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LA REBELIóN

David Anthony Durham

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Fragmento

Créditos

Título original: The Risen

Traducción: Sonia Tapia

1.ª edición: noviembre, 2017

© 2016, David Anthony Durham

© Mapas: 2016, Jeffrey L. Ward

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa

del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-901-0

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Mapa

PRIMERA PARTE. LOS DIOSES NOS AMARÁN

Drenis

Sura

Filón

Dolmos

Nonus

Ratón

Espartaco

Kaleb

Castus

Vectia

SEGUNDA PARTE. TODOS NOSOTROS

Nonus

Drenis

Sura

Dolmos

Espartaco

Laelia

Filón

Vectia

Castus

Kaleb

TERCERA PARTE. ALMAS EN PENA

Nonus

Drenis

Dolmos

Sura

Filón

Castus

Vectia

Kaleb

Espartaco

Laelia

Nota histórica

Agradecimientos

Dedicatoria

Para Gudrun

Mapa

p9.jpg

PRIMERA PARTE. LOS DIOSES NOS AMARÁN

PRIMERA PARTE

LOS DIOSES NOS AMARÁN

Drenis

Drenis

Drenis odia sus manos. Le tiemblan, por más que intente evitarlo. Debería estar comiendo, como los otros, ocultando sus pensamientos e intenciones, comportándose con normalidad. Están sencillamente hablando, él, Gaidres y Espartaco, sus compañeros. En torno a ellos, los otros gladiadores comen y charlan, bromean, se insultan. Es la hora de la cena, igual que cualquier otro día en el ludus, la escuela de gladiadores de Gneo Cornelio Léntulo Batiato. Pero este no es un día cualquiera. Este es el día en que recibirán los votos de otros hombres, cuando jurarán que harán lo que llevan tanto tiempo susurrando que harían, el día en que los sueños se escribirán con sangre, con los dioses invocados como testigos.

Están sentados a una de las largas mesas, al calor del sol primaveral. Drenis se inclina. No ha tocado el cuenco de madera que tiene delante. Necesita hacer algo y finge rascarse un picor en la palma de la mano, pero en realidad se pellizca la piel, esperando que el dolor lo serene.

—Tranquilo, Drenis —dice Espartaco. Sus manos están relajadas. Con un dedo traza círculos sobre la punta dentada de un anzuelo que sobresale de la mesa, engastado allí mucho tiempo atrás. La madera en torno a él se ha manchado de marrón oscuro—. Esto es lo más fácil —asegura—. Se trata solo de escuchar unos cuantos juramentos. Convertiremos a muchos en uno, y seremos más fuertes. Créeme.

El gálata Kastor es el primero en acercarse. Descarga su copa sobre la mesa, salpicando en la madera la bebida de vinagre y ceniza. Se sienta frente a ellos, con dos de sus corpulentos compañeros a la espalda. Kastor pregunta en voz alta si es cierto que Ziles gimoteó en sus últimos momentos. ¿De verdad llamó a su madre?

Drenis también sabía que sucedería esto. Ziles, el hijo de Gaidres, murió el día anterior. Una herida recibida en la arena se infectó hasta llevárselo al otro mundo. Era natural que los otros ofrecieran sus condolencias. O sus vítores. De cualquier manera, los ojos vigilantes de los guardias verán y no comprenderán. Ha sido idea de Espartaco. Oír los juramentos en público, propuso, donde todo el intercambio sea visto, pero no tomado por lo que es.

Hay un guardia apostado en el balcón que domina la zona de comedor. Se inclina y los observa, aunque con mínimo interés. Hace calor, y esa charla entre los hombres es cosa de todos los días. El guardia aparta la vista, tal como Espartaco ha predicho.

Gaidres no muestra emoción alguna en su rostro curtido. Una vez que Kastor se queda sin preguntas, comenta:

—Mi hijo murió bien, y lo sabes.

—Todos lo sabemos —interviene Espartaco—. Kastor, ¿juras lealtad a nuestra causa?

Kastor sonríe. Sus rasgos son voluminosos. Tiene una cicatriz en la mejilla izquierda, una poblada barba negra, una piel bronceada rojiza que contrasta con sus ojos azules. Es de sonrisa fácil. A menudo se jacta de que su pene mide el doble que el de cualquier otro. Y eso, sostiene, le pone a uno de buen humor.

—Lo juro.

—¿Por qué dios?

—Por cualquiera que escuche a los esclavos. —Se vuelve entonces hacia sus compañeros—. ¿Quién es el dios de los esclavos, lo sabéis?

Gaidres tamborilea con los dedos en la mesa.

Sin dejar de sonreír, Kastor pone una mano sobre la madera, encuentra el anzuelo y presiona el pulgar sobre la punta. Cuando lo aparta, muestra en el dedo un glóbulo de sangre.

—Con esta sangre juro por Tengri. Tengri premia y castiga. Tengri ama la justicia. Tengri dirigirá mi mano. Tenéis mi juramento, y a mi gente. —Y con tono más sombrío añade—: Ziles murió con dignidad. Todos lo sabemos. Era un hijo que cualquier hombre habría deseado llamar suyo. No tengáis en cuenta las palabras que digo contra él. —Se levanta y se aleja.

Los otros se quedan sentados, callados hasta que Espartaco habla:

—Los gálatas están con nosotros.

—No son muchos —señala Gaidres.

—No, pero Kastor vale por varios hombres.

Otros acuden a ellos. Nasah, el libio, presiona la palma contra el anzuelo, jurando por Ba’al. Kut, de los nasamones, invoca a los espíritus de sus antepasados. Se inclina, coge un pellizco de tierra del suelo y lo lame. Thresu coloca la palma contra la punta metálica y se graba el símbolo del dios etrusco de la guerra, Laran. Crixo, de los alóbroges, agarra la muñeca de Espartaco, aprieta más de lo necesario y jura la lealtad de sus hombres con voz tensa, como con reticencia. Aun así, recita las palabras. El jefe de los germanos, Enomao, ofrece su sangre, pero luego pregunta por qué los juramentos se pronuncian ante los medos. ¿Por qué no ante él mismo, puesto que en el ludus hay más germanos que tracios? ¿Por qué no ante él, siendo el primero entre los gladiadores?

—Soy el que tiene más muertes a su nombre. Más cicatrices en la arena.

«Cada argumento tiene su punto de verdad», piensa Drenis. Los de su tribu juran que Enomao ha ocultado su fuerza vital en alguna parte de su cuerpo y gracias a ello no pueden matarlo. Sus heridas lo atestiguan. La abultada cicatriz de una lanza hundida en su vientre; el verdugón que le corre por el muslo; la cuña de piel pelada en la nuca, una herida de hacha, según cuentan.

—¿Por qué no hacen el juramento ante mí? —insiste Enomao.

—Porque el plan es nuestro —responde Gaidres—. La sacerdotisa es de los nuestros, y suya ha sido la visión.

Enomao se mesa su bigote rubio. Tira con tal fuerza que su labio se tensa y destensa cuando lo suelta.

—Pues más vale que no se equivoque.

—No se equivoca —insiste Gaidres—. Tú has visto cumplirse sus profecías más de una vez.

—Ni siquiera nos habéis contado vuestro plan. ¿Es que vuestra mujer los matará a todos ella sola?

Con un gesto de las manos Espartaco impide que Gaidres responda.

—Te hemos dicho lo que necesitas saber —interviene—. Guarda silencio todo lo que puedas. Cuando el silencio se rompa, rebélate.

—¿Que me rebele dentro de una celda cerrada?

—De eso ya nos encargamos nosotros. Mata a los que te han encadenado. Eso es lo único que importa. No necesitas hacer más que eso.

Enomao se queda mirando al tracio.

—He accedido a estar contigo en el alzamiento. Después de eso, los germanos no responderán ante nadie. Recuérdalo.

Cuando ya se ha marchado, Gaidres comenta:

—Será difícil mantenerlo con nosotros.

—Yo lo mantendré —susurra Espartaco—, de una u otra forma.

Y llegan otros, incluso hombres que no hablan por nadie, solo por sí mismos. Todos se comprometen a actuar en el nombre de los dioses de su elección. Este pronunciamiento de votos era algo inimaginable cuando Espartaco lo propuso por primera vez. Tantos hombres tan dispares, de clanes y razas distintos, con lenguas discordantes... Drenis estaba seguro de que jamás podrían unirse en una sola causa, ni siquiera cuando esta es su propia libertad. Pero ahora está sucediendo. Casi todos los gladiadores están con ellos. Solo los latinos han quedado fuera, porque no son de fiar, y los iberos, porque nadie entiende su idioma. Da igual. Son suficientes. Los que han jurado lealtad superan en número a los guardias. Espartaco y Gaidres han tardado semanas en crear esta unión. Con el apoyo de las profecías de Astera, se los han ido ganando uno a uno.

Y el momento ha llegado. Todo está listo para el día siguiente.

Chromis, el taciturno misio del ludus, parece más nervioso que los otros cuando se sienta ante Gaidres. A pesar de ser un esclavo, es el encargado de las llaves que encierran a los diversos grupos de hombres en sus habitáculos: celdas, pasillos o habitaciones, dependiendo del estatus de cada uno o el tamaño de su clan. Es un individuo mal formado, de hombros estrechos y brazos poco musculosos. Alguien debió de arrancarle la oreja de un mordisco hace mucho tiempo. No es un guerrero, ni mucho menos. Tampoco un gladiador. Por todo esto, y por su sumisión a sus amos, le desprecian. Aun así, lo necesitan.

—¿Está todo listo? —pregunta Espartaco.

Chromis asiente con la cabeza. Se rasca el sobaco y la barriga. Picaduras de pulgas, seguramente. Todos las tienen. Drenis se empeña en no reconocer jamás las suyas.

—¿Valens ha preguntado por Astera? —quiere saber Gaidres. Valens es el cocinero.

—Sí. —Chromis parece pasmado por su propia respuesta—. Tal como ella predijo. ¿Cómo sabe lo que hay en la mente de los hombres?

—¿Tendrá la llave? ¿Estás seguro?

—Si las mujeres lo complacen, él les lleva dulces. Así las tiene ansiosas. A algunas. No me imagino que Astera pueda estar ansiosa.

—¿Por complacerlo? —tercia Espartaco—. No, pero sí estará ansiosa por quedarse con su llave. —Le hace un gesto al misio para que haga la ofrenda de sangre.

Cuando Chromis ya se ha ido, Drenis masculla:

—No me fío de él.

—Ni yo —apunta Gaidres—, pero quiere salir de aquí tanto como cualquiera de nosotros. O más, puesto que es un cobarde y se le ha metido en la cabeza que Batiato pronto lo sacará a la arena para que lo maten de una paliza.

—¿Cómo se le habrá ocurrido esa idea? —pregunta Espartaco con ironía.

Gaidres no contesta. Se levanta y se marcha, aduciendo que necesita quemar semillas y pronunciar unas palabras por su hijo. Llevará algún tiempo. Se aleja con las piernas rígidas.

—Tienes razón, por supuesto —comenta Espartaco—. Seremos traicionados. Algunos hombres no pierden la ocasión de engañar. Astera soñó con una manada de caballos, todos a galope. Uno de ellos se puso a morder a los otros, y el que recibía un mordisco se ponía furioso y mordía a otro. De manera que todo el rebaño acabó atacándose. No sabemos quién será, pero uno de nosotros morderá a los otros.

—¿Chromis?

Espartaco menea la cabeza.

—No, él no. Astera dijo que no sería él.

Drenis desconfía del misio más que de nadie. Le disgusta más que nadie, pero sabe que Astera jamás se ha equivocado, desde que llegó un par de meses atrás e hizo saber que era una sacerdotisa de la diosa Cotito. No es más que una mujer, una criatura menuda de rasgos pequeños y delicados. Bonita, sí, pero no una mujer en la que se pueda pensar con lujuria. Es del pueblo de los díos. Son tracios, pero pertenecen a un clan de la montaña, hombres duros incluso entre los tracios, con unos dioses que solo ellos tienen. Cada vez que se posan en Drenis, los ojos de Astera le queman la piel. Y él siente el dolor de esa mirada incluso cuando no sabe que le mira. Un lado de su rostro arde de calor, se vuelve y... ahí está ella, sus ojos verdes fijos en él. Es solo una mujer, pero poseedora de una fuerza que él no comprende.

—Si Astera dice que no es él —admite por fin—, es que no es él. Pero entonces ¿quién? ¡Espartaco, cualquiera puede traicionarnos! Solo tendría que llamar la atención de un guardia, señalar con el dedo, pronunciar unos nombres. Algunos ya deben de estar deseando hacerlo.

—Tienes razón, sí. —Espartaco asiente—. Esta noche todos los hombres que nos han jurado lealtad yacerán en sus jergones agitándose, rumiando sobre lo que sucederá mañana por la noche. Uno de ellos, si no más de uno, decidirá que su destino es más seguro ganándose el favor de Batiato. Tal vez algunos ya lo estén pensando, pero esta es la noche en que la mente les dará vueltas, calculando qué pueden ganar volviéndose contra nosotros. Siempre ha sido el punto débil de nuestro plan. Tenemos que confiar en muchos para triunfar, pero no se puede confiar en muchos. Un gran problema.

—No deberíamos haber tomado los juramentos —dice Drenis—. ¿Por qué lo hemos hecho? De todas formas, ellos no están preparando nada.

—Cierto. Pero de este modo, una vez seamos libres, los hombres estarán ligados a nosotros. Se creerán parte del plan, dueños de él. Huiremos juntos de aquí, y no en cien direcciones distintas. Y por lo tanto seremos más fuertes. Escucha, primo —Espartaco se inclina—, te preocupas demasiado. Cada problema tiene su solución. Ahora tenemos el juramento de los hombres. Y serán fieles a él, lo quieran o no. Es muy sencillo. No nos rebelaremos mañana, Drenis.

—¿No?

—No. —Una sonrisa danza en sus ojos—. No será mañana. La rebelión será esta noche.

Más tarde, encerrado en la celda que comparte con Espartaco, Drenis piensa. Es sencillo. Esta noche, no mañana. Por supuesto. Nadie tendrá tiempo de traicionarlos. Podrán planteárselo, pero no hacerlo.

Y entonces se dice: esta noche ya está aquí. El sol se ha puesto y el mundo está oscuro desde hace varias horas. Le martillea el pulso, pero tienen que esperar. Esto es lo peor. Si ha de suceder cualquier cosa, será Astera quien marque el comienzo. Todo un ludus lleno de hombres, guerreros, gladiadores: todos esperando que una mujer actúe antes que ellos. La coreografía del plan siempre le ha parecido demasiado compleja. Chromis llevará a Astera ante Valens, un hombre libre que satisface sus placeres en una celda cerrada, con mujeres encadenadas para proteger su seguridad. Es un arreglo que ha beneficiado a ambos durante un tiempo.

Esta noche, no obstante, las cadenas en las muñecas de Astera estarán abiertas. Una vez se quede a solas con el cocinero, lo matará. Drenis no se imagina cómo lo har

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