contenido Dedicatoria Mapa Prólogo. Aquí estás 1. Tú al final 2. Damaya, en inviernos remotos 3. Estás de camino 4. Sienita, cortada y pulida 5. No estás sola 6. Damaya, pulverizada hasta el hartazgo 7. Uno más y tú hacéis dos 8. Sienita en la vía rápida Interludio 9. Sienita entre el enemigo 10. Caminas junto a la bestia 11. Damaya en el fulcro de todo 12. El nuevo juguete de Sienita 13. Le sigues la pista 14. Sienita rompe los juguetes 15. Estás entre amigos 16. Siena en la tierra oculta 17. Damaya al final de las cosas 18. Descubres las maravillas de las profundidades 19. Sienita en el puesto de observación Interludio 20. Sienita, estirada antes de volver a su forma original 21. Consigues reunir de nuevo al grupo 22. Sienita, fracturada 23. Eres lo único que necesitas Apéndice 1 Apéndice 2 Agradecimientos

Para todos aquellos que tienen que luchar

por el respeto que el resto recibe por omisión

mapa 

Prólogo

Aquí estás

Empecemos por el fin del mundo. ¿Por qué no? Superémoslo y pasemos a cosas más interesantes.

Antes que nada, un final un tanto personal. Algo sobre lo que ella no podrá dejar de pensar una y otra vez en días venideros, la imagen de su hijo fallecido mientras intenta buscarle sentido a algo que carece de él. Cubrirá el cuerpecito roto de Uche con una manta (a excepción de la cara, porque le da miedo la oscuridad) y se sentará impasible junto a él, sin prestar atención al mundo que se acaba en el exterior. El mundo ya ha terminado en su interior, y no es la primera vez que experimenta alguno de estos dos finales. Está curtida en mil batallas.

«Pero ya es libre», piensa en ese momento, y también más tarde.

Y son su resentimiento y su cansancio los que responden a esa pregunta velada cada vez que la perplejidad y la conmoción le permiten cuestionárselo:

«No lo era. No del todo. Pero ahora lo será.»

Pero necesitas un contexto. Volvamos a empezar por el final, pero desde un punto de vista continental.

Estamos en un mundo.

Uno como cualquier otro. Con montañas, llanuras, cañones y deltas de ríos. Lo de siempre. Es normal en todo, menos en su tamaño y su dinamismo. Es un mundo que se mueve mucho. Es como un anciano inquieto que yace en una cama: jadea y suspira, hace pucheros y se tira pedos, bosteza y engulle. Como era de esperar, los habitantes de este mundo lo han llamado la Quietud, una tierra de tranquilidad y fina ironía.

La Quietud tiene otros nombres. En otras eras lo formaban varias masas de tierra. Ahora es un continente grande, único y extenso, aunque en el futuro volverá a dividirse.

Muy pronto, en realidad.

El final da comienzo en una ciudad: la ciudad habitada más antigua, grande y magnífica del mundo. Se llama Yumenes, y en tiempos fue el corazón de un Imperio. Todavía es el corazón de muchas cosas, aunque el Imperio ha ido languideciendo desde su apogeo, como suele ocurrir con los imperios.

Yumenes no es única por su tamaño. Hay otras muchas grandes ciudades en esta parte del mundo, engarzadas a lo largo del ecuador, como un cinturón continental. En el resto del mundo, las aldeas no suelen convertirse en pueblos, ni los pueblos suelen llegar a ser ciudades, porque es difícil mantener una estructura social cuando la tierra hace todo lo posible por engullirlas. Pero Yumenes ha mantenido la estabilidad durante la mayor parte de sus veintisiete siglos de existencia.

Yumenes es única porque solo en ella sus habitantes se han atrevido a construir algo, no para mantenerse a salvo ni para estar cómodos ni para admirar su belleza, sino para demostrar su valentía. Los muros de la ciudad son una obra maestra de mosaicos y relieves de buen gusto que narran la historia extensa y brutal de sus habitantes. Las toscas moles que conforman sus edificios están adornadas con torres altas y majestuosas que recuerdan a dedos de piedra, con faroles forjados a mano que se alimentan de la energía de esa maravilla moderna que es la hidroelectricidad, con elegantes puentes en arco forjados en cristal con audacia, y con unas estructuras arquitectónicas llamadas terrazas, sencillas hasta decir basta y que nadie en la historia conocida había construido antes. (Aunque gran parte de la historia no se conoce. Recuérdalo.) Las calles no están pavimentadas con adoquines fáciles de reemplazar, sino con una sustancia suave, impoluta y milagrosa que los habitantes llaman asfalto. Hasta las chabolas de Yumenes tienen esa bravura, ya que a pesar de ser casuchas de paredes endebles que se derrumbarían en una tormenta y, no digamos ya, con un temblor, ahí siguen, impertérritas durante generaciones.

En el centro de la ciudad hay muchos edificios altos, así que no es de extrañar que uno de ellos sea más grande y amenazador que todos los demás juntos: una estructura enorme cuya base es una pirámide en forma de estrella esculpida con precisión en un bloque de obsidiana. Las pirámides son las estructuras arquitectónicas más estables, y esta tiene la estabilidad de cinco pirámides. ¿Por qué no? Y como estamos en Yumenes, una enorme esfera geodésica, cuyos muros facetados son similares al ámbar translúcido, corona la pirámide y da la impresión de sostenerse a duras penas, aunque la totalidad de la estructura está pensada con el propósito de sostenerla. Da la impresión de ser inestable, que es lo que cuenta.

La Estrella Negra es el lugar en el que los líderes del Imperio se reúnen para hacer sus cosas de líderes. En la esfera ambarina se encuentra el emperador, que se preserva con mucho mimo y pulcritud. Recorre las salas áureas con elegante desesperanza, hace lo que se le ordena y teme el día en que sus dueños decidan que su hija se ha convertido en mejor adorno que él.

Ninguno de estos lugares y personas tiene importancia alguna, por cierto. Solo los nombro para que te sitúes.

Pero sí que hay un hombre que importa muchísimo.

Puedes imaginar su aspecto. También puedes imaginar lo que piensa. Puede que te equivoques, que no sea más que una conjetura, pero también cabe tener en cuenta que hay probabilidades de estar en lo cierto. Si nos basamos en sus acciones posteriores, en este mismo momento solo podría estar pensando en algunas cosas en concreto.

Se encuentra de pie sobre una colina no muy lejos de los muros de obsidiana de la Estrella Negra. Desde ese lugar puede observar casi toda la ciudad, oler el humo y perderse entre el parloteo. Un grupo de mujeres jóvenes anda por uno de los caminos de asfalto de debajo. La colina donde se encuentra está en un parque muy transitado por los habitantes de la ciudad. («Conservad zonas verdes entre los muros», advierte el litoacervo, aunque en la mayoría de las comunidades la tierra en barbecho se usa para plantar legumbres y otros cultivos que ayudan a nutrir la tierra. Solo en Yumenes se usan los herbajes como adorno.) Las mujeres se ríen de algo que ha dicho una de ellas y el sonido asciende hacia el hombre con la brisa pasajera. Cierra los ojos y saborea el trémulo rumor de sus voces, la leve reverberación de sus pasos, similar a la del aleteo de las mariposas contra sus glándulas sesapinales. Le es imposible sesapinar a los siete millones de habitantes de la ciudad, que lo sepas. Es bueno, pero no tanto. Aunque sí, siente a muchos de ellos. Están aquí. Respira hondo y se vuelve uno con la tierra. Se entrelazan con los filamentos de sus nervios, sus voces baten el vello de su piel, sus hálitos hacen vibrar el aire que respira. Están sobre él. Están en su interior.

Pero sabe que no es ni será nunca uno de ellos.

—¿Sabías —pregunta, en tono familiar— que el primer litoacervo estaba de verdad tallado en piedra? Se hizo para que no se pudiera cambiar y no se amoldara ni a la política ni a las modas. Para que perdurara.

—Lo sé —responde su acompañante.

—Ajá. Sí, había olvidado que tal vez estuvieras allí cuando se esculpió —suspira mientras ve cómo las mujeres se pierden de vista—. Amarte me da seguridad. No puedes fallarme. No puedes morir. Y sé de antemano qué precio hay que pagar.

Su compañera no responde. No es que aguardase una respuesta, pero una parte de él albergaba la esperanza. Había estado muy solo.

Pero la esperanza es algo irrelevante, igual que otros tantos sentimientos que sabe que solo le aportarán angustia si vuelve a tenerlos en cuenta. Ya lo ha pensado lo suficiente. Se acabaron los titubeos.

—Un mandamiento escrito en piedra —dice el hombre, y abre los brazos.

Imagina que le duele la cara de sonreír. Sonríe desde hace horas: con los dientes apretados, los labios estirados y los ojos entrecerrados que se enorgullecen de sus patas de gallo. Sonreír es el arte de hacer que los demás se lo crean. Es importante tener en consideración los ojos, pues de lo contrario los demás se darán cuenta de que los odias.

—Las palabras esculpidas son la verdad absoluta.

No habla con nadie en particular, pero al lado de aquel hombre hay una mujer, o algo parecido. Su similitud con lo que en términos humanos podría llamarse género solo es superficial, como si estuviera ahí por cortesía. De igual manera, la especie de cortina holgada que lleva como vestido no está hecha de tela. Parece haber dado forma a su anquilosada figura para cumplir con las expectativas de las criaturas mortales entre las que deambula en la actualidad. Es posible que, de lejos, la ilusión la haga pasar por una mujer que no se mueve. Pero cualquiera que la observe de cerca se dará cuenta de que su piel parece porcelana blanca, y no es una metáfora. Sería una escultura preciosa, quizá realista hasta la náusea para los gustos locales. La mayor parte de los yumenescíes prefieren una abstracción afable antes que la vulgaridad del mundo real.

Se gira hacia el hombre, despacio, ya que los comepiedras se mueven lentamente si no es bajo tierra, un movimiento que rompe el embrujo de su belleza y lo convierte en algo muy diferente. El hombre se ha acostumbrado; aun así, no la mira. No quiere que el asco le eche a perder el momento.

—¿Qué vas a hacer? —le pregunta a ella—. Cuando termine, quiero decir. ¿Se alzarán los tuyos de los escombros para someter el mundo bajo su voluntad?

—No —responde ella.

—¿Por qué no?

—Eso apenas les interesa a unos pocos. Además, vosotros seguiréis aquí.

El hombre comprende a quién se refiere con ese «vosotros». Los vuestros. La humanidad. Suele hablar con él como si representara a toda su especie. Él también la trata así.

—Pareces muy segura.

No responde. Los comepiedras rara vez

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