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LA RED PúRPURA (INSPECTORA ELENA BLANCO 2)

Carmen Mola  

4


Fragmento

Capítulo 1

La pantalla muestra un espacio casi vacío, desangelado. Solo hay una silla de madera en el centro de la estancia y un monitor grande en una pared tosca, de ladrillo. No hay ningún indicio de lo que va a ocurrir allí, pero, poco a poco, más y más ordenadores se irán conectando. Dentro de unos minutos serán casi cien; sus propietarios no se conocen entre ellos, aunque disfrutarán del mismo espectáculo. La mayoría está en España, pero también los hay en Portugal, en México, en Brasil… Muchos son hombres de entre treinta y cinco y cincuenta años; aunque hay alguna mujer, varios jubilados, hasta un menor de edad… Todos han pagado los seis mil euros que les han exigido, en bitcoins y de forma segura, sin dejar huella.

El monitor de la pared de detrás se enciende. La imagen muestra el manto verde de un campo de fútbol. Los jugadores que van a disputar el partido esperan para saltar al terreno de juego, la cámara los enfoca, rotula sus nombres. Es un partido de la Champions League, de la fase de grupos, jugarán el Real Madrid y el Spartak de Moscú.

Pero el interés de los conectados no está en el partido de fútbol. Con esas imágenes, los organizadores solo quieren demostrar que están emitiendo en directo. Es importante que todo el mundo sepa que lo que van a ver es un espectáculo en vivo y no una simple grabación, por eso pagan tanto.

Saltan los jugadores, cada uno de la mano de un niño o una niña, se hacen fotos, se saludan, escuchan el himno de la competición, sortean los campos. Empieza el partido…

El balón está en juego, pero el espectáculo todavía no ha comenzado. Los espectadores han pagado para ver cómo una mujer, casi una niña, muere ante sus ojos.

—¡Lo tengo!

El grito de Mariajo rompe la tranquilidad de la Brigada de Análisis de Casos. Llevan dos meses esperando escucharlo.

—¿Estás segura? —pregunta Orduño.

—Completamente, la IP que teníamos bajo vigilancia está conectada, el «evento», como le llaman ellos, empieza a las nueve y cuarto, nos queda un cuarto de hora. Id llamando a la gente mientras me aseguro.

El operativo está diseñado desde hace semanas a la espera de que Mariajo, la sexagenaria hacker de la BAC, dé la orden de ponerlo en marcha. Todos saben cuál será su función a partir de este instante: Elena Blanco y la propia Mariajo irán al lugar donde está el ordenador que tienen intervenido, acompañadas por un equipo de acción inmediata; Zárate, Chesca y Orduño aguardarán instrucciones en el Centro de Medios Aéreos de la Policía Nacional; Buendía se quedará de guardia en las oficinas de la BAC, por si fuera necesario su apoyo en algún sitio.

—¿Llamas tú a Zárate?

—Llámale tú, yo localizo a Elena —Chesca no ha cambiado de opinión acerca del nuevo compañero de la brigada, no soporta a Zárate.

Mariajo teclea a toda velocidad. Ninguno de los otros dos sabe lo que está haciendo, solo que ha encontrado algo y no va a parar hasta averiguar quién está detrás.

—Cabrones… —se lamenta—. El espectáculo de hoy es una muerte en directo.

—¿Podemos evitarlo?

—Vamos a intentarlo, hay que salir para Rivas.

Los días de partido en la tele, a Elena le gusta ir al Cher’s, en la calle Huertas. En sus pantallas no se ve el fútbol, solo esos vídeos cursis que acompañan la letra de las canciones que interpretan los parroquianos.

—¿No vas a cantar a Mina?

—Hoy no, de vez en cuando hay que cambiar. Hoy me apetece Adriano Celentano: «Pregherò».

En cuanto termine la chica que está cantando el «Soy rebelde» de Jeanette, le tocará a ella: pregherò, per te, che hai la notte nel cuor e se tu lo vorrai, crederai. No necesita la letra —nunca la necesita—, se la sabe a la perfección.

Todavía está sonando la canción de Jeanette cuando vibra su teléfono.

—¿Rivas? Perfecto, salgo para allá. Llego a la vez que vosotros. ¿Todo el mundo en sus puestos?

Elena pierde su turno; seguro que Carlos, otro de los habituales, lo aprovechará: rezaré por ti, que tienes la noche en el corazón…

Una chica ha aparecido en la imagen y está de pie junto a la silla. Parece aturdida, aunque todos saben que no la habrán sedado. Nadie quiere ahorrarle sufrimiento, al contrario: cuanto peor lo pase, mejor será el espectáculo. Si no sintiera dolor, no valdría la pena, sería como ver una operación en un quirófano, ¿quién paga para asistir al trabajo de los cirujanos? Ellos gastan su dinero para ver sufrir y morir.

Si están allí, si se han tomado las molestias —y corrido el peligro— de ponerse en contacto con la Red Púrpura, si han abonado por anticipado y en bitcoins la fuerte cantidad exigida, si han esperado a que les llegara el mensaje con el día, la hora y el modo de conectarse, es porque confían en el maestro de ceremonias. Dimas. Los espectadores nunca le han visto la cara —la lleva tapada con una máscara de las que usan los luchadores mexicanos—, pero conocen sus movimientos, igual que un aficionado al fútbol sabría cuál es el jugador que tiene el balón en la pantalla del fondo solo viendo su forma de trotar y el lugar que ocupa en el campo. Son forofos de Dimas, igual que otros lo son de Messi o de Cristiano Ronaldo… Algunos hasta creen que, si vieran a Dimas caminando por la calle, serían capaces de identificarlo por sus andares.

La chica es guapa, joven, muy joven —tal vez sea mayor de edad, pero en ese caso lo sería por apenas unas semanas—, morena y con los ojos muy grandes. Por sus rasgos podría ser española —eso es lo que más se cotiza, y todavía más si es muy pija, de esas que siempre han vivido entre algodones—, pero también marroquí. Alguien a quien no se escucha a través del ordenador debe de estar dándole órdenes y ella se ha sentado en la silla. Mira alrededor con miedo, está claro que no sabe lo que va a pasar allí, que no se lo espera. Quizá sufra tormentos que ni imaginaba que se le pudieran infligir a un ser humano.

Capítulo 2

Dicen que Rivas-Vaciamadrid, pese a su desagradable nombre, es uno de los pueblos con mejor calidad de vida de la Comunidad de Madrid —el séptimo más rico de España, el cuarto con menor cantidad de población en riesgo de pobreza—: un paraíso en el que no debería haber problemas. Hay zonas de pisos y otras de chalets adosados; viven muchos jóvenes profesionales con sus familias; el municipio está lleno de instalaciones para hacer deporte o para albergar actividades de ocio y cultura. La vida es agradable en Rivas, un ejemplo de ciudad sostenible, un lugar donde merece la pena vivir y educar a unos hijos. Por eso, Alberto se esforzó en comprar allí, aunque al principio les costara tanto pagar la hipoteca de su adosado con jardín y piscina. Menos mal que las cosas han mejorado para la familia Robles. Ahora están orgullosos de su casa, del vecindario y del Lexus recién estrenado, de haber conseguido lo mejor dentro de lo que estaba a su alcance.

Aunque oficialmente se acaba en menos de una semana, es todavía verano y ha hecho mucho calor durante el día, así que cuesta sacar a Sandra de la piscina. Hay que amenazarla con castigos, con enfadarse con ella.

—¡O sales ahora mismo o vacío la piscina y no te bañas más! —le grita su padre.

—Está prohibido vaciarla, no se puede desperdiciar agua —se mofa de su padre Sandra, sabihonda.

—Pues me la bebo, así no se desperdicia.

Sandra se ríe, tal vez la única forma de lograr que obedezca. Alberto la recibe con una toalla y la lleva envuelta en ella, en brazos, hasta la casa. Los dos se ríen de la imagen del padre bebiéndose toda el agua de la piscina. Allí está Soledad terminando de preparar la cena.

—¿De qué os reís?

—De las tonterías de papá. ¿Qué hay para cenar, mamá?

—Sopa de tomate y croquetas.

Alberto no sabe para qué pregunta su hija, cenan lo mismo por lo menos dos o tres veces a la semana: sopa de tomate de lata y croquetas congeladas. Ni a él ni a su mujer les gusta cocinar, y Sandra se lo come sin las peleas que tienen las pocas veces que les da por poner comida sana en la mesa —todavía se acuerda de la noche del brócoli—. Su madre nunca le habría dado a él croquetas congeladas cuando era pequeño, las habría hecho con dos cucharas, una a una.

—¿Daniel no baja a cenar con nosotros?

—Dice que está estudiando

—¿Estudiando? Me juego lo que quieras a que si subo le encuentro haciendo el gilipollas con el ordenador. Con uno de esos juegos de matar a gente.

—No digas tacos delante de la niña. Y siéntate, que se enfría la sopa.

Alberto se sienta delante de la tele, que está sin sonido: el Madrid sigue empate a cero con el Spartak. Lo primero que ve es una oportunidad de gol de los ru

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