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LA REINA DE CHIPRE. RELATOS

Marian Izaguirre  

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Fragmento

1

LA MUJER DE OGRÓD SASKI

A las doce y un minuto

una mujer aprende a pronunciar su nombre.

Temblorosa y ausente

sueña que la sueña un rey rojo

para poder así, incansablemente, vivir.

 

A las doce y dos minutos

esa mujer piensa la luna blanca

mientras se desnuda y se viste

incansablemente.

TERESA AGUSTÍN

Estuve en Varsovia a primeros de octubre. Es un buen momento, porque más tarde, cuando el invierno se acerca, se convierte en una ciudad fría, húmeda, llena de corrientes de aire que pasan sobre el río con violencia.

No obstante, aquella Varsovia soleada y asombrosamente cálida producía una sospechosa sensación de frío. Era una época de cambios. Los países del Este se habían derrumbado sobre su propia fragilidad y por toda Europa Central había una trémula sensación de desconcierto. Los conflictos interétnicos, las pugnas por antiguas reclamaciones territoriales y el resurgimiento de un nuevo nacionalismo voraz y destructor parecían los únicos remedios para paliar la falta de identidad que sucedió a la caída del comunismo. Polonia contemplaba con asombro cómo sus límites con la URSS se transformaban en fronteras con Lituania, Bielorrusia y Ucrania, mientras las dos Alemanias se convertían en una y Checoslovaquia desaparecía de la noche a la mañana. Sólo el mar seguía en su sitio, en el norte gélido de los inviernos, sólo él llamándose del mismo modo, lamiendo el suelo polaco con una lengua salada y húmeda que prometía ser eterna. En tierra firme, las fronteras amenazaban con ser más frágiles que nunca y las gentes parecían estar esperando una señal que les indicara el territorio concreto de eso que llamamos país y que ahora se había quedado un poco hueco, carente de significado. Quizá yo también, durante mi viaje, había percibido una extraña proliferación de espacios vacíos, algo que no puedo explicar muy bien y que me hacía recordar una gran sala repleta de gente desconcertada, en cuyo interior yo sentía palpitar la incómoda sensación de que nadie sabe exactamente cuál es su sitio.

Precisamente fue allí, en las calles de Varsovia, durante esos cortos y extraños días llenos de incertidumbre, donde tuve la impresión de que las personas, igual que las ideas, podían caerse por un enorme precipicio que las sepultara para siempre entre tinieblas y silencio. Y desde ese día también, trato de anotar algunos hechos aparentemente irrelevantes en esos pequeños cuadernos que se amontonan sobre mi mesa y en los que, tiempo después, encuentro con sorpresa mi propia y desvanecida mirada.

No sé si les pasa a ustedes. Cuando viajo mi mente se ordena de otra manera. Desaparecen los códigos de la vida cotidiana y la capacidad de observación se vuelve más permeable, casi esponjosa. Entonces, cosas a las que en una situación ordinaria no prestaría la más mínima atención, adquieren una repentina importancia. Es un momento, luego se pierden sin remedio. Ocurre del mismo modo con las ciudades. Sí, también una calle, la fachada de una casa o el tronco ceniciento de un árbol, todos los pequeños detalles que se pueden observar cuando pasas por lugares a los que no perteneces y, en algún caso, jamás volverás, entran a formar parte de ese gran montón de nada que perderemos irremediablemente. Cuando se viaja se está siempre de paso, en un permanente y reconocible tránsito que tiene un significado metafórico muy evidente: viajar es como vivir, una reproducción mimética de la existencia, fugaz, irrepetible y desmemoriada.

La mañana de la que hablo era una de tantas. Me iba de Varsovia en el vuelo de las doce cuarenta. Dejé el equipaje en un rincón del lugagge-room y salí a dar un breve paseo. Frente al hotel había un parque y un monumento funerario custodiado por militares. Día y noche había visto arder la luz de una llama y ahora, al acercarme, pude leer en las paredes, sobre el mármol negro, los nombres de aquellos muertos que la ciudad quería recordar para siempre.

El parque estaba brumoso y el cielo ligeramente amarillento. En uno de los senderos de tierra, una mujer joven se paró y llamó a alguien. Por ese gesto me fijé en

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