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LA SEMILLA DEL ODIO

Mónica G. Prieto

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Fragmento



Índice

La semilla del odio

Prólogo

1. La vida en Sadamistán

2. Mártires a su pesar: Irak se prepara para la invasión

3. La invasión

4. Una nación de Alí Babás

5. La historia en llamas, arde la Biblioteca Nacional

6. Irak desentierra el horror de la dictadura

7. Incubando a la bestia: la criminalización del Irak suní

8. Las prisiones, universidades del odio

9. Muqtada hereda la leyenda del clan Sadr

10. El despertar de los desposeídos del Islam

11. La misión española, entre la ficción de Madrid y la realidad de Irak

12. Muqtada toma el control del Irak chií

13. Guerra en el valle de la paz

14. La insurgencia suní se consolida

15. El Irak de los coches bomba

16. Faluya, la Gernika de Irak

17. La psicosis de los secuestros

18. El inicio de la guerra civil

19. Un país devorado por sus demonios

20. La batalla de Bagdad

21. Pescando cadáveres en el Tigris

22. Muros para sellar la división sectaria

23. Marcados para morir

24. Bailando en el infierno

25. El éxodo de las minorías

26. Aurora y ocaso del «despertar» suní

27. Viaje por el antiguo califato de Irak

28. El nuevo Irak, un país bajo trauma

29. Irak a ojos de sus ocupantes

30. La Siria de Bashar, retaguardia de la insurgencia iraquí

31. El gran sueño del Kurdistán

Epílogo

Bibliografía

Mapas

Sobre este libro

Sobre los autores

Créditos

Notas

A Yeray y a Nur.

A nuestros padres.

Es un ciclo tan antiguo como el tribalismo. Todo comienza con la ignorancia. La ignorancia genera miedo. El miedo genera odio, y el odio genera violencia. La violencia provoca más violencia hasta que la única ley viene dictada por la voluntad del más fuerte.

DAVID MITCHELL, El atlas de las nubes

Las religiones, como las luciérnagas, necesitan oscuridad para brillar.

ARTHUR SCHOPENHAUER

 

Prólogo

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Bagdad/Madrid, agosto de 2004

La llamada de Yaroub me sobrecogió por la ansiedad que denotaba su voz, habitualmente pausada y reflexiva. «Aún me cuesta creer lo que me ha pasado —comenzó, con tono confuso, buscando las palabras exactas para explicarse—. Tengo mi propio informe de la Mujabarat entre las manos», prosiguió, arrastrando su peculiar español, marcado por un fuerte acento árabe, al que tan habituada estaba.

Al principio no comprendí lo que mi amigo quería decir, sobre todo dado el momento histórico en el que nos encontrábamos: un año después de la invasión de Irak, el país se hallaba inmerso en un torbellino de acontecimientos difíciles de asimilar y a menudo imposibles de descifrar. Cada día ocurrían eventos que lo empujaban un poco más al abismo, y ni los iraquíes ni los extranjeros que habíamos asistido en primera persona al cambio de régimen y al tormentoso periodo posterior nos sentíamos autorizados a desentrañar todos aquellos sucesos, esperados o inesperados, que retorcían, deformaban, estrujaban la normalidad hasta convertirla en jirones, configurando un futuro cada vez más oscuro y complejo. Decisiones políticas destinadas a confrontaciones, insurgencias, castigos colectivos, atentados, saqueos, criminalidad rampante y tolerada, criminalización del antiguo sistema, detenciones masivas, yihadismo, limpieza sectaria... Comprendíamos el potencial desestabilizador de aquel cambio de régimen violento, abrupto e improvisado, pero no sabíamos ni podíamos calcular las consecuencias que tendría para todo el mundo.

Había regresado de Bagdad semanas atrás, después de tres meses de cobertura en los que Yaroub y nuestro conductor y amigo Jalil habían sido mi sombra, mis protectores y mi guía, como ocurría desde principios de 2003, cuando comenzamos a trabajar juntos. La confianza que nos unía era sólida, en honor a todo lo que habíamos vivido. Nuestra complicidad permitía comunicarnos en las ocasiones más complicadas con simples miradas y gestos, pero a través de la línea telefónica no supe cómo interpretar lo que me contaba. No alcanzaba a entender quién ni por qué habría tenido el interés necesario para escarbar en los archivos de la Mujabarat para encontrar su dossier y le pedí que comenzase por el principio, formulándole las preguntas obvias. «Verás, alguien me llamó en julio, pocos días antes viajar a Europa —prosiguió, buscando un hilo del que tirar—. Al principio, pensé que era de los servicios de inteligencia de Sadam Husein, porque ¿quién más iba a tener mi número? El caso es que mi interlocutor empleó pocas palabras. Solo me dijo que tenía algo para mí, que necesitaba verme unos minutos. Le contesté que podía venir a mi casa cuando quisiera. Le di mi dirección y quedamos al día siguiente en mi domicilio.»

En aquellos meses, los atentados con coche bomba se extendían por todo el país, como lo hacía la propia insurgencia contra los invasores estadounidenses y sus aliados. Los primeros secuestros, perpetrados por criminales comunes liberados durante las amnistías de Sadam que precedieron a la ocupación, enturbiaban el ambiente y minaban la confianza, pero Yaroub, un hombre íntegro, valiente y profundamente religioso, no temía a otros iraquíes: solo temía a Alá. Al día siguiente, a la hora acordada, se levantó a abrir la puerta de su vivienda, una amplia edificación con jardín en el acomodado barrio de Al Adel, a un joven de veintipocos años al que nunca había visto. «Parecía un campesino ataviado con un traje elegante en el que no se sentía cómodo. Le saludé y él me tendió una carpeta azul. “Esto es para ti”, me dijo. Miré la primera página y supe inmediatamente que se trataba de la carpeta que contenía todos los documentos que los servicios de inteligencia habían acumulado sobre mí. Le respondí que no me interesaba, pero él se dio la vuelta y se marchó. Me dio la impresión de que alguien le había encargado que me llevase el fichero, pero me quedé con las ganas de saber quién. En aquellas fechas, la gente de Ahmed Chalabi[1] había tomado el cuartel general de la Mujabarat en el barrio de Mansour, y me imaginé que era cosa de ellos, aunque nunca tuvo sentido. Cuanto más tiempo pasa, menos me cuadra que me dieran los documentos.»

La situación se antojaba tan surreal como todo lo que envolvía al Irak invadido, pero Yaroub decidió posponer la apertura del legajo. «Dejé la carpeta encima del armario y me olvidé del asunto hasta que regresé de mi viaje. Entonces, me acordé y la recuperé. Contenía unas cuatrocientas páginas con toda mi actividad laboral desde los años noventa. Todos los informes que yo mismo elaboraba y los que elaboraron sobre mí, en folios oficiales con el escudo del Jihaz al Mujabarat [Directorio de Inteligencia]. Sabía que tenían su mirada sobre mí, pero no podía imaginar hasta qué punto se registraba cada paso que daba.»

Ante sus ojos, gracias a la maquinaria de espionaje interno de Sadam, Yaroub tenía una copia en papel de su propia vida reciente. El volumen del legajo se explicaba porque este hombre culto, con un remarcable don de gentes y gran facilidad para los idiomas, era uno de los pocos iraquíes que había trabajado para empresas extranjeras en los años de las sanciones, cuando el paranoico régimen supervisaba con minuciosidad a sus visitantes. Entre 1990 y 1998 Yaroub, una amable persona de estatura media, compacta constitución militar, grandes bolsas bajo los ojos y tibias arrugas que terminarían cuarteando su rostro de forma prematura, había ejercido como guía turístico, actividad en la que se veía acompañado de forma permanente por un espía del Gobierno en busca de potenciales disidentes o comentarios contrarios al gobierno. «Solían ser muy obvios, no sabían disimular. Se notaba que su misión era vigilarnos y se mostraban celosos cuando los turistas nos daban una propina a los guías y conductores, mientras que ellos no recibían nada. La tensión terminó en denuncia y me llamaron de los servicios de inteligencia para investigarme: terminaron prohibiéndome trabajar con extranjeros, pero el director de la compañía turística les convenció para levantarme el veto», explicaba. Resultaba previsible que su innato don de gentes le granjease enemigos: su abrumadora amabilidad y sinceridad cristalina le convertían en un individuo poco común, abierto y tolerante, un entusiasta del trabajo bien hecho, siempre dispuesto a ayudar y con un sólido sentido del deber hacia los demás. La envidia de los mediocres.

Su labor con los turistas terminó en 1999, cuando cambió de empleo. «Comencé a trabajar para una compañía de importación y exportación china, que gracias al acuerdo “Petróleo por alimentos” vendía material a los ministerios de Transportes, Comercio y Defensa. Eso me llevó a familiarizarme con el concepto de corrupción, del que tanto me había hablado mi padre cuando era un niño sin que yo alcanzase a comprenderlo, porque entonces Irak no era un país corrupto. Incluso en la última era de Sadam, la corrupción era relativa, pero a veces había que pagar unos dinares para lograr acelerar las cosas.»

El trabajo con extranjeros había convertido a Yaroub en un privilegiado entre los iraquíes. «Tenía un sueldo de 250 dólares al mes, un lujo para aquella época.» En 2003, los tambores de guerra que sonaban desde Washington ampliaron, a su pesar, su perspectiva profesional. Bagdad se llenó de periodistas de todas las nacionalidades, y el régimen, tan obsesionado con el control de la información, ca

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