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LA TENTACIóN DE UN BESO (MINSTREL VALLEY 4)

Christine Cross  

5


Fragmento

Prólogo

Londres, abril 1837

Nunca habían perdido ningún cliente… hasta ese momento.

Smith & Johnson, ubicado en Chancery Lane, era considerado uno de los más prestigiosos bufetes de abogados en Londres. Fundado por sus abuelos, hacía más de cincuenta años que se dedicaban a elaborar testamentos, arrendamientos de tierras, títulos de transferencias o ventas de propiedad. Muchos miembros de la nobleza les habían confiado sus propiedades para que se ocupasen de la administración financiera. Y nunca, en todos esos años, habían perdido a ningún cliente, hasta ese momento.

No se trataba además de una pérdida común y corriente, es decir, que algún cliente hubiese declinado sus servicios en favor de otro bufete —lo que constituiría ya de por sí un asunto grave—, sino de una desaparición. La joven dama había desaparecido sin dejar rastro.

Desde hacía años, Smith y Johnson ejercían como fideicomisarios de los Beaufoy-Scott, una familia de abolengo cuyos orígenes se remontaban a la baronía de Hertford en Minstrel Valley, Hertfordshire. Si bien era cierto que la familia había ido a menos con el paso del tiempo, aún conservaban en sus archivos un testamento que debían hacer efectivo bajo el cumplimiento de una serie de condiciones. Uno de los últimos descendientes directos de la familia había dejado sus últimas disposiciones antes de morir sin descendencia: su herencia —una agradable suma de unos miles de libras y una antigua joya de valor tanto sentimental como económico— debía ser entregada a aquella descendiente femenina que, al cumplir los veinticinco años de edad, todavía permaneciese soltera.

El señor Smith paseaba su oronda figura con nerviosismo por el elegante despacho, bajo la atenta mirada del señor Johnson, que contabilizaba los pasos que daba su compañero mientras calculaba cuánto tardaría en desgastar la hermosa alfombra que decoraba el suelo. Y es que el señor Johnson, desgarbado y larguirucho como era, poseía un cerebro privilegiado para los números.

—Esto puede costarnos una buena suma de dinero —comentó al tiempo que se frotaba la nariz en un gesto que delataba su disgusto.

—¡No es el dinero lo que me preocupa, sino nuestra reputación! —le espetó su socio, visiblemente exaltado.

—Me refería a la alfombra —repuso lacónico el señor Johnson. Abrió su cajita de rapé y tomó un pellizco que absorbió por la nariz con ademán experto—. Es muy antigua y costará mucho reparar el surco que estás labrando sobre ella.

El señor Smith se detuvo y lo miró, primero con desconcierto, luego, como el agua en una tetera a punto de bullir. El señor Johnson contuvo una sonrisa y esperó el estallido. Resultaba demasiado fácil alterar los ánimos de su compañero, pero siempre le había asombrado la facilidad con la que lograba controlar sus arrebatos, una cualidad notable en su profesión de la que él, sin embargo, carecía. Tenía mucha paciencia, eso sí, pero cuando algo lo enfadaba de verdad, le resultaba imposible controlar su genio. Por eso habían decidido que el señor Smith atendería a los clientes, y él se ocuparía del papeleo y la gestión de las finanzas. Un acuerdo que a los dos les venía de maravilla.

El rostro de su socio tomó un alarmante tono rojizo y el señor Johnson creyó que en esa ocasión sus inocentes palabras provocarían una explosión. Sin embargo, esta no llegó. El aire escapó por la boca del señor Smith como si de un fuelle viejo se tratase, dejándolo algo desinflado y alicaído.

—No sé cómo puedes permanecer tan tranquilo, Oliver —se quejó al tiempo que se dejaba caer sobre una de las sillas tapizadas ubicadas frente al inmenso escritorio de madera de roble que ocupaba el centro del despacho.

—Como decía siempre mi padre, todo gran problema tiene una sencilla solución —declaró con tono solemne—, y no hay nada perdido que no pueda ser hallado —añadió.

—¿Eso también lo decía tu padre? —Sacó del bolsillo de su chaleco un pañuelo de un blanco inmaculado y se enjugó el sudor de la frente fruto de su nerviosismo—. Creo que nunca se lo escuché.

—No, eso es de mi cosecha —aclaró el señor Johnson muy ufano. Unos sonoros golpes en la puerta hicieron que el señor Smith se elevase de su asiento con un sobresalto. Miró a su socio y se sorprendió cuando este le guiñó un ojo—. Ah, ya ha llegado la solución a nuestro problema. ¡Adelante!

La puerta se abrió tan solo a medias para mostrar la pulcra y redondeada cabeza del secretario, con su indomable mata de cabello rojizo y las gafas resbalando por su picuda nariz.

—Ya ha llegado el señor Farrell para su cita —anunció con una solemnidad muy apropiada a su cargo, ya que no para su edad, pues solo contaba quince años. Había entrado como aprendiz al bufete a los trece años y, desde entonces, había hecho grandes progresos. Ahora ejercía como secretario.

—Puedes hacerlo pasar, Percy.

Barnaby Smith se giró hacia su socio con el ceño fruncido.

—¿Se puede saber qué diantres has hecho, Oliver?

—Contratar al mejor detective de Londres —repuso este con tranquilidad y un brillo astuto en los ojos. Sabía con certeza que el señor Farrell era el detective con la tarifa más económica de todo Londres; el hecho de que operase solo en el East End entre la peor carroña de los bajos fondos no desmerecía a sus ojos, aunque, desde luego, no era información que compartiría con su socio.

La puerta se abrió de nuevo y el joven secretario dio paso al visitante. Los ojos del señor Smith se abrieron entre sorprendidos y fascinados ante la figura que penetró en el despacho. Más que un detective, parecía un estibador de puerto, c

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