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LA SéPTIMA LáPIDA

Igor de Amicis  

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Fragmento

1
 
El corazón de las tinieblas victoriosas

Lunes, 18 de enero de 2016,

Santa Margarita de Hungría, princesa y monja

1

El aire de la mañana era frío y una lluvia fina caía sobre el pequeño cementerio de pueblo. Una tenebrosa isla de dolor en la provincia de Nápoles. Filas alineadas de tumbas, letras de bronce, rostros, lamparillas trémulas y flores marchitas. Una verja herrumbrosa que había visto días mejores, grava sobre el adoquinado, sonidos atenuados y nadie rezando. La cotidiana procesión de viudas inconsolables no había comenzado aún: siempre el mismo camino, los mismos gestos, paso tras paso hasta acercarse al momento en que encontrarían su lugar entre los muertos.

Gran cosa, la fe.

Rodeadas de silencio, siete losas de mármol reluciente hincadas a la fuerza en la tierra negra, dientes mellados en una boca abierta de par en par.

Tendido a los pies de su lápida, el primer afortunado ya estaba allí. Brazos y piernas extendidos sobre el cieno del camposanto, la cabeza caída hacia atrás, la garganta cortada de un tajo, la expresión congelada en un grito mudo. La sangre que fluía de la herida había manchado la medalla de oro del padre Pío y había impregnado la hierba. Un gato había venido a lamerlo para desayunar.

«Vitaliano Esposito, 27 de octubre de 1963 - 14 de enero de 2016», decía la inscripción.

Sobre las otras seis sepulturas únicamente los nombres y las fechas de nacimiento. Para la muerte, había tiempo. Aquellas eran lápidas para el futuro, en espera.

2

El talego es el talego.

Una observación de mierda pero absolutamente verdadera. Hasta el último metro de los patios de paseo, hasta el último recuento de la noche, hasta la última reja que se cierra.

Puedes colgar en la pared los carteles de tetas y culos entre el padre Pío y el Papa, jugarte a las cartas los únicos cinco cigarrillos, frecuentar el taller mecánico o hablar con los asistentes sociales hasta que se te seque la lengua, pero todo es inútil. El talego es siempre lo peor. El talego es acero y hormigón, corredores de luces de neón y peste a cebolla, ruido de rejas y llaves, y tú allí esperando a que el tiempo pase. Los segundos, los minutos, los días..., los años.

El talego es el talego. Y si lo ves de otra manera es que nunca has estado allí.

Michele Vigilante estaba tumbado en el catre de la litera de arriba, suspendido a medio camino entre el suelo y el techo, mirando las manchas de moho. Ahora cada vez dormía menos, ni siquiera cinco horas de noche. No es que le importara no dormir, los horarios o llegar tarde; allí dentro si algo le sobraba era tiempo. Pero siempre despierto, el talego todavía se hacía más largo. Ya llevaba más de veinte años.

Una luz clara se filtraba a través de los barrotes y las rejas, el cielo estaba blanco y una brisa cortante entraba por la ventana entornada. El aire frío en la cara era una sensación agradable, la piel tiraba y te sentías vivo. Los corredores de la sección todavía estaban en silencio, los demás dormían o al menos estaban callados, lo que ya era un acontecimiento.

Michele encendió el primer cigarrillo del día y una nube gris se arremolinó hasta las manchas de moho. Llevaba años mirando aquel techo, se conocía de memoria cada lamparón y grieta de un enlucido que jamás podría olvidar.

Oyó el ruido de las llaves de latón al fondo de la sección, las rejas abriéndose, un quedo vocerío y las pisadas de las botas reglamentarias sobre el pavimento. Más que de costumbre. Enseguida comprendió de qué se trataba.

—Vigilante, registro.

El inspector de la policía penitenciaria abrió el cierre automatizado de la celda mientras Michele bajaba del catre, un pie sobre un peldaño y el otro en el suelo. Estuvo por tirar el cigarrillo por la ventana, pero todavía lo tenía a la mitad. Lo alzó frente al madero en muda interrogación. El hombre hizo un gesto imperceptible de asentimiento y Michele salió fumándose su Marlboro. Uno de los pequeños privilegios de llevar allí tanto tiempo.

El registro se desarrolló según el ritual: los internos encerrados en la sala de socialización de la sección y los agentes rebuscando en las taquillas y en las bolsas, bajo los colchones y fuera de las rejas.

Michele se puso junto a la ventana a dar las últimas caladas mirando el paisaje: colinas verdes y un cielo claro se perdían hasta el horizonte.

Aquel sitio no estaba tan mal... Cárcel aparte, claro está.

Los demás hablaban en voz alta, atropellándose sin respeto y sin sentido. Recitaban su continua letanía siempre igual, una cantinela obsesiva que le martilleaba el cerebro cada día más: el que habían arrestado o al que habían disparado; al que habían traicionado y el que quería vengarse, luego que si la familia, los hijos, el abogado, el juez, el proceso, la apelación, la libertad, los maderos, pero sobre todo los soplones, los arrepentidos, la escoria de la tierra que los había condenado allí dentro.

Uno se había aburrido y había empezado una partida de cartas.

Michele permaneció en silencio. Hacía años que no tenía nada que decir.

Al cabo de media hora sintió unos golpes amortiguados, cadenciosos y rítmicos, uno tras otro, goma contra metal. Eran martillazos. Un pesado martillo golpeaba con fuerza los barrotes para comprobar que estaban íntegros y que nadie había intentado pasarse de listo, tal vez incluso con un par de sábanas atadas desde la ventana. Evasión de manual, jodida si quieres, pero a veces se lograba, aunque el chorra de turno en un par de días se dejara pillar en casa de amigos o parientes.

Los martillazos eran la señal de que el registro había terminado y podían volver a la jaula. Les hicieron salir uno a uno por orden de número de celda. Michele se colocó en la fila para regresar a su amena morada de diez metros cuadrados con vistas a la colina, colocar de nuevo las cosas en su sitio y fumarse otro cigarrillo, mientras la cafetera moka hacía su trabajo.

Un policía se le acercó:

—¡Vigilante, tú no! Charla con el psicólogo.

A duras penas reprimió una blasfemia.

Qué coño, tan temprano no.

Aquel día no tenía ganas de escuchar a un niñato contarle cómo era el mundo, insistiéndole en que tenía que hacer una «revisión crítica de su vivencia criminal», con sonrisa de falsa comprensión y juicio implícito. De juzgarlo ya se había encargado la magistratura y con eso había tenido de sobra.

—Cabo, ¿puedo hacerme antes un café?

El policía se lo pensó un momento.

—Cinco minutos, Vigila’[1], que si no luego se me cae el pelo.

Michele le dio las gracias y fue hacia su celda.

Café fuerte, solo y amargo, como le gustaba a él. Un sutil aroma llenó la celda y aspiró profundamente aquel aire denso y perfumado, un modo como otro cualquiera de llevar su mente fuera de allí. Cerró los ojos y trató de no pensar en nada, de borrarlo todo: el ruido de las botas por el corredor, el registro, la cárcel, su vida. Pero no sirvió de nada, todo en torno a él seguía siendo concreto, real, pesado. Los muros y los barrotes, la peste a sudor, el zumbido omnipresente, las voces confusas de los televisores encendidos y el psicólogo que le esperaba presuntuoso en el piso de abajo, en la sala de terapia.

Apagó el hornillo y se tomó el café observándose en el espejito sobre el lavabo. Parecía uno de esos duros del cine, rostro afilado y mirada malvada; los chavales más jóvenes a veces le llamaban Vincent, porque según ellos era clavado a Vincent Cassel. Pero él le había visto en televisión y de eso nada, intentaba poner cara de matón y solo conseguía poner cara de idiota. Aunque se follaba a la Bellucci, o sea que en el fondo tan idiota no debía de ser.

Se fijó en sus ojos; eran oscuros, casi negros. Parecían hundirse sobre los pómulos, entre el gris de la piel y las finas arrugas de los años. Esos ojos que tantas preguntas hacían, pero para las que jamás tenía respuestas. Y, en el fondo, tampoco tenía muchas ganas de buscarlas.

Salió de la celda y se encaminó apático por el corredor de la sección, resignado a dejarse tocar las pelotas por un jovencito presuntuoso que quería darle lecciones de vida a la fuerza, cuando su única experiencia vital había sido masturbarse en la universidad. Como dejar un coño en manos de un niño, según un famoso proverbio napolitano. Intercambió un par de saludos con los internos que se dirigían a las duchas y, al llegar ante la última celda antes de la rotonda, echó un vistazo para ver qué hacía chillu guaglione[2].

No había nadie. La reja de barrotes estaba cerrada, la celda vacía. Lo mismo estaba en el patio. Michele iba a seguir su camino indiferente cuando notó un olor inconfundible, el del cartucho de gas butano con el que funcionaban los hornillos, un olor a camping y a cárcel. Esta vez era demasiado fuerte y sabía bien lo que eso quería decir.

Actuó instintivamente, se movió rápido. Abrió de par en par la reja y entró, el chaval no estaba. La puerta metálica del baño estaba cerrada. Agarró el picaporte y empezó a tirar con todas sus fuerzas. Dio un tirón, luego otro, el pestillo tembló y chirrió. Blasfemó entre dientes, un empujón más y la puerta se abrió de golpe.

Michele entró corriendo en el baño y lo vio. Estaba sentado en la taza del váter, tenía una bolsa en la cabeza y dentro de la bolsa el cartucho del gas abierto. Un modo como otro cualquiera de colocarse cuando la metadona y el subutex ya no bastaban. Era la droga de los pobres y los presidiarios, un método fácil y de bajo coste, con el único e insignificante problema de que la puedes diñar. Se te acelera el corazón hasta volverse loco y estallar, y mueres así, sentado en el váter, con la cabeza en una bolsa de basura.

Trató de sacarle

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