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LA REINA JEZABEL (TRILOGíA DE LOS MéDICI 3)

Jean Plaidy  

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Fragmento

1

Dentro de sus gruesos muros de piedra, París ardía bajo el sol del verano. Hacía semanas que, desde los rincones más distantes de la tierra francesa, los viajeros atravesaban las puertas de la ciudad. Los nobles llegaban con su séquito, seguidos por mendigos, vagabundos y ladrones, que se unían a ellos en el camino. Parecía que todos los habitantes de Francia habían decidido presenciar la boda de la princesa católica de Francia con el rey hugonote de Navarra.

De tanto en tanto pasaba una brillante figura acompañada por el sonido de las trompetas que lo anunciaban como noble. En su camino al Louvre atravesaba calles de casas altas y elegantes con techos como agudos bonetes grises, y si se trataba de un noble católico lo saludaban los católicos, y los hugonotes, si era un hugonote.

En las callejuelas, con su mugre y sus moscas, había tensión, y ésta se percibía también en las calles y las plazas sobre las que se elevaban, como guardianas, las torres góticas de la Sainte Chapelle y de Nôtre Dame, los muros sombríos de la Bastilla y la Conserjería. Los mendigos husmeaban el olor de comida que parecía estar perpetuamente en las calles, porque ésta era una ciudad de restaurantes, donde florecían los rôtisseurs y los pâtissiers, protegidos por los nobles y hasta por el rey mismo. Los mendigos estaban hambrientos, pero también alerta.

De vez en cuando estallaba una riña en las tabernas. Se decía que habían matado a un hombre en los Ananas y que su cadáver había sido arrojado en secreto en el Sena. Era un hugonote, y no era extraño que hubiera tenido dificultades en el París católico. Un hugonote entre católicos era una amenaza peligrosa; pero ese verano en París había miles de hugonotes. Se los veía en las calles, frente a la iglesia de Saint-Germain l’Auxerrois, paseando por las calles congestionadas, entre chozas o mansiones; muchos se alojaban tras las paredes amarillas del Hôtel de Bourbon; otros se dirigían a la casa de la esquina de la rue de L’Arbre Sec y la rue Béthisy, que era el centro del más grande de todos los líderes protestantes, el almirante Gaspard de Coligny.

Hacia el este, en la rue Saint-Antoine, se encontraba una de las mansiones más grandes de París, el Hôtel de Guisa, y ese día de verano entró un hombre en la ciudad, cuya aparición llenó de alegría a la mayoría de los parisienses; era su héroe, su ídolo, el hombre más apuesto de Francia junto a quien todos los demás, aunque fuesen príncipes o reyes, parecían hombres del pueblo. Era el rubio duque, de veintidós años de edad, Enrique de Guisa.

Los parisienses le expresaban a gritos su devoción; agitaban sus gorras, aplaudían, saltaban, y sollozaban por el asesinato de su padre, que había sido como él. Era una figura romántica este duque de Guisa, en especial ahora que toda la ciudad se preparaba para celebrar esa boda, porque Guisa había sido amante de la princesa que sería entregada a un hugonote; y París se habría deleitado de ver al duque católico casado con su princesa. Pero se decía que la vieja víbora, la reina madre, había atrapado juntos a los amantes, y como resultado el apuesto duque fue dado en matrimonio a Catherine de Clèves, viuda del príncipe de Porcien, y la alegre y descuidada Margot fue obligada a renunciar al católico Enrique de Guisa y a casarse con el hugonote Enrique de Navarra. Era algo antinatural, pero era lo que podía esperarse de la italiana Catalina de Médicis.

—¡Viva! —gritaban los parisienses—. ¡Viva el duque de Guisa!

Él aceptaba elegantemente el homenaje. Seguido por su comitiva y por los mendigos que se les habían unido en el camino, entró en la rue Saint-Antoine.

La princesa Margarita, en sus aposentos del palacio del Louvre con su hermana, la duquesa Claudia de Lorena, escuchaba los vivas que se oían desde la calle y sonreía con alegría, sabiendo a quién se dirigían. Margarita, conocida en todo el país como Margot, tenía diecinueve años; de formas llenas, vivaz y sensualmente atractiva, se decía que era una de las mujeres más instruidas del país, y una de las más licenciosas. Su hermana mayor, más seria, esposa del duque de Lorena, hacía un agudo contraste con la princesa más joven; Claudia era una joven tranquila y sobria.

Los cabellos negros de Margot caían sobre sus hombros; se había quitado la peluca pelirroja que había elegido ese día. Le brillaban los ojos, y hasta Claudia sabía que brillaban por el apuesto duque de Guisa. Margot y Guisa eran amantes, aunque ya no se guardaban fidelidad. Había demasiadas separaciones y, se decía Claudia, la naturaleza de Margot era demasiado afectiva como para ser constante. La suave y dulce Claudia siempre trataba de ver a las personas con la óptica más condescendiente. Margot había dicho muchas veces a su hermana que le habían arruinado la vida al negarle el permiso de casarse con el hombre que amaba (el único que podía amar). Declaraba que como esposa de Enrique de Guisa habría sido fiel; pero como era su amante y no podía ser su esposa, había quedado deshonrada. Por desesperación aceptó a uno o dos amantes, y luego no pudo renunciar al hábito, porque le era fácil amar, y en la corte había muchos hombres atractivos.

—Pero —explicaba Margot a sus mujeres—, siempre soy fiel al señor de Guisa cuando está en la corte.

Y ahora pensar en él ponía brillo en sus ojos y una sonrisa en sus labios.

—Ve a la ventana, Carlota —ordenó—. Dime, ¿lo ves? Descríbemelo.

Una muchacha llena de encanto se levantó de su butaca y fue hasta la ventana. Carlota de Sauves no podía cumplir una orden como la que acababa de recibir sin proclamar que era la mujer más hermosa de la corte. Sus largos cabellos rizados estaban magníficamente peinados, y su atuendo era casi tan elaborado como los que usaban Claudia y Margot; era rubia, de ojos azules, y tenía dos o tres años más que Margot; su marido, un hombre de edad madura, ocupaba el cargo de secretario de Estado, y si bien sus obligaciones le dejaban poco tiempo para dedicar a su mujer, había muchos otros dispuestos a reemplazarlo en sus responsabilidades conyugales. La reputación de Margot estaba ligeramente dañada, pero la de Carlota de Sauves era francamente mala, porque cuando Margot tenía una aventura, realmente amaba, y ese amor era, aunque sólo temporalmente «el amor de su vida», pero los amores de Carlota eran menos inocentes.

—Ya lo veo —dijo Carlota—. ¡Qué alto es!

—Dicen que es por lo menos una cabeza más alto que los hombres de su comitiva —comentó Claudia.

—¡Y cómo monta a caballo! —exclamó Carlota—. No es de extrañar que los parisienses lo amen.

Margot se levantó y fue rápidamente hasta la ventana.

—No hay otro como él —declaró—. Ah, podría contarte tantas cosas. Ay, Claudia, no te espantes. No te contaré nada, porque no soy tan indiscreta como Carlota y Henriette.

—Sería mejor que nos contaras —sugirió Carlota—, de otro modo muchas de nosotras trataremos de averiguarlo por nuestros propios medios.

Margot se volvió hacia Carlota y le dio un fuerte tirón de orejas. Se lo había enseñado su madre, y sabía por propia experiencia que podía causar mucho dolor.

—Madame de Sauves —dijo, ahora plenamente en su papel de princesa—, haréis bien en guardaros de dirigir la mirada a monsieur de Guisa.

Tocándose apenas la oreja, Carlota replicó:

—Mi señora, nada debéis temer. No dudo de que monsieur de Guisa os es tan fiel... como vos le sois a él.

Margot se apartó y volvió a su asiento; en poco tiempo olvidó su furia, porque esperaba tener un encuentro con Enrique de Guisa; los que la rodeaban la conocían bien, y la querían, porque a pesar de sus defectos era el miembro más agradable de la familia real. Era de genio rápido, pero se calmaba con igual rapidez y era generosa y de buen corazón; siempre ayudaba a los que estaban en dificultades; era vanidosa e inmoral. Llegó a haber rumores desagradables en relación con su afecto por su hermano Enrique, duque de Anjou; en una época lo admiraba mucho, cuando él tenía diecisiete años y era el héroe de Jarnac y Montcontour, y el amor de Margot, aunque fuera por su primo o por su hermano, no negaba nada que se le pidiera. Era hermosa y alegre, e instruida, siempre muy ansiosa por hablar de sí misma, pero era una compañía encantadora, daba placer estar con ella, y todos la amaban.

Ahora, ante las palabras de Carlota de Sauves, debía justificarse a los ojos de sus mujeres. Se estremeció, y se columpió levemente en su sillón.

—Pensar —murmuró— que cada minuto que pasa me acerca más a un matrimonio que detesto.

Trataron de consolarla.

—Serás reina, querida hermana —dijo Claudia.

Otras colaboraron:

—Se dice que Enrique de Navarra, aunque no es tan hermoso como monsieur de Guisa, no carece de atractivos.

Carlota también participó, sin dejar de acariciarse la oreja.

—Muchas mujeres darían fe de sus atractivos —murmuró—. Es un poco rudo, digamos, un poco salvaje, pero sería difícil encontrar a alguien tan afectuoso y además tan elegante como monsieur de Guisa. El duque Enrique es un rey entre los hombres; en cambio dicen que el rey de Navarra no es más que un hombre... entre las mujeres.

—Calla, Carlota —intervino Margot, echándose a reír—. Ah, pero se me aprieta el corazón. ¿Qué puedo hacer? No me casaré con ese idiota. He oído que tiene debilidad por las campesinas.

—No más que por las grandes damas —replicó Carlota—. Sencillamente le gustan todas.

—Puede ser —respondió Margot— que el Papa no otorgue las dispensas. A cada momento ruego que el Papa se niegue a que se realice la boda. ¿Qué podríamos hacer entonces?

Sus damas sonrieron. Opinaban que la madre de la princesa, que deseaba la boda, no permitiría que ésta fuera impedida por un simple Papa. Pero no dijeron nada; lo habitual era participar de las fábulas de Margot. Claudia, por su parte, no deseaba atribular aún más a su hermana.

—Entonces no habrá boda —continuó Margot—, y todos estos hombres y mujeres podrán volver a sus lugares. Pero es interesante ver tanta gente en París. Debo confesar que me gusta. Me encanta oír los gritos de la gente toda la noche. Han convertido la noche en día, sólo porque se han reunido aquí para ver mi matrimonio con el estúpido de Enrique de Navarra, con quien nunca me casaré, con quien he jurado no casarme nunca.

Alguien llamó a la puerta.

—¡Adelante! —gritó Margot, y su rostro cambió cuando vio a Maddalena, la doncella italiana favorita de su madre. Claudia tembló; siempre temblaba cuando había alguna perspectiva de que fuera llamada a presencia de su madre.

—¿Qué sucede, Maddalena? —preguntó Margot.

—Su Majestad, la reina madre, desea la presencia inmediata de madame de Sauves.

Todas menos Carlota demostraron alivio, y ella no dio indicación alguna de lo que sentía.

—Ve de inmediato —dijo Margot con soltura—. No debes hacer esperar a mi madre.

Hubo silencio cuando se fue Carlota. Después de una pausa Margot continuó hablando de su odiado matrimonio, pero sus ojos habían perdido el brillo y la animación desapareció de su rostro.

Carlota de Sauves se arrodilló ante Catalina de Médicis, la reina madre de Francia, hasta que Catalina la autorizó a incorporarse con un movimiento de su bella y blanca mano.

Entonces Catalina tenía cincuenta y tres años de edad; en los últimos años había engordado mucho, porque era amante de la buena comida; vestía de negro, el luto que llevaba desde la muerte de su esposo, Enrique II, ocurrida trece años atrás. Tenía el rostro pálido, las quijadas colgantes, los grandes ojos salientes; un largo velo negro le cubría la cabeza y caía sobre sus hombros. Sus labios pintados sonreían, pero Carlota de Sauves tembló, como les sucedía a muchos cuando estaban en presencia de la reina madre, porque a pesar de su expresión más bien jovial, después de tantos años a nadie se le escapaba su oculta astucia; y había pasado muy poco tiempo desde la muerte de Juana de Navarra, la madre del futuro esposo, a quien habían convencido, contra sus deseos, de que fuera a la corte a hablar del matrimonio de su hijo con la hija de Catalina. La muerte de Juana fue rápida y misteriosa, y como ocurrió inmediatamente después de hacer ella lo que le exigía Catalina, había muchos en Francia que relacionaban la muerte de Juana

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