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LA SONATA SIN NOMBRE

Beatriz O'Shea  

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Fragmento

1

El timbre del teléfono rompió el silencio en el piso, al que apenas iluminaban ya los débiles rayos de sol del último domingo de septiembre. Segundo tono. Los altos techos con molduras de escayola y las paredes desnudas, salpicadas tan solo con algunos pósteres y fotografías, ampliaban el ruido. Tercer tono. El sonido escapaba del salón inundando el largo pasillo, dejando atrás la cocina y el pequeño cuarto de baño, asomándose a los dormitorios, chocando al fin contra la puerta de entrada. Una antigua puerta de madera con un cerrojo algo oxidado que se abrió para dar paso a la carrera de un joven por el pasillo, al tiempo que gritaba:

—¡Ya voy! ¡Voy! ¡Aguanta, que ya llego!

Elena sonrió mientras recogía las bolsas que Javi había dejado sobre el felpudo. Tras el cuarto tono, le oyó contestar al teléfono y entró en la casa cerrando tras de sí la puerta con el pie. Dejó las llaves sobre un aparador y se dirigió a la cocina. Una vez más habían tenido que ir a hacer la compra a uno de esos supermercados que permanecían abiertos las veinticuatro horas del día los siete días de la semana. Su trabajo y su intensa vida social hacían que se vieran obligados a acudir a estos establecimientos en las tardes de domingo, o al menos en aquellas en las que decidían que su alimentación no podía seguir basándose en comida precocinada.

Cuando Elena se disponía a meter la compra en la nevera, Javi se asomó a la puerta de la cocina con el teléfono en la mano y, tapando el micrófono, susurró:

—Es para ti, la marquesa de no sé qué. Le he preguntado qué quería pero se ha negado a contestarme. Dice que prefiere hablar directamente contigo.

Tras hacer una mueca de extrañeza, le tendió el teléfono.

—¿Diga? —preguntó Elena intrigada.

—Buenas tardes. Llamaba para ver si me podía usted poner en contacto con la señorita Irina Ionescu, que estudia en la fundación Verdes-Montenegro. Estoy intentando hablar con ella y no hay manera. Y no quiero que la gente de la fundación meta mano en esto. Se trata de un tema muy delicado. Hay una herencia valiosa, muy valiosa de por medio, y mire...

—Perdone —Elena intentó interrumpirla.

—... justo ayer lo estuve comentando con el doctor Merry, con quien coincidí en una cena en el hotel Villamagna, espléndida por cierto. Estuvimos hablando de cómo podría hacer para lograr contactar con ella. Porque esto es muy importante, bueno, era muy importante para nuestra gran amiga común Catalina, señora de Villamil.

—¡Disculpe! —repitió Elena, elevando un poco el tono de voz para hacerse oír, y consiguiendo así que la marquesa le prestara al fin atención—. Perdone, pero, ¿quién es usted?

—Soy la marquesa viuda de Lezma.

—¿Y por qué se ha puesto en contacto conmigo? —preguntó extrañada.

—Por si me puede ayudar, claro está. La he estado llamando toda la tarde pero nadie contestaba al teléfono —respondió la mujer, con un claro tono de reproche en su voz.

—Bueno, es que no estábamos en casa —se disculpó cortésmente Elena, aunque no tenía claro por qué debía hacerlo—. Pero, ¿qué puedo hacer yo para ayudarla?

—¿No es usted la señorita Elena Verdes-Montenegro?

La marquesa comenzaba a impacientarse.

—Sí —reconoció Elena.

—Pensé que igual podía ponerme en contacto con alguien de su familia, alguien que esté en la fundación —dijo la marquesa, como si lo que decía fuera obvio.

—¿Y dice que quiere localizar a...?

Mirando a Javi, Elena hizo un gesto con su mano libre, como si escribiera, y rápidamente él abrió un cajón de la cocina y le tendió una libreta y un bolígrafo. La miraba como hipnotizado, incluso tenía la boca entreabierta, y Elena sabía que se moría de ganas de que la conversación terminara para enterarse de todos los detalles.

—Irina Ionescu. Es violinista y ahijada del gran Andrei Popescu. Supongo que este nombre sí le sonará, ¿no?

—Claro —contestó Elena, tomando nota de aquel nombre que oía por primera vez en su vida—. ¿Y por qué dice que quiere contactar con ella?

La mujer emitió un chasquido con la lengua, algo molesta por tener que repetir de nuevo la historia.

—Porque mi gran amiga Catalina, señora de Villamil, ha estipulado en su herencia legarle a Irina un objeto que tenía un gran valor sentimental para ella. Yo soy su albacea testamentaria y, como tal, tengo que velar por que se cumpla su última voluntad.

—Comprendo. Y prefiere no contactar con ella directamente a través de la fundación —intuyó Elena.

—De hecho, ya lo he intentado. Pero no me fío de ese hombre que la dirige, me está poniendo muchas trabas para dar con Irina, y empiezo a pensar que tiene algún motivo para evitar que lo haga.

La marquesa hizo una pausa, como si reflexionara sobre algo, y entonces su tono de voz se volvió más cercano.

—Mire, si usted no me ayuda, la verdad es que no sé cómo voy a conseguir esto. Y de verdad que contactar con esta chica es vital para mí.

Elena percibió el temblor de su voz y, como si se tratara de un interruptor, le vino a la mente la imagen de su abuela, a quien la unía una relación muy especial. Recordó la noche en la que se cayó en su habitación, tratando de salir de la cama, y quedó tendida en el suelo, incapaz de levantarse por sí misma. La pobre mujer pasó la noche en vela, asustada y muerta de frío, hasta que su asistenta la encontró a la mañana siguiente. Elena hubiera dado cualquier cosa por haber estado allí con ella y ayudarla.

Su abuela había muerto varios años atrás, pero su recuerdo seguía con ella, y la veía en aquellas personas mayores que sufrían de soledad. Como la señora Ramiro, una anciana que vivía en el piso encima del suyo y a quien iba a visitar algunas tardes para hacerle algo de compañía. La señora Ramiro vivía sola desde que enviudara treinta años atrás y recibía únicamente atención de su nieto Valentín, a pesar de que tenía otras dos nietas a las que había criado cuando su única hija murió de un terrible cáncer.

La desesperación velada que notó en la voz de la marquesa por tener que pedir un favor a alguien que ni siquiera era de su familia le recordó a ellas.

—Bueno, veré lo que puedo hacer —cedió—. Deme por favor un número de teléfono donde pueda localizarla.

—Se lo agradezco de veras —contestó aliviada la marquesa y, tras dudar unos segundos, le dictó su número de contacto.

—Déjeme un par de días para intentar hacer algo. La llamaré de nuevo en cuanto tenga noticias —prometió Elena.

—No deje de hacerlo. Y, por favor, sea discreta. No querría perder definitivamente la oportunidad de verme con la señorita Ionescu.

Elena colgó el teléfono y se tomó un momento para poner en orden sus ideas. Paseó distraídamente la mirada por la vieja cocina, ahora repleta de bolsas de supermercado llenas de comida que esperaba ser colocada en su lugar.

—¿Y bien? —preguntó Javi, vencido por la curiosidad.

Elena le repitió la conversación con todo detal

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