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LA SEñORA DALLOWAY

Virginia Woolf  

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Fragmento

La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores.

Porque Lucy tenía trabajo más que suficiente. Había que desmontar las puertas; acudirían los hombres de Rumpelmayer. Además, pensó Clarissa Dalloway, qué mañana… diáfana, como regalada a unos niños en la playa.

¡Qué aventura! ¡Qué zambullida! Porque esa era siempre la impresión que tenía cuando, con un leve chirrido de los goznes, que ahora le pareció oír, abría de par en par las puertas vidrieras y se sumergía en el aire libre de Bourton. Qué diáfano, qué calmo, más manso que este desde luego, era el aire a primera hora de la mañana; como el golpe de una ola; como el beso de una ola; fresco y penetrante y sin embargo (para una muchacha de dieciocho años, como era ella entonces) solemne, con la sensación que la embargaba, ante la vidriera abierta, de que algo espantoso estaba a punto de ocurrir; mientras miraba las flores, los árboles con el humo que se enroscaba a su alrededor y los grajos que ascendían y descendían; y lo contempló hasta que Peter Walsh dijo: «¿Meditando entre las hortalizas?» —¿fue eso?—. «Prefiero los hombres a las coliflores» —¿fue eso?—. Seguramente lo dijo a la hora del desayuno, una mañana en que ella salió a la terraza. Peter Walsh. Regresaría de la India un día de estos, en junio o julio, había olvidado cuándo, porque sus cartas eran aburridísimas; lo que se recordaba era lo que decía; sus ojos, su cortaplumas, su sonrisa, su malhumor y, cuando millones de cosas se habían desvanecido del todo —¡qué extraño era!—, unas cuantas frases como esa sobre las coles.

Se envaró un poco en el bordillo esperando a que pasara la furgoneta de Durtnall. Una mujer encantadora la consideraba Scrope Purvis (que la conocía como se conoce en Westminster a quien vive en la casa de al lado); tenía algo de ave, de arrendajo, verde azulado, ligera, vivaz, aunque ya había cumplido los cincuenta y se había vuelto muy pálida a raíz de la enfermedad. Y allí estaba posada, sin verlo, esperando para cruzar, muy erguida.

Porque viviendo en Westminster —¿cuántos años hacía ya?, más de veinte— se siente incluso en medio del tráfico, o al despertar por la noche, Clarissa estaba segura, un silencio especial, o una solemnidad; una pausa indescriptible; una suspensión (aunque esto quizá se debiera a su corazón, afectado, según decían, por la gripe) antes de las campanadas del Big Ben. ¡Ahora! Ya sonaba. Primero un aviso, musical; luego la hora, irrevocable. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire. Qué tontos somos, pensó mientras cruzaba Victoria

Street. Porque solo Dios sabe por qué la amamos tanto, por qué la vemos así, inventándola, construyéndola a nuestro alrededor, derribándola, creándola de nuevo a cada instante; pero hasta las mujeres zarrapastrosas, los más desdichados de los infelices sentados en los portales (la bebida, su perdición) hacen lo mismo; de nada servían, estaba segura, las leyes del Parlamento por esa misma razón: amaban la vida. En los ojos de la gente, en el balanceo, el paso firme y el cansino; en el griterío y la barahúnda; en los carruajes, los automóviles, los autobuses, las furgonetas, los hombres anuncio que arrastraban los pies y se balanceaban, las bandas de música; en los organillos; en el triunfo y el campanilleo y el extraño canto agudo de un avión en el cielo estaba lo que ella amaba: la vida; Londres; este momento de junio.

Pues mediaba el mes de junio. La guerra había terminado, salvo para algunos como la señora Foxcroft, que la noche anterior, en la embajada, se atormentaba porque aquel joven simpático había muerto en la guerra y ahora un primo heredaría la antigua casa solariega; o como lady Bexborough, quien inauguró una tómbola, según decían, con el telegrama en la mano: John, su predilecto, había muerto; pero había terminado; a Dios gracias, había terminado. Era junio. El rey y la reina estaban en el palacio. Y por todas partes, pese a ser aún tan temprano, imperaba un ritmo, un movimiento de caballos al galope, el repiqueteo de bates de críquet; Lords, Ascot, Ranelagh y el resto; envueltos en la suave red del aire matutino gris azulado, que, a medida que avanzara el día, iría liberando y colocando en los céspedes y campos de juego los vigorosos caballos, cuyas patas delanteras apenas tocaban el suelo antes de volver a alzarse, y los muchachos presurosos; y las muchachas risueñas con sus vestidos de muselina transparente, quienes, incluso ahora, después de haber bailado toda la noche, sacaban a pasear a sus ridículos perros lanudos; e incluso ahora, a esta hora, ancianas damas discretas pasaban veloces en automóviles para realizar recados misteriosos; y los tenderos toqueteaban en los escaparates la bisutería y los diamantes, los preciosos broches antiguos verdemar con engaste del siglo xviii para tentar a los estadounidenses (pero hay que economizar, no hay que comprar a la ligera cosas para Elizabeth), y también ella, que amaba todo eso como lo amaba, con una pasión absurda y fiel, y formaba parte de ello, ya que sus antepasados habían sido cortesanos en los tiempos de los Jorges, iba esa misma noche a brillar y resplandecer; iba a dar una fiesta. Pero qué extraño, al entrar en el parque, el silencio; la neblina; el murmullo; los patos felices que nadaban despacio; los pájaros panzudos anadeando; y quién se acercaba de espaldas a los edificios gubernamentales, de la manera más apropiada, con una cartera oficial que llevaba grabado el escudo real, sino el mismísimo Hugh Whitbread; su viejo amigo Hugh, ¡el admirable Hugh!

—¡Muy buenos días, Clarissa! —dijo Hugh, de forma un tanto excesiva, ya que se conocían desde la infancia—. ¿Adónde va?

—Me gusta pasear por Londres —repuso la señora Dalloway—. Es mejor que pasear por el campo.

Habían venido —desgraciadamente— para ir al médico. Otra gente venía para ver cuadros, ir a la ópera, acompañar a sus hijas a actos sociales; los Whitbread venían «para ir al médico». Innumerables veces había visitado Clarissa a Evelyn Whitbread en una clínica. ¿Estaba Evelyn enferma de nuevo? Evelyn se encontraba bastante indispuesta, dijo Hugh, dando a entender con una especie de mohín o un erguimiento de su cuerpo un tanto orondo, varonil, extremadamente apuesto y forrado a la perfección (siempre iba casi demasiado bien vestido, pero se suponía que debía hacerlo por su pequeño cargo en la corte), que su esposa tenía alguna afección interna, nada grave, lo que Clarissa Dalloway, como antigua amiga, entendería sin pedirle que precisara. Ah, sí, claro que lo entendía; vaya lata; y experimentó un sentimiento de hermana y, al mismo tiempo, una extraña preocupación por su sombrero. No era el adecuado para esa hora temprana de la mañana, ¿verdad? Porque Hugh siempre conseguía que se sintiera, mien

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