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LA REINA DESCALZA

Ildefonso Falcones  

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Fragmento

1

Puerto de Cádiz,

7 de enero de 1748

En el momento en que iba a poner pie en el muelle de Cádiz, Caridad dudó. Se encontraba justo al final de la pasarela de la falúa que los había desembarcado de La Reina, el navío de la armada con caudales que había acompañado a los seis mercantes de registro con preciadas mercaderías del otro lado del océano. La mujer alzó la vista al sol de invierno que iluminaba el bullicio y el ajetreo que se vivía en el puerto: uno de los mercantes que habían navegado con ellos desde La Habana estaba siendo descargado. El sol se coló por las rendijas de su raído sombrero de paja y la deslumbró. El escándalo la sobresaltó y se encogió asustada, como si los gritos fueran contra ella.

—¡No te detengas ahí, morena! —le espetó el marinero que la seguía al tiempo que la adelantaba sin contemplaciones.

Caridad trastabilló y estuvo a punto de caer al agua. Otro hombre que iba tras ella hizo amago de adelantarla, pero entonces la mujer saltó con torpeza al muelle, se apartó y volvió a detenerse mientras parte de la marinería continuaba desembarcando entre risas, chanzas y todo tipo de apuestas procaces acerca de cuál sería la hembra que les haría olvidar la larga travesía oceánica.

—¡Disfruta de tu libertad, negra! —gritó otro hombre cuando pasó junto a ella, al tiempo que se permitía propinarle un sordo cachete en las nalgas.

Algunos de sus compañeros rieron. Caridad ni siquiera se movió, tenía la mirada fija en la larga y sucia coleta que, bailando en la espalda del marinero y rozando su camisa harapienta al ritmo de un caminar inestable, se alejaba en dirección a la puerta de Mar.

«¿Libre?», alcanzó a preguntarse entonces. ¿Qué libertad? Observó más allá del muelle, las murallas, donde la puerta de Mar daba acceso a la ciudad: gran parte de los más de quinientos hombres que componían la dotación de La Reina se iban apelotonando frente a la entrada, donde un ejército de funcionarios —alcaides, cabos e interventores— los registraban en busca de mercancías prohibidas y los interrogaban acerca de la derrota de las naves, por si alguna de ellas se había separado del convoy y de su ruta para contrabandear y burlar a la hacienda real. Los hombres esperaban impacientes a que se cumpliesen los trámites rutinarios; los más alejados de los funcionarios, amparados en el gentío, exigían a gritos que los dejasen pasar, pero los inspectores no cedían. La Reina, majestuosamente fondeada en el caño del Trocadero, había transportado en sus bodegas más de dos millones de pesos y casi otros tantos en marcos de plata labrada, otro más de los tesoros de Indias, además de a Caridad y a don José, su amo.

¡Maldito don José! Caridad lo había cuidado durante la travesía. «Peste de las naos», dijeron que tenía. «Morirá», aseguraron también. Y en verdad llegó su hora tras una lenta agonía a lo largo de la cual su cuerpo se fue consumiendo día a día entre tremendas hinchazones, calenturas y hemorragias. Durante un mes amo y esclava permanecieron encerrados en un pequeño y viciado camarote con una sola hamaca, a popa, que don José, tras pagar sus buenos dineros, consiguió que el capitán le construyese con tablones, robando espacio al que era de uso común de los oficiales. «Eleggua, haz que su alma no descanse jamás, que vague errante», había deseado Caridad percibiendo en el reducido espacio la poderosa presencia del Ser Supremo, el Dios que rige el destino de los hombres. Y como si el amo la hubiese escuchado, le suplicó compasión con sus escalofriantes ojos biliosos al tiempo que extendía la mano en busca del calor de la vida que sabía se le escapaba. Sola con él en el camarote, Caridad le negó ese consuelo. ¿Acaso no había extendido también ella la mano cuando la separaron de su pequeño Marcelo? ¿Y qué había hecho entonces el amo? Ordenar al capataz de la vega que la sujetase y gritar al esclavo negro que se llevase al pequeño.

—¡Y hazle callar! —añadió en la explanada frente a la casa grande, donde los esclavos se habían reunido para saber quién sería su nuevo amo y qué suerte les aguardaba a partir de entonces—. No soporto…

Don José calló de repente. El asombro de los esclavos era evidente en sus rostros. Caridad había logrado zafarse del capataz con un inconsciente manotazo e hizo ademán de correr hacia su hijo, pero enseguida se dio cuenta de su imprudencia y se detuvo. Durante unos instantes solo se escucharon los agudos y desesperados chillidos de Marcelo.

—¿Quiere que la azote, don José? —preguntó el capataz mientras volvía a agarrar a Caridad de un brazo.

—No —decidió este tras pensarlo—. No quiero llevármela estropeada a España.

Y aquel negro grande, Cecilio se llamaba, la soltó y arrastró al niño hacia el bohío tras un severo gesto del capataz. Caridad cayó de rodillas y su llanto se mezcló con el del niño. Esa fue la última vez que vio a su hijo. No la dejaron despedirse de él, no le permitieron…

—¡Caridad! ¿Qué haces ahí parada, mujer?

Al oír su nombre volvió a la realidad y entre el bullicio reconoció la voz de don Damián, el viejo capellán de La Reina, que también había desembarcado. De inmediato dejó caer su hatillo, se destocó, bajó la mirada y la fijó en el raído sombrero de paja que empezó a estrujar entre sus manos.

—No puedes quedarte en el muelle —continuó el sacerdote al tiempo que se acercaba a ella y la tomaba del brazo. El contacto duró un instante; el religioso lo rompió azorado—. Vamos —le instó con cierto nerviosismo—, acompáñame.

Recorrieron la distancia que los separaba de la puerta de Mar: don Damián cargado con un pequeño baúl, Caridad con su hatillo y el sombrero en las manos, sin apartar la mirada de las sandalias del capellán.

—Paso a un hombre de Dios —exigió el sacerdote a los marineros que se apiñaban frente a la puerta.

Poco a poco la multitud fue apartándose para franquearle el paso. Caridad le seguía, arrastrando los pies descalzos, negra como el ébano, cabizbaja. La sencilla camisa larga y grisácea que le servía de vestido, de lienzo grueso y tosco, no conseguía ocultar a una mujer fuerte y bien formada, tan alta como algunos de los marineros que levantaron la mirada para fijarse en su recio pelo negro ensortijado, mientras otros la perdían en sus pechos, grandes y firmes, o en sus voluptuosas caderas. El capellán, sin dejar de andar, se limitó a alzar una mano cuando escuchó silbidos, comentarios desvergonzados y alguna que otra atrevida invitación.

—Soy el padre Damián García —se presentó el sacerdote extendiendo sus papeles a uno de los alcaides una vez superada la marinería—, capellán del navío de guerra La Reina, de la armada de su majestad.

El alcaide ojeó los documentos.

—¿Vuestra paternidad me permitiría inspeccionar el baúl?

—Efectos personales… —contestó el sacerdote mientras lo abría—, las mercancías se hallan debidamente registradas en los documentos.

El alcaide asintió mientras revolvía en el interior del baúl.

—¿Algún contratiempo en el viaje? —preguntó el oficial sin mirarle, sopesando una barrita de tabaco—. ¿Algún encuentro con naves enemigas o ajenas a la flota?

—Ninguno. Todo como estaba previsto.

El alcaide asintió.

—¿Su esclava? —inquirió señalando a Caridad después de dar por finalizada la inspección—. No consta en los papeles.

—¿Ella? No. Es una mujer libre.

—No lo parece —afirmó el alcaide plantándose delante de Caridad, que aferró todavía más su hatillo y su sombrero de paja—. ¡Mírame, negra! —masculló el oficial—. ¿Qué escondes?

Algunos de los demás oficiales que inspeccionaban a la marinería detuvieron su trabajo y se volvieron hacia el alcaide y la mujer que permanecía cabizbaja frente a él. Los marineros que les habían hecho espacio se acercaron.

—Nada. No esconde nada —saltó don Damián.

—Calle, padre. Todos aquellos que no se atreven a mirar al rostro de un alcaide ocultan algo.

—¿Qué va a ocultar esta desgraciada? —insistió el sacerdote—. Caridad, dale tus papeles.

La mujer revolvió en el hatillo en busca de los documentos que le había entregado el escribano del barco mientras don Damián continuaba hablando.

—Embarcó en La Habana junto a su amo, don José Hidalgo, que pretendía regresar a su tierra antes de morir y que falleció durante la travesía, Dios lo tenga en su gloria.

Caridad entregó sus documentos, arrugados, al alcaide.

—Antes de fallecer —prosiguió don Damián—, como es usual en los buques de su majestad, don José hizo testamento y ordenó la liberación de su esclava Caridad. Ahí tiene la escritura de manumisión que otorgó el escribano de la capitana.

«Caridad Hidalgo —había escrito el escribano tomando el apellido del amo muerto—, también conocida como Cachita; esclava negra del color del ébano toda ella, sana y de fuerte constitución, de pelo negro rizado y aproximadamente de unos veinticinco años de edad.»

—¿Qué llevas en esa bolsa? —preguntó el alcaide tras leer los documentos que acreditaban la libertad de Caridad.

La mujer abrió el hatillo y se lo mostró. Una vieja manta y una chaqueta de bayeta… Todo cuanto poseía, la ropa que el amo le había dado en las últimas temporadas: la chaqueta, el invierno anterior; la manta, dos inviernos atrás. Escondidos entre las prendas llevaba varios cigarros que había conseguido racionar en el barco después de robárselos a don José. «¿Y si los descubren?», temió. El alcaide hizo ademán de inspeccionar el hatillo, pero al ver las ropas viejas torció el gesto.

—Mírame, negra —exigió.

El temblor que recorrió el cuerpo de Caridad se hizo patente para cuantos presenciaban la escena. Nunca había mirado a un hombre blanco cuando se dirigía a ella.

—Está asustada —intercedió don Damián.

—He dicho que me mire.

—Hazlo —le rogó el capellán.

Caridad alzó el rostro, redondeado, de labios gruesos y carnosos, nariz achatada y pequeños ojos pardos que trataron de mirar más allá del alcaide, hacia la ciudad.

El hombre frunció el ceño y buscó infructuosamente la huidiza mirada de la mujer.

—¡El siguiente! —cedió de repente, rompiendo la tensión y originando una avalancha de marineros.

Don Damián, con Caridad pegada a su espalda, cruzó la puerta de Mar, un pasadizo flanqueado por dos torres almenadas, y se internó en la ciudad. Atrás, en el Trocadero, quedaban La Reina, el navío de dos puentes y más de setenta cañones en el que habían navegado desde La Habana, y los seis mercantes a los que había escoltado con sus bodegas repletas de productos de las Indias: azúcar, tabaco, cacao, jengibre, zarzaparrilla, añil, cochinilla, seda, perlas, carey… plata. La carrera había sido un éxito y Cádiz los había recibido con repique de campanas. España se hallaba en guerra con Inglaterra; las Flotas de Indias, que hasta hacía algunos años cruzaban el océano fuertemente custodiadas por buques de la armada real, habían dejado de operar, así que el comercio se desarrolló con los navíos de registro, mercantes particulares que conseguían un permiso real para la travesía. Por ello la llegada de las mercaderías y del tesoro, tan necesario para las arcas de la hacienda española, había despertado en la ciudad un ambiente festivo que se vivía en todos sus rincones.

Al llegar a la calle del Juego de Pelota, dejando atrás la iglesia de Nuestra Señora del Pópulo y la puerta de Mar, don Damián se apartó de las riadas de marineros, soldados y mercaderes, y se detuvo.

—Que Dios te acompañe y te proteja, Caridad —le deseó volviéndose hacia ella tras dejar el baúl en el suelo.

La mujer no respondió. Se había embutido el sombrero de paja hasta las orejas y el capellán fue incapaz de verle los ojos, pero los imaginó fijos en el baúl, o en sus sandalias, o…

—Tengo cosas que hacer, ¿entiendes? —trató de excusarse—. Ve a buscar algún trabajo. Esta es una ciudad muy rica.

Don Damián acompañó sus palabras extendiendo su mano derecha, con la que rozó el antebrazo de Caridad; entonces fue él quien bajó la mirada un segundo. Al alzarla se encontró con los pequeños ojos pardos de Caridad clavados en él, igual que en las noches de travesía, cuando tras la muerte de su amo se había hecho cargo de la esclava y la había escondido de la marinería por orden del capitán. Se le revolvió el estómago. «No la toqué», se repitió por enésima vez. Nunca le había puesto una mano encima, pero Caridad le había mirado con ojos inexpresivos y él… Él no había podido evitar masturbarse por debajo de la ropa ante la visión de aquella hembra esplendorosa.

Tan pronto como falleció don José, se cumplió con el rito del funeral: se rezaron tres responsos y su cadáver fue arrojado por la borda metido en un saco y con dos botijos de agua atados a los pies. Entonces el capitán ordenó que se desmontase aquel camarote y que el escribano asegurase los bienes del difunto. Don José era el único pasajero de la capitana; Caridad, la única mujer a bordo.

—Reverendo —le dijo al capellán luego de dar aquella orden—, le hago responsable de mantener a la negra alejada de la tripulación.

—Pero yo… —intentó oponerse don Damián.

—Aunque no sea suya, puede aprovechar la comida embarcada por el señor Hidalgo y alimentarla con ella —sentenció el oficial tras hacer caso omiso a la protesta.

Don Damián mantuvo a Caridad encerrada en su diminuto camarote, donde solo había lugar para la hamaca que colgaba de lado a lado y que durante el día recogía y enrollaba. La mujer dormía en el suelo, a sus pies, bajo la hamaca. Las primeras noches, el capellán se refugió en la lectura de los libros sagrados, pero poco a poco su mirada fue siguiendo los rayos del candil que, como si tuvieran voluntad propia, parecían desviarse de las hojas de sus pesados tomos para empeñarse en iluminar a la mujer que yacía acurrucada tan cerca de él.

Luchó contra las fantasías que le asaltaban a la vista de las piernas de Caridad cuando escapaban por debajo de la manta con la que se cubría, de sus pechos, subiendo y bajando al ritmo de su respiración, de sus nalgas. Y sin embargo, casi involuntariamente, empezó a tocarse. Quizá fuera el crujir de los maderos de los que colgaba la hamaca, quizá la tensión que vino a acumularse en tan reducido espacio, lo cierto fue que Caridad abrió los ojos y toda la luz del candil se centró en ellos. Don Damián sintió que enrojecía y se quedó quieto un instante, pero su deseo se multiplicó ante la mirada de Caridad, la misma mirada inexpresiva con que ahora recibía sus palabras.

—Hazme caso, Caridad —insistió—. Busca trabajo.

Don Damián cogió el baúl, le dio la espalda y reemprendió su camino.

«¿Por qué me siento culpable?», se preguntó mientras hacía un alto para cambiar de mano el baúl. Podía haberla forzado, se excusó como siempre que le atenazaba la culpa. Solo era una esclava. Quizá…, quizá ni siquiera le habría hecho falta recurrir a la violencia. ¿Acaso todas aquellas esclavas negras no eran mujeres disolutas? Don José, su amo, se lo había reconocido en confesión: se acostaba con todas ellas.

—Con Caridad tuve un hijo —le reveló—, igual dos, pero no, no creo; el segundo, aquel muchacho torpe y bobo, era tan oscuro como ella.

—¿Se arrepiente? —le preguntó el sacerdote.

—¿De tener hijos con las negras? —se revolvió el veguero—. Padre, vendía los criollitos en un trapiche cercano propiedad de los curas. Ellos nunca se preocuparon de mi alma pecadora a la hora de comprármelos.

Don Damián se dirigía a la catedral de Santa Cruz, al otro lado de la estrecha lengua de tierra en la que se asentaba la ciudad amurallada cerrando la bahía. Antes de girar una bocacalle, volvió la cabeza y entrevió la figura de Caridad al paso del gentío: se había apartado hasta dar con la espalda en un muro donde permanecía quieta, ajena al mundo.

«Saldrá adelante», se dijo forzando el paso y girando la calle. Cádiz era una ciudad rica en la que podían encontrarse comerciantes y mercaderes de toda Europa y en donde el dinero fluía a espuertas. Era una mujer libre y por tanto debía aprender a vivir en libertad y trabajar. Recorrió un largo trecho y cuando llegó a un punto en que las obras de la nueva catedral, cercana a la de Santa Cruz, se divisaban con nitidez, se detuvo. ¿En qué iba a trabajar aquella pobre desgraciada? No sabía hacer nada, aparte de trajinar en una plantación de tabaco, donde había vivido desde los diez años cuando, procedente del reino de los lucumíes, en el golfo de Guinea, los asentistas de esclavos ingleses la habían comprado por cinco míseras varas de tela para revenderla en el ávido y necesitado mercado cubano. Así se lo había contado el propio don José Hidalgo al capellán cuando este se interesó por la razón por la que la había elegido para el viaje.

—Es fuerte y deseable —añadió el veguero guiñándole un ojo—. Y al parecer ya no es fértil, lo que siempre es una ventaja una vez fuera de la plantación. Después de dar a luz a aquel niño tonto…

Don José le había explicado también que era viudo y que tenía un hijo licenciado que había hecho carrera en Madrid, adonde se dirigía para vivir sus últimos días. En Cuba poseía una rentable plantación de tabaco en una vega cerca de La Habana que él mismo trabajaba con la ayuda de una veintena de esclavos. La soledad, la vejez y la presión de los azucareros por obtener tierras para aquella floreciente industria le habían llevado a vender su propiedad y volver a la patria, pero la peste le atacó a los veinte días de navegación y se cebó con saña en su naturaleza débil y ajada. La fiebre, los edemas, la piel manchada y las encías sangrantes llevaron al médico a desahuciar al paciente.

Entonces, como era obligado en las naves del rey, el capitán de La Reina ordenó al escribano que acudiera al camarote de don José para dar fe de sus últimas voluntades.

—Concedo la libertad a mi esclava Caridad —susurró el enfermo después de

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