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LA TELARAñA

Neal Stephenson  

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Fragmento

Título original: The Cobweb

Traducción: Pedro Jorge Romero

1.ª edición: febrero, 2016

© 2016 by Stephen Bury

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-350-6

Maquetación ebook: Caurina.com

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Contenido

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El autor

Presentación

Parece ser que, mientras Neal Stephenson escribía Snow Crash (1992), se le ocurrió la idea de colaborar en un thriller político con un especialista como su propio tío, George F. Jewsbury. Por eso escribieron a dúo un interesante y sugerente tecnothriller que se publicó en 1994, con un único pseudónimo, Stephen Bury, para los dos autores. Se trataba de Interfaz (1994, NOVA número 203), cuyo éxito, pese al desconocido nombre de su «autor», llevó a Stephenson y Jewsbury a escribir otro thriller, también con implicaciones políticas, que se publicó poco después: La telaraña (1996, NOVA número 212).

Tras el gran éxito de Stephenson con La era del diamante: Manual ilustrado para jovencitas (1995, NOVA, número 101), Criptonomicón (1999) y la trilogía de El Ciclo Barroco, las novelas de «Stephen Bury» se reeditaron ya con el nombre explícito del autor de Criptonomicón, aunque su tío se decidió por usar un nuevo pseudónimo: J. Frederick George.

Interfaz es, pues, un complejo y ameno tecnothriller sobre la amenaza de manipulación tecnológica de la democracia. Un interesante thriller político y tecnológico sobre la contienda electoral estadounidense, con la visión actual de las fuerzas ocultas que orientan la elección presidencial. Una novela que viene a ser la versión moderna de los famosos The Making of the President, en los que Theodore H. White analizó el trasfondo de las elecciones que llevaron a John F. Kennedy o Lyndon B. Johnson a la presidencia estadounidense.

Pero, por las posibilidades de manipulación que ofrecen las tecnologías de la información asociadas a las neurociencias, la obra es también, como ha señalado acertadamente el Seattle Weekly, una versión moderna del viejo clásico de Richard Condon: «Esta obra es El mensajero del miedo de la era del ordenador.»

La trama parece sencilla, pero las implicaciones son muchas y la habilidad narrativa de Stephenson y los conocimientos de Jewsbury la dotan de gran interés.

El gobernador Cozzano sufre una apoplejía poco antes de iniciarse el largo camino de las primarias para la nueva elección presidencial estadounidense. Como parte del tratamiento, se le propone la implantación en el cerebro de un novedoso biochip con el que, además, va a estar conectado a un sofisticado sistema de encuestas electorales. De esta forma tiene acceso a la información sobre las reacciones, deseos y sentimientos de los electores, que le son comunicados directamente al cerebro, y se convierte inevitablemente en el candidato perfecto.

Ante este sofisticado y poderoso desarrollo de la tecnología, ¿qué va a ocurrir con la democracia? ¿Es independiente y libre la voluntad de una persona equipada con un biochip como ése? ¿Puede ser libre la política en la nueva era de las omnipresentes tecnologías de la información y de las neurociencias?

Como en la famosa novela de Richard Condon El mensajero del miedo, la manipulación política por la tecnología vuelve de nuevo a la palestra. En las dos versiones cinematográficas que se han hecho ya de la obra de Condon (la de John Frankenheimer protagonizada por Frank Sinatra en 1962, y la más reciente, en 2004, de Jonathan Demme, con Denzel Washington en el papel principal), la tecnología cambia, pero el objetivo central de la manipulación política pervive, ya que es el eje fundamental de la trama.

Es cierto que en Interfaz se habla de una nueva tecnología, pero siempre para lograr parecidos objetivos. Y la manipulación política, ya sea de las masas o del individuo que las gobierna y conduce, no deja de ser una corrupción directa de la democracia, una forma de fascismo. Un fascismo que imaginamos lejano, pero que puede estar más cerca de lo que nos parece y del que ya nos advertía en 1994 (el mismo año de publicación de Interfaz, curiosa coincidencia...) el historiador europeo Jacques Julliard en su ensayo Ce fascisme qui vient. Fascismo o no, la novela de Stephenson y Jewsbury nos advierte claramente de los peligros que la tecnología puede representar para la democracia tal y como la entendemos hoy.

La telaraña intenta otra aproximación a ese novedoso thriller tecnopolítico que ha dado prestigio al nombre de «Stephen Bury». Nos presenta el año 1990, poco antes de la primera guerra del Golfo, cuando Saddam Hussein era, todavía, un gran aliado de Estados Unidos como contrapartida a la amenaza que los estadounidenses situaban preferentemente en Irán.

Cuando un estudiante de doctorado, presuntamente procedente de Jordania, aparece asesinado en una pequeña universidad de Iowa especializada en ciencias veterinarias, el ayudante de sheriff Clyde Banks descubre que su investigación policial se extiende mucho más allá de la pequeña ciudad de Wapsipinicon. Sin control alguno, un poderoso jefazo de un departamento universitario parece estar usando el dinero federal de las becas para unas turbias y peligrosas investigaciones que alcanzan a implicar hasta el Irak de Saddam Hussein justo antes de la primera guerra del Golfo.

Mientras, una joven y novata analista de la CIA, Betsy Vandeventer, se pregunta (un tanto fuera de sus atribuciones...) si los iraquíes podrían estar dando mal uso a trescientos millones de dólares de la ayuda agrícola estadounidense para producir, tal vez, armas biológicas. Deberá enfrentarse a un poderoso diplomático y asesor de George Bush padre por osar sugerir una descabellada hipótesis político-bélica. Una lección de política internacional que nunca olvidará.

El thriller está servido. Como era de esperar, la trama es convincente, los personajes son interesantes y divertidos, y el tratamiento de los diversos organismos políticos de espionaje y sus motivaciones y las técnicas burocráticas empleadas parecen sumamente realistas.

La telaraña es, pues, un thriller político de primer nivel, con la amenaza de una peligrosa guerra biológica con armas de destrucción masiva en el marco de la primera guerra del Golfo. Intervienen incluso personajes reales como el mismísimo George Bush padre y el embajador iraquí Tarik Aziz.

Una novela amena y sugerente, en la que destacan las habilidades narrativas de Stephenson (Criptonomicón, El Ciclo Barroco, La era del diamante, Snow Crash, etc.) junto a los conocimientos de historia y política exterior estadounidense de J. Frederick George, autores que ya habían colaborado en ese impresionante thriller político-social sobre la manipulación política que es Interfaz.

Intriga, diversión, inteligente especulación tecnopolítica... ¿qué más se puede pedir?

Y ello sin olvidar esos tiempos, no tan remotos pero hoy casi sorprendentes, en que Saddam Hussein era uno de los grandes aliados de Estados Unidos. Cosas veredes, amigo Sancho...

Que ustedes lo disfruten.

Miquel Barceló

 

 

 

 

 

Para la familia Lackermann

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Marzo 1990

Clyde Banks hacía cola, en las primeras fases de la hipotermia, cuando vio luchar por primera vez a su futura esposa, Desiree Dhont. En ese momento los dos eran alumnos de tercero del instituto Wapsipinicon. Su gimnasio, el Wade Olin, hogar de los Little Twisters, se llamaba así en honor al mejor luchador de la historia del mundo... un antiguo alumno. Estaba conectado al instituto en sí por medio de un pasillo de paredes acristaladas que permitía a los alumnos ir de un edificio al otro, incluso en pleno invierno, sin hundirse en la nieve.

La noche en cuestión, los Little Twisters iban a jugar al baloncesto contra sus eternos rivales del otro lado del río: los Injuns de Nishnabotna. La cola ocupaba todo el pasillo y llegaba hasta el aparcamiento. El aliento de los que habían llegado primero se condensaba entre las paredes de vidrio, que se habían empañado en el centro y escarchado por los bordes. De la estructura de acero del pasillo pendían hojas de escarcha.

Clyde Banks estaba en el exterior y Desiree Dhont estaba en el interior, lo habitual en ese momento de sus vidas. A él le daba igual el frío, porque la situación le permitía mirar a través de los cristales escarchados sin que Desiree se diese cuenta.

Clyde

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