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LA RED DE ALICE

Kate Quinn  

0


Fragmento

1

Charlie

Mayo de 1947

Southampton

La primera persona con la que me encontré en Inglaterra fue una alucinación. Venía conmigo a bordo del tranquilo transatlántico que había traído a mi entumecida y afligida persona desde Nueva York hasta Southampton.

Yo estaba sentada enfrente de mi madre en una mesa de mimbre entre tiestos de palmeras del hotel Dolphin tratando de no hacer caso a lo que mis ojos me decían. La muchacha rubia que estaba junto al mostrador de la recepción no era quien yo creía que era. Es más, sabía a ciencia cierta que no era quien yo creía que era. Se trataba tan solo de una chica inglesa que esperaba junto al equipaje de su familia, una persona a la que nunca antes había visto, pero eso no impidió que mi mente insistiera en que se trataba de otra persona. Aparté la vista para mirar a los tres chicos ingleses de la mesa de al lado, que trataban por todos los medios de librarse de dejar una propina a la camarera.

—¿El cinco o el diez por ciento? —decía un muchacho con corbata de una universidad a la vez que movía en el aire la cuenta y sus amigos se reían—. Yo solo dejo propinas si son guapas. Esta tenía las piernas delgaduchas...

Yo los fulminé con la mirada, pero mi madre estaba distraída.

—¡Qué frío y lluvioso para estar en mayo, mon Dieu! —Desdobló su servilleta: una femenina oleada de faldones con olor a lavanda entre nuestro montón de maletas. Todo un contraste conmigo, tan desaliñada y enfadada—. Echa los hombros hacia atrás, chérie. —Ella había vivido en Nueva York desde que se casó con mi padre, pero aún salpicaba sus frases con algo de francés—. No te encorves.

—No me puedo encorvar con esta ropa. —Estaba embutida en una faja como si fuese de metal. No es que necesitara llevarla, pues tenía la constitución de una ramita, pero mis faldas no se sostenían bien sin ella, así que tenía que llevar esa faja de metal. Ese Dior, que él y su New Look se pudrieran en el infierno. Mi madre siempre vestía con lo último de cada moda nueva y su constitución era ideal para los estilos más modernos: alta, cintura diminuta, curvas voluptuosas, una auténtica maniquí con su vestido largo de viaje. Yo también llevaba un vestido de viaje con volantes, pero me ahogaba con toda esa tela. El año 1947 era un infierno para las muchachas pequeñas y escuálidas como yo que no podían adoptar el New Look. Además, 1947 era el infierno para cualquier chica que prefiriera dedicarse a resolver problemas de cálculo antes que leer el Vogue, cualquier muchacha que prefiriera escuchar a Edith Piaf antes que a Artie Shaw o cualquier otra que tuviera un dedo anular desnudo pero un vientre redondeado.

Yo, Charlie St. Claire, cumplía oficialmente las tres condiciones. Ese era el otro motivo por el que mi madre quería que llevara una faja. Solo estaba de tres meses, pero ella no iba a permitir de ningún modo que mi figura anunciara que había traído al mundo a una zorra.

Miré de reojo a la entrada del hotel. La chica rubia seguía allí y mi mente intentaba aún decirme que se trataba de otra persona que no era ella. Aparté la vista de nuevo con un fuerte pestañeo mientras nuestra camarera se acercaba sonriente.

—¿Se van a quedar a merendar, señora? —Sí que tenía las piernas delgaduchas y, mientras se alejaba rápidamente con nuestro pedido, los muchachos de la mesa de al lado seguían quejándose por tener que dejarle propina. «Cinco chelines cada uno por la merienda. Deja solo dos peniques...».

Nuestro té llegó enseguida con un traqueteo de porcelana floreada. Mi madre le dio las gracias con una sonrisa.

—Más leche, por favor. C’est bon! —Aunque, en realidad, no era tan bon. Bollitos duros, sándwiches secos y nada de azúcar; aún había racionamiento en Inglaterra pese a que el Día de la Victoria había tenido lugar dos años antes y hasta el menú de un hotel de lujo seguía mostrando el precio de racionamiento de no más de cinco chelines por comensal. La resaca de la guerra seguía notándose aquí de una forma que no se veía en Nueva York. Seguía habiendo soldados con uniforme que pasaban por la recepción del hotel flirteando con las camareras y una hora antes, al desembarcar del transatlántico, me había fijado en el aspecto descascarillado de las casas del muelle, como una bonita sonrisa a la que le faltasen dientes. Mi primera impresión de Inglaterra, y, desde el embarcadero hasta la entrada del hotel, todo tenía un aspecto gris y diezmado por la guerra, todavía profundamente conmocionado. Igual que yo.

Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta gris y toqué el trozo de papel que llevaba allí desde hacía un mes, ya fuese vestida con un traje de viaje o con un pijama, pues no sabía qué hacer con él. ¿Qué podía hacer? No lo sabía, pero me parecía aún más pesado que el bebé que llevaba dentro de mí. No podía sentirlo, ni tener una sola emoción clara al respecto. No vomitaba por las mañanas ni tenía antojos de puré de guisantes con crema de cacahuetes, ni tampoco sentía esas otras cosas que se supone que una debe sentir cuando está embarazada. Simplemente estaba adormecida. No podía creer en ese bebé porque no había cambiado nada. Solo mi vida entera.

Los muchachos de la mesa de al lado se levantaron a la vez que lanzaban unos cuantos peniques sobre ella. Vi que la camarera volvía con la leche, caminando como si le dolieran los pies, y levanté la vista hacia los tres chicos ingleses cuando se dieron la vuelta.

—Perdonad —dije, y esperé a que se giraran—. Cinco chelines cada uno por la merienda. Una cuenta de quince chelines implica, en una propina del cinco por ciento, un total de nueve peniques. Una propina del diez por ciento sería un chelín con seis peniques.

Me miraron sorprendidos. Yo estaba acostumbrada a esa mirada. Nadie creía que las chicas pudiesen hacer cálculos, y mucho menos mentales, incluso tratándose de cifras tan fáciles como esas. Pero había estudiado matemáticas como asignatura principal en Bennington. Para mí, los números tenían sentido. Eran metódicos, racionales y fáciles de calcular, al contrario que las personas. Y no había cuenta en el mundo que yo no pudiese hacer más rápido que una máquina de sumar.

—Nueve peniques o uno con seis —repetí con tono cansado a los muchachos que me miraban—. Sed unos caballeros. Dejad uno con seis.

—Charlotte —me reprendió mi madre mientras los muchachos se marchaban con gesto avinagrado—. Eso no ha sido muy educado.

—¿Por qué? He dicho «Perdonad».

—No todo el mundo deja propinas. Y tú no deberías inmiscuirte así. A nadie le gustan las chicas prepotentes.

«Ni las chicas que se especializan en matemáticas ni las que se quedan embarazadas ni...». Pero dejé aquellas palabras sin pronunciar. Demasiado cansada como para discutir. Habíamos pasado seis días atravesando el Atlántico en un mismo camarote, más tiempo del esperado debido a que el mar estaba agitado, y esos seis días habían pasado entre una serie de tensas riñas que terminaban en un civismo aún más incómodo. Todo sustentado por mis silencios llenos de remordimientos y su silenciosa rabia incandescente. Por eso habíamos aprovechado la oportunidad de bajar del barco una noche. Si no salíamos de aquel claustrofóbico camarote íbamos a terminar lanzándonos la una sobre la otra.

«Tu madre está siempre dispuesta a lanzarse contra alguien», había dicho Rose, mi prima francesa, unos años antes cuando maman nos había sometido a una diatriba de diez minutos por escuchar a Edith Piaf. «¡No es música para niñas! ¡Es indecente!».

Bueno, yo había hecho algo mucho más indecente que escuchar jazz francés. Lo único que podía hacer era ocultar mis emociones hasta dejar de sentirlas, esquivar a la gente levantando el mentón con un ángulo que expresara: «No me importa». Eso me funcionó bastante bien con los muchachos maleducados que no habían dejado propina a su camarera, pero mi madre sabía asomarse a lo que había detrás de esa máscara siempre que quería. Se alejó parloteando, quejándose de nuestra travesía.

—... sabía que teníamos que haber tomado el último barco. Nos habría llevado directas a Calais sin esta estúpida parada en Inglaterra.

Yo permanecí en silencio. Una noche en Southampton y, después, al día siguiente, seguir hacia Calais, donde un tren nos llevaría hasta Suiza. Había una clínica en Vevey donde mi madre me había concertado una cita discreta. «Sé agradecida, Charlie», me decía a mí misma por enésima vez. «Ella no tenía por qué venir contigo». Podrían haberme empaquetado rumbo a Suiza con la secretaria de mi padre o cualquier otro encargado asalariado e indiferente. Mi madre no tenía por qué perderse sus habituales vacaciones en Palm Beach para traerme en persona a mi cita. «Ha venido contigo. Se está esforzando». Yo sabía apreciar aquello incluso en medio de la niebla y la rabia de mi vergüenza. No es que ella se equivocara al estar furiosa conmigo y pensar que yo no era más que una furcia problemática. Es lo que eran las chicas que se encontraban en el aprieto en el que yo estaba metida. Más me valía acostumbrarme a esa etiqueta.

Maman siguió hablando, con un decidido tono alegre.

—He pensado que podríamos ir a París tras tu Cita. —Cada vez que decía esa palabra, yo podía oír la inicial mayúscula—. Comprar unos buenos vestidos, ma p’tite. Hacerte algo en el pelo.

Lo que en realidad estaba diciendo era: «Vas a volver al instituto en otoño con un nuevo aspecto chic, y nadie se enterará de tu Pequeño Problema».

—La verdad es que no me cuadra esa ecuación, maman.

—¿A qué demonios te refieres?

Suspiré.

—Una estudiante de segundo año menos un pequeño obstáculo, dividido por un periodo de tiempo de seis meses, multiplicado por diez vestidos parisinos y un nuevo corte de pelo no da por arte de magia una reputación recobrada.

—La vida no es un problema

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