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LA TENTACIóN DEL PRíNCIPE

Sandra Bree  

5


Fragmento

PRÓLOGO

Praga (Reino de Bohemia)

Febrero de 1858, orfanato de Saint André.

Annika Anderson estaba desesperada. Tenía diecisiete años. Una edad bastante prudente como para decidir qué hacer con su vida sin necesidad de depender de nadie. Y de lo que estaba completamente segura era de que quería salir de ese orfanato al que la habían llevado a la fuerza. Era consciente de que, cuando llegase el momento, su vida iba a ser totalmente distinta a lo que había sido hasta entonces. Pero incluso, aunque supiese que su camino iba a ser duro y tortuoso, lo prefería mil veces a soportar continuar en aquella prisión donde el tiempo pasaba tan despacio que a veces pensaba que las manillas del reloj se habían detenido para siempre.

Los muros del orfanato, enclavados en medio de un bosque donde un empinado acantilado se elevaba sobre el río Moldava, eran sometidos a los fieros embistes de los vientos del norte, y el aire provocaba tan estremecedores sonidos que nadie se atrevía a moverse mucho por miedo a que alguna de las paredes se viniese abajo. Era como si la construcción entera respirase.

Saint André tenía la apariencia de un impresionante castillo lúgubre y tétrico que había conocido tiempos mejores, ya que los signos de decadencia se veían por todas partes. Las fachadas descoloridas, las columnas descascarilladas, los escalones que subían a los dormitorios con varios peldaños rotos, y hasta había grietas en la barandilla de madera. En el amplio comedor donde se servían las comidas abundaban manchas oscuras y pegajosas en paredes y suelos, señales claras de que no solo el edificio era viejo y antiguo, sino que nadie se hacía cargo de limpiarlo y cuidarlo para que estuviera en condiciones. Los techos estaban llenos de humedad y la pintura se caía en pedazos. Los dormitorios no eran mejores, las sábanas desprendían el olor del amoniaco de los orines mezclados con la lejía de la lavandería con el que debían convivir. Pero lo peor de todo eran los vómitos que cubrían los suelos durante la noche, los nefastos sonidos de las convulsas arcadas…

Annika estaba allí por ser el resultado de una infidelidad. Su madre Olya tuvo la mala desdicha de enamorarse de un rico aristócrata. Olya siempre había dicho que de haberse sucedido las cosas de diferente manera se habrían casado. Annika al principio lo había creído, sin embargo, a medida que los años fueron pasando, la cruda realidad se hizo más que evidente. Él, Cameron Edwards Pávlov, jamás había tenido la intención de desposar a la humilde panadera. Y no pensaba hacerlo porque ya estaba casado.

Por lo menos, las únicas cosas buenas que Cameron tenía, según pensaba Annika, era que su nombre encabezaba las facturas pagadas y la pequeña cantidad de dinero que enviaba todos los meses a su madre. Por lo demás no sabía mucho de él, ni le importaba, aunque obviamente y porque no era sorda, había escuchado comentarios relacionados con su familia, sobre todo por tener una delgada línea indirecta con la casa de los Habsburgo. También por los sonoros escándalos que propiciaba su desconocido primo el príncipe Moritz Nikolai Petrov. Todos le nombraban con diversión y la anécdota, que durante mucho tiempo corrió de boca en boca por todo Praga, fue de una vez que había acudido a la ópera con una mujer casada. En mitad de un entreacto se había dejado caer por las cortinas del escenario hasta el salón inferior, desnudo de la cintura hacia abajo, cubierto solo por una camisa. Muchos murmuraron que el esposo de su amante los encontró en plena faena en el palco privado.

Las mellizas Evans, ambas tontas y cursis hasta decir basta, vecinas de Annika, le habían contado que habían conocido en persona al príncipe cuando coincidieron una vez en una comida benéfica en el mercado de la plaza de la ciudad vieja, y decían que era un joven guapísimo.

A Annika, en esos momentos lo que más le preocupaba era salir de Saint André. Y desde luego confiaba en no tardar mucho. Su padre se lo debía. Nunca en su vida se había atrevido a solicitarle nada, y escribirle para pedirle que la liberase de su encierro había sido más difícil de lo que había creído. Una vez más había tenido que dejar de lado su orgullo, sobre todo después de haberse quedado ronca de tanto decirle a su madre que jamás se rebajaría a pedirle ni un solo favor. Y ahora no solo había faltado a su promesa, si no que esperaba con ansias que llegase a recogerla.

Annika era una muchacha muy bonita, aunque nadie lo hubiese adivinado de verla en ese momento. Desde que fue arrastrada allí se había cubierto la espesa melena negra bajo un feo gorro de lana para impedir que alguien cortase su precioso cabello—con la venta del pelo se podía conseguir algo de dinero fácil—. Otra de las cosas que hacía que no llamase mucho la atención era sostener una actitud sumisa y recatada. Pero aquellos que realmente la conocían sabían que era una joven fuerte, luchadora y terca. Eso sí, su apariencia pequeña le hacía parecer más frágil de lo que en realidad era. Su boca carnosa y a un mismo tiempo delicada, la nariz recta, los pómulos altos y sus enormes y almendrados ojos azules hacían la delicia de todo el conjunto. Llevaba un abrigo holgado y desgastado por el que el húmedo frío se introducía helando todos los huesos de su cuerpo. Hasta hacía poco sus ropas habían sido prendas en buen estado, pero ahora lucían descosidas y sucias, maltratadas por la falta de higiene y por las peleas en las que se había visto involucrada esos días para que no se las robasen. En cuanto se descuidaba siempre había quien quería apoderarse de sus viejas botas y de los calcetines de lana, por eso, desde que había entrado en el orfanato, no había pegado ojo más que un par de horas seguidas. Por eso y porque una noche el indeseable del «Arañas» se había querido aprovechar de ella metiéndose en su cama. Annika había sido muy rápida en reaccionar y antes de que el joven se le pusiera encima logró echarle a patadas. Lo que menos le interesaba era buscarse un protector. Y por supuesto, de haberlo querido, jamás habría escogido a Thomas, el «Arañas». Él era un desalmado que se jactaba de haber fornicado con todas las muchachas de Saint André sin importar la edad que tuviesen.

Contra una de las paredes de adobe rojizo, Annika se encogió más en su desgastado abrigo sin quitar los ojos de encima del resto de los muchachos.

―No soy ninguna huérfana ―murmuró, sin saber cuántas veces había repetido esa palabra en aquellos meses. Sus pequeños dientes castañearon sin control y, aunque mantenía los puños cerrados con fuerza, sentía que era incapaz de mover los dedos con normalidad. Ni todas las chimeneas de Saint André juntas lograban calentar el interior del edificio.

Recordó el día que dos tipos entraron en su casa a la fuerza, poco después de que su madre muriese. Con engaños le hicieron subir en un viejo coche tirado por caballos. En el interior, una señora de aspecto obeso había tratado de tranquilizarla.

―No te preocupes pequeña, seguro que vas a estar aquí muy poco tiempo―le dijo.

Annika le creyó y en ningún momento dudó de su amabilidad. E incluso se había regocijado con su consuelo hasta que se abrieron las puertas del centro y como si fuese algo inservible, la colilla de un cigarro arrojada en plena calle, la abandonó a su suerte.

Pensando en aquello sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas otra vez. Echaba mucho de menos a Olya. No solo había sido una madre, también había sido una hermana, una amiga y su compañera.

El suave repiqueteo de una campana llenó el interior del salón y Annika se estremeció. Deseó volverse invisible y que la gobernanta, la que acababa de entrar con pasos rápidos, no la viese.

―¡Vamos muchachas, todas a lavarse! ―dijo la mujer alzando la voz para ser escuchada. Sus ojos de rata la encontraron enseguida y cabeceó para que siguiese su redondeado cuerpo―. Tú también, no te hagas la remolona, chiquita inmunda.

Como si decir aquello no hubiese bastado, se acercó a ella y la empujó con fuerza hacia el resto de las compañeras. Todas temían ese momento. Llegaban a la cámara de las duchas, se desnudaban en bancos situados contra las paredes y luego entrab

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