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LA TERCERA PUERTA

Alex Banayan  

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Fragmento

1

Mirando el techo

—Pase por aquí…

Caminé por el suelo de mármol y doblé una esquina para entrar en una sala con relucientes ventanales que iban del suelo al techo. Se veían veleros navegar, el suave oleaje en la orilla, y el sol de la tarde se reflejaba en el puerto deportivo y llenaba la sala con un resplandor brillante y celestial. Seguí a la asistente por un pasillo. En la oficina había unos sofás con los cojines más pomposos que jamás había visto. Las cucharillas de café relucían de una manera desconocida para mí. La mesa de la sala de conferencias parecía haber sido tallada por el mismo Miguel Ángel. Llegamos a un largo pasillo cuyas paredes estaban llenas de cientos de libros.

—Se los ha leído todos —dijo la asistente.

Macroeconomía. Ciencia computacional. Inteligencia artificial. Erradicación de la polio. La asistente tomó un libro sobre el reciclaje de las heces y me lo puso en las manos. Lo hojeé con las manos sudorosas. Casi cada página estaba subrayada y resaltada, y tenía anotaciones en los márgenes. No pude evitar sonreír: los garabatos tenían la caligrafía de un colegial.

Continuamos por el pasillo hasta que la asistente me dijo que esperara un momento. Me quedé allí, inmóvil, contemplando una enorme puerta de cristal esmerilado. Debí contenerme para no tocarla y comprobar lo gruesa que era. Mientras esperaba, pensé en todo lo que me había llevado hasta allí: la bufanda roja, el cuarto de baño de San Francisco, el zapato en Omaha, la cucaracha en el Motel 6, el…

Y entonces se abrió la puerta.

—Alex, Bill ya puede atenderte.

Estaba de pie frente a mí, despeinado, con la camisa torpemente metida en el pantalón, bebiendo una lata de Coca-Cola Light. Esperé a que saliera alguna palabra de mi boca, pero fue en vano.

—Hombre, ¿qué tal? —dijo Bill Gates con una sonrisa que le alzó las cejas—. Pasa…

Tres años antes, en la habitación de un universitario novato

No paraba de dar vueltas en la cama. Había un montón de libros de Biología sobre el escritorio, devolviéndome la mirada. Sabía que tenía que estudiar, pero, cuanto más miraba los libros, más quería cubrirme con la manta.

Me volví hacia la derecha. Había un póster del equipo de fútbol americano de la Universidad de California del Sur. Cuando lo colgué, los colores eran muy vívidos. Ahora parecía confundirse con la pared.

Me puse boca arriba y contemplé el silencioso techo blanco.

«¿Qué demonios me pasa?»

Desde que tengo memoria, mi objetivo era ser médico. Es lo que ocurre cuando eres hijo de inmigrantes judíos persas. Casi puede decirse que salí del vientre de mi madre con las letras «Dr.» estampadas en la espalda. En tercero de primaria, para Halloween llevé el pijama de quirófano. Sí, yo era «ese niño».

Nunca fui el chico más listo del colegio, pero era constante. Es decir, constantemente obtenía notables bajos y constantemente empollaba guías de estudio. Me faltaban excelentes, pero tenía empeño. En el instituto, me dediqué a «rellenar casillas»: voluntario en un hospital, clases de refuerzo de ciencias, obsesión por la selectividad. Pero estaba demasiado ocupado tratando de sobrevivir para darme un respiro y preguntarme qué casillas estaba rellenando. Al empezar la universidad, no me imaginé que un mes después estaría pulsando el botón de repetición del despertador cuatro o cinco veces cada mañana, y no porque estuviera cansado, sino porque estaba aburrido. De todos modos, seguí arrastrándome a las clases, rellenando las casillas de los cursos de preparación para Medicina como si fuera una oveja siguiendo el rebaño.

Y ahí estaba: tumbado en la cama, mirando el techo. Había ido a la universidad en busca de respuestas, pero solo tenía más preguntas. «¿Qué es lo que de verdad me interesa?» «¿En qué quiero licenciarme?» «¿Qué quiero hacer con mi vida?»

Di más vueltas en la cama. Los libros de Biología eran como dementores que me absorbían la energía vital. Cuanto más temía abrirlos, más pensaba en mis padres (corriendo por el aeropuerto de Teherán, huyendo a Estados Unidos como refugiados, sacrificándolo todo para proporcionarme una educación).

Cuando recibí la carta de admisión de la USC, mi madre me dijo que no podría ingresar en esta universidad porque no teníamos suficiente dinero. Aunque mi familia no era pobre y yo me había criado en Beverly Hills, como muchas familias, llevábamos una doble vida. Vivíamos en un buen barrio, pero mis padres tuvieron que asumir una segunda hipoteca para pagar las facturas. Nos íbamos de vacaciones, aunque a veces veía avisos en la puerta de casa advirtiéndonos de que nos iban a cortar el gas. La única razón por la que mi madre me permitió inscribirme en la USC fue que, el día antes de que expiraran las admisiones, mi padre se pasó la noche en vela, con lágrimas en los ojos, convenciendo a mi madre de que haría lo que fuera necesario para llegar a fin de mes.

Y ¿así es como se lo pagaba? ¿Quedándome en la cama y cubriéndome con las mantas?

Miré al otro lado de la habitación. Mi compañero, Ricky, estaba sentado al pequeño escritorio de madera haciendo ejercicios, balbuceando cifras como una máquina registradora. Los trazos del lápiz parecían burlarse de mí. Él tenía un camino claro. Ojalá yo lo tuviera. Pero no tenía nada más que un techo que se negaba a contestarme.

Entonces pensé en el tipo al que había conocido el fin de semana antes. Se había licenciado en Matemáticas el año anterior. Solía sentarse a un escritorio como el de Ricky, balbuceando cifras igual que él, y ahora servía helados a pocos kilómetros del campus. Me di cuenta en ese momento de que un título universitario ya no era garantía de nada.

Volví a mirar los libros. «Estudiar es lo último que quiero hacer.»

Me puse de nuevo boca arriba. «Pero mis padres han sacrificado todo para que lo único que tenga que hacer sea estudiar.»

El techo seguía mudo.

Di otra vuelta y hundí la cara en la almohada.

La mañana siguiente, me arrastré hasta la biblioteca con los libros de Biología bajo el brazo. Pero, por mucho que me esforzara por estudiar, no tenía fuerzas. Necesitaba un empujón, algo que me inspirara. De modo que me levanté de la silla, deambulé por los pasillos de la sección de biografías y cogí un libro sobre Bill Gates. Pensé que leer acerca de alguien que había tenido éxito me daría alguna idea. Y así fue… pero no como esperaba.

Ahí estaba un tipo que había fundado su empresa cuando tenía mi edad, la había convertido en la corporación más valiosa del mundo, había revolucionado la industria, había sido el hombre vivo más rico y luego había dejado su cargo de CEO en Microsoft para transformarse en el filántropo más generoso del planeta. Pensar en lo que había logrado Bill Gates era como estar al pie del Everest y atisbar la cima. No pod

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