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LA QUíMICA

Stephenie Meyer  

5


Fragmento

1

 

 

 

La tarea de aquel día se había vuelto rutinaria para la mujer que en ese momento se hacía llamar Chris Taylor. Se había levantado mucho antes de lo que habría querido para desmantelar y guardar sus medidas de precaución nocturnas. Era un auténtico incordio colocarlo todo por las noches para luego tener que desmontarlo a primera hora de la mañana, pero no merecía la pena arriesgar la vida por permitirse un momento de pereza.

Después de cumplir con aquel deber cotidiano, Chris se había metido en su discreto sedán —ya algo viejo, pero sin ningún daño importante que lo hiciera fácil de recordar— y había pasado horas y más horas conduciendo. Había cruzado tres fronteras importantes y una ingente cantidad de líneas secundarias en el mapa, e incluso después de alcanzar la distancia planeada, rechazó varios pueblos por los que iba pasando. Uno era demasiado pequeño, otro solo tenía una carretera de entrada y otra de salida y el siguiente daba la sensación de recibir a tan pocos forasteros que sería imposible no llamar la atención, por mucho empeño que hubiera puesto en camuflarse para no destacar. Tomó nota de algunos lugares a los que quizá quisiera regresar otro día, como una tienda de material para soldadura, una de excedentes militares o un mercado agrícola. Pronto volvería a ser temporada de melocotones y debería hacer acopio.

Por fin, a última hora de la tarde, llegó a una localidad ajetreada que nunca había visitado. Incluso la biblioteca pública parecía estar bastante concurrida.

Chris prefería utilizar las bibliotecas si era posible. Lo gratuito era más difícil de rastrear.

Aparcó junto a la fachada occidental del edificio, fuera del alcance de una cámara colocada encima de la entrada. Los ordenadores del interior estaban todos en uso y había algunos grupitos esperando a que alguno quedara libre, por lo que decidió echar un vistazo a los libros y recorrió la sección de biografías a la caza de cualquier material relevante. Descubrió que ya había leído todo lo que pudiera servirle de algo. Después localizó lo último de su escritor de novelas de espías favorito, un excombatiente de la fuerza de operaciones especiales de la Armada, y cogió también otros libros del mismo estante. Mientras buscaba un buen asiento para esperar, tuvo una punzada de remordimiento por lo despreciable que era robar en una biblioteca. Pero hacerse el carné allí quedaba descartado por distintos motivos, y cabía la posibilidad de que algo que leyera en aquellos libros le sirviese para permanecer más a salvo. La seguridad siempre estaba por encima del remordimiento.

No es que no fuese consciente del noventa y nueve por ciento de sinsentido que entrañaban sus lecturas, ya que era extremadamente improbable que cualquier cosa extraída de la ficción tuviera algún uso real y concreto para ella, pero hacía mucho tiempo que había devorado los ensayos basados en información real. A falta de nuevas fuentes de primera clase que investigar, se tenía que conformar con las últimas de la lista. No tener nada que estudiar la volvía más propensa al pánico de lo normal. Y, de hecho, en su último botín había encontrado un consejo que parecía práctico y que ya había empezado a incorporar a su rutina.

Se acomodó en una desgastada butaca que había en una esquina apartada, desde la que se veían bien los puestos de ordenadores, y fingió leer el primer libro de su pila. Por lo esparcidas en la mesa que algunos usuarios de los ordenadores tenían sus pertenencias —uno incluso se había quitado los zapatos—, supo que tardarían en marcharse. El puesto más prometedor era el ocupado por una adolescente con libros de referencia amontonados y cara de agobio. La chica no parecía estar consultando sus redes sociales, sino apuntando los títulos y autores que iba proporcionándole el motor de búsqueda. Mientras esperaba, Chris mantuvo la cabeza gacha sobre su libro, que sujetaba con el brazo izquierdo doblado. Usando la cuchilla oculta en su mano derecha, separó con destreza el sensor magnético adherido al lomo del volumen y lo dejó escondido en el hueco entre el cojín y el brazo de la butaca. Aparentando desinterés, pasó al siguiente libro de la pila.

Chris ya estaba preparada, con las novelas desmagnetizadas y metidas en su mochila, cuando la joven dejó su sitio para buscar más libros de referencia. Sin levantarse de golpe ni dar señales de prisa, Chris ya estaba en la silla antes de que ningún otro aspirante esperanzado se diera cuenta siquiera de que había pasado su oportunidad.

La acción de comprobar su e-mail normalmente le llevaba unos tres minutos.

Después de hacerlo, tendría otras cuatro horas (si no se veía obligada a tomar rutas evasivas) para llegar a su hogar provisional. Y luego, por supuesto, tendría que volver a instalar sus salvaguardas antes de poder dormir por fin. Los días de e-mail eran siempre días largos.

Aunque no había ninguna conexión entre su vida actual y aquella cuenta de e-mail —nunca repetía la misma dirección IP ni mencionaba lugares o nombres propios—, en el instante en que terminara de leer y, si la ocasión lo requería, responder a su correo, saldría por la puerta y dejaría el pueblo a toda velocidad para poner tanta distancia entre ella y aquella ubicación como fuera posible. Por si acaso.

«Por si acaso» se había convertido en el mantra de Chris sin ella pretenderlo. Llevaba una vida de preparación excesiva pero, como se recordaba a sí misma a menudo, sin tanta preparación no podría llevar ninguna vida en absoluto.

Lo mejor sería no tener que correr riesgos como aquel, pero el dinero no iba a durarle para siempre. En general buscaba empleos de poca monta en alguna cafetería familiar, a ser posible que llevara las cuentas a mano, pero esos trabajos solo le proporcionaban lo suficiente para cubrir las necesidades básicas: comida y alquiler. No llegaban para sus adquisiciones más costosas, como identidades falsas, material de laboratorio y los diversos compuestos químicos que acumulaba. En consecuencia, mantenía una presencia ligera en internet, encontraba algún cliente adinerado de vez en cuando, y hacía todo lo posible para evitar que esos trabajos llamaran la atención de quienes querían poner fin a su existencia.

Los últimos dos días de e-mail no habían ofrecido ningún resultado, por lo que al ver un mensaje dirigido a ella se alegró… durante las dos décimas de segundo que tardó en procesar la dirección del remitente.

l.carston.463@dpt11a.net

Ahí estaba, la auténtica dirección de correo de Carston, una dirección cuyo rastro se podría seguir fácilmente hasta llegar a los antiguos patronos de Chris. Mientras se le erizaban los pelillos de la nuca y la adrenalina inundaba su cuerpo —«Corre, corre, corre», parecía gritar desde sus venas—, una parte de ella fue todavía capaz de reaccionar con boquiabierta incredulidad a tanta arrogancia. Siempre subestimaba lo increíblemente descuidados que podían llegar a ser.

«Todavía no pueden estar aquí», razonó para sí misma a pesar del pánico, mientras su mirada barría la biblioteca en busca de individuos demasiado anchos de hombros para sus trajes negros, cortes de pelo militares o cualquier persona que estuviera acercándose a su posición. Alcanzaba a ver su coche a través de la hoja de la ventana y no daba la sensación de que nadie hubiera trasteado con él, pero lo cierto era que tampoco había estado vigilándolo con demasiada atención.

Así que habían vuelto a dar con ella. Pero no tenían forma de saber dónde decidiría consultar el correo. Esa elección la dejaba siempre al azar, con un celo casi religioso.

En aquel preciso instante, habría saltado una alarma en algún despacho pulcro y anodino, o quizá en varios despachos, tal vez hasta con luces rojas parpadeantes. Sin duda habría algún proceso informático de alta prioridad establecido para rastrear la dirección IP que estaba utilizando. Ya estarían a punto de movilizar efectivos. Pero incluso si usaban helicópteros, y ellos contaban con los recursos para hacerlo, Chris aún disponía de unos minutos. Tiempo suficiente para ver qué quería Carston.

El asunto del correo era: ¿Cansada de correr?

«Menudo hijo de puta».

Lo abrió. El mensaje no era largo.

 

Nuestra política ha cambiado. Te necesitamos. ¿Serviría de algo una disculpa oficial? ¿Podemos reunirnos? No te lo pediría si no hubiera vidas en juego. Muchas, muchas vidas.

 

Siempre le había caído bien Carston. Parecía más humano que muchos otros trajeados que trabajaban para el departamento. Algunos de ellos, sobre todo los que llevaban uniforme, directamente daban miedo. Lo cual casi con toda seguridad era un juicio hipócrita por su parte, dado el trabajo que había desempeñado.

Así que por supuesto que habían hecho que fuese Carston quien estableciera el contacto. Sabían que estaba sola y asustada y habían enviado a un viejo amigo para despertarle una sensación cálida y agradable. Era de sentido común, y con toda probabilidad habría sabido ver la jugada incluso sin ayuda, pero tampoco venía mal haber leído acerca de una treta similar en una novela que había robado.

Se permitió una respiración profunda y treinta segundos de pensamiento concentrado. Debería haber puesto el foco de su reflexión en su siguiente acción, es decir, abandonar la biblioteca, el pueblo y el estado a toda prisa, y valorar si eso era suficiente. ¿La identidad que estaba empleando seguía siendo segura o debía mudarse de nuevo?

Sin embargo, ese foco fue desplazado por la traicionera idea de la oferta de Carston.

«¿Y si…?».

¿Y si de verdad tenía delante la forma de que la dejaran en paz? ¿Y si su certeza de que estaba ante una trampa surgía solo de la paranoia y de haber leído demasiadas novelas de espías?

Si el trabajo era lo bastante importante, quizá a cambio le devolvieran su vida.

Poco probable.

Pero, aun así, no tenía sentido fingir que el e-mail de Carston se había perdido.

Respondió del modo en que suponía que esperaban que lo hiciera, aunque solo se había formado en su mente el bosquejo más básico de un plan.

 

Estoy cansada de muchas cosas, Carston. Podemos vernos donde hablamos por primera vez, dentro de una semana a mediodía. Si veo que te acompaña alguien, desapareceré y blablablá. Ya sabes cómo funciona esto. No hagas ninguna idiotez.

 

Se levantó y con el mismo movimiento echó a andar, con unas zancadas largas y fluidas que había perfeccionado con el tiempo, pese a sus cortas piernas, para parecer mucho más despreocupadas de lo que eran. Contaba los segundos en su cabeza, estimando el tiempo que le llevaría a un helicóptero llegar desde Washington D.C. a aquella biblioteca. Por supuesto, podían dar el aviso a las autoridades locales, pero no era su estilo habitual.

No era su estilo habitual en absoluto, pero aun así… Chris tenía la sensación infundada pero incómoda y acuciante de que quizá empezaran a cansarse de su estilo habitual. No les había dado los resultados que esperaban, y no eran personas que se distinguieran por su paciencia. Estaban acostumbrados a obtener lo que querían y en el preciso momento en que lo querían. Y llevaban ya tres años queriendo verla muerta.

El e-mail representaba, sin duda, un cambio de política. Si es que de verdad era una trampa.

Tenía que suponer que lo era. Ese punto de vista, esa forma de descifrar su mundo, era el motivo de que siguiera respirando. Pero había una minúscula parte de su cerebro que ya había empezado a albergar una necia esperanza.

El juego al que jugaba no tenía apuestas muy altas, lo sabía bien. Solo una vida. Solo su vida.

Y aquella vida que había conservado pese a lo abrumador del desafío era eso y nada más que eso: vida. Pelada y básica a más no poder. Un corazón latiendo y un par de pulmones expandiéndose y contrayéndose.

Estaba viva, sí, y había tenido que luchar mucho para mantener ese estado, pero en algunas de las noches más oscuras llegaba a preguntarse por qué peleaba exactamente. ¿La calidad de la vida que estaba llevando merecía tanto empeño? ¿No sería relajante cerrar los ojos y no tener que volver a abrirlos nunca más? ¿Acaso la nada, negra y vacía, no era un poco más digerible que el terror incansable y el esfuerzo constante?

Si no había respondido con un sí y optado por cualquiera de las salidas pacíficas e indoloras que tenía siempre a mano era solo por su extrema competitividad. Le había dado buen uso en la facultad de Medicina y había pasado a ser lo que la mantenía con vida. No iba a dejarles ganar. De ningún modo les pondría en bandeja una solución tan fácil a su problema. Lo más probable era que al final acabaran con ella, pero aquellos malditos iban a tener que luchar. E iban a sangrar también.

Estaba ya en el coche y a seis manzanas de distancia del acceso más próximo a una autovía. Llevaba una gorra de béisbol negra sobre el cabello corto, unas gafas de sol negras de hombre que le tapaban casi toda la cara y una sudadera holgada que disimulaba su delgadez. A ojos de un observador distraído, tendría todo el aspecto de un varón adolescente.

Quienes la querían muerta ya habían sangrado, y Chris se descubrió sonriendo de pronto al volante mientras lo recordaba. Era extraño lo cómodo que le resultaba matar en los últimos tiempos, lo satisfactorio que lo encontraba. Había desarrollado una vena sanguinaria, lo que resultaba irónico si se veía todo en perspectiva. Los seis años que había pasado bajo la tutela del departamento ni por asomo habían estado cerca de erosionarla, de hacer que disfrutara con su trabajo. Pero tres años a la fuga habían alterado muchas cosas.

Sabía que no disfrutaría matando a un inocente. Estaba segura de no haber cruzado esa línea y de no ir a cruzarla nunca. Algunos compañeros de profesión —excompañeros, en realidad— eran auténticos psicóticos sin paliativos, pero ella quería creer que justo por eso no se les daba tan bien como a ella. Tenían la motivación equivocada. Su repulsión por lo que hacía era lo que le daba el poder para hacerlo como nadie.

En el contexto de su vida a la fuga, la motivación para matar era la victoria. No ganar la guerra entera, solo una pequeña batalla cada vez, pero ganar al fin y al cabo. El corazón de otra persona dejaría de latir y el suyo seguiría bombeando. Alguien iría a por ella y, en vez de una víctima, encontraría a un depredador. A una araña de rincón, invisible tras su trampa de tela.

En eso la habían convertido. Se preguntó si su logro los enorgullecía o si solo lamentaban no haberla pisoteado con la suficiente fuerza.

Cuando hubo recorrido unos kilómetros por la interestatal, empezó a tranquilizarse. Su coche era un modelo muy popular, había miles de vehículos idénticos en la misma autovía, y cambiaría las matrículas robadas tan pronto como encontrara un lugar seguro donde parar. No había nada que la relacionara con el pueblo que acababa de dejar atrás. Había pasado dos salidas y tomado la tercera. Si tenían intención de bloquear la autovía, no tendrían ni idea de dónde hacerlo. Seguía oculta. De momento, seguía a salvo.

Por supuesto, conducir derecha hasta casa quedaba completamente descartado después de lo ocurrido. Le llevó seis horas volver, desviándose por distintas autovías y carreteras secundarias sin dejar de comprobar que no la siguiera nadie. Cuando por fin llegó a su casita alquilada, el equivalente arquitectónico de una tartana, ya estaba med

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