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LA SEñORITA

Ivo Andric  

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Fragmento

El cielo sobre Belgrado es vasto y alto, muy cambiante, pero siempre hermoso, tanto durante la claridad invernal, con su fría magnificencia, como durante las tormentas veraniegas, cuando se transforma en una única nube sombría que, empujada por un loco viento tempestuoso, trae la lluvia mezclada con el polvo de la llanura panonia; también en primavera, cuando parece florecer al mismo tiempo que la tierra, y en otoño, cuando está cargado con los enjambres de las estrellas otoñales. Siempre hermoso y rico, es, para esta ciudad extraña, una compensación por todo lo que ella no posee y un consuelo por todo lo que no debía existir. Pero la mayor suntuosidad de este cielo de Belgrado la constituyen sus puestas de sol. En otoño y en verano son largas y brillantes como un espejismo en el desierto; en el invierno, por el contrario, se adelgazan entre nubes oscuras y nieblas de un rojo amarillento. En todas las estaciones hay con mucha frecuencia días en los que el fuego de este sol, que se hunde en las llanuras entre los ríos que rodean Belgrado, reflejándose sobre la alta cúpula del cielo, se rompe y se derrama como un resplandor carmesí sobre la desparramada ciudad. Entonces la rojez del sol colorea por unos instantes hasta los rincones más apartados de Belgrado y se refleja en las ventanas de las casas, que él sólo ilumina débilmente.

Esa luz resplandecía en el año 1935, en la tarde de uno de aquellos días de febrero, en la fachada de una descuidada casita de la calle Stig. Debido al rápido crecimiento de la calle, se habían juntado allí los números de las casas, y la numeración oficial se había quedado corta, de

I forma que ahora existían dos números 16 y hubo que designar a uno de ellos 16 A. Precisamente este número es el que ostenta esa casa baja, amarilla, apretada y perdida entre dos edificios altos y modernos de los nuevos tiempos. La insignificante casa de una sola planta es anterior a la época de las guerras balcánicas, cuando se decía del país que estaba a espaldas de Dios, cuando el metro cuadrado de terreno se compraba por un dinar, y cuando las casas de esta calle —todas muy bajas— eran aún raras, estaban separadas unas de otras por amplios jardines, y sobresalían más o menos o se quedaban escondidas según el humor y las necesidades del propietario. En aquellos tiempos, los números de las casas no tenían tanta importancia. Se sabía a quién pertenecía la casa, y la mayoría de las veces las personas se conocían unas a otras, por lo menos de nombre o de vista. Cuando no se conocían, era raro que se buscasen, y, en caso de necesidad, se las localizaba más fácilmente que hoy.

Tales casas del Belgrado de antes de la guerra son aún frecuentes en la actualidad en las calles más apartadas. Se parecen todas, no por el tamaño, sino por la forma y el material, la distribución del espacio y, más o menos también, por la disposición interior. Dos o cuatro ventanas miran a la calle, según la vivienda tenga dos o tres habitaciones. Bajo las ventanas se evoca con mortero algún motivo secesionista o un sencillo ornamento geométrico de una forma siempre igual e ideado por algún maestro de obras de Crnotrava1. La puerta de hierro, cuya mitad superior está hecha de alambres trenzados y adornada por arriba con aguijones también de hierro, deja pasar a un pequeño patio de diminutos adoquines y con un pequeño arriate a lo largo del muro por el que trepan parras o rosales silvestres. Aquí, en el centro de la fachada, está la entrada, con uno o dos escalones de piedra y cubierta por un tejadillo de madera que en el caso de los ricos, sin embargo, suele ser de grueso cristal opaco. Más adentro, detrás del edificio, está el jardín con un nogal en el medio, a menudo también con un pozo al lado y con ciruelos y alberchigueros tempranos junto a la valla que separa la  propiedad del jardín y del patio del vecino. También en el interior la distribución del espacio es casi siempre igual: un gran recibidor, unas tres o cuatro habitaciones y una cocina.

Ahora bien, siendo en todo iguales, se diferencian estas casas por su aspecto exterior. Unas están encaladas, visiblemente bien cuidadas y reparadas con regularidad. La puerta de hierro del patio está pintada con un color claro de pintura al aceite; las ventanas, limpias y cubiertas con finos visillos blancos. Tales casas muestran que sus habitantes caminan al compás de los tiempos, que trabajan y ganan dinero, que exigen algo de la vida y que lo reciben también. Otras casas, por el contrario, son feas y están descuidadas: el alero agujereado, los canalones descolgados, la pintura descolorida, las cornisas y los adornos primitivos se desmoronan. La pared que corre bajo la ventana está salpicada por el barro de la calle y pintarrajeada con los primeros ejercicios de escritura de los niños. A través de los cristales de las ventanas se vislumbra el descuido interior, la pobreza o sencillamente la ausencia de necesidades.

La casa 16 A pertenece a este último grupo. Tiene en total dos ventanas, que miran a la calle, y en las que sobresalen barras cruzadas de pesado hierro, que le dan a toda la casa un aspecto sombrío y carcelario. A juzgar por su aspecto, podría creerse que está abandonada o que espera un comprador que la adquiera no para vivir en ella, sino para derribarla y construir una nueva y más grande, parecida a las dos que la ciñen a izquierda y derecha. Pero, si se mira con más atención, se ve que detrás de una de esas ventanas sin visillos ni flores está sentada una mujer envejecida, inmóvil e inclinada hacia delante, con esa expresión ausente y sin embargo concentrada, que tienen los rostros de las mujeres que se encorvan sobre una labor de costura. Es la señorita Rajka Radakovic.

Los habitantes más viejos de la calle Stig, los que ya vivían allí antes de que fuesen construidas las nuevas casas de varios pisos y acudieran gentes nuevas y desconocidas, sabían desde luego su nombre, pero todos la llamaban simplemente la señorita.

Se estableció allí procedente de Sarajevo, poco después de la liberación, en el año 1919; se compró la casa y vivió en ella con su madre,  pero ésta murió tres años después. Desde entonces vive sola, sin parientes y sin servidumbre; también casi sin visitas ni amigos. ¿De qué vive? (Porque ésta es la pregunta primera y más importante, la que aquí se formula respecto a cada cual y se repite incansablemente, hasta que se ha encontrado o se ha inventado una respuesta.) Los viejos habitantes de la calle Stig descubrieron en tiempos que la señorita vivía de una renta y de sus ahorros. Unos afirmaban que era rica y nadaba en oro; los otros, que era pobre y que se moría de hambre. Por lo demás, hace ya muchos años que, en este mundo animado y abigarrado, nadie se preocupa especialmente de la vieja señorita que vive completamente retirada.

En los últimos años es raro verla. Sólo de tarde en tarde acude al mercado de la plaza Kalenic, y en invierno sale sola a barrer la nieve de la acera que hay delante de su casa. Es una solterona alta y delgada que ronda la cincuentena. Su rostro es amarillento y está surcado por muchas arrugas. Estas arrugas son insólitamente profundas, y, sobre la frente, justo encima de la nariz, se cruzan dibujando un triángulo equilátero que une dos cejas poderosas. En esos pliegues yace, como un poso negro, una fina sombra. Por todo eso, su rostro posee una expresión sombría y atormentada que no alivia la mirada de sus ojos, pues también de ellos brota la oscuridad. Pero su porte es erguido —sin rastro de la indecisión que la gente solitaria, enfermiza y pobre revela en todos los detalles— y su paso es rápido y animoso. Con su chaquetón negro y su falda

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