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LA ROSA DE MEDIANOCHE

Lucinda Riley  

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Fragmento



Índice

La rosa de medianoche

Darjeeling, India, febrero de 2000

Prólogo

Un año después

Londres, julio de 2011

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Jaipur, India 1911

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Astbury Hall 2011

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Inglaterra 1917

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Astbury Hall, julio de 2011

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Donald febrero de 1919

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Astbury Hall, julio de 2011

Capítulo 35

Anahita 1920

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Astbury Hall, julio de 2011

Capítulo 42

Capítulo 43

La casa junto al arroyo, agosto de 1922

Capítulo 44

Astbury Hall, julio de 2011

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Epílogo

India, 1957

Agradecimientos

Bibliografía

Biografía

Créditos

Lucinda Riley nació en Irlanda y escribió su primera novela con veinticuatro años. El secreto de la orquídea (Plaza & Janés, 2011) se convirtió rápidamente en un best seller internacional. Desde entonces, se han vendido en todo el mundo más de tres millones de ejemplares de sus novelas, que han sido traducidas a veintiséis idiomas.

Actualmente vive entre Norfolk y Francia con su marido y sus cuatro hijos.

Título original: The Midnight Rose

Edición en formato digital: enero de 2015

© 2013, Lucinda Riley

© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

© 2015, Matuca Fernández de Villavicencio, por la traducción

Diseño de portada: Penguin Random House Grupo Editorial / Gemma Martínez

Imagen de portada: composición digital a partir de fotografías de © Getty Images, © Fine Art America / Jill Battaglia, © Jill Battaglia / Trevillion Images, © Shutterstock y © Chris Glasel / 500PX

Penguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.  El copyright estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas  y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva.  Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyright al no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está  respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

ISBN: 978-84-01-38952-8

Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.

www.megustaleer.com

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LUCINDA RILEY

 

LA ROSA DE
MEDIANOCHE

Traducción de

Matuca Fernández de Villavicencio

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www.megustaleerebooks.com

Para Leonora

Deja que mis pensamientos te visiten cuando ya no esté, como el arrebol del crepúsculo en el filo del silencio estrellado.

RABINDRANATH TAGORE

Prólogo

Anahita

Hoy cumplo cien años. No solo he conseguido vivir un siglo, sino ver la llegada de un nuevo milenio.

Mientras al otro lado de la ventana despunta el día y el sol se eleva sobre el monte Kanchenjunga, me recuesto en las almohadas y sonrío ante mi absurda ocurrencia. Si fuera un mueble, una butaca elegante por ejemplo, sería catalogada como una antigüedad. Sería lustrada, restaurada y orgullosamente exhibida como algo bello. Por desgracia, no es el caso de mi carcasa humana, que no ha madurado con los años como un exquisito mueble de caoba. Todo lo contrario, mi cuerpo se ha deteriorado hasta quedar reducido a un encorvado saco de arpillera con un montón de huesos dentro.

Toda «belleza» en mí que pueda calificarse de valiosa yace oculta en las profundidades de mi ser. Es la sabiduría de cien años vividos en esta tierra, y un corazón que ha acompañado con su latido todas las emociones y conductas humanas concebibles.

Tal día como hoy hace cien años, mis padres, como era costumbre entre los indios, fueron a ver a un astrólogo para que les hablara del futuro de su recién nacida. Creo que todavía conservo las predicciones del adivino acerca de mi vida entre las escasas pertenencias de mi madre que he guardado. Recuerdo decir a mis padres que sería longeva, pero imagino que tratándose del año 1900, daban por sentado que con la bendición de los dioses viviría, como mucho, hasta los cincuenta largos.

Llaman con suavidad a mi puerta. Es Keva, mi fiel sirvienta, armada con una bandeja de té English Breakfast y una jarrita de leche fría. Aunque he vivido los últimos setenta y ocho años en la India —en Darjeeling para más inri—, el té tomado a la manera inglesa es un hábito del que no he conseguido desprenderme.

No respondo a la llamada a la puerta de Keva, pues esta mañana especial prefiero estar a solas con mis pensamientos un rato más. Seguro que Keva estará deseando hablar del programa del día; estará impaciente por levantarme, lavarme y vestirme antes de que empiece a llegar mi familia.

Cuando el sol comienza a reflejarse en las nubes que cubren las montañas nevadas, busco en la bóveda azul la respuesta que llevo implorando a los cielos cada mañana desde hace setenta y ocho años.

«Hoy, por favor», suplico a los dioses, pues cada hora transcurrida desde la última vez que vi a mi hijo he sabido que todavía respira en algún lugar de este planeta. Si hubiese muerto lo habría sabido al instante, como ha ocurrido con todos los seres a los que he querido cuando han dejado este mundo.

Los ojos se me llenan de lágrimas y vuelvo la cabeza hacia la mesilla de noche para contemplar la fotografía que tengo de él, un ángel de dos años sentado en mis rodillas, sonriendo. Me la dio mi amiga Indira, junto con su certificado de defunción, unas semanas después de que me comunicaran la muerte de mi hijo.

Hace tanto de eso, pienso. A decir verdad, mi hijo también es ahora un anciano. En octubre cumplirá ochenta y un años. Pero, pese a mi poderosa imaginación, me resulta imposible verlo como tal.

Desvío resueltamente la mirada de la foto de mi hijo, sabedora de que hoy merezco disfrutar de la celebración que mi familia me ha organizado. No obstante, en todas estas ocasiones en que veo a mi otra hija y a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, la ausencia de mi hijo solo consigue alimentar el dolor de mi corazón, recordándome que siempre ha estado desaparecido.

Ellos, obviamente, creen y siempre han creído que mi hijo murió hace setenta y ocho años.

—¡Si tienes hasta su certificado de defunción, maaji! Déjale descansar —decía mi hija Muna con un suspiro—. Disfruta de la familia que todavía vive.

Después de todos estos años entiendo que Muna se impaciente conmigo. Y, desde luego, tienes sus razones. Quiere ser suficiente ella sola. Pero nada puede reemplazar a un hijo perdido en el corazón de una madre.

Hoy, sin embargo, las cosas se harán a la manera de mi hija. Me sentaré en mi butaca y disfrutaré observando a la dinastía que he creado. No les aburriré con mis relatos de la historia de la India. Cuando lleguen en sus veloces todoterrenos occidentales, con sus hijos jugando con artilugios que funcionan con pilas, no les recordaré que Indira y yo subíamos las empinadas colinas de los alrededores de Darjeeling a caballo, que la electricidad y el agua corriente en las casas era algo raro en aquellos tiempos, o la voracidad con que leía todos los libros que caían en mis manos. A los jóvenes les irritan las anécdotas del pasado; solo quieren vivir el presente, exactamente como me sucedía a mí a su edad.

Imagino que a la mayor parte de mi familia no le hace demasiada gracia tener que cruzar media India en avión para ver a su bisabuela el día de su centenario, pero quizá esté siendo injusta. Estos últimos años he meditado mucho acerca de por qué los jóvenes parecen incómodos en presencia de los mayores; podrían aprender de nosotros tantas cosas que necesitan saber… Y he llegado a la conclusión de que su malestar se debe a que, en nuestra frágil presencia física, toman conciencia de lo que les tiene reservado el futuro. Solo pueden ver, en su punto álgido de fuerza y belleza, que algún día también ellos se apagarán. No saben qué cosas ganarán.

¿Cómo podrían empezar siquiera a vernos por dentro? ¿Comprender que sus almas crecerán, que su impetuosidad se verá domeñada y sus pensamientos egoístas atenuados por la experiencia de los años?

Pero acepto que así es la naturaleza, en toda su gloriosa complejidad. He dejado de cuestionarla.

Cuando Keva llama a la puerta por segunda vez, la dejo entrar. Mientras me habla en apresurado hindi, doy sorbos de té y repaso los nombres de mis cuatro nietos y once bisnietos. A los cien años una desea demostrar, cuando menos, que la cabeza todavía le funciona bien.

Los cuatro nietos que mi hija me dio se han convertido a su vez en padres competentes y cariñosos. Prosperaron en el nuevo mundo que la independencia con respecto a los británicos trajo a la India, y sus hijos han llevado ese éxito más lejos aún. Si no recuerdo mal, por lo menos seis de ellos han abierto su propio negocio o son comerciantes. Egoístamente, me habría gustado que alguno de mis descendientes se hubiera interesado por la medicina, que hubiera seguido mis pasos, pero soy consciente de que no puedo tenerlo todo.

Cuando Keva me ayuda a entrar en el cuarto de baño para lavarme, tomo en consideración que mi familia ha tenido una mezcla de suerte, inteligencia y conexiones familiares de su lado. Y que a mi amada India le queda todavía un siglo para que los millones de personas que todavía pasan hambre en sus calles vea

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